La Esposa por Contrato del Diablo CEO - Capítulo 301
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Capítulo 301: Almas rotas
Nadie habló durante un segundo, y fue el segundo más largo que he experimentado, hasta que la voz del Dr. Greg cortó el aire como una hoja.
—Hora de la muerte… —consultó su reloj—. …10:15 a.m.
Apagaron la máquina y una sábana blanca cubrió el cuerpo de Adrian.
—Lo siento, Señorita King. Hicimos todo lo que pudimos.
Atenea pasó a su lado y se acercó a la cama.
—Fuera.
—Atenea… —empecé.
—¡Fuera!
El Dr. Greg les dijo a todos que salieran de la habitación, pero yo no me moví.
Atenea retiró la sábana blanca y ahuecó con ternura la fría mejilla de Adrian.
—Supongo que nunca lo sabré…
—¿S-Saber qué? —pregunté en un susurro, con los ojos nublados por las lágrimas.
—Si hubiera podido ser una buena madre… —susurró, inclinándose hacia Adrian y besándole la frente.
Aparté la mirada, incapaz de seguir viendo. Fue entonces cuando vi a Ares en el pasillo. Mi mirada se suavizó, pero todo lo que recibí a cambio fue una expresión ausente.
Di un paso hacia él, pero ya se estaba alejando antes de que tuviera la oportunidad de alcanzarlo.
—Gracias, Cat… —dijo Atenea, sentándose en la cama y acariciando el cabello oscuro como la tinta de Adrian—. Necesito un tiempo a solas.
Asentí, aunque no podía verme. Salí de la habitación, echando una última mirada por encima del hombro.
—No recuerdo la melodía por completo…, pero mi madre solía tararearla para que nos durmiéramos. Funciona como por arte de magia con Ares… te pareces bastante a él, así que quizá pase lo mismo contigo.
Empezó a tararear una suave melodía.
Me costó un mundo apartar la vista; sentía el cuerpo pesado mientras cerraba la puerta a mi espalda y me apoyaba en el marco, llorando en silencio. La melodía de Atenea iluminaba la habitación, como si intentara devolverle la vida o quizá llamar a los ángeles para que vinieran a llevárselo.
Me aparté de la puerta y eché a andar con pesadez, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Volví a la sala de espera con la esperanza de ver a Ares, pero no estaba. Era el último lugar donde lo había visto, y su ausencia me provocó pánico.
Corrí hacia el siguiente pasillo, buscándolo con la mirada en cada rincón que encontraba. Después de girar varias esquinas, seguía sin verlo.
Me pasé una mano por el pelo, con la respiración temblorosa e irregular. Sin embargo, por el rabillo del ojo, lo vislumbré.
Ares estaba justo en la sala privada, donde no había ni un alma. Me quedé allí un rato, observándolo. Tenía los brazos apoyados en los muslos y la cabeza gacha.
La imagen era desoladora. Para cualquier otra persona, habría pasado desapercibido como si nada, pero yo podía ver más allá.
Caminé despacio, no tan deprisa como antes. Al acercarme, me quedé helada al ver un silenciador a su lado.
Tragué saliva, me senté y lo tomé en mi mano. Estaba caliente. El silenciador tembló ligeramente en mi mano; supe que había sido usado.
Lo dejé al otro lado y me acerqué a él, colocando mi mano en su espalda. No respondió ni reaccionó, y con ese simple contacto, pude sentir lo frío que estaba.
—La sangre de otro familiar en mis manos… —constató.
Constanza. Debería estar conmocionada por su confesión, pero no lo estaba. Lo vi venir desde el momento en que Constanza irrumpió en la reunión.
—Es tan fácil y, sin embargo, cuando se trata de ella, no puedo hacer lo que se debe.
Se refiere a Agatha.
—No soy fuerte ni valiente, Catherine… —Su rostro se contrajo en una mueca—. Nunca he podido liberarme de su control. Lo destruyó todo, no solo mi vida, sino también la de Atenea… —Su mirada se clavó en la mía y un escalofrío me recorrió la columna.
Sus ojos estaban sin vida, sin rastro de calidez. Me miraba directamente a mí, pero, al mismo tiempo, parecía no verme.
—Y, sin embargo, la dejé campar a sus anchas todos estos años… La dejé respirar. No tengo más excusa que el hecho de que fui un cobarde.
—No puedes culparte por algo sobre lo que no tenías ningún control…
Soltó una risa amarga y apartó la mirada; el sonido fue igual de desquiciado. —¿Control…? Lo tenía, ¿no? Poder. Control. Orden. Mis tres talones de Aquiles, los muros que construí para mantenerla alejada, pero ella siempre estuvo dentro de esos muros. Usó a Adrian para llegar a mí…, intentando destruir todo lo que he construido y considero mío para que yo volviera arrastrándome a ella, porque sabía que lo haría. Nunca fue un juego ni una suposición; era la verdad.
Su cuerpo se tensó al entrelazar los dedos con fuerza; las venas de sus brazos sobresalían tanto que parecía que iban a estallar.
—Yo era débil cuando se trataba de ella… Mi rabia no fue suficiente para acabar con ella.
Sus palabras fueron como una bala en mi corazón, el dolor goteaba de cada una que pronunciaba. Ares nunca fue un hombre de muchas palabras, pero en ese momento, habló con una crudeza tal que pude sentir cómo sangraba cada frase.
Ares se había odiado a sí mismo durante años. Acababa de darme cuenta. Construyó y construyó, intentó sanar, intentó vivir como buenamente pudo.
Solo se tenían el uno al otro, a Atenea y a él, y ella estaba tan rota como él. No tenían a nadie. Eran pedazos que se habían hecho añicos contra el suelo, y lo único que podían hacer era intentar volver a pegarlos. Aún estaban recogiendo los trozos; a pesar de ello, vivían.
Vivían.
Creo que nunca he conocido a nadie tan fuerte como ellos.
—Atenea debería odiarme por no haber tenido nunca los cojones de acabar con ella. Quizá si lo hubiera hecho antes, si tan solo… —Apretó los dientes—. Todo habría sido diferente.
—Ares… —dije en voz baja—. No te hagas esto. Por favor.
—Quizá podría haber tenido una mejor relación con Adrian. Lo último que me oyó decir hizo que saliera huyendo.
Me incorporé, me puse de pie frente a él y caí de rodillas a sus pies, ahuecando su rostro entre mis manos para que me viera.
—Nada de esto es culpa tuya ni de Atenea. Adrian nunca tuvo la oportunidad de conocer la verdad, como tampoco la tuvimos nosotros. Solo hay una persona a la que culpar, la que manipuló, la que destrozó a esta familia y os robó la felicidad a ti y a Atenea.
—Debería haberlo sabido…
—No podías saberlo, como tampoco ninguno de nosotros. Lo siento… —Me puse en pie y lo abracé con fuerza, con su cabeza apretada contra mi vientre.
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