La era desolada - Capítulo 66
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Capítulo 66: Capítulo 66.
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Búsqueda Editor: Nyoi-Bo Studio Ji Ning instantáneamente aterrizó un kilómetro adelante y sujetó al líder, lo que llenó de miedo al resto de los miembros de la tribu Ala de Fuego.
Todos se arrodillaron temblando mientras repetían al unísono: —Joven maestro Ji Ning, ¡perdónanos!
—Joven maestro Ji Ning, ¡no te enojes!
Los hombres de la tribu que no habían sido golpeados por las olas, al ver a los guerreros de adelante arrodillados, lo hicieron a su vez.
En ese momento, las olas se desvanecieron y los que fueron tirados por el agua también se arrodillaron.
En unos pocos minutos, la masa de hombres estaba toda de rodillas a excepción del hombre que Ji Ning tenía agarrado por el cuello.
«¡Pa!», con un manotazo el sujeto salió rodando por el suelo —Joven maestro Ji Ning —balbuceó.
—¿Acaso no me reconoces?
—dijo Ning.
El hombre se apresuró en contestar: —No, no, por supuesto que he escuchado sobre el famoso Ji Ning hace tiempo.
—¿Entonces por qué ordenaste atacar?
—exclamó Ning con disgusto.
—Yo… yo… El jefe no tenía idea sobre qué responder, lo que confundió aún más a Ji Ning.
Este hombre claramente lo conocía y le temía, ¿entonces por qué había ordenado eso?
—Te vuelvo a preguntar: ¡¿por qué atacaste a la tribu Dientenegro?!
—gritó.
El hombre de barba negra dudó unos segundos, hasta que los altos miembros dijeron con rapidez: —Joven maestro Ji Ning, la tribu Dientenegro es pequeña, ¡no queríamos atacarlos en absoluto!
Solo que el jefe insistió en venir y no nos opusimos, ya que es una tribu insignificante que no vale la pena.
—Esto fue pura y exclusivamente una decisión del jefe —dijo otro.
—Nosotros no estábamos de acuerdo —aseguró un tercero.
—Medio año atrás el jefe nos ignoró y forzó a los guerreros a destruir una pequeña tribu con apenas cien personas y vendió absolutamente a todos: niños, mujeres, hombres y ancianos ¡como esclavos para su buen amigo Zig!
¡El jefe realmente confía en él!
Un anciano de cabellos plateados apuntó al joven de pelo largo junto a Ji Ning.
«¡Swoosh!» El joven que estaba arrodillado disparó de pronto una luz negra desde una de sus mangas hacia Ning.
«¡Clang!» El cuerpo del joven maestro estaba cubierto de pieles de bestias y debajo tenía tesoros mágicos que lo protegían y bloquearon el ataque.
«Hmmm».
Ning miró al de pelo largo, pero notó que su rostro se estaba volviendo negro.
En ese momento, otros cinco miembros importantes de la tribu Ala de Fuego estiraban las manos en un intento por retener al atacante.
—Si se atreve a traicionar al joven maestro, merece la muerte.
—¡No lo toquen!
—gritó Ning de inmediato.
Pero un musculoso sujeto de la tribu que había ido a la carga ya había tocado el brazo del joven.
El color negro se empezó a transferir a la mano del guerrero.
«¡Swish!», Ning apuntó con el dedo de donde salió disparado un rayo de energía y cortó el brazo del guerrero de un solo tajo.
El joven de pelo largo cayó con un golpe seco al suelo.
Su cuerpo estaba completamente negro y de los siete orificios le brotaba sangre del mismo color.
—¡Veneno!
—exclamaron los que lo rodeaban retrayéndose con sorpresa.
—Veneno de lo más intenso —dijo Ning con expresión grave.
De pronto, el jefe de la tribu Ala de Fuego comenzó a gritar alarmado señalando el cuerpo: —¡Aaah!
¡Fue él!
¡Todo es culpa suya!
Me escupió una voluta de humo y perdí las facultades.
Aunque sabía lo que pasaba, trataba a Zig como a mi amo y lo obedecía en todo.
Cualquier cosa que quería que hiciera, la hacía.
Así me hubiera pedido morir, no habría puesto resistencia.
Cuando escuché su nombre, joven maestro, él me ordenó que atacara.
Yo no quería ofenderlo de ningún modo, pero en cuanto me lo pidió, di la orden.
El hombre de barba negra miraba impactado y fúrico al cuerpo que yacía en el suelo mientras repetía: —Fue ese humo, fue ese humo.
Los altos miembros de la tribu se encontraban impactados ante tales declaraciones, al igual que Ji Ning.
En toda la Montaña Golondrina, solo el Culto Fuego Negro poseía drogas con la capacidad de controlar a una persona, pero la medicina más famosa que tenían era la Píldora de Fuego Sagrado.
Al comer una de esas, una persona se convertiría en devoto del culto Fuego Negro y ¡no temería ni a la muerte!
Solo que dicha píldora no era una nube de humo.
Era una pastilla.
—Quien sea capaz de esto es, sin duda, un alquimista o un brujo —dijo Ning quien estaba secretamente asombrado y miró al líder—.
Habla, ¿qué quería este tal Zig de ti?
—¡Comprar esclavos!
—respondió el jefe de inmediato—.
Primero nos compró dos veces esclavos a nosotros.
¡Más de dos mil!
Luego, me controló y ordenó que absorbiera a esas tribus más pequeñas para venderle a todos sus miembros.
Hacía arreglos para que fueran retirados.
Ning estaba confundido: ¿cuál era el punto de comprar tantos esclavos?
Por lo general, las tribus los adquirían para labores manuales o como sirvientes, ya que ellos también necesitaban comer y proveer alimento a tanta gente no era tarea sencilla.
—¿Y sus subordinados?
¿No habías dicho que mandaba a sus subordinados para que llevase a los esclavos?
Como eran tantos, y también había mujeres, niños y ancianos, seguramente fueron a paso lento.
Tendrías que poder seguir sus rastros.
—Puedo hacerlo, puedo hacerlo —aseguró el jefe—.
Hace diez días, se llevaron a otro grupo más de esclavos hacia el este, dos días atrás un grupo de cazadores de nuestra tribu los vio.
No pudieron ir muy lejos en tan poco tiempo, deberíamos encontrarlos fácilmente.
Ning asintió.
—Mowu, Hoja de Otoño —llamó Ning.
Los dos se acercaron al instante.
—Joven maestro —dijeron mirándolo.
—Hay algo de lo que necesito ocuparme.
Ustedes deberán avisar a la estación de guardias armados más cercana para que cien de ellos los escolten a ustedes y a Piedraazul al Lago Ala de Serpiente.
Mi padre hará los arreglos necesarios para construir una vivienda ahí y ustedes vivirán temporalmente en el centro de la isla.
—Entendido —dijeron ambos.
—En cuanto a ti…
—exclamó Ning mirando al jefe— Tú te encargarás de que ese grupo de cazadores me provea de dos guías.
Pienso encontrar al grupo de esclavos.
—Sí, joven maestro —dijo rápidamente el hombre de barba negra.
Al instante ordenó: —¡Trescuchillos, Pañoduro, vengan aquí!
Ning lideró a los dos guías sobre las bestias negras.
Viajaban de día y descansaban por la noche en una acalorada búsqueda.
El grupo, que guiaba a cientos de ancianos y niños, iba a un paso mucho más lento.
Podrían, a lo sumo, avanzar cien kilómetros por día.
—Joven maestro, claramente hay pasos aquí—aseguró un hombre moreno con el pelo trenzado—.
Las pistas son muy claras.
Deben tener menos de un día, los alcanzaremos pronto.
—Bien —asintió Ning.
Continuaron con la persecución.
Pronto se encontraron con un gran grupo de figuras a lo lejos: todos ellos estaban encadenados de las manos con la cadena sujeta a un tronco de árbol.
Un grupo de hombres y mujeres estaban atados todos juntos mientras cargaban un tronco.
Al hacerlo, cualquier persona que intentara huir se llevaría a otros con él y una vez que el movimiento se hiciera evidente, las escoltas lo notarían fácilmente.
—¡Muevete, muevete!
Los guardias que llevaban al grupo traían látigos y ocasionalmente los fustigaban.
Los niños pequeños estaban casi todos amarrados y sentados en caballos: ocho o diez infantes sobre cada animal, lo que les permitía moverse más rápidamente.
Las miradas en los rostros de los hombres y las mujeres estaban llenas de dolor y desesperación.
Era comprensible: hacía medio mes, estaban en sus propias tribus, viviendo vidas pacíficas y felices con sus familias y ahora se habían convertido en esclavos que estaban siendo escoltados a un área desconocida.
—Ustedes dos, tomen estas tres bestias negras y regresen.
Pidanles a miembros de la tribu que las envíen al Lago Ala de Serpiente —ordenó Ning.
Con un movimiento de su mano, el chico retiró dos piezas de oro y les dijo: —Me acompañaron en el viaje.
No los maltrataré.
—Gracias, joven maestro —respondieron.
Ning asintió, luego le dio una palmada a su bestia negra.
Había montado esta bestia negra durante todas sus expediciones.
Después de haber pasado tanto tiempo con él, se mostraba bastante reacio a despedirlo.
—Pueden irse ahora.
Ning inmediatamente se desmontó y comenzó a viajar solo.
Después de todo, el grupo se movía muy lentamente.
No había necesidad de ir sobre la bestia.
El escuadrón de esclavos siguió avanzando a través de los bosques montañosos.
En el camino, aunque se encontraron con algunas bestias monstruosas, los escoltas del grupo eran expertos poderosos casi todos de nivel Houtian, tres de los cuales eran expertos Houtian Dios Demonio, así que mataron a las bestias con suma facilidad.
—Esto sí que es raro —murmuró Ning—, comprar esclavos en grandes cantidades y usar medicinas para controlar a jefes de tribus para obtener aún más esclavos.
Hasta los escoltas del grupo tienen practicantes en el punto máximo del nivel Houtian Dios Demonio.
—Rápido, rápido.
¡Ya casi llegamos!
Los escoltas parecían bastante contentos con llegar a destino.
Ning los seguía discretamente por detrás.
Este lugar ya era la frontera entre el clan Ji y el clan Maderaférrea, mientras que más adelante había una cadena de montañas.
El grupo se dirigía hacia la cordillera.
—Entren en las montañas—ordenaron.
Ning se movió, pero justo cuando llegaron a la base de la montaña, el sol que brillaba en el cielo de pronto cambió.
Era como si el día se hubiera transformado repentinamente en noche: todo a su alrededor se había puesto completamente negro y solo se distinguían algunos detalles débiles de los alrededores.
La zona entera parecía estar cubierta de una niebla negra que estaba en todas partes y emanaba un aura fría.
«Una formación», pensó Ning.
Había captado de inmediato que se encontraba en una.
—Alguien vino a morir.
¡Ja, ja, ja!
—exclamó alguien con una risa perversa y penetrante—.
Pequeño niño humano, tu carne definitivamente será muy deliciosa.
Te devoraré poco a poco, mordida a mordida.
Ning se quedó allí, mirando la interminable niebla negra que lo rodeaba.
Apenas podía ver a una distancia de diez metros.
Más allá de eso, nada.
En sus manos las dos espadas de Norte Oscuro ya habían aparecido.
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