La Dyalquimista - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 La peor decisión - Parte 1
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7: La peor decisión – Parte 1 7: La peor decisión – Parte 1 Aria había extendido sobre la mesa un mapa de tela áspera que mostraba al completo la ciudad de Blutmar y los alrededores.
Sus dedos recorrieron las anotaciones, frenando en los cuatro puntos en dónde habían instalado los monolitos que actuarían como nodos centrales.
Aunque para que la barrera funcionase al completo, también precisaba de algo que los conectase uno con otro.
Según la receta de Orpheon, la forma más sencilla era con discos de metal forjados en hierro templado, posteriormente embadurnado durante más de seis horas en un compuesto que mezclaba lengua de Larno, raíces de Crow y fluidos extraídos de los órganos de las criaturas a repeler, en este caso, Segadores.
Ario tomó uno de los varios discos que ya estaban preparados y apilados en una caja y los contempló con detenimiento.
El secado ya estaba listo y se podían apreciar claramente las vetas similares a una ramificación de venas en el metal, lo que indicaba que todo había salido bien, pero para estar segura decidió verificarlo con su cetro.
Desenganchó su medallón, desplegó la varilla, y luego golpeó uno de los discos con su extremo.
El núcleo del cetro cobró un suave brillo azulado durante un instante y emitió un leve sonido como el de una campana liviana, lo que indicaba que la preparación no presentaba ninguna falla.
Sonrió mientras recordaba la primera vez que había usado ese método en la academia con su primera preparación alquímica, y guardó de nuevo el medallón.
Ahora solo faltaba el último paso antes de colocarlos en los monolitos y finalizar con la receta: el Grafo de repulsión.
Suspiró, inclinando su cabeza hacia el ventanal del puesto de avanzada.
Afuera, una bruma grisácea trepaba las laderas como el anticipo de un mal augurio.
Ya no tenía más nada que hacer.
En estas instancias, el Grafista ya debería de haber llegado para empezar a marcar los discos, pero no había tenido noticias de él.
Tenía que hablar con el alcalde Percival.
Aria salió de la carpa y se dirigió directamente hacia la ciudad.
Apenas pisó la calle de la plaza central, un repentino impulso interior la llevó a detenerse.
Podía buscar al alcalde en la oficina del ayuntamiento, pero… solo por si acaso, y aprovechando que estaba sola y la plaza despejada, decidió hacer algo más antes.
Deslizó los dedos por debajo del cuello de su túnica y tomó un collar que mantenía oculto: una cadena de plata fina, en cuyo extremo reposaba una pierda alargada y blanquecina.
Cerró los dedos en torno al colgante y un repentino escalofrío le recorrió la nuca, hasta llegar su cien, donde se encontraba su Grafo.
Al segundo siguiente, sus pupilas se dilataron y un azul oscuro se apoderó de sus ojos, tan profundo y denso, como un pozo sin fondo.
Y entonces, lo vio.
Una estela de luz intermitente emergió en medio de su visión, flotando ligeramente por encima del suelo.
No era visible para nadie más, pero ella ya la conocía bien: era el sendero que el grafo localizador le revelaba cada vez que lo activaba.
Hace días, cuando apenas había llegado a Blutmar, aquella línea conducía hacia la trampilla que había visto debajo de las escaleras de la taberna.
Aunque ahora, parecía marcar otro rumbo distinto.
Giró su cabeza y notó que la estela se curvaba hacia los barrios bajos de la ciudad, alejándose de las zonas transitadas.
Eso solo podía significar una cosa: el tomo de Aldamer había sido movido por alguna razón.
Siguió el camino marcado por la luz, intentando evitar la mirada de los transeúntes con quienes se cruzaba, avanzó por callejones maltrechos, y senderos empedrados y barrosos, hasta que llegó a un caserío de aspecto olvidado, cerca del límite de la muralla sur.
La estela atravesaba la puerta de una cabaña inclinada hacia un costado, con la madera astillada por el tiempo y ventanas tapiadas con tablones que se habían hinchado por la lluvia.
Aria frunció el ceño, pero antes de que pudiera decidir qué hacer a continuación, la puerta se abrió con lentitud y de su interior emergió una figura que no tardó en reconocer.
Rápidamente, disipó el conjuro de su Grafo y sus ojos volvieron a la normalidad.
Frente a ella, apareció el alcalde Percival.
El rostro del anciano evidenció la sorpresa de haberla visto de pie, frente a aquella cabaña, y se arrimó a ella sin dudarlo.
Un olor proveniente de la puerta golpeó a Aria de forma inesperada: era áspera, con una inconfundible nota química, mezclada con orgánica, y lo bastante densa como para percibirse a la distancia.
No lo podía afirmar, pero estaba casi segura de que se trataba de una composición alquímica.
—Señorita Rayzen —pronunció Percival al llegar a ella—.
¿Qué la trae por aquí?
—Yo… —Su voz vaciló por un instante, atrapada en la garganta por una tensión que aún no lograba descifrar.
Sin embargo, recuperó la compostura con rapidez.
—, lo estaba buscando.
—¿Y cómo me encontró?
—preguntó él con curiosidad.
—Bueno… pregunté por ahí y me dijeron que lo vieron entrar aquí —mintió ella.
En la actualidad, tuvo que aclarar que mentiría de nuevo, para que la última soga no se cortase por accidente—.
Solo quería hacerle una consulta.
El alcalde inclinó la cabeza con interés, dándole el margen de tiempo para que se explicara.
—Los preparativos para la barrera están listos —continuó ella, manteniendo el contacto visual—, pero necesitamos un Grafista para los detalles finales.
¿Ha podido encontrar alguno?
Él asintió sin sorpresa y se cruzó de brazos.
—He enviado la propuesta de trabajo desde nuestro primer encuentro, pero por desgracia ninguno se ha postulado todavía.
Como se habrá dado cuenta, es complicado contratar a alguien aquí.
—En ese caso.
¿Puedo recomendar a uno?
Mi mejor amigo en Koro Pacis es Grafista y confío plenamente en él.
El gobernador asintió, como si ese ofrecimiento le resultara intrigante.
—Sí, creo recordar que me lo había mencionado.
Tal parece que es la mejor alternativa.
Hágalo, por favor.
Sin añadir nada más, el anciano ajustó su capa con un movimiento medido y comenzó a caminar, alejándose del lugar con pasos constantes, sin siquiera mirar atrás.
Aria permaneció en su sitio, pensativa.
Observó cómo la figura del alcalde se desvanecía entre la niebla de la calle, aunque su atención se desvió casi de inmediato hacia la puerta de la cabaña.
A pesar de que el impulso en su interior era claro, no se movió.
No necesitaba entrar para saber lo que allí se ocultaba.
Lo sentía en la piel, lo presentía en el olor persistente que aún flotaba en el aire.
El tomo de Aldamer se hallaba tras esa puerta… y el alcalde lo estaba guardando.
Estaba muy cerca de lograr su objetivo… solo a una puerta de distancia.
Intentó tranquilizarse.
Cerró los ojos y respiró hondo.
Recordó entonces las palabras de Percival: «Esta ciudad fue fundada por mi padre.
Solo sigo su legado».
Quizás, se dijo a sí misma, el alcalde guardaba el tomo para encontrar alguna solución al problema de los Segadores.
Por lo que, si ella lograba hacer las cosas bien y fabricar la barrera, podría atreverse a preguntarle sobre ello a Percival más tarde… y quizás, con suerte, formar equipo para descifrar aquellos misteriosos conocimientos que sus hojas resguardaban.
No le pareció un mal plan, solo tenía que ser paciente.
Exhaló con lentitud y se dio media vuelta, obligándose a marcharse.
Ya habría tiempo para respuestas, el tomo todavía podía esperar, pero por ahora, necesitaba mantenerse enfocada y hacer lo posible por conseguir que todos los habitantes de este poblado pudieran encontrar la paz…
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