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La expareja destinada del Alfa - Capítulo 40

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  3. Capítulo 40 - 40 CAPÍTULO 40
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40: CAPÍTULO 40.

Un traidor entre nosotros 40: CAPÍTULO 40.

Un traidor entre nosotros Zander
—¡Sí, Alfa!

—respondió Henry, y su voz denotaba que comprendía la importancia de su papel.

—¡Con esto, se levanta la sesión!

—declaré, dando por concluida nuestra discusión.

Mientras todos empezaban a salir de la sala, llamé a Maddox, deteniéndolo en seco.

—Maddox, quédate, por favor.

Hay algo de suma importancia que debemos discutir —dije, con un tono de seriedad en mis palabras.

Había asuntos entre nosotros que requerían atención inmediata y una cuidadosa consideración.

—¿Dónde estuviste anoche?

—le pregunté a mi Beta, con la voz cargada de acusación.

Maddox frunció el ceño, como si intentara recordar.

—Estuve de patrulla, como de costumbre, ya que era mi turno —respondió, encogiéndose de hombros.

Pero no me convenció.

—¿Estás seguro?

—lo desafié, con un tono de voz más agudo por la sospecha.

—¡Sí!

¿Por qué me estás interrogando?

¡Espera un momento!

¿Sospechas que yo vulneré el sistema de seguridad?

—inquirió, frunciendo el ceño aún más.

—Maddox, descubrí tu huella dactilar en el sistema de desbloqueo de la puerta —le informé con firmeza.

Su expresión se transformó en una de puro asombro.

—Te lo juro por la Diosa, ayer no entré en la sala de datos.

De hecho, nunca he entrado en esa sala solo, y nunca sin ti —insistió, y la desesperación le hizo fruncir el ceño todavía más.

Di un paso hacia él, mis instintos de Alfa me urgían a presionarlo más para conseguir la verdad.

—¿De verdad esperas que te crea?

Además de mí, solo tú tienes acceso a la sala de datos.

Y tu huella dactilar quedó registrada en el sistema la última vez que se abrió la puerta —dije, enfrentándolo con una mueca en el rostro.

—¡Zander, por favor, para ya!

—gritó frustrado, golpeando la mesa con las palmas de las manos.

Respiró hondo y cerró los ojos, tratando de recuperar la compostura.

—Preferiría morir antes que ser tachado de traidor.

Esta manada es mi hogar y he derramado sangre por ella.

Jamás te traicionaría a ti ni a esta manada, ni aunque me mataran por ello.

Por favor, créeme o mátame, pero no me llames traidor —suplicó.

Podía ver la verdad en sus ojos.

Como Rey Alfa, la Diosa me había otorgado la habilidad de mirar a alguien a los ojos y discernir si decía la verdad o mentía.

Y en ese instante, supe que Maddox decía la verdad.

—Entonces, Maddox, esto es aún más grave, porque alguien ha usado tu huella dactilar y no tenemos ni idea de quién ha sido —le informé, y él asintió, comprendiendo la gravedad de la situación.

—¿Quién tenía acceso a la sala de datos?

¿Sabes quién puede ser el ladrón?

—preguntó, con una preocupación evidente.

Le eché un vistazo rápido antes de desviar la mirada hacia otro lado, sopesando las respuestas.

—Tenemos algo mucho más serio que descubrir —musité, con un tono cargado de severidad.

—¿Qué es?

—inquirió Maddox, picado por la curiosidad.

—Alguien está intentando acceder a los detalles completos de la seguridad de la comunidad de hombres lobo en el Norte —declaré, y el peso de la revelación quedó suspendido en el aire.

—¡Mierda!

—masculló por lo bajo, pasándose una mano por el pelo con frustración evidente.

—Tenemos que actuar rápido —masculló con urgencia.

Maddox se dirigió de vuelta a la casa de la manada, con la intención de ir hacia el campo de entrenamiento.

Lyon y yo estábamos llenos de inquietud.

El rompecabezas se volvía cada vez más complejo con cada día que pasaba.

Como necesitaba liberar algo de energía acumulada, decidí salir a correr.

Me quité la ropa rápidamente, me transformé en mi gran lobo negro y salí disparado hacia el bosque.

Mientras corría a grandes zancadas por el jardín medicinal real, los agudos sentidos de Lyon detectaron un aroma familiar: rosas y melocotones.

Sin perder un instante, volví a mi forma humana y me puse rápidamente un pantalón corto.

Habíamos colocado ropa estratégicamente a intervalos regulares para no acabar deambulando desnudos durante las transformaciones de emergencia.

Mis ojos escrutaron los alrededores en busca de la fuente de aquel cautivador aroma.

Y allí estaba ella.

Pero ¿qué hacía en el jardín medicinal real?

La observé desde detrás de un árbol.

Dejó escapar un suspiro de frustración y recorrió el jardín con la mirada, con el ceño fruncido.

Entonces, su mirada se posó en una dirección concreta, y su rostro se iluminó mientras caminaba hacia una hilera de hierbas.

¡Oh, no!

¡Mierda!

Corrí hacia ella a la velocidad del rayo.

Justo cuando estaba a punto de tocar la hierba, la agarré rápidamente de la cintura por detrás y la aparté de las plantas.

Ella soltó un grito ahogado, sobresaltada por el movimiento repentino.

—¡¿Qué demonios haces?!

¡Suéltame!

—empezó a maldecir, intentando zafarse de mi agarre.

—¿Qué estás haciendo aquí, Selena Ardolf?

—le pregunté, susurrándole al oído mientras la sujetaba con firmeza.

Sentí su cuerpo temblar entre mis brazos mientras tomaba una brusca bocanada de aire.

—Vine a recoger unas hierbas para la mascarilla facial de tu prometida, tal y como me ordenó —murmuró, con voz apenas audible, y el corazón le latía tan deprisa que hasta yo podía oírlo sin necesidad de recurrir a mis sentidos de Alfa.

—Entonces, ¿por qué querías matarte?

—cuestioné.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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