La Feroz Esposa del Primer Ministro - Capítulo 46
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46: Derribándolos 46: Derribándolos Zhao Chuchu tenía una leve sonrisa en el rostro.
El rostro de Zhao Baogen, en cambio, estaba sonrojado.
Aunque él se negara a escribirla, las otras siete u ocho personas aquí ya lo habían hecho, ¡lo que significaba que él tampoco podría librarse!
Zhao Chuchu le había pedido al jefe de la aldea que redactara una confesión por cuadruplicado, según lo que ella había dicho.
Además de Zhao Chuchu, el clan Zhao y el jefe de la aldea, incluso aquel hombre, cada uno tenía una copia en su poder.
Tras recibir la confesión, Zhao Chuchu sopló un poco sobre las huellas dactilares, que aún no estaban del todo secas.
Observó a todos los del clan Zhao.
—Recuerden, esta es la última oportunidad que les daré.
Si hay una próxima vez, no me culpen por ser despiadada y enviarlos a todos a prisión.
—Por supuesto, si creen que pueden quitarme mi copia de la confesión y todo estará bien, entonces están muy equivocados; a menos que de verdad piensen que tienen la capacidad de matarnos a todos.
Compórtense de ahora en adelante y no tendrán nada de qué preocuparse mientras vivan.
—Por cierto, creo que no nos conocemos.
No sé su nombre —dijo Zhao Chuchu mientras miraba al hombre.
«¡Por fin!», pensó el hombre.
¡Ahora ella tenía tiempo para prestarle atención a él!
—Me llamo Qiao Heting.
—Su apellido es Qiao.
¿Tiene algún parentesco con el magistrado Qiao?
—Es mi tío.
En cuanto dijo eso, los miembros del clan Zhao se murieron de miedo.
—Seguro que está bromeando.
Zhao Chuchu fingió no creerle, pero pensó que este hombre podría no ser solo un sobrino.
Después de todo, el magistrado Qiao no era tan apuesto como el hombre que tenía delante.
Ciertamente, el aspecto de Qiao Heting era bastante sobresaliente.
Aunque no era tan guapo como Xie Heng, en comparación con la mayoría de los hombres, era sin duda un tipo atractivo.
—Si no me cree, sígame a casa de mi tío.
Podrá ver por sí misma si digo la verdad o no —dijo Qiao Heting con una sonrisa y los ojos llenos de picardía—.
O quizá sea mejor devolverles estas confesiones y, en su lugar, enviarlos a la oficina del condado.
Si antes Zhao Baogen albergaba alguna esperanza de librarse de esta, en ese momento, su rostro estaba tan pálido como el papel.
Estaba claro que no se podía jugar con Qiao Heting, por no mencionar que tenía una copia de la confesión en su poder.
Era muy obvio que su intención era ayudar a Zhao Chuchu.
Si de verdad llegaban a la oficina del condado, ¡no habría ninguna posibilidad de que él saliera de este lío!
—Zhao Chuchu, te he dado lo que pediste.
¿Vas a retractarte de tu palabra?
—¿Tú qué crees?
—Tú…
En ese momento, por muy cabreado que estuviera Zhao Baogen, no se atrevió a decir nada.
Qiao Heting guardó las confesiones y dijo: —Ya que la señorita ha dicho que los dejará ir, guardaré estas confesiones por el momento.
Si algo le sucede a la señorita, las confesiones llegarán a la oficina del condado.
—Señor, haremos lo que prometimos.
Por favor, guarde las confesiones a buen recaudo.
—Si el incidente de hoy vuelve a ocurrir, juro que nos partirá un rayo a todos.
—Vigilaremos a Zhao Baogen para que no le cause más problemas a Chuchu.
…
El clan Zhao se apresuró a tranquilizarlo, por miedo a que Qiao Heting de verdad entregara las confesiones.
—Espero que todos recuerden las promesas que han hecho hoy.
De lo contrario, estas confesiones serán su perdición.
Si no hacen maldades delante de mí, ¡puedo pasar por alto todo lo demás que hagan!
—los advirtió fríamente Zhao Chuchu.
—Por supuesto, por supuesto.
Al ver que el asunto estaba zanjado, el jefe de la aldea pidió a algunas personas que fueran al Pueblo Lengshui para organizar su regreso.
Zhao Chuchu le dio las gracias al jefe de la aldea y emprendió el camino de vuelta a la aldea.
A mitad de camino, Zhao Chuchu no pudo evitar detenerse y darse la vuelta.
—Señor Qiao, si tiene algo que decir, dígalo.
Actuar a escondidas no es propio de un caballero como usted.
Qiao Heting apareció rápidamente y miró a Zhao Chuchu con curiosidad.
—No esperaba que una señorita como usted fuera capaz de doblegarlos de esa manera.
Zhao Chuchu enarcó una ceja.
—Me apetecía.
¿Por qué, hay algún problema?
—Entonces, ¿por qué se contagió de la peste?
—No es la peste.
¡Solo estaba sobreactuando!
Zhao Chuchu se inventó algo rápidamente.
Qiao Heting se rio entre dientes.
—¿De quién aprendió esto?
Zhao Chuchu lo miró por el rabillo del ojo y, en vez de responder, le preguntó: —¿Se ha acostado alguna vez con una mujer?
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