La Esposa por Contrato del Diablo CEO - Capítulo 260
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Capítulo 260: Regreso a Midnight [2]
¡Espera! ¿En serio va a…! ¡Oh, cielos, lo está haciendo!
Ares empezó a acariciarse la gruesa verga y casi dejé de respirar. Clavé las uñas en el cuero, con los ojos como platos mientras intentaba asimilar lo que estaba pasando.
La visión de sus manos veteadas acariciándole la verga me secó la garganta. Una lujuria más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido antes me golpeó con tanta fuerza que casi me dejó sin sentido.
Era un milagro que siguiera despierta para presenciar esto… Sabe Dios que no puedo cerrar los ojos ni pensar en apartar la mirada. ¿Quién podría?
Ares tampoco apartó la vista de mí, su respiración era agitada, como si no pudiera controlar la cantidad de placer que lo perforaba de golpe.
Parecía que estuviéramos jodiendo aunque nos separaban más de un metro. Sentía una pulsación en el coño, tan intensa que casi sucumbí y me toqué para igualar el ritmo de sus caricias.
Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí un escozor. Quería cerrar los ojos y disfrutar de la dicha de este momento antes de hacer alguna estupidez, pero su mirada me tenía cautiva de una forma que me decía que él quería que lo viera… todo.
Esto era una tortura. ¿Se estaba vengando de mí? ¡Desde luego, esperaba que no! Porque no era justo. ¿Cómo podía hacer esto ahora, sabiendo que ya de por sí no puedo contenerme?
Un gemido profundo vibró en él, y casi me corrí en ese mismo instante, las uñas me dolían de tanto clavarlas en el cuero con todas mis fuerzas.
Sus caricias se volvieron más rápidas hasta que el sonido de las palmadas resonó en el espacio. Me aferré al asiento mientras intentaba mantenerme lo más quieta posible, la palpitación entre mis piernas se volvía inimaginable.
Ares echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, un gemido sexi retumbó en lo profundo de su pecho, y su mano quedó manchada de semen.
Hubo una ligera turbulencia, y me froté las rodillas para aliviar el fuego que se extendía ahí abajo, y en el proceso desencadené un orgasmo.
Yo jadeaba, y Ares también. Sonriendo con suficiencia, como si hubiera obtenido algo satisfactorio, sacó un pañuelo para limpiarse la verga y las manos.
Se tomó su tiempo antes de metérsela en los pantalones. Sigue duro.
Ares se desabrochó el cinturón de seguridad, y fue entonces cuando me di cuenta de que ya habíamos aterrizado. Había perdido el contacto con el mundo por un minuto.
Caminó hacia mí, se inclinó y desabrochó el mío. Me ayudó a levantarme, con las piernas temblorosas por el orgasmo, la palpitación aún gritando, y no deseaba nada más que me jodiera ahora mismo. No me importaba lo rápido que fuera, ¡solo quería esa verga!
La diversión inundó sus ojos, como si pudiera ver a través de mis pensamientos, y tampoco es que yo lo estuviera ocultando.
Apoyé las manos en su pecho, agachándome para ayudarle a sacar la verga, pero me agarró la muñeca y me la sujetó a la espalda, arrancándome un gemido de dolor, aunque lo único que sentía era mi excitación corriendo por mi muslo.
Necesito limpiarme antes de bajar de este avión. Estaba hecha un puto desastre.
Gemí sin poder evitarlo cuando Ares hundió el rostro en mi cuello, y sentí sus labios calientes rozando mi piel, la temperatura subiendo tan rápido que me nubló la mente.
—Ares, por favor… —rogué.
Cuando se apartó…, el aire que salía de mi nariz estaba más sobrecalentado, o tal vez el aire acondicionado se apagó o algo así. ¡Cómo podía hacer tanto…!
—Me encanta cuando ruegas…
Estaba dispuesta a hacer mucho más que eso.
Ares me besó apasionadamente, como si se estuviera quedando sin tiempo. Gemí cuando su lengua se abrió paso a la fuerza en mi boca.
—Es mi primera vez.
Parpadeé confundida durante un minuto antes de caer en la cuenta.
—¿Qué? ¿Hablas en serio?
Eso no podía ser. Era básicamente imposible; que esta fuera la primera vez que se tocaba.
¿Podría ser esta la razón por la que, cuando le pedí que lo hiciera esa noche en la bañera, su humor cambió de repente? Eso podría explicarlo, pero… tengo la sensación de que había algo más.
—Ares…
—Vamos a asearnos y a salir.
Mis palabras quedaron en el aire mientras Ares me tomaba de la mano y me guiaba a la suite. Todavía estoy anonadada y confundida.
~☆~
Esme me apretó la mano con fuerza mientras bajábamos por la escalerilla del avión hacia la pista. De repente nos recibió un grupo de hombres, como si estuvieran de guardia o ¿quizás esperando?
¿Los hombres de Ares?
Miré a Ares a mi lado, pero la expresión de su rostro me dijo lo contrario. Entonces, ¿quiénes eran?
Se hicieron a un lado, formando una línea recta mientras una mujer mayor avanzaba, agarrando un bastón, con las manos y el rostro arrugados, su pelo plateado estaba cortado en un suave bob a capas que le rozaba la mandíbula, con mechones desfilados enmarcando su cara.
Llevaba una blusa marrón estampada, cuidadosamente metida por dentro de unos pantalones beige de talle alto, y remataba el conjunto con unos sencillos zapatos planos.
Se quitó las gafas de sol para revelar unos ojos castaños claros que se iluminaron por la luz del sol.
—¡Ares…, me alegro tanto de que por fin hayas vuelto de tu viaje! —Lo abrazó con la misma facilidad con la que se apartó, como si en lugar de a una persona hubiera abrazado una pared.
Los ojos de Ares eran fríos como el hielo, lo suficiente como para congelarla por completo. Y su drástico cambio de actitud significaba algo.
Esta es la vieja zorra. La que me ha espiado y ha intentado matarme. La Abuela de Ares.
—¿Y dónde está tu hermana? ¿No ha venido? —sus ojos buscaron en vano.
Atenea se había ido antes que nosotros para una sesión de fotos urgente en París.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó Ares, pero sus palabras cayeron en saco roto.
—Oh… —jadeó—. Y esta es mi bisnieta. ¡Es tan hermosa! Los genes de El Rey son fuertes; tiene el color exacto de tus ojos. ¡Qué maravilla! ¿Cómo te llamas, querida?
—Esme.
—Hola, Esme. Soy tu abuelita.
—Pero yo ya tengo una abuelita.
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