La Dyalquimista - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Una nueva Dyalquimista - Parte 3
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6: Una nueva Dyalquimista – Parte 3 6: Una nueva Dyalquimista – Parte 3 La teoría era impecable.
La práctica, en cambio, fue una tortura meticulosa de tierra, sudor y fórmulas trazadas al filo del agotamiento.
La barrera alquímica de la nueva receta requería un mínimo cuatro monolitos de piedra que funcionarían como puntos de anclaje, dispuestos a las afueras de Blutmar.
Por lo que Aria pasó el primer día entero recorriendo, midiendo las distancias, y preparando el terreno para su correcta instalación.
A la mañana siguiente, al proyecto se sumaron algunos de los rostros que había conocido en la taberna.
Darízoto cargó el primer monolito como si llevara una caja de provisiones y lo dejó caer cerca del límite sur con una sonrisa satisfecha.
Aunque para los siguientes tres esa cara feliz cambió a una de agotamiento absoluto.
Cesio y Amaril, al caer el sol, llegaron con ofrendas extraídas de sus batallas recientes con los Segadores a pedido de la alquimista: algunas fueron patas curvadas como guadañas, torsos alargados y una que otra cabeza chamuscada.
Ninguno sabía para qué los necesitaba, pero tampoco les interesaban los detalles con tal de que la barrera funcionase.
Al tercer día, fue cuando Aria terminó los preparativos para la barrera de energía… o «cafetera gigante», encontraba divertido llamarla así.
Por lo que, esa misma noche, en el campamento de avanzada, se celebró encendiendo una gran hoguera, mucha comida, y todavía más… bebidas.
Entre ellos tajadores, imagos, herreros, arqueros, soldados y guardias, disfrutaban de unas pocas y contadas horas de receso y tranquilidad, mientras las jarras de Zorog pasaban de mano en mano y las risotadas y exclamaciones divertidas se alzaban al cielo, como las chispas crepitantes de la madera del fogón.
Darízoto bebió un trago largo y golpeó la mesa con el dorso de la mano, atrayendo la atención de todos los hombres a su mando.
—¡Muy bien, enclenques!
—dijo con una sonrisa amplia y las mejillas ruborizadas—.
Ya que estamos aquí relajándonos un rato y contamos con la presencia de una ilustre alquimista… —Su sonrisa se volvió desafiante—, vamos a comparar Grafos.
Aria alzó una ceja desde su lugar en la mesa, junto a Amaril, cruzada de brazos.
—Si tenían a una ilustre alquimista, ¿para qué me llamaron?
—bromeó ella.
—¡Cesio!
¿Has visto eso?
Se llama humildad… —le dijo Amaril con ironía—.
Por desgracia no hay Grafo que te haga obtenerla.
—¿Para qué necesito humildad si tengo el carisma al nivel de los dioses?
—Ego, Cesio.
Eso es ego… —dijo Amaril y se dirigió hacia Aria—.
Verás, chica.
Aquí algunos de nosotros, en vez de comparar heridas y cicatrices de batalla, comparamos poder.
—¡A ver, alquimista!
Adivina de qué va este… —dijo Darízoto mientras se quitaba las placas de su brazal.
La luz del fuego iluminó las líneas negras que recorrían su antebrazo: una serie de marcas que parecían rayos entrelazados, con pequeños nodos brillantes compuestos en un patrón particular.
Aria se arrimó para contemplarlo con detenimiento.
—Es fácil.
Instituto Elemental, escuela del Rayo.
—¡Eso!
Esta belleza me lo hice en Dravern.
Me permite cargar mi espada con electricidad en el momento en que ataco.
—¿Y no te fríe la mano en el proceso?
—preguntó Cesio con una sonrisa que evidenciaba que él ya sabía la respuesta.
—Eso solo sucedió una vez… —sonrió Darízoto—.
Pasa cuando tomo la espada con la otra mano por accidente.
Todos rieron.
—Ese fue muy sencillo.
A ver si puedes con el mío… —comentó Cesio enseñando la palma de su mano a Aria.
El grafo en cuestión presentaba el dibujo de una pequeña llama con una cara sonriente de cejas furiosas.
Aria dudó durante unos segundos.
—Eso… o es un Grafo nuevo que no conozco, o es uno falso.
—Es falso —admitió el pistolero con un tinte de vergüenza—.
Tenía siete años y un hombre en la calle me dijo que por unos cuantos Vhals me daría un Grafo que me iba a permitir crear fuego con las manos.
Él tenía uno igual y lo vi crear una llama, así que como era un crédulo, me convenció al instante.
En ese entonces, nunca me imaginé que podría tener otro Grafo oculto.
Fui un iluso y le compré todo: la tinta, ese dibujo horrible, e incluso le pagué a un Grafista que él me recomendó.
—¿Por qué no lo borras?
—Le llegué a tomar cariño.
Me recuerda que no debo confiar a la ligera.
—Luego arremangó su abrigo y dejó al descubierto una marca que alcanzaba a tapar todo su hombro: se trataba de varios círculos concéntricos con tres líneas cruzándolo y una serie de letras antiguas rodeando la imagen—.
Este si es real.
¿Puedes adivinar que hace?
—Por la ubicación en el hombro y las letras en lenguaje Nitaal, podría ser del Instituto de la adaptación.
Supongo que algo relacionado con… tus revólveres.
¿Puntería?
—¡Wow, chica!
Eres buena en esto.
¿No tendrás un Grafo para leer la mente o sí?
—Están prohibidos.
Cesio se encogió de hombros.
—Bueno.
De todas formas, cuando tienes una excelente puntería como yo, no hace mucha diferencia.
—Pero lo sigues usando.
—Me costó bastante dinero —respondió, dando un trago de Zorog—.
Y este sí que me dolió.
Así que no pienso quitármelo.
Aria sonrió y miró a Amaril, quien ya se estaba quitando su abrigo al completo, con aire divertido.
—Me toca.
—Uh… prepárense, la Imaga mostrará sus trazos —espetó Darízoto, divertido.
Los Grafos de Amaril, a diferencia de los de sus compañeros, eran, por mucho, los más llamativos y complejos: llevaba líneas fluidas que recorrían grandes porciones de sus brazos y hombros, y que si se lo miraba con detalle, parecían brillar un poco bajo la piel.
Los trazos eran suaves y onduladas de un color turquesa profundo que se acoplaba a una trama de fondo blanquecino.
—Es un Grafo muy avanzado —admiró Aria—.
¿Te lo hiciste en la academia de Imagos?
—Exacto.
¡Pero deja de hacer tiempo!
¡Responde rápido!
¿Qué hace?
—Otro del instituto elemental.
Viento, sin duda.
¿Y qué hace…?
—meditó por un momento—.
Basándome en su complejidad, seguro tienes varios trucos.
¿Volar?
Amaril echó una carcajada.
—¡Perdiste!
¡No, no puedo volar!
Pero sabía que dirías eso —respondió con el mentón elevado por su victoria—.
Puedo manipular ráfagas de aire a mi alrededor.
Lo que me permite hacer cosas como crear una capa de aire protectora que me deja respirar por más tiempo bajo el agua o también puedo influenciar en la resistencia del aire para poder correr a una velocidad mayor.
También si me concentro en una zona particular de mi cuerpo, como mis manos, puedo disparar veloces y fuertes ráfagas de aire comprimido.
—Por cada vez que vuelva a decir la palabra aire, tomamos un trago… —desafió Cesio en voz baja a Darízoto, quien aceptó sin dudar.
—También tengo la capacidad de aterrizar suavemente de una caída larga, formando una alfombra de aire… —Darízoto y Cesio bebieron—.
Y puedo usar el viento para que mis ataques sean más veloces—.
Aunque no había repetido la palabra, ambos acordaron que viento era una variante, por lo que igual bebieron—.
Y… puedo refrescarme cada vez que yo quiera.
Con un gesto casual, agitó la mano y una corriente de viento fría revolvió la mesa y acarició el rostro de la alquimista.
—Es aire para mí… —dijo Darízoto encogiéndose de hombros.
—¡Salud!
Ambos volvieron a beber.
—Es impresionante —dijo Aria asombrada—.
Los Imagos son sorprendentes.
Tienen acceso a Grafos únicos increíbles.
—Por desgracia, la mayoría tan solo puede grabarse un único Grafo avanzado de manera gratuita.
Acceder a otro… ya es muy complicado.
—Amaril la miró de reojo y le dio un codazo—.
¿Y tú qué?
¿No tienes ninguno?
Aria sonrió y se llevó el dedo a su flequillo blanco y lo despejó llevándolo hacia su oreja.
Allí todos pudieron apreciar mejor un pequeño grafo en su cien que a lo lejos parecía una cruz, pero de cerca era más como una brújula de seis puntos cardinales, con una flecha apuntando por completo a la derecha.
—Nunca vi uno así.
¿Qué hace?
—preguntó la Imaga.
—Es un Grafo del Instituto Psíquico, de la Escuela de la Percepción.
Todos se inclinaron, curiosos.
—¿Percepción?
—Darízoto alzó una ceja—.
No sabía que existía eso.
—Supongo que porque no tiene mucha utilidad en batalla —dijo Aria con desdén—.
Solo… me permite ver mi camino a casa.
El grupo la miró con incredulidad.
—Es un Grafo para no perderme —explicó con una sonrisa nerviosa—.
Lo usaba cuando era niña y viajaba lejos.
Hubo una pausa… Y luego, las carcajadas explotaron alrededor de la mesa.
—¡¿En serio?!
—Cesio se golpeó la rodilla, doblándose de la risa—.
¿El gran Grafo de la alquimista es solo un mapa a casa?
Amaril se cubrió la cara, conteniéndose.
—¡Y lo dice con total orgullo!
Darízoto negó con la cabeza, secándose una lágrima fugaz.
—Yo esperaba que dijeras que podías ver el futuro o algo así.
Aria se cruzó de brazos, fingiendo ofensa.
—No, eso sería desastroso y también está prohibido.
***** El sonido de una cuerda, cortándose en seco, retumbó en la plaza.
Aria sintió un sudor frío resbalarle por la espalda.
El nudo en su garganta creció, y por un segundo, su mente se quedó en blanco.
Ni siquiera se había percatado de que, si mentía en su relato, también estaba mintiendo en el juicio.
Ahora tan solo quedaba una cuerda que la separaba de la vida y la muerte, y si volvía a cometer un error así… El gobernador se inclinó hacia adelante en su asiento.
—Señorita Rayzen… —Su voz fue severa—.
Díganos la verdad.
¿Qué hace ese Grafo?
La alquimista tragó saliva, llevó su mirada al suelo y, con el corazón retumbándole en el pecho, soltó la única verdad que podía permitirse.
—Me permite poder ver el paradero de lo que fui a buscar a Blutmar… —Su voz se volvió más gélida y sus ojos se enfrentaron a los del gobernador—.
El Tomo de Aldamer.
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