La expareja destinada del Alfa - Capítulo 77
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77: CAPÍTULO 77.
Déjame sanarte 77: CAPÍTULO 77.
Déjame sanarte Blair
Respiré hondo mientras estaba de pie frente a la puerta.
Desde que me enteré de la traición de Emile, había estado anhelando ver a Maddox.
Por desgracia, había estado hasta arriba con sus responsabilidades de Beta y no había podido conseguir un momento a solas con él.
Pero ahora me había llegado la noticia de que estaba a punto de marcharse con Zander.
No podía esperar más.
Mis pies me llevaron hasta el umbral de su puerta.
Llamé suavemente y esperé allí, con el corazón desbocado.
La puerta se abrió lentamente con un crujido.
Una expresión de pura sorpresa inundó el rostro de Maddox.
—¡¿Blair?!
Ehm…
¿Necesitas algo?
—La voz le temblaba de preocupación y en sus ojos había una mezcla de asombro y curiosidad.
—¿Puedo pasar?
—susurré, con una leve sonrisa en los labios.
Maddox dudó un instante y luego abrió la puerta de par en par y se hizo a un lado para dejarme entrar.
Oí que la puerta se cerraba suavemente a mi espalda.
Al entrar en su habitación, no pude evitar inspirar profundamente, perdida en el aroma que me envolvía.
Era inconfundiblemente el de Maddox, una mezcla de bosque y del refrescante aroma de la lluvia.
Mi corazón se desbocó con su presencia tan cercana, y podía sentir sus ojos sobre mí, incluso sin mirarlo.
Me dieron ganas de darme la vuelta y correr a sus brazos, pero me resistí, centrándome en la habitación para desterrar esos pensamientos tentadores de mi mente.
La habitación desprendía un aire de elegancia, con el marcado contraste de sus muebles de color marfil y negro.
Las paredes, de un blanco inmaculado, parecían absorber el pesado silencio que flotaba entre nosotros.
Maddox permanecía allí, y su paciencia era un testimonio de su inquebrantable compostura.
Me tomé unos instantes para ordenar mis pensamientos antes de reunir el valor para encararlo.
—Maddox, me he enterado de lo de Emile —susurré, con los ojos llenos de empatía, buscando los suyos.
Su ceño se frunció aún más y desvió la mirada.
—Blair, si quieres hablar de esas cosas, no tengo tiempo.
Tengo que irme en unas horas, y tengo que hacer la maleta y prepararme —dijo con un tono cortante, caminando con determinación hacia la mesa donde los mapas y las notas se extendían como la obra maestra de un cartógrafo.
Había ropa y pertenencias diversas esparcidas sobre su cama, un indicador visual de la inminente partida.
Un pensamiento lascivo parpadeó en mi mente, evocando imágenes de él conmigo en esa cama deshecha, una fantasía que me provocó un respingo involuntario.
El pánico se apoderó de mí y negué enérgicamente con la cabeza para disipar la tentadora ensoñación.
—¡Maddox, háblame!
—le imploré, dando pasos decididos hacia él.
—Déjame en paz, Blair —replicó con severidad, con los ojos fijos en los intrincados detalles del mapa.
Sin embargo, la fuerza con que apretaba el lápiz en la mano se intensificó dolorosamente, indicando su agitación interior.
—¡No, no lo haré!
—declaré, y mi negativa cortó el aire cargado.
Maddox, al volverse para encararme, era una tempestad de furia; su ira era palpable en sus fosas nasales dilatadas y sus ojos llameantes.
—¿Has venido a burlarte de mí?
—espetó, con palabras afiladas y cargadas de resentimiento.
—¡Claro que no!
¿Por qué iba a burlarme de mi pareja destinada?
—repliqué bruscamente, con la irritación bullendo en mi interior por la culpa injusta que parecía echarme.
—¡Yo no tengo una puta pareja destinada!
Y no quiero tenerla nunca —gruñó, mirándome con ferocidad en una muestra de frustración.
¡Pero me tienes a mí!
—Esto no es así solo porque tú lo digas.
Los dos somos parejas destinadas, y la Diosa Luna lo ha querido así —argumenté, con una convicción inquebrantable.
—Blair, no pongas a prueba mi paciencia.
No estoy en una buena situación como para que juegues conmigo —advirtió, mientras sus ojos se oscurecían peligrosamente.
Había una vulnerabilidad bajo su dura fachada, una súplica silenciosa de comprensión.
Me dolía el corazón por él.
A pesar de su vehemente negación, el dolor que cargaba era evidente.
La traición de Emile le había infligido heridas profundas, y podía ver las fracturas en la resiliencia de Maddox.
—No estoy jugando contigo, Maddox —murmuré, mi mirada suavizándose con todo el amor que sentía por él.
Un hálito de vulnerabilidad flotó en el aire mientras yo desnudaba mi alma.
—Estoy aquí para compartir tu dolor —admití, con una serena resolución en mi voz mientras mi mano se alzaba, temblando ligeramente por la vacilación, para hacer contacto con su pecho.
Una sacudida eléctrica pasó entre nosotros, una conexión tácita que recorrió mis venas.
Su reacción fue palpable: una sacudida repentina, la nuez de Adán subiendo y bajando mientras tragaba con fuerza.
La atmósfera cargada crepitó con un entendimiento tácito.
Reuniendo valor, acorté la distancia entre nosotros, nuestras miradas se encontraron en un intercambio silencioso.
El reconocimiento de nuestra conexión, el innegable vínculo de las parejas destinadas, flotaba en el aire como un voto tácito.
Mirándolo profundamente a sus tormentosos ojos grises, susurré: —Déjame sanarte.
¡Mi pareja destinada!
—Blair, mi creencia no va a cambiar solo porque ahora no tenga pareja destinada —masculló, y sus palabras cargaban un peso de dolor que parecía atravesar las capas de su estoicismo.
¡Aún tienes una pareja destinada, estúpido!
Aunque no compartía su perspectiva, me encontré asintiendo en señal de comprensión, respetando la decisión de mi pareja destinada.
—Te mereces a alguien mejor que yo —murmuró entre dientes, apartando suavemente mi mano de su pecho y dándome la espalda.
Pero ahora no podía aceptar sus palabras.
No podía estar de acuerdo con él.
Mi convicción bullía en mi interior y no pude contenerme más.
—No hay nadie mejor que tú para mí, Maddox, porque nadie puede cuidarme como lo haces tú, mi pareja destinada —declaré, extendiendo la mano para agarrar la suya.
La sensación cobró vida cuando mi piel tocó la suya, dejándome anhelando más de su contacto.
Un jadeo escapó de mis labios entreabiertos cuando nuestras miradas se encontraron, dejándome sin aliento.
Su pecho se agitó mientras su mirada se oscurecía y bajaba hasta mis labios.
Sus dedos se enroscaron alrededor de mi mano, atrayéndome hacia él.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando mi pequeño cuerpo se aplastó contra el suyo, tan duro.
En ese instante robado, el mundo pareció desvanecerse y solo él importaba.
¡Mi pareja destinada!
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