La Esposa por Contrato del CEO Implacable - Capítulo 40
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40: Capítulo 40 40: Capítulo 40 POV de Ryan
Estaba sentado en mi escritorio revisando algo de papeleo.
Tengo una reunión esta noche con Seth Ferdinand y necesito finalizar la firma del contrato.
Tengo la costumbre de leer mis contratos a fondo para evitar que me traicionen, así que eso hice.
Firmé lo que era relevante en el contrato y mi teléfono sonó sobre la mesa.
—Hola, ¿cuál es el problema, Rosalyn?
—Estoy muy asustada, Ryan.
Me quedaré en tu casa por un tiempo.
Alguien dejó una carta en mi coche y fue aterrador.
—Su voz temblaba y eso me preocupó.
—¿Qué decía?
Decía que mi muerte está cerca y que debía decirte que no hay nada que puedas hacer.
Gruñí y me levanté de inmediato.
—¿Dónde estás ahora?
—Acabamos de llegar a casa con Elena.
—Pásale el teléfono a George.
—De acuerdo.
—Hubo un barullo al otro lado.
—¿Hola, señor?
—Necesito que recojas una carta de Rosalyn y la guardes en mi despacho.
Tampoco quiero que ni ella ni mi esposa salgan de casa hasta que yo vuelva.
Triplica la seguridad alrededor de la casa.
—De acuerdo, anotado, señor.
—Le devolvió el teléfono a Rosalyn.
—Hazle caso.
Volveré a casa tarde esta noche.
Cuídate.
—Vale, te quiero.
—Yo también te quiero, pequeña.
—Sonreí y corté la llamada.
Nadie se mete con mi familia o se las verá conmigo.
Cogí el teléfono y llamé a Dave.
Respondió al primer tono.
—¿Qué demonios quieres?
—Sabía que odiaba que lo molestaran fuera del horario de trabajo.
—Alguien ha dejado una carta con amenazas en el coche de Rosalyn esta tarde, averigua quién ha sido.
—¿Qué?
Considéralo hecho —dijo, y corté la llamada.
Tenía que salir hacia el restaurante de lujo donde se celebraría mi reunión.
Sabía que Ferdinand era de los que siempre son puntuales, así que me di prisa.
Pronto subí a mi coche y llegué al lugar.
Varios coches caros abarrotaban el lugar y encontré un buen sitio.
Se acercó un aparcacoches y sus ojos se abrieron como platos al verme.
Le lancé las llaves.
—Cuídamelo.
Asintió enérgicamente y entré en el restaurante, con un dosier en la mano.
Un joven se me acercó.
—¿Tiene una reserva, señor?
—Yo…
—Está conmigo —resonó una voz a mi espalda.
Me giré y le di la mano a Ferdinand.
—Cada día que pasa estás más guapo, jovencito.
—Me dio una palmada en la espalda y sonrió.
Es alto, con el pelo canoso y extremadamente apuesto.
Parecía que sus ojos color avellana podían atravesar el alma de cualquiera.
—Gracias, señor.
Me indicó que me sentara mientras él se sentaba justo enfrente de mí.
Su guardaespaldas estaba a su lado.
—Eres un hombre con agallas, Ryan.
Has venido sin ningún tipo de protección.
—Me echó un vistazo de arriba abajo.
—No me has dado ninguna razón para desconfiar de ti, así que ¿por qué debería hacerlo?
—Es bueno saberlo.
Entonces, ¿qué te parece una fusión entre nosotros?
Me quedé atónito ante su oferta.
Todo el mundo sabe que el matrimonio entre Elena y yo es para que pueda haber una fusión entre Charles y yo.
—Eso no sería posible, Ferdinand.
—Vamos, siempre eres demasiado serio.
¿Qué es lo que no es posible?
Aún puedes fusionarte también con Charles.
—¿Por qué quieres una fusión?
—Me estoy haciendo viejo y mis hijos son casi todos unos inútiles para este negocio.
Quiero estar seguro de que mi empresa seguirá en pie después de eso.
—Sabes que eso no es posible.
—¿Es por el matrimonio por contrato entre la hija de Charles y tú?
—¿Quién te ha dicho eso?
—Toda persona importante en esta ciudad es consciente de ese hecho.
¿Por qué no te divorcias de ella?
Ganarías mucho más conmigo.
—Estoy bien con la oferta que él me hizo.
—Todo el mundo tiene un precio y necesita algo.
¿Cuál es el tuyo?
—Yo no tengo un precio, señor.
Tenemos negocios que tratar.
—Lo sé, pero esto es mucho más urgente.
Todo lo demás se está finalizando.
¿Puedes llevar a cabo el proyecto en el plazo establecido?
—Sí, puedo, no es nada.
He trabajado en proyectos más grandes con plazos más cortos.
—¿Estás de acuerdo con los términos y condiciones del contrato?
—Sí, señor.
Hay un lugar donde usted también debe firmar.
—Cogí el dosier, lo puse sobre la mesa y saqué el contrato.
Cogió el contrato y le echó un vistazo.
Sonrió y lo firmó también.
Firmó dos copias del contrato y me dio la mía.
Se lo cogí y lo guardé en mi dosier.
—Esto es estupendo.
Estoy muy feliz de hacer negocios contigo, Ryan Redland.
Asentí y estaba a punto de levantarme cuando lo pensé.
Tenía que hacérselo saber.
—Leí tu contrato y me mentiste.
Lo que escribiste es muy diferente de lo que habíamos discutido.
Chasqueó la lengua.
—Mis abogados sospechaban que podrías darte cuenta, pero te subestimé.
—No habría llegado tan lejos cayendo en trucos baratos como ese.
Ya que eres tan bueno con las artimañas, te he pagado con la misma moneda.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Acabas de firmar que proporcionarás los materiales necesarios para la obra y que, además, yo me llevo más del ochenta por ciento de los beneficios.
—¿Cómo te atreves?
—Se puso rojo como un tomate y sacó rápidamente su copia del contrato.
—No te enfades tanto, ese era el trato con el que querías engañarme.
—A mí nunca me traicionan.
Ahora, entrégame la copia que tienes.
—Extendió la palma de la mano en mi dirección.
Solté una risita y lo miré directamente a los ojos.
—Nunca.
Entonces se encogió de hombros e hizo un gesto con los dedos.
—Tú eliges.
Si me la hubieras entregado, no te habría pasado nada.
Ahora quieres convertir a tu esposa en una joven viuda.
—No puedes hacer nada, Ferdinand.
No eres más que un mal perdedor y un vendido.
Pagarás por haberme traicionado.
—Eso no pasará nunca.
Oí el sonido repentino de un disparo y todo se volvió negro.
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