La Dyalquimista - Capítulo 8
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 8 - 8 La peor decisión - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: La peor decisión – Parte 2 8: La peor decisión – Parte 2 Aria alzó la vista hacia las espesas nubes grises que el cielo de Esenjyar le obsequiaba esa tarde.
—Esa fue la peor decisión que tomé… —admitió con la mirada ensombrecida—.
Si tan solo hubiera seguido mi instinto, quizás… hubiese podido evitar la caída de Blutmar.
***** El campamento táctico ya no conocía el descanso.
A primera hora del alba, Aria se encontraba en una carpa envuelta en un aire impregnado de hierbas, alcohol medicinal, y piedras catalizadoras en constante proceso de estimulación calórica, mientras, a su vez, esperaba que un pequeño y alargado frasco de cristal terminara de llenarse con un líquido espeso y grisáceo.
Si ella había pensado que su trabajo como alquimista había terminado, no podía estar más equivocada… entre sus nuevas tareas también se sumaba la de auxiliar a la división médica con brebajes y preparaciones para aliviar las dolencias de los heridos en batalla.
Por alguna razón, el número de pacientes ese día se había triplicado.
Los heridos llegaban por montones, los más graves sobre camillas, y los que podían, se arrastraban por voluntad propia.
Su función era estabilizarlos y evitar infecciones, al menos hasta que pudieran llegar a los Imagos sanadores, quienes trabajaban directamente sobre la energía vital.
Tras esa etapa, los pacientes eran enviados a otra ala de la enfermería, donde el breve reposo y la hidratación terminaban el tratamiento.
Algunos ya volvían al frente, en menos de tres horas, para repetir la exhaustiva rutina.
Con el tiempo había aprendido a no detenerse ante las náuseas internas que le generaban las mantas empapadas de sangre.
Al dejar marchar a su último paciente, se ajustó la pequeña coleta que se había atado a su cabello y volvió a revisar sus materiales por si tuviese que encargar una reposición.
Detrás de ella, algo llamó su atención.
Se volteó para ver a un halcón de plumaje amarronado que descendió sobre su mesa.
El animal llevaba un pequeño trozo de papel adherido a un estuche en su espalda, ella lo desenrolló y sonrió al leer el nombre de Stelian Gibwhoop en el reverso.
Finalmente había respondido.
«¡ARIAAAAAAA!
¡NO SABES LO MUCHO QUE ME ALEGRA HABER RECIBIDO UNA CARTA TUYA!
¡POR SUPUESTO QUE ACEPTO EL TRABAJO!
¡YA MISMO ESTOY PREPARANDO TODO PARA EL VIAJE!
¡LLEGARÉ ANTES DE QUE TE DES CUENTA!
P.D.
MI MADRE TE ENVÍA SALUDOS!!!!».
Aria por fin pudo recibir un deje de alivio recorriendo su cuerpo luego de tanto tiempo.
Acarició la cabeza del ave y le susurró: —Ya puedes volver, pequeño.
A la Delegacía de comunicaciones de la academia Sphyra, Koro Pacis.
El halcón pareció comprender sus palabras a la perfección, y extendió sus alas para marcharse, pero en el mismo instante en que se elevó hacia el cielo, un súbito temblor sordo sacudió el suelo.
El ave aleteó en zigzag unos segundos hasta que retomó camino y se perdió en el horizonte, pero Aria, por su lado, permaneció con el corazón acelerado.
¿Qué demonios había sido eso?
Se preguntó, hasta que su instinto la empujó a salir.
Afuera, el campamento continuaba en constante actividad y movimiento, pero había una constante en todos los soldados: sus rostros se encontraban más alertas que nunca y sus miradas apuntaban todas hacia un punto en particular del horizonte.
Aria apartó con los hombros a los soldados hasta quedar en primera fila del tumulto.
La visión la dejó sin aire: Darízoto avanzaba cuesta arriba, tambaleante, con la desesperación marcada en cada músculo de su cuerpo.
Su armadura estaba hecha pedazos y apenas conservaba algunas piezas de metal que ahora resultaban más un estorbo que una protección.
Su rostro, totalmente desencajado, parecía el de un hombre que había visto las mismas puertas del infierno abrirse.
Unos pasos a su lado resonaron ásperos; Cesio apareció de entre la multitud.
Aria notó que llevaba el torso aún vendado, con la piel húmeda de fiebre y una mueca de dolor que aparecía cada vez que respiraba.
No le dirigió palabra alguna, pero su proximidad resultó suficiente.
Ambos se quedaron hombro a hombro, mirando hacia la ladera.
Fue entonces cuando lo vieron.
Tras Darízoto, extendiéndose a lo ancho de la pradera, una masa oscura avanzaba como una marea descomunal.
El contraste con el verde del valle era brutal: a cada segundo, más segmentos, patas y fauces se definían, hasta que ya no hubo duda alguna, no era una mancha… eran cientos de Segadores que arrasaban con todo a su paso, deformando la tierra con cada embestida.
Los ojos de Aria se clavaron en aquella devastadora panorámica, mientras un feroz pulso golpeó su pecho.
Cesio, a su lado, no necesitó hablar: el terror que brillaba en sus pupilas era idéntico al de ella.
Y entonces, con la garganta hecha un nudo, Darízoto alcanzó el campamento, alzó los brazos y lanzó un grito desgarrador: —¡Corran!
¡Todos!
¡¡YA!!
Y el campamento estalló en el caos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com