La expareja destinada del Alfa - Capítulo 44
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44: CAPÍTULO 44.
Sesión de entrenamiento intensa 44: CAPÍTULO 44.
Sesión de entrenamiento intensa Blair
Cuando Selena y yo llegamos al campo de entrenamiento, mis ojos se sintieron inmediatamente atraídos por Maddox, que estaba enfrascado en una feroz batalla con un aprendiz de soldado hombre lobo.
Su presencia era innegable, destacando por su aura imponente y un físico que exudaba poder y perfección.
No pude evitar tragar saliva, cautivada por su formidable apariencia.
—Cierra la boca, prácticamente estás babeando —bromeó Selena con un brillo travieso en los ojos.
Puse los ojos en blanco.
—He visto a muchos tíos, y hasta más buenos que él —suspire con indiferencia, pero era mentira.
Blaze ronroneó suavemente en mi mente, anhelando a nuestra pareja destinada e instándome a acercarme a Micah, el lobo de Maddox.
Mi mirada permaneció fija en él mientras entrenaba diligentemente a un soldado novato.
Cada movimiento que hacía era ejecutado con precisión y gracia, demostrando su notable habilidad.
Con cada victoria sobre el soldado, aprovechaba la oportunidad para señalar los errores del aprendiz, ofreciéndole una valiosa orientación.
Era evidente que Maddox no solo era un luchador formidable, sino también un maestro excepcional.
Pero aun así, era un gilipollas.
Me había roto el corazón, haciéndolo un millón de pedazos.
—Blair, ¿estás segura de esto?
—preguntó Selena, con el ceño fruncido por la preocupación.
Respiré hondo, reuniendo toda mi resolución.
—Estoy segura, Selena.
Hoy quiero que Maddox me entrene a mí —declaré con firmeza, mi voz llena de determinación.
Desde que descubrí que Maddox era mi pareja destinada, todo encajó en mi mente.
Comprendí por qué había dejado de tocarme, de hablarme y de evitar el contacto visual de forma tan abrupta después de su decimoctavo cumpleaños.
Le dolía sentir la conexión, experimentar la profundidad de nuestro vínculo otorgado por la diosa de la luna.
Deseaba desafiar el sagrado y poderoso vínculo de pareja que nos había concedido la diosa de la luna.
Sabía que, si se atrevía a tocarme, le sería imposible reprimir su reacción.
Su lobo no podría controlarse y tendría que revelar que yo era su pareja destinada.
No podía comprender cómo se las arreglaba para resistirse al encanto del aroma de la pareja destinada, porque yo era incapaz de resistirme a su embriagador olor a pino y hierba.
Me llevaba al borde de la locura, despertando profundos deseos en mi interior, haciendo que mi centro palpitara y que mi loba, Blaze, anhelara su contacto.
Ahora, una ardiente determinación me consumía.
Quería que experimentara el mismo tormento que me había consumido a mí desde que descubrí que era mi pareja destinada.
Estaba decidida a hacerle sufrir y a infligirle algo de dolor hoy mismo.
—Princesa, ¿qué haces aquí?
—oí la voz profunda del apuesto guerrero, Lewis.
—Lewis, estoy aquí para practicar.
Ojalá pudieras entrenarme —sonreí, parpadeando inocentemente.
—Sería un honor para mí, princesa.
Te entrenaré.
Ven conmigo —sonrió Lewis, emocionado.
—¡¿Lewis, qué está pasando?!
—oímos la voz de Maddox resonando en los alrededores mientras Lewis me cogía la mano.
—Beta Maddox, la princesa está aquí y quiere que la entrene —le respondió Lewis a Maddox.
—No estás designado para entrenar a la princesa.
Yo me encargaré de este asunto.
Ve a entrenar a esos críos —ordenó Maddox, señalando al nuevo escuadrón de aprendices que practicaba libremente en el campo.
—No, Beta Maddox, quiero que me entrene Lewis.
Nadie más —dije con terquedad, notando que los ojos de Maddox se entrecerraban y un músculo se contraía en su mandíbula, indicando su molestia.
Sin embargo, no discutió conmigo.
En su lugar, se volvió hacia Lewis, haciéndole un gesto para que siguiera adelante.
Lewis sonrió mientras se acercaba a mí, y su presencia me llenó de emoción.
Le guiñé un ojo a Selena en plan juguetón, pero ella negó con la cabeza a modo de advertencia.
Y…
el juego comenzó.
Con una sonrisa traviesa, me bajé la cremallera de la chaqueta, revelando el sexi sujetador deportivo y los pantalones cortos que llevaba debajo.
La confianza me invadió mientras me dirigía al centro, esperando ansiosamente que Lewis iniciara los movimientos de nuestra práctica de lucha.
Me di cuenta de que le agradaba verme con menos ropa.
Mientras nos enzarzábamos en una sesión de práctica dinámica e intensa, nuestros cuerpos se movían con precisión y fluidez.
Cada golpe y bloqueo nos acercaba más, nuestra piel se rozaba de vez en cuando mientras él intentaba retenerme intencionadamente más tiempo entre sus brazos.
No pude evitar notar la presencia de Maddox cerca, y una traviesa satisfacción me llenó al imaginar un atisbo de celos parpadeando en su mirada.
Sus ojos grises permanecían fijos en nosotros, sus puños apretados con fuerza y su mandíbula visiblemente tensa.
De repente, un gruñido grave retumbó en su garganta cuando me vi inmovilizada bajo Lewis en un movimiento de combate.
En un abrir y cerrar de ojos, Maddox apartó a Lewis de mí con brusquedad.
—Tu tiempo ha terminado.
Puedes irte, Lewis.
Yo entrenaré a Blair —declaró Maddox, con voz autoritaria e imponente.
—Pero, Beta…
—intentó protestar Lewis, pero una sola mirada de Maddox bastó para silenciarlo.
A regañadientes, Lewis inclinó la cabeza y se marchó en silencio del campo de entrenamiento.
La intensa mirada de Maddox se desvió hacia mí, y no pude evitar notar el sutil movimiento de su nuez al tragar, aunque sus emociones eran indescifrables.
Me tomé mi tiempo para comerme con los ojos a mi pareja destinada de cerca.
Estaba sin camisa, solo con unos pantalones cortos, mostrando con orgullo sus músculos cincelados.
Cada músculo ondulante estaba a la vista, desde sus abultados bíceps hasta sus abdominales definidos y su pecho tonificado.
Sus caderas estrechas acentuaban su fuerte físico, descendiendo hasta sus poderosas piernas.
—¿Estás seguro de que puedes conmigo?
—bromeé, con una sonrisa traviesa dibujada en los labios.
—Nunca he estado más seguro en mi vida, cría —me llamó «cría» a propósito, a pesar de saber que tenía diecinueve años, solo para sacarme de quicio.
—Bueno, pues, ¿a qué esperas?
Empecemos —respondí con una sonrisa burlona.
Cuando lancé mi puñetazo y ataqué primero, él lo esquivó con rapidez, demostrando su inteligencia y sus rápidos reflejos.
Parecía que creía que podría mantener una distancia segura de mí.
Sin embargo, antes de que pudiera darme cuenta, me agarró rápidamente la mano extendida, tirando de ella hacia atrás sin esfuerzo y contrarrestando mis movimientos con precisión.
Me sobresalté en ese momento.
Fue en ese instante cuando sentí una chispa inesperada entre nuestros cuerpos.
Su firme físico se apretó por completo contra el mío, creando una sensación de hormigueo que me provocó escalofríos por la espalda.
Era la primera vez que experimentaba una conexión tan invisible, y me dejó sin aliento, con el corazón acelerado por una mezcla de miedo e intriga.
La intensidad de su mirada era inconfundible.
Tenía que haberlo sentido, ¿verdad?
Por la forma en que sus ojos grises se oscurecieron y su respiración se aceleró, parecía como si acabara de tomar la peor decisión de su vida.
Aprovechando la oportunidad, lo empujé, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera de espaldas cuando menos se lo esperaba.
A la velocidad del rayo, me senté a horcajadas sobre sus caderas y le sujeté firmemente los brazos.
Sus ojos se clavaron en los míos, sus labios carnosos y llenos ligeramente entreabiertos.
En un rápido movimiento, me dio la vuelta, y ahora yo yacía debajo de él, con las manos inmovilizadas por encima de mi cabeza.
—Tienes que mantenerte alerta, cría.
Concéntrate en tus movimientos, o de lo contrario podrían matarte fácilmente —dijo entre dientes, con la voz entrecortada.
Me llamaba «cría» persistentemente, un intento deliberado de provocarme o quizá de convencerse a sí mismo.
Sin embargo, no pude evitar reírme de su aparente impotencia, sabiendo que luchaba por convencerse a sí mismo de que podía combatir el vínculo de pareja que había entre nosotros.
Podía sentir su creciente erección apretando contra mí, un hecho que no hacía más que aumentar su frustración.
Su expresión cambió a una de ira, aunque no estaba segura de si iba dirigida a él mismo o a mí.
Se levantó rápidamente, poniendo algo de distancia entre nosotros.
—La sesión ha terminado.
Vuelve a la casa de la manada, Blair —ordenó, con un tono lleno de autoridad.
Beta Maddox, no he hecho más que empezar, y pronto tu vida será un infierno tan grande como el mío.
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