La Esposa por Contrato del Diablo CEO - Capítulo 233
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Capítulo 233: Una vez un Diablo, siempre un Diablo
—Gracias —murmuró Ares.
—¿Por qué?
—Por Esme. —Una suavidad se apoderó de aquellos ojos gélidos, y no fue solo un simple destello—. Es perfecta.
Me estremecí cuando su pulgar me acarició la mejilla, y fue como si un fuego se encendiera, y no sé cómo impedir que se extienda.
Comenzó donde su mano acariciaba, propagándose por mi cuello hasta bajar a mi pecho, donde sentí un ardor, y no era dolor; era como si mi corazón se sumergiera en fuego puro.
Jadeé con fuerza mientras cerraba los ojos, su aliento frío haciéndome cosquillas en la cara; era reconfortante en cierto modo. Y cuando volví a abrir los ojos, me ahogué en su azul y fui absorbida por ellos.
No estaban llenos de lujuria ni de hambre; era pura adoración. Me quedé anonadada y lo único que pude hacer fue quedarme boquiabierta.
«¿Qué está pasando? ¡¿Está… está Ares enamo…?!».
Ares me soltó, y con él, el fuego que me quemaba la piel.
—Buenas noches.
—B-Buenas noches.
Lo vi marcharse, plantada allí como una estatua.
~☆~
Jadeé, incorporándome de un sobresalto, con todo el cuerpo temblando. Me miré las manos y suspiré aliviada al no encontrar sangre.
Gracias a Dios.
Hundí la cara entre las manos mientras las lágrimas se me escapaban por debajo de las pestañas. Tras unos minutos mirando a la nada, me recompuse y me pasé una mano por el pelo.
Aparté las sábanas, sentí un escalofrío y se me puso la piel de gallina. Estaba sudando y la repentina corriente de aire me dio frío.
Fui a la ventana para cerrarla, pero me detuve al ver la casa de Ares al otro lado de la calle. Me preguntaba cuánto tiempo pensaba quedarse aquí. Bueno, había comprado una casa, así que eso respondía a mi pregunta.
Me senté en el hueco de la ventana, abrazándome las rodillas. El simple hecho de saber que estaba justo ahí me tranquilizaba. No me di cuenta de cómo me pesaban los párpados y me quedé dormida.
—¡Mami! ¡Mami! ¡Mami!
Me desperté de un salto, sobresaltada. —¿Qué? ¿Qué? ¿Se está quemando la casa?
—¡Es hora de prepararme para el cole!
Hice una mueca ante su fuerte voz. —¿Qué?
—¡El cole! —salió corriendo.
Me froté los ojos, miré por la ventana y la luz casi me dejó ciega.
«¡Mierda!». Presa del pánico, salí del hueco de la ventana, fui a la mesita de noche, cogí las gafas, me las puse y miré el reloj.
¡Solo son las 6 de la mañana!
Esme nunca se había despertado tan temprano. Normalmente era yo la que la sacaba a rastras de la cama.
¿De dónde salía toda esa energía?
Gruñí y me dejé caer de nuevo en la cama. Unos minutos más me vendrían bien.
—¡MAMI!
O no.
Bostecé casi todo el tiempo mientras preparaba a Esme para el cole. Después de darle la vuelta a la última tortita, fui al comedor.
—¡Más despacio!
Esme devoraba el desayuno a toda prisa, agarró el zumo de naranja y se lo bebió todo de un trago.
—¡Terminé!
—Vale, ¿te persigue alguien o qué? ¿Por qué estás…?
Unos golpes en la puerta me interrumpieron. Esme cogió su mochila y corrió hacia allí. Fui más rápida, agarré el pomo y abrí.
—Esme, no sabemos quién está en la puerta, así que no… —hice una pausa.
Ares.
—B-Buenos días… —tartamudeé, un poco sorprendida.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, y ver sus hoyuelos tan temprano no estaba en mis planes. Joder.
—¿Está lista Esme?
Abrí la boca para hablar, pero la voz de Esme sonó con fuerza.
—¡Estoy lista!
Volví a mirar a Ares en busca de una explicación, pero fue Esme quien me puso al día.
—El señor King me dijo que a partir de ahora me acompañaría al cole, ya que tu coche está averiado.
Intenté articular palabra, pero en su lugar solo tartamudeé. Le había contado a Ares lo de mi coche cuando Esme dormía. ¡¿Cómo es que ella…?!
Esme ya había pasado a mi lado para ir con Ares y le cogió la mano. Él me guiñó un ojo antes de irse y, de repente, caí en la cuenta.
¡Ese maldito diablo! ¡Le había hecho algo a mi coche, ¿¡verdad!?
Resoplé, cruzándome de brazos mientras los veía marchar. Por supuesto que lo había hecho. ¿Quién más se tomaría tantas molestias? ¡¿Se daba cuenta de lo mucho que había gastado en mantener ese coche?!
¡Uf! —gruñí, volviendo adentro para terminar y poder llegar al trabajo a tiempo. ¿Y de quién era la culpa?
Seguí maldiciendo por lo bajo mientras hacía todo a toda prisa y salía corriendo de casa.
El paseo no fue largo, ya que prácticamente iba a toda prisa. Por suerte, Harper había llegado temprano y estaba fregando el suelo cuando llegué.
—Buenos días, jefa… —dijo antes de hacer una pausa—. Estás sin aliento; quizá deberías hacer más ejercicio.
Hacía muchísimo tiempo que ni se me pasaba por la cabeza hacer ejercicio.
—¿Aún no está listo tu coche?
—No creo que lo vaya a estar nunca… —jadeé mientras entraba como un zombi.
¡Juro por Dios que me las va a pagar por esto!
A los pocos minutos, me acomodé y pude atender a mis clientes de la mañana; gracias a Dios no me perdí a ninguno. Sabía que contaba con Harper y María, pero también me encantaba atenderlos; lo hace más divertido, sobre todo con sus cumplidos.
—¡Gracias por venir! —saludé con la mano mientras se marchaban.
Oí la puerta de nuevo. Levanté la vista con una sonrisa, pero se borró al ver a Ares.
Me crucé de brazos cuando se acercó y se sentó en la barra, apoyando el codo en la encimera y la mejilla en la mano.
—Quien nace diablo, diablo se queda —dije entre dientes—. Le has hecho una putada a mi coche, ¿verdad?
—…
Puse los ojos en blanco.
—Qué considerado por tu parte. Ahora puedes acompañar a Esme al cole mientras yo me hago una caminata de una hora hasta mi cafetería.
—Deberías hacer más ejercicio.
—¡Uf! —Le lancé la servilleta, pero la atrapó sonriendo como un puto engendro.
—¿Así es como tratas a tus clientes?
—¿Cliente? Nunca te he considerado como tal.
—Tomaré lo de siempre.
—¡Enseguida! —Me di la vuelta, cogí la taza y serví el café, sonriendo con malicia mientras añadía seis cucharadas de azúcar.
—¿Algo más, señor King? —Dejé la taza.
—Esto servirá por ahora. —Se llevó la taza a los labios y dio un sorbo, pero de repente se atragantó y escupió al suelo.
Estallé en una carcajada.
—Vaya…, gracias por la decoración… —dijo Harper, mirando el suelo y luego a Ares antes de meter la fregona en el cubo.
—¡Lo siento! —bufé, incapaz de controlar mi risa de loca.
Ares suspiró, observando el desastre que había hecho y luego a mí.
—¡Uy! Creía que te gustaba un poco de azúcar en el café… —me burlé, apoyando los codos en el mostrador e inclinándome hacia él—. Lo has manejado bastante bien…
Se lamió los labios, con la mirada oscurecida, y yo podría reconocer esa mirada en cualquier parte. Un deja vu. Le lancé unas toallas de papel para disipar la tensión en el ambiente.
Mientras se limpiaba las manos y la boca, sentí como si fuera a congelar el mostrador para llegar hasta mí.
Con una sonrisa socarrona, volví al trabajo, mientras sus ojos seguían cada uno de mis movimientos.
Así siguió durante mucho tiempo hasta que por fin le presté algo de atención, perdiendo la concentración en mi trabajo.
—¿No tiene nada más en lo que debería estar trabajando, señor King? No me diga que va a pasar todo el día aquí otra vez.
—Este es el mejor sitio de la ciudad.
—Hay muchos sitios —resoplé.
—Prefiero… aquí.
Suspiré, cerré la vitrina y caminé hacia él. —¿A que sé lo que estás haciendo?
—¿Qué estoy haciendo?
Vale, creo que lo prefiero de lejos cuando no habla.
—Sea lo que sea que estés haciendo… no va a funcionar.
—Depende de a qué te refieras.
Me mordí el interior de la mejilla, sin querer decirlo en voz alta. —Venir aquí no debería convertirse en una costumbre.
—Estoy aquí por Esme.
—Después de lo que hiciste, seguro que sí. Lo que dije iba en serio, Ares. No hay un nosotros —añadí lo último en un susurro.
—Lo sé… —respondió él.
Asentí. —Bien. —Reanudé mi trabajo, pero sus ojos decían algo distinto a sus palabras.
—Entonces, ¿por qué tus ojos no dejan de seguirme a todas partes?
—Debería decir lo mismo de ti.
Solté un bufido. —No… estoy concentrada en el trabajo y tú me estás distrayendo.
Miró su Rolex. —Solo estoy esperando para recoger a Esme del colegio.
—Claro que sí.
—¿Siempre acusas a tus clientes?
—Como ya he dicho, no eres un cliente —apreté los dientes.
—Dame tu número… —dijo de la nada, sacando su teléfono.
El cambio fue tan inesperado que tuve que parpadear un par de veces para recomponerme.
—Podrías haberlo conseguido fácilmente por tu cuenta. Esos son uno de los trucos del Diablo, ¿no?
—Así no sería divertido. Te estoy cortejando.
Me quedé helada. —N-No puedes hablar en serio.
Sus ojos se clavaron en los míos y me di cuenta de lo jodidamente en serio que hablaba. ¿Cortejarme? ¿Cortejar? ¿Acaso existe algo así en su órbita?
—C-Cortejar… es una palabra extraña viniendo de ti. Entonces es una broma.
—¿Por qué has pensado que es una broma?
—Porque en un sentido normal y razonable, yo no me fijaría en tu tipo.
—¿No soy tu tipo?
—No, no lo eres.
—Entonces parece que tengo más trabajo que hacer.
—El fracaso te va a dar una bofetada en toda la cara.
—Menos mal que me gustan los desafíos.
¡Uf!
~☆~
Se convirtió en un ritual.
Ares venía temprano para llevar a Esme al colegio, y desayunaba y comía en el restaurante mientras coqueteaba conmigo. Sí, coquetear, sobre todo con la mirada, porque ese hombre no necesita decir ni una maldita palabra.
La silenciosa atención que imponía era increíble. Era casi como si pudiera descifrarlo todo tras esa mirada. Siempre me había costado leerlo, pero ahora parecía que había derribado esos muros de hielo y me lo había mostrado todo.
No era justo que pudiera hacer cosas así, como si nada. Conozco a Ares; era un hombre de una pieza y no tenía ninguna razón para derribar sus muros por nadie.
Acababa de acostar a Esme. Siempre estaba muy cansada cuando llegábamos a casa porque se pasaba todo el tiempo charlando con Ares. Sonreí al recordar cómo le agarraba la mano con fuerza mientras paseábamos hacia casa, sus pequeños saltitos y su sonrisa.
Le di un beso en la frente, apagué las luces y cerré la puerta con cuidado.
Cuando bajé, Ares estaba en mi cocina, en su sitio habitual, donde pasaba unos minutos antes de irse.
—Supongo que te irás pronto, ¿no? —pregunté mientras caminaba hacia la nevera, esperando su habitual «buenas noches».
—No.
Mi corazón dio un vuelco.
Cerré la nevera y me giré hacia él. —Es tarde.
—Estoy hambriento.
—¿H-Hambriento? —tartamudeé, porque cuando dijo esas palabras, no parecía que estuviera pensando en comida.
—O una copa, si es que hay.
Resoplé. —Bueno, creo que me has leído la mente.
No, no lo había hecho. Mi cerebro había divagado por profundidades prohibidas en cuestión de minutos.
—Es fin de semana, así que creo que es perfecto. Ah, y una cosa más. He estado pensando en ello desde entonces.
—¿El qué? —preguntó él, divertido.
~☆~
—¡Era diminuta! —solté una risita mientras le enseñaba la foto de la ecografía de Esme—. Al principio pensé que era una nuez hasta que tuve una imagen más clara y ¡mira esto!
Otra foto de cuando solo tenía tres días.
Ares se frotó la mandíbula, observando la imagen con demasiada intensidad, con una sonrisa persistente en los labios.
—Y ahí… cuando empezó a andar.
Cogió mi teléfono, ladeando la cabeza mientras el vídeo se reproducía. Esme estaba en pañales mientras yo la animaba a caminar, y ella reía tontamente, gateando primero para llegar a mí antes de agarrarse a la pared para ponerse de pie.
Todo el tiempo que documenté cada cosa, pensé que eran solo cosas que una madre primeriza haría para guardar recuerdos por lo preciosos que eran.
Pero una parte de mí… una parte que no quería sacar a la superficie lo hizo para que algún día pudiera ver esta expresión en el rostro de Ares. Ese brillo era tan único que no podía creerlo.
La culpa me inundó mientras tomaba otro vaso de whisky, aceptando el ardor, llenando mi vaso de nuevo, repitiendo la acción hasta que sentí una mano que me detenía.
Miré a Ares, permitiendo que tomara el vaso y lo dejara sobre la mesa de centro.
—¿Tú… —hipé—. Me odias? Yo… te quité esto. No es como si las fotos o el millón de vídeos fueran a devolver esos momentos, ¿sabes? Es tu hija y yo… —Hice una pausa, con ganas de llorar.
—No te odio.
Solté una risita. —Mientes, mientes.
Sentí su mano bajo mi barbilla, inclinándola para que nuestras miradas se encontraran.
—No te odio.
Mi labio inferior tembló mientras sorbía por la nariz.
—¿Tú me odias a mí? —preguntó él.
—Tu padre me arrebató a mis padres. Debería odiaaaarte.
A pesar de mis palabras, me acarició la mejilla.
—Eres un King.
—Apreté el gatillo por ti, cariño.
Parpadeé, confundida por lo que quería decir.
—No murió en paz. Yo le di la muerte.
Se me heló la sangre al darme cuenta.
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