La expareja destinada del Alfa - Capítulo 207
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207: CAPÍTULO 207.
Oración desesperada 207: CAPÍTULO 207.
Oración desesperada *Selena*
Mascullé por lo bajo, pero la seguí de todos modos.
En el fondo, esperaba que tuviera razón y que todo saliera bien.
Pero entonces, sin previo aviso, el aire se volvió denso y fétido, y un hedor nauseabundo me llenó los pulmones.
Una neblina oscura y humeante empezó a serpentear entre los árboles, asfixiando la atmósfera con su energía siniestra.
Magia oscura.
«¡Selena, prepárate!», gritó Arena en mi mente, haciéndome reaccionar al instante.
Antes de que pudiera transformarme, dos brujas se materializaron en el aire, sus figuras envueltas en sombras y malicia.
—¡Blair, ponte detrás de mí!
—grité, tirando de ella hacia atrás mientras susurraba un hechizo por lo bajo.
Sentí un hormigueo de poder en las manos al lanzar el primer ataque, una ola brillante de magia dirigida a las brujas.
Parecía que habían venido preparadas.
Ambas brujas atacaron a la vez, y su poder combinado hizo añicos en cuestión de segundos el círculo protector que yo había lanzado apresuradamente a nuestro alrededor.
Antes de que pudiera reaccionar, una reluciente cuerda encantada salió disparada, enrollándose con fuerza a nuestro alrededor y aprisionándonos en su agarre implacable.
Arena se retorcía dentro de mí, su energía bullía mientras intentaba liberarse.
«Dame unos momentos, Selena», me aseguró, con la voz tensa pero decidida.
«Estoy a punto de romper esta magia».
Pero mi preocupación inmediata no eran solo las cuerdas, era Blair.
Las brujas empezaron a arrastrarla lejos de mí.
Sus ojos asustados se encontraron con los míos mientras luchaba por soltarse.
—¡Esperad!
¡Dejadla en paz!
—grité, con la desesperación tiñendo mi voz.
Una de las brujas, la del pelo oscuro y enmarañado, se volvió hacia mí con una sonrisa siniestra.
—¿Quién te crees que eres para darnos órdenes?
—se burló—.
Esta chica es hija de una lapha, y su sangre nos hará más fuertes.
Su voz rezumaba malicia, y el corazón me latía con fuerza ante la inmundicia de su confesión.
Mi mente se aceleró, las implicaciones de sus palabras se me retorcían en las entrañas.
—¿Quién os ha enviado?
—exigí, gritando para ganar tiempo, rezando para que Arena tuviera el suficiente para desentrañar su magia.
La bruja soltó una risa sombría.
—¿Crees que vamos a responder a tus insignificantes preguntas, loba?
—se mofó—.
Tu amiga morirá, y luego serás la siguiente.
Blair soltó un gruñido desafiante, su valentía brillaba incluso ante el peligro, pero eso solo enfureció más a las brujas.
«¡Date prisa, Arena!», supliqué en silencio, forcejeando contra las ataduras mágicas con todas mis fuerzas.
«Ya casi está», aseguró Arena, con voz firme a pesar del caos.
Pero antes de que su magia pudiera romper el hechizo que nos ataba, mi corazón casi se detuvo.
Se me heló la sangre al ver a la otra bruja agarrar a Blair por el pelo, tirando de su cabeza hacia un lado con una fuerza brutal.
Blair gritó, luchando contra su captora, pero fue inútil.
Los caninos de la bruja se alargaron, afilados y mortales, y mis ojos se abrieron de par en par, horrorizados.
La revelación me golpeó como un rayo: no eran brujas corrientes.
Eran híbridas de vampiro.
Oh, Diosa.
El pánico me invadió al darme cuenta de que no quedaba tiempo.
La bruja iba a morder a Blair, y una vez que lo hiciera, todo habría terminado.
Me debatí contra las cuerdas encantadas, con la desesperación arañándome el pecho.
—¡No!
¡Parad!
—grité, con la voz ronca por la urgencia.
Pero justo cuando toda esperanza parecía perdida, una plegaria se formó en mis labios, silenciosa pero desesperada.
«Diosa, ayúdanos, por favor».
Como si la propia Diosa hubiera escuchado mi súplica, dos gruñidos atronadores rasgaron el aire, sacudiendo el suelo bajo nuestros pies.
Un enorme lobo negro y un poderoso lobo marrón irrumpieron en el claro, su presencia imponente y feroz.
Mi corazón dio un brinco al reconocerlos.
La sola presencia de Lyon y Micah bastó para sembrar el terror en los ojos de las brujas.
Antes de que nadie pudiera parpadear, la malvada bruja fue arrancada de Blair con una fuerza salvaje cuando la enorme pata de Micah se estrelló contra ella, enviándola por los aires.
Se estrelló contra el suelo con un fuerte impacto, y un siseo de dolor escapó de sus labios.
Antes de que Blair pudiera golpearse contra el duro suelo, Micah ya estaba debajo de ella, su suave pelaje le sirvió de colchón para amortiguar la caída.
Soltó un gruñido bajo y tranquilizador antes de empujarla suavemente para ponerla a salvo.
Luego, sin dudarlo, Micah se puso en pie de un salto y se unió a Lyon.
Ambos lobos acecharon a las brujas, sus profundos y amenazantes gruñidos vibraban en el aire: una advertencia mortal de la tormenta que se avecinaba.
Las dos brujas retrocedieron tambaleándose, el miedo parpadeaba en sus rostros, pero todavía no habían aceptado la derrota.
Sus expresiones se endurecieron, y pude ver la determinación de luchar aún ardiendo en sus ojos.
Lyon y Micah merodeaban a su alrededor, rodeándolas como depredadores que acorralan a su presa.
El aire crepitaba con una tensión demencial.
Las brujas empezaron a cantar, sus voces tejían un oscuro encantamiento mientras levantaban las manos, listas para atacar.
Pero antes de que pudieran terminar, sus cuerpos se pusieron rígidos, sus manos congeladas en el aire.
La confusión me invadió.
¿Qué acababa de pasar?
El sonido de unos pasos que se acercaban me hizo girar, y se me cortó la respiración al ver a Freya salir de entre las sombras, flanqueada a ambos lados por los guerreros de la manada.
Con un solo movimiento de su mano, el hechizo de las brujas se hizo añicos.
Una oleada de energía me recorrió mientras las ataduras que nos sujetaban a Blair y a mí se disolvían en la nada.
Estábamos libres.
Blair y yo intercambiamos una mirada.
—Blair, se te ordenó que te quedaras en la casa de la manada, pero parece que todavía no has aprendido a seguir las instrucciones —gruñó Maddox, con la voz cargada de frustración.
Transformándose en su forma humana, se abalanzó sobre Blair, sin importarle en absoluto su desnudez.
Blair se quedó helada, parpadeando con sus ojos muy abiertos por la conmoción mientras miraba a su furiosa pareja destinada.
—Yo…
yo…
—tartamudeó, pero Maddox negó con la cabeza lentamente, de forma amenazadora.
—Ahórratelo, pequeña compañera —gruñó.
Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, la agarró por las caderas y la cargó sobre su hombro sin esfuerzo.
—Alfa, me llevo a mi pareja destinada para inculcarle el protocolo de peligro en su ingenua mente —declaró, con un tono agudo de frustración e ira mezcladas.
Sin esperar respuesta, se marchó a grandes zancadas, sin dejar lugar a dudas sobre lo que le esperaba a Blair.
La cruda intensidad de su miedo y su furia flotaba en el aire: le había desobedecido y casi le había costado la cordura.
Ahora, se enfrentaría a las consecuencias.
—¿Quién os ha enviado aquí para hacer daño a mi pareja destinada y a mi hermana?
¡Decidme!
—exigió Zander, con la voz atronadora por la rabia.
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