La Estrella Número Uno en la Era Interestelar - Capítulo 500
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Capítulo 500: CAPÍTULO ESPECIAL: ELLOS, HACE 10 AÑOS
Un niño que aparentaba tener unos siete u ocho años pasaba tranquilamente las páginas del libro que leía. Sentado en un rincón de la biblioteca, la luz que entraba por el ventanal que iba del suelo al techo iluminaba al chico. Un halo parecía formarse sobre su suave y negro cabello. Sus ojos negros parecían brillar, como un diamante negro.
Todos en la biblioteca no podían evitar dirigir la mirada hacia donde estaba sentado el niño. A los presentes les resultaba difícil ignorar la presencia del chico. No solo porque la mayoría eran niños de una edad similar y no podían controlar su admiración, sino sobre todo porque el chico simplemente desprendía ese tipo de aura. Algo que hacía que la gente fuera incapaz de apartar los ojos de él.
Muchos querían acercársele y hablarle. Se podría pensar que, como los niños son muy honestos con sus sentimientos, sería natural que se acercaran al chico sin ningún reparo. Pero, sorprendentemente, ninguno de los niños de la biblioteca se atrevió a hacerlo.
No era porque se estuvieran adhiriendo a la «política de silencio» de la biblioteca. A unos niños de su edad no los detendría algo así, sino por otro chico sentado frente al de cabello negro.
Este chico tenía el cabello azul gélido y un par de ojos de color gris azulado. Aunque parecía aburrido, casi todos los presentes sabían que si intentaban hablar con el niño de cabello negro, esos ojos gris azulado se agudizarían y los mirarían fijamente como si intentaran escanearles todo el cuerpo de dentro hacia afuera. Para niños como ellos, era sin duda escalofriante. Y aterrador.
—Aster, ¿cuánto tiempo más nos quedaremos aquí? Estoy aburrido.
Astrid levantó la cabeza del libro que leía y miró a su hermano gemelo. —Solo hasta que llegue la aeronave escolar. Si Reas está aburrido, puede ir a jugar al fútbol con los otros niños.
Estaban en la biblioteca de la escuela. Era el lugar favorito de Astrid en el colegio. Era pequeña y acogedora, pero lo más importante era que tenían libros de verdad. Algo muy raro en esta época. También fue la razón principal por la que quiso asistir a esta escuela.
Aunque ya habían pasado ocho años desde que se reencarnó en esta época, todavía había cosas de su vida pasada que echaba de menos. La comida era una de ellas, pero eso podía remediarse con facilidad. Sin embargo, cosas como los libros eran bastante difíciles de conseguir. La biblioteca más grande y la única que había visitado era la del Tío Leigh.
Pero la casa del Tío Leigh no era un lugar al que pudiera ir cada vez que le apeteciera leer. Por lo tanto, la biblioteca de la escuela era muy conveniente.
—No quiero. Si me voy a jugar a otro lado, volverás a estar rodeado de otros niños. ¿Y si uno de ellos te secuestra? —dijo Reas con una voz cargada de seriedad.
Astrid casi se echó a reír por la expresión de rectitud en el rostro de su hermano. —¿Oíste eso de Papá?
Reas se cruzó de brazos sobre su pequeño pecho y resopló. —Papá dijo que podría haber gente que quisiera secuestrarte por lo bonito que eres. Como tu hermano mayor, debo protegerte.
Astrid soltó una risita. Por lo maduro que actuaba Reas a veces, se olvidaba de que el otro todavía tenía solo ocho años.
—Primero, los niños de nuestra edad no tendrían la habilidad para secuestrarme. Y segundo, yo soy el hermano mayor. Así que yo debería ser quien proteja a Reas.
Reas hizo un puchero. —Pero sigo siendo más fuerte que Aster. Así que sigo siendo yo quien debe protegerte.
—Sí, sí —solo pudo decir Astrid para calmar a su adorable hermano pequeño—. Pero ¿Reas seguirá protegiéndome cuando seamos viejos?
—¡Por supuesto! —dijo Reas sin dudarlo.
—Pero ¿y si en el futuro aparece alguien que quiera protegerme tanto como Reas?
El pequeño rostro de Reas se arrugó, como si no le gustara la idea.
—Como Mamá tiene a Papá, y viceversa —añadió Astrid.
Reas frunció aún más el ceño. —Entonces tendrán que ser más fuertes que yo. Y a ti te tendrán que gustar, como a Mamá le gusta Papá. Y a mí también me tendrán que gustar. Porque si no me gustan, significa que no son buenos para ti.
Astrid no pudo evitar reírse una vez más. Ese último punto no tenía ningún sentido, pero aun así le hizo feliz.
Quién hubiera imaginado que, 10 años después, aparecería alguien que cumpliría estos criterios.
———-
En un remoto planeta…
Un grupo de soldados acampaba en el claro de un bosque. Estaban allí para apresar a unos rebeldes que se escondían en el planeta. Para pasar el tiempo, algunos de los nuevos soldados asignados a esta misión organizaban combates cuerpo a cuerpo.
Un hombre enorme y musculoso luchaba contra un joven de pelo blanco con un par de ojos dorados muy distintivos. El hombretón lanzó un puñetazo, que el otro paró levantando ambos brazos para cubrirse el rostro.
—Je, ¿eso es todo lo que el precioso príncipe puede hacer? —preguntó el hombretón con una sonrisa burlona.
El aludido como el príncipe sonrió como un lobo salvaje. —Vas a pagar por haberme llamado «precioso».
Entonces, le dio un puñetazo al hombretón, que el otro logró esquivar. Pero antes de que el grandullón pudiera hacer un comentario burlón, sintió un fuerte puñetazo en el costado. Pudo sentir cómo se le rompían las costillas. Y entonces se vio lanzado hacia atrás a gran velocidad.
—¡Bien, el príncipe ha ganado! ¡A pagar, gente! —gritó a los otros soldados un joven de cabello rubio como el lino.
—Hil, ¿de verdad tenemos que pagar? —se quejó un soldado.
Hildred sonrió ampliamente. —¿Por supuesto, o es que quieres que Wulf te dé una paliza?
—Uf, toma.
Los soldados empezaron a enviarle dinero a Hildred a través de sus Terminales por haber perdido la apuesta.
—Oye, timador, ¿puedes dejar de usarme para ganar dinero? —dijo Wulfric con tono molesto.
—Haces que suene como si yo fuera un proxeneta. —Cuando Wulfric lo fulminó con la mirada, Hildred se limitó a levantar las manos en señal de rendición—. Solo digo que te has expresado mal.
Wulfric puso los ojos en blanco y pasó de largo junto al otro, dirigiéndose al arroyo cercano para darse un chapuzón. Hildred lo siguió.
—Por cierto, he oído que planeas formar un escuadrón. ¿Puedo recomendarte a algunas personas? Acabo de conocer a un novato bastante listo de otro pelotón, y también está ese maníaco de la lucha. Por supuesto, yo también me ofrezco como voluntario para tu escuadrón. Ya que yo te caigo bien, ellos también te gustarán.
Wulfric se limitó a lanzarle una mirada de reojo, pero en realidad no rechazó la idea. A pesar de lo molesto que le parecía el otro, también era el único al que podía tolerar en este basurero.
—Mientras no sean basura.
—Oh, no te preocupes, serán útiles —dijo Hildred con una sonrisa despreocupada—. Así que… he oído que la razón por la que escapaste para unirte al ejército fue porque el Emperador planeaba concertar un matrimonio para ti. ¿Es verdad?
Wulfric se detuvo en seco y fulminó al otro con la mirada. —Una palabra más sobre eso, y puedes olvidarte de unirte a mi escuadrón.
—De acuerdo —dijo Hildred, haciendo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.
Wulfric siguió caminando. El simple hecho de pensar que lo primero que Cynric quiso hacer justo después de hacerse con el trono fue casarlo le daban ganas de darle una paliza a alguien.
¿Qué cojones era el matrimonio? Él no necesitaba algo así.
Lo que nuestro Wulf no sabía era que, 10 años después, conocería a alguien con quien desearía casarse y tendría que tragarse sus propias palabras.
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