La Dyalquimista - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 La caída de Blutmar - Parte 1
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9: La caída de Blutmar – Parte 1 9: La caída de Blutmar – Parte 1 Como dos astas clavadas a la tierra, las piernas de Aria no se movían un centímetro.
Su mirada seguía situada en la marabunta agresiva de criaturas que se aproximaban a una velocidad alarmante.
Una mano se afirmó a su brazo y la arrancó de golpe a la realidad.
Cesio, con la venda empapada y los dientes apretados, la jaló hacia él con violencia.
No había tiempo para admirar la extraña y curiosa belleza destructiva de cientos de monstruos arrasando con todo a su paso.
Ahora solo podían correr.
A su lado apareció Darízoto, con el rostro lleno de sangre seca y sus pulmones pidiendo clemencia de tanto gritar.
—¡Todos a la ciudad!
¡Busquen refugio ya!
—vociferó con la voz cortada mientras empujaba soldados que se cruzaban en su camino.
Aria giró el rostro hacia la tienda médica.
La lona blanca temblaba con el viento.
—¡Los heridos!
¡Hay que ayudarlos!
—Ya están muertos… —Darízoto la sujetó del otro brazo para obligarla a seguir adelante, su presión fue tan firme como un grillete—.
¡Corran y no miren atrás!
Y entonces sucedió lo que era inevitable.
El primer Segador aterrizó de un gran salto en el campamento.
Medía más que cualquier hombre, con seis extremidades largas y puntiagudas que golpeaban la tierra con un repiqueteo grotesco.
Su torso se arqueaba en forma de «S», como una columna de hueso retorcido que parecía estar a punto de quebrarse, aunque cada movimiento que ejercía revelaba una fuerza descomunal.
La cabeza, pequeña y romboidal, giró con un chasquido seco hacia los soldados más cercanos, y sus pupilas amarillas y afiladas como cuchillas, atravesaron el lugar con una intensidad que parecía desgarrar el alma de quien le sostuviera la mirada.
De un solo embate atravesó a un soldado por la cintura y lo levantó en el aire como si no pesara nada, para luego partirlo en dos con un tirón brusco.
La sangre estalló en un arco que bañó la tierra, y el grito ahogado del campamento fue tan solo el inicio del horror que se avecinaba.
Cesio no le dio opción a Aria: la empujó hacia adelante, y la carrera se convirtió en su única certeza.
El suelo retumbaba con los pasos de la horda.
Un mástil les cayó a pocos metros, partiendo una carreta en dos y lanzando tablones por el aire.
Aria alzó los brazos instintivamente, sintiendo el rozar de las astillas en su piel.
Un segundo segador se abalanzó sobre un grupo de Blutmarianos; sus fauces trituraron carne y armaduras, sin el menor de los inconvenientes.
Aria tropezó con un casco abandonado en el camino, perdió el equilibrio, pero Cesio la sostuvo con un tirón brusco.
El movimiento arrancó un gemido de su propia herida, pero el pistolero no aflojó la marcha.
Darízoto corría un poco más por delante, apartando a cualquiera que se interpusiera, con el rostro vuelto una máscara de puro pánico.
Un estallido a la derecha llamó la atención de Aria.
La tienda médica había sido asediada por un monstruo que embistió la lona con todo su cuerpo.
Los gritos en su interior se mezclaron con el crepitar de la tela y la madera quebrándose.
Aria sintió que el pecho se le desgarraba, quiso detenerse, pero los dos hombres tiraban de ella como si fuese un saco arrastrado por la corriente.
Un segador saltó desde un montículo, cayó sobre tres guerreros y los aplastó bajo su peso, el crujido de sus espaldas rompiéndose retumbó como ramas secas.
Los restos de un brazo cercenado volaron hasta golpear el hombro de Aria, que no pudo evitar soltar un grito.
La tierra temblaba, y cada zancada, algo explotaba: un barril de pólvora, una tienda derrumbada, un soldado que perdía la cabeza bajo una garra.
El mundo se había convertido en un corredor de caos donde solo existía la huida.
El trío se abrió paso entre escombros y cuerpos destrozados hasta que divisaron su salvación en la entrada del campamento: un carromato robusto, con dos caballos aún anclados, relinchando y golpeando el suelo con las pezuñas como si intuyeran la tragedia.
Darízoto no se molestó en preguntar; sujetó a Aria de las axilas y la lanzó hacia la parte trasera del carro.
Ella cayó de espaldas entre cofres y herramientas.
Cesio se adelantó a la idea de su colega y corrió hacia las riendas.
Su pie golpeó mal el primer escalón, estuvo a punto de derrumbarse, pero se obligó a seguir.
Se subió al asiento con un gruñido de dolor, tomó las riendas y agitó los brazos con furia, echando un vistazo rápido hacia atrás.
Darízoto ya se había instalado en la parte trasera virando una ballesta anclada al carro y apuntando hacia el enjambre que se devoraba el campamento.
—¡Vamos!
Cesio no dudó.
Apuntó su revolver hacia las sogas que mantenían a los caballos atados, disparó, y en cuanto las cuerdas cedieron, azotó las riendas con su mano libre.
Los animales se lanzaron hacia adelante con un relincho desesperado, arrastrando el carromato a una carrera frenética.
Un sendero estrecho se los tragó en cuestión de segundos: barro espeso bajo las ruedas que las hacían patinar; vallas de piedra en ambos costados que se desmoronaban con cada sacudida del terreno; pezuñas que levantaban lodo a cada zancada y ruedas que chirriaban con cada curva pronunciada.
Era la definición exacta de estar entre la vida o la muerte.
Detrás de ellos, los Segadores irrumpían en conjunto.
Uno se abalanzó sobre la piedra lateral y la destrozó con sus patas puntiagudas, lanzando trozos de muro hacia el carro.
Un bloque cayó tan cerca que el impacto con la rueda levantó a Aria del suelo de la carreta.
Darízoto se concentró y sintió el fulgor de su grafo eléctrico punzándole la piel; la flecha de la ballesta se cargó de una energía resplandeciente y echó pequeñas chispas: disparó sin concederse un respiro y el proyectil atravesó el torso curvado de la criatura y lo impregnó de relámpagos que le desgarraron las fibras óseas.
El Segador emitió un chillido antes de desplomarse, rodando cuesta abajo entre sus congéneres.
Aria lo observó con la boca entreabierta, atrapada entre la fascinación y el temor, pero entonces, de reojo, percibió que Darízoto soltaba por un instante la ballesta con la mano izquierda; la agitó con un gesto de dolor silencioso, y en ese breve descuido, alcanzó a ver cómo la piel de su palma se enrojecía, marcada por la quemadura que la Imagia del Grafo le había dejado en la carne.
—¡Más flechas, rápido!
—rugió el hombre, sin apartar el ojo de la mirilla.
Aria se tragó el sentimiento de lástima y se apresuró a rebuscar entre los cofres, hasta encontrar un puñado de flechas que acercó hasta el hombre.
Mientras tanto, Cesio hacía lo posible por mantener el rumbo por el sendero.
El barro los empujaba a un lado a otro, y los caballos protestaban sin cesar.
—¡Aguanten!
¡Ya casi llegamos!
—vociferó, forzando la voz sobre los estruendos de las flechas y azotó los látigos.
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