La expareja destinada del Alfa - Capítulo 14
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14: CAPÍTULO 14.
Accidente 14: CAPÍTULO 14.
Accidente Selena
—Está enferma y no puede cocinar —protesté, interponiéndome delante de Lily para impedir que Eden se le acercara.
—Esas sucias omegas siempre ponen excusas para librarse del trabajo.
Solo quieren comer gratis.
Levántate, zorra, antes de que te dé el castigo que mereces por tu pereza —gruñó Eden mientras humillaba a Lily.
Unas cuantas lágrimas rodaron por las mejillas de Lily mientras se levantaba lentamente.
Pero, poniendo una mano en su hombro, la hice sentarse de nuevo.
—Hoy no trabajará.
Necesita un día libre.
Yo me encargaré de su tarea —repliqué, mirando fijamente a Eden.
—¿Quién te ha dado derecho a tomar decisiones?
—se burló Eden, con el rostro aún más gélido, lo que la hacía parecer todavía más aterradora.
Respiré hondo y suavicé mi expresión.
—Señora, no estoy decidiendo.
Le ruego que, por favor, le dé el día libre.
Haré lo que usted diga —le dediqué mi sonrisa más convincente.
Aunque sabía que era inútil discutir con una matrona desalmada, hice todo lo posible por salvar a Lily de la ira de Eden.
—Tú… —comenzó ella, entrecerrando los ojos hacia mí, pero se detuvo de golpe cuando su mirada reflejó miedo.
Cuando seguí la dirección de su mirada, vi al Beta Maddox entrar en el comedor con su pareja destinada, Emile.
Emile había sido su novia de toda la vida y era la Beta de la manada.
Se eligieron mutuamente como parejas destinadas cuando Maddox no encontró a la suya al cumplir los dieciocho años.
—Más te vale preparar el desayuno de la Luna Avery a tiempo mientras completas el turno de desayuno de Lily —masculló Eden, lanzándome una mirada furiosa antes de pasar a otro mostrador para revisar los preparativos.
Suspiré aliviada mientras le dedicaba una sonrisa tranquilizadora a Lily.
Los miembros de la manada empezaron a reunirse en el enorme comedor y a ocupar sus sitios en las mesas.
De repente, la sala se quedó en silencio y todos se pusieron de pie cuando el Rey Alfa apareció cerca de la entrada.
Le eché un vistazo mientras removía la comida en la sartén, observando cómo él marchaba gloriosamente hacia la mesa principal, donde solo la realeza y los altos rangos de la manada solían sentarse.
Para mi sorpresa, echó un vistazo hacia la cocina, pero evitó mirarme, como si no me reconociera o como si yo fuera invisible.
Era como si no hubiera pasado nada la noche anterior.
Era muy bueno fingiendo.
Estaba perdida en mis pensamientos, mirando fijamente a ese imbécil de Alfa mientras hablaba con Avery, cuando de repente sentí el calor de las llamas lamiendo mi piel.
Al bajar la vista, vi que mi vestido se había incendiado.
Ahogué un grito, apenas sin tiempo para reaccionar antes de que Zander estuviera a mi lado —casi más rápido de lo que pude parpadear—, arrancándome el vestido de gasa y arrojándolo al fregadero.
Otros abrieron el grifo sobre él.
Antes de que me diera cuenta, ya estaba cubierta con la chaqueta de Zander.
Sucedió tan rápido que nadie llegó a verme desnuda, porque Zander me ocultó tras su enorme cuerpo, protegiéndome de las miradas, y fue superrápido al quitarse la chaqueta y envolverme con ella a la velocidad del rayo de un Alfa.
Zander cerró el gas con un movimiento de muñeca y se apartó de mí con indiferencia.
Todavía estaba en shock por cómo había sucedido, porque, según recordaba, yo había apagado el fogón después de cocinar y había empezado a emplatar la comida.
Entonces, ¿cómo podía seguir encendido?
Zander no me dijo nada, pero fulminó a Eden con la mirada.
—¿Cómo ha ocurrido esto?
Tienes que asegurarte de que todo el mundo en esta cocina esté a salvo.
¿Cómo puedes permitir que alguien vista de forma inapropiada para cocinar?
Solo debería permitirse la ropa de algodón —gruñó con frialdad.
Me encogí ante su tono duro y frío.
Pero ¿a él le importaba?
Lo miré de reojo.
Tenía el ceño fruncido, las fosas nasales dilatadas y los ojos ardiendo de ira.
—Yo… lo siento, Alfa —musitó Eden a modo de disculpa, pero sus ojos me lanzaban dagas.
—No quiero que un accidente de este tipo vuelva a ocurrir en la cocina de la manada.
Los miembros de la manada y sus vidas son más valiosos de lo que crees.
Ten más cuidado la próxima vez y toma todas las medidas de seguridad contra incendios —ordenó—.
Llévala al hospital de la manada para que reciba tratamiento —indicó, para mi sorpresa.
—No es necesario.
Estoy bien —murmuré, pero pareció que no me oyó o que me ignoró intencionadamente, porque, sin decir nada, regresó a la mesa del comedor.
¡Imbécil arrogante!
—¡Vamos, todo el mundo!
Vuelvan al trabajo —ordenó Eden en voz baja.
Era muy buena actuando.
Cuando Eden se fue, Lola corrió a mi lado con una expresión preocupada.
—Selena, no entiendo cómo tu vestido ha podido prenderse fuego de repente.
Me parece sospechoso, como si no hubiera sido un accidente —dijo, en voz baja para que nadie más pudiera oírla.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda mientras sus palabras calaban en mí.
¿Podría tener razón?
¿Alguien había prendido fuego a mi vestido deliberadamente?
Pero ¿por qué querría alguien hacerme daño?
Me sumí en mis pensamientos, intentando recordar los acontecimientos que precedieron al accidente.
Pero cuanto más pensaba en ello, más confundida me sentía.
Todo había sucedido tan rápido que no podía recordar nada fuera de lo normal.
Apartando esas sensaciones espeluznantes, me volví hacia ella y le dediqué una sonrisa tranquilizadora.
—No te preocupes, solo ha sido un accidente.
Estas cosas pasan en la cocina todo el tiempo —dije, intentando sonar segura de mí misma.
—Tú nunca has sido descuidada, y lo sé.
Algo no me cuadra —susurró mientras la preocupación arrugaba su frente.
—¡Piensas demasiado, Lola!
—reí nerviosamente.
Pero Lola seguía sin parecer convencida.
Mientras se alejaba, no pude evitar mirar a mi alrededor, con una sensación de inquietud.
Este palacio siempre me provocaba esas sensaciones espeluznantes.
Sin embargo, en la superficie todo parecía normal y nada fuera de lo común.
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