La Esposa por Contrato del CEO Implacable - Capítulo 73
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73: Capítulo 73 73: Capítulo 73 POV de Elena
Condujimos en silencio y tomamos una ruta diferente a casa.
—¿A dónde vamos?
—le pregunté a Ryan.
—A la heladería.
Rosalyn me dijo que te encanta el helado.
—Sí, me encanta.
Pero ¿por qué de repente eres tan amable conmigo?
Me odiabas mucho, sobre todo desde que me viste besándome con Theo.
Suspiró y apretó el volante con algo de fuerza.
—Supongo que fui demasiado duro contigo y te juzgué con demasiada severidad.
Pude ver el video y me di cuenta de que fue él quien se lanzó y tú intentaste apartarlo.
—¿Así que estamos bien?
—pregunté, sintiéndome muy aliviada.
No tenemos que estar perdidamente enamorados el uno del otro, pero al menos podemos ser cordiales y respetuosos.
Paramos en la heladería y la chica que nos atendió no paraba de insinuársele a Ryan.
Apenas se fijó en mí.
Odié su comportamiento, pero Ryan se mostró frío, lo que me alegró.
Pronto nos fuimos del lugar y yo iba lamiendo mi helado como si fuera una niña.
—Me gustaría llevarte a otro sitio.
—¿A dónde?
—A un restaurante.
Nos reuniremos con los Ericssons.
Me deben dinero y les di dos opciones: o me daban mi dinero o me daban acciones.
—¿Por qué?
—Lo miré extrañada—.
¿No crees que es un poco duro?
—No, ellos se metieron conmigo primero al avergonzarte en público.
Monalisa pensó que seguiría portándose mal y yo lo dejaría pasar.
No sabía lo que le esperaba.
—Fue Alice la que me hizo daño.
Aunque ya la he perdonado.
—Tú encárgate de perdonar, Elena.
Yo pondré a la gente en su sitio.
Me quedé en silencio y pronto terminé mi tarrina de helado.
Me miró los labios un rato, luego levantó la mano, me limpió la comisura y se llevó a la boca el pulgar que había usado.
Me sonrojé por su gesto y evité su mirada.
—No dejaré que nadie vuelva a faltarte el respeto.
Puede que este matrimonio no haya sido nuestra elección, pero haremos que funcione lo mejor que podamos.
—Gracias por cuidar de mí.
—No hay de qué.
—Entramos en el aparcamiento de un restaurante de aspecto caro.
Miré a mi alrededor y vi coches de lujo aparcados por todas partes.
Entramos en el local, de la mano.
—¿Tienen alguna reserva, señor?
—preguntó la recepcionista del mostrador.
—Sí, a nombre de Redland.
La recepcionista comprobó la lista y nos acompañó a una mesa ya ocupada por varias personas.
Dos de las caras que reconocí eran las de Monalisa y Alice.
—¿Has venido con ella?
—preguntó Monalisa, con cara de disgusto.
Tomamos asiento.
—Sí, he venido con mi esposa, Monalisa —dijo Ryan, sosteniendo mis manos entre las suyas.
—Mi hija me dice que la amenazaste con quitarle nuestros activos —dijo con voz ronca alguien que supuse era Ezekiel Ericsson, el padre de Monalisa.
Es un fumador empedernido y eso también le ha pasado factura a su salud.
Ryan me había hecho una pequeña introducción de su familia antes de que entráramos.
—Ella me hizo algo y yo tenía que tomar represalias.
Ezekiel parecía confundido.
Soy consciente de que, aunque tiene sus problemas, es una persona bastante decente.
—Trajo a tu hija, Alice, a mi casa y ambas molestaron a mi esposa.
Aguanto muchas cosas, Ezekiel.
Pero con mi familia no bromeo.
—No mencionó eso.
Por favor, ¿puedes darme algo de tiempo?
Pagaré el dinero, pero dame tres meses.
—No le supliques, papá.
No puede hacer nada —gritó Monalisa, con el ego herido.
—Sí que puede hacer algo.
Subestimas a este hombre, Mona, y esa podría ser tu perdición.
—¡Él es mío!
Se suponía que iba a casarse conmigo.
—¿Tuviste numerosas aventuras y querías que se quedara?
—preguntó un hombre que había estado mayormente en silencio pero que parecía un poco mayor que Monalisa.
—Hago cosas que ni soñarías hacer, Fred.
Me arriesgo para que todos disfrutéis del lujo que tenéis, ¿y me estás insultando?
—gruñó ella, molesta.
Ese hombre debía de ser su hermano mayor, el que según Ryan era prácticamente el único hijo responsable que quedaba.
—Todos sabemos que no es por la familia.
¿Cuándo fue la última vez que trajiste contratos razonables?
Por eso papá tuvo que pedirle el préstamo a él —dijo Fred, con una irritación clara como el agua en su voz.
—No te atrevas a juzgarme, estamos aquí para salir de esta situación.
—Una situación en la que nos metisteis las dos —la interrumpió Ezekiel—.
Tenéis prohibido molestar a esta pareja.
Si lo hacéis, os desheredaré a las dos —dijo, tosiendo tan fuerte que tuvieron que darle un poco de agua.
—¡Papá!
¿Por qué nunca me ves a mí?
No importa cuánto me esfuerce, siempre es a Fred a quien aprecias y ves.
No es justo.
No lo aceptaré.
Nunca luchas por mí, solo por mis hermanastros.
—Cálmate, Monalisa.
No es el momento —jadeó Ezekiel.
—¿Y cuándo será el momento?
¿Después de que me desheredes?
Lo he intentado.
De hecho, he terminado con esta reunión.
—Agarró su bolso y se marchó.
—Lo siento, papá, no pretendía causarte ningún problema —dijo Alice, mirando a la mesa.
—Está bien.
Con suerte, ¿Ryan aceptará mi súplica?
—De acuerdo, te doy tres meses, pero tus hijas deben mantenerse bien lejos de mi esposa.
La próxima vez no perdonaré.
—De acuerdo, gracias.
¿Pueden quedarse a cenar con nosotros?
—preguntó educadamente.
—No, tengo que irme ya, señor.
Tenemos un día ajetreado por delante y otros lugares a los que ir.
Que tenga un buen día.
—Ryan se levantó y yo también.
Salimos del lugar y llegamos al coche.
Ryan me abrió la puerta del coche y entré; él hizo lo mismo.
Tuvimos un viaje tranquilo a casa, pero pronto me di cuenta de que íbamos demasiado rápido.
—¿Puedes reducir la velocidad?
—le pregunté.
—No, los frenos no funcionan.
No sé qué ha pasado.
Habíamos llegado a la zona solitaria cerca de casa cuando un coche salió de la nada y nos golpeó; el nuestro no paraba de dar vueltas de campana.
Tanto Ryan como yo llevábamos puesto el cinturón de seguridad.
Pronto, las vueltas se detuvieron.
Oí fuertes pasos acercándose a nuestro vehículo.
Ryan estaba inconsciente.
No respondía a mis empujones, y yo estaba cada vez más mareada.
Entonces vi los pies de un hombre, se inclinó y mi vista se volvió demasiado borrosa.
Vi el tatuaje de una llama roja en su mano y entonces perdí el conocimiento.
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