La Extraña Novia del Príncipe Maldito - Capítulo 241
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241: Valiente doncella 241: Valiente doncella No era ningún secreto que ni Susan ni Williams querían irse.
Intentaron zafarse sin éxito.
Williams tenía los brazos atados al resto de su cuerpo.
Sus muñecas también estaban atadas por separado, al igual que sus tobillos.
Solo a Susan le tenían las muñecas y los tobillos atados juntos.
Era muy difícil permanecer dentro del carruaje que era mucho más pequeño de lo que estaban acostumbrados.
Susan lo tenía peor ya que estaba sentada dentro, por lo que ni siquiera podía mirar a su madre mientras lloraba y se quejaba para ganarse su simpatía.
¿Era esto el final?
Susan pensó tristemente.
Si alguien le hubiera dicho que se encariñaría tanto con el palacio así, nunca lo habría creído.
Pero gracias a la Princesa Ámbar, había llegado a amar vivir aquí, ¿cómo podían simplemente irse de esta manera sin siquiera despedirse de nadie?
¿Cómo podía su madre simplemente enviarlos así?
Esto era injusto.
—No nos puedes hacer esto, madre.
Necesitamos saber qué está pasando.
Por favor —Williams suplicó mientras la miraba a través de la pequeña ventana de madera, mientras Susan sollozaba en silencio.
—Tu padre y yo nos uniremos a vosotros mañana.
Tenéis que soportar este viaje —dijo la mujer resueltamente antes de deslizar la ventana de madera para cerrarla.
—¡Prometemos irnos con vosotros mañana!
Por favor, madre.
Podéis encerrarnos en la cámara, pero no nos enviéis lejos.
¡Por favor, madre!
—Susan lloró, pero su madre no dijo nada mientras daba permiso a sus guardias para llevárselos.
Sus corazones se hicieron aún más pesados cuando el carruaje tembló y comenzó a moverse.
A estas alturas, Susan y Williams estaban resignados.
No era como si pudieran hacer algo más por la Princesa Ámbar ahora que el Príncipe Harold estaba despierto y podía manejarlo todo, pero querían estar aquí.
Susan cerró sus ojos fuertemente mientras rezaba en silencio por un milagro.
El carruaje solo se había movido unos segundos cuando se detuvo abruptamente.
El paro repentino descolocó a los gemelos, quienes intercambiaron una mirada sorprendida, preguntándose qué estaba pasando.
Hubo un silencio durante el siguiente minuto antes de que escucharan pisadas fuertes y un bajo familiar.
—¡Por órdenes del Príncipe Harold, nadie sale del palacio hasta que él lo diga!
—Alvin anunció, bloqueando el camino del carruaje.
Williams giró la vista hacia Susan, cuyos ojos confundidos ahora se llenaron de luz.
¡Ella lo sabía!
¡Sabía que no se iría así nomás!
—No…
nadie está allí adentro —su madre, que había estado esperando para despedir el carruaje, dijo defensivamente mientras intentaba ocultar su pánico.
Pero Susan no sería Susan si le hiciera las cosas fáciles a la pobre mujer.
—¡Ella miente!
¡Estamos aquí adentro!
—Susan gritó mientras intentaba zafarse de las cuerdas, sin preocuparse por salvar la dignidad de su madre.
La madre de Susan cerró los ojos con fuerza mientras Alvin la miraba fijamente antes de casi destruir la puerta del carruaje al abrirla.
Él asomó la cabeza y vio a los gemelos, quienes lucían esperanzados en cuanto lo vieron.
Ver cómo estaban atados de esa manera y cómo parecían aliviados de verlo, le hizo creer de verdad que habían intentado ayudar genuinamente y que los estaban llevando a la fuerza.
—El Príncipe Harold está despierto, ¿verdad?
¿Qué pasa con la Princesa Ámbar?
Ella está bien, ¿cierto?
—preguntó Susan con esperanza antes de que Williams pudiera preguntar.
—El Príncipe Harold está despierto, y la Princesa está recibiendo tratamiento —dijo Alvin, y con un movimiento rápido, usó su daga para cortar la cuerda que ataba las muñecas de Williams.
—¡Gracias a Dios!
—Susan lloró aliviada.
Por un momento, temió que a la Princesa Ámbar la hubieran ejecutado ya.
—Paulina.
¿Qué pasa con Paulina?
—preguntó Williams mientras esperaba que Alvin ayudara a cortar la cuerda que ataba sus brazos a su cuerpo.
El pensamiento de esa chica casi hizo que Alvin se estremeciera.
Nunca había conocido a una chica que llorase tanto o tan fuerte.
Recordó haber oído el sonido de sus llantos incluso antes de llegar al calabozo.
Inmediatamente lo vio, le bombardeó con preguntas sobre su señora, y sin darle tiempo para responder a sus preguntas, lo llamó “Estúpido”.
Así es.
Paulina, la tímida criada, lo había llamado estúpido.
También lo había llamado cobarde por no haber aparecido lo suficientemente pronto y dejar que tratasen a su señora de esa manera mientras él se la pasaba holgazaneando sin hacer nada.
Aunque había estado enojado por los insultos innecesarios, había estado más sorprendido por su valentía al seguir insultándolo.
Nunca habría imaginado que ella fuera capaz de mostrar tal enojo o audacia.
No fue hasta que le dijo que su señora estaba a salvo y que el Príncipe Harold estaba despierto que finalmente se quedó callada, dándole a sus oídos tiempo para sanar de sus gritos.
—Pero no podrás verla ahora.
Está siendo tratada.
El Príncipe Harold me pidió que te llevara a la cámara de tu señora para que te traten —infromó Alvin.
Y luego Paulina empezó a llorar de nuevo.
Esta vez lloró de alivio mientras comenzaba a agradecerle y a disculparse por todos los insultos, volviendo inmediatamente a su yo tímido.
Él había pensado que eso sería suficiente para calmarla, pero ella había insistido en ver a su señora primero.
Parecía que todavía albergaba alguna duda de que su señora estuviera segura.
Para ahorrarse el estrés de intentar convencerla de lo contrario y el tiempo que usaría para explicárselo, golpeó el punto detrás de su cuello para hacerla inconsciente antes de cargarla sobre su hombro como un saco de arroz y llevarla a la cámara de su señora ya que Alicia estaba en la cámara de Harold.
Alvin suspiró mientras volvía su atención a Williams, quien todavía esperaba una respuesta.
—Está segura.
Está siendo tratada por el médico —dijo Alvin mientras cortaba la última cuerda que ataba los tobillos de William antes de empujarlo fuera del carruaje para atender al otro gemelo.
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