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La Dyalquimista - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - Capítulo 58: Golpe de suerte - Parte 6 (Fin de temporada)
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Capítulo 58: Golpe de suerte – Parte 6 (Fin de temporada)

La primera línea de fuego cruzó por encima del mástil, dejando un zumbido grave que pareció partir el cielo en dos; otras rozaron los costados del barco, levantando feroces columnas de agua que regresaron en oleadas que chocaron contra el casco.

Los piratas se encogieron tras los escudos, apretando dientes y con los brazos tensados al máximo, mientras las vibraciones les sacudían en el pecho. El retumbar de los proyectiles lo acaparaba todo. Cada golpe e impacto, hacía silbar el cielo, sacudir el suelo y estremecer el navío al completo. Los segundos se volvieron una eternidad, hasta que poco a poco, el estrépito se fue apagando hasta que solo quedaron los gemidos de la madera luchando contra el vaivén del agua, y entonces, el último proyectil pasó rozando la proa y se perdió en el océano.

Durante varios segundos, ni una palabra se atrevió a ser anunciada. Los escudos siguieron en alto, temblando entre manos ya agotadas, y mentes que intentaban procesar lo que acababa de ocurrir.

Por increíble y milagroso que pareciera, ninguno había tocado el Albatroz.

Y entonces, fue cuando ocurrió lo que nadie esperaba. Se trató de un único grito, fabricado a todo pulmón, que resonó desde lo alto del mástil principal y que trajo consigo la esperanza a toda la tripulación:

—¡Estryzor a la vista! —gritaron Zuhon y el pirata de rastas a la vez, abrazándose como si hubiesen encontrado el tesoro más grande de sus vidas, con las miradas clavadas al horizonte—. ¡Estryzor a la vista!

Al otro lado del horizonte, una silueta gigantesca, con afiladas extremidades abiertas y un cuerpo alargado, acorazado y escamoso, desataba el caos en el convoy de la marina. Los barcos intentaron maniobrar para escapar, pero el Therfos los embestía con una brutalidad sin igual, partiendo las proas con su cuerpo como si fuesen de papel.

A diferencia del ataque que habían recibido en la costa, este era, por mucho, más sanguinario y brutal. El Estryzor se desplazaba por mar abierto a una velocidad que no permitía tiempo a la reacción, generando un torbellino de olas embravecidas que se desplegaban a su paso.

Este era el momento de actuar.

Vin corrió por la cubierta a toda prisa, y encontró a Stelian de rodillas, cerca del mástil central, con los dedos manchados y las herramientas desplegadas en el suelo.

—¡Cachorro! —le gritó—. Llegó el momento. ¿Ya terminaste?

El grafista levantó la mirada y sonrió con simpleza.

—Este era el último mástil. Los grafos en Nitaal están alineados en cada punto cardinal de los tres mástiles, calibrados con una inclinación de noventa grados exactos, trazos con un grosor de tres décimas de línea y profundidad uniforme de cinco milímetros, con una distancia de diecisiete centímetros entre símbolos.

—¿Ninguno sufrió ningún daño con la reciente ráfaga?

—No. Acabo de revisarlos —respondió Aria, apareciendo detrás de ambos. En su mano sostenía su cetro de alquimista—. Están intactos.

La chica avanzó hacia el mástil a paso rengo y dio un pequeño golpe con el borde del cetro a los grabados. Un tono metálico, sostenido y sereno indicó la respuesta que todo el mundo necesitaba ahora mismo.

Su cuerpo estaba cubierto de magullones y heridas, llevaba la ropa hecha trizas y salpicada de tierra, sus labios todavía mantenían rastros de la sangre que había escupido momentos atrás, pero aun así, levantó la mirada con una sonrisa que dedicó enteramente a su amigo.

—Como siempre, un trabajo perfecto, Stelian. —Luego, observó a Vin con seriedad—. Va a funcionar.

Vin no necesitó más y corrió a dar aviso a su capitana. En cuestión de segundos, los piratas volvieron al trabajo; todas las velas se desplegaron, tensadas por el viento que soplaba desde popa, y el navío retomó la ruta a toda velocidad.

Al bordear lo que quedaba del convoy, el espectáculo frente a ellos los obligó a detener la mirada. La flota de Tyria había dejado de ser una formación para transformarse en todo un cementerio.

Los cascos de la mayoría de los barcos estaban partidos en fragmentos dispersos que se hundían poco a poco, el fuego consumía las velas, y el mar hervía con restos de aceite, sangre y cuerpos en agonía. El Estryzor se movía entre los restos, reclamando cada vida allí presente, como parte de su propiedad.

De repente, el monstruo se detuvo por un segundo y su ojo se clavó en el navío, observando fijamente el silencio helado que recorrió el semblante de todos los presentes.

Ninguno se atrevió siquiera a respirar en lo que resultaron los cuatro segundos más largos de sus vidas. Luego, el Therfos simplemente se volteó, lanzándose sobre un bote salvavidas que intentaba huir.

Vin, ubicada junto a la capitana en el timón, soltó el aire con un silbido agudo.

—Casi creí que no funcionaría. No me fío de esos malditos cetros.

—No sé… —A su lado, Gaward se enderezó—. Hasta que esa jodida bestia no desaparezca en el horizonte, no voy a estar tranquilo.

—Estamos vivos, dejen de llorar —dijo Elda desde el timón—. Además, deberían agradecerle, porque si lo estamos, es gracias a ese grandulón.

Vin y Gaward se miraron con la misma expresión de duda, pero Elda solo mostró los dientes en una sonrisa confiada.

—¿No se dieron cuenta? —preguntó la capitana, girando el timón con una mano—. El monstruo los sorprendió justo antes del último ataque. Por eso los disparos cambiaron de dirección tan drásticamente y ninguno nos tocó. —Hizo una pausa, para ver cómo el barco salvavidas era engullido de cuajo por el monstruo—. Además, la cantidad de proyectiles que recibimos fue solo la de tres barcos. Los otros se habrán guardado sus municiones para él. —Sonrió, con un dejo de ironía—. Aunque no les sirvió de mucho.

—¿De verdad…? —preguntó Vin, con escepticismo.

—Nunca, ni por un segundo, despegues la vista del enemigo —recitó Elda con seriedad—. ¿Tan rápido se olvidaron de lo que nos enseñó Deimos? —Volvió la mirada hacia ambos, divertida—. ¿O qué? ¿Pensaban que habíamos tenido un golpe de suerte?

—¿No dijiste que debíamos agradecerle por haber intervenido en el momento justo? —desafió Vin—. ¿No es eso suerte?

—¡Nah! Fue nuestro plan el que salió a la perfección… —respondió Elda a secas—. Ya lo saben. La suerte, en mi barco… no existe.

Y finalmente, mientras el navío se alejaba lentamente hacia tierras lejanas, escondiéndose hacia el horizonte, con el sol de frente…

A unos cuantos metros del desastre, próximo a la costa de Esenjyar, entre oleajes rompientes y fragmentos de madera a la deriva, surgió de repente una cabeza decapitada de pelo naranja escaso, cráneo ancho, y frente muy amplia, que flotó sobre la marea. Y descansando sobre él, se encontraba un diminuto cangrejito morado que le mordisqueaba la cuenca ocular…

Y estaba muy feliz disfrutando su festín.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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