La Feroz Esposa del Primer Ministro - Capítulo 89
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- Capítulo 89 - 89 No nos causen problemas
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89: No nos causen problemas 89: No nos causen problemas Zhao Chuchu insistió en darle el dinero a Niu An.
Le puso las platas en la mano y se giró para empezar a empacar, sin darle más oportunidad a que se negara.
Niu An miró las platas que tenía en la mano.
Lo embargaba una emoción particular que no podía describir.
—Señor Niu, ¿puede ayudarme a cuidar de Dalang y Junjun?
Acabo de recordar que necesito conseguir unas medicinas chinas —pidió Zhao Chuchu cuando terminó de empacar—.
Volveré pronto.
—¿Necesita que la ayude a llevar las cosas?
—se apresuró a preguntar Niu An.
—No hace falta.
Solo ayúdeme a cuidarlos —Zhao Chuchu hizo una pausa y se giró para mirar a Xie Heng—.
Espérame aquí.
—De acuerdo —asintió Xie Heng.
Se dio cuenta de que Zhao Chuchu iba a intentar vender la Hierba Corazón Celestial.
Después de eso, Zhao Chuchu salió de la posada y se dirigió al salón de medicina más grande del condado, el Salón de Medicina Primavera.
A pesar de que la plaga había sido controlada, el Salón de Medicina Primavera seguía lleno de pacientes.
Zhao Chuchu recorrió el lugar con la mirada y, al ver que ninguno de los pacientes padecía ninguna enfermedad grave, se dirigió al mostrador.
—Disculpe, ¿tienen aquí la Hierba Corazón Celestial?
—¿La Hierba Corazón Celestial?
Ahora mismo no tenemos ninguna en existencias.
¿Quiere comprar una?
—El propietario dejó inmediatamente que su personal se ocupara del asunto que tenía entre manos para atender personalmente a Zhao Chuchu—.
La Hierba Corazón Celestial es un hallazgo muy raro.
Hay un gran mercado para ella, pero la hierba en sí es casi invaluable.
Lamento decirle esto, pero puede que no pueda permitírsela.
¿Por qué no busca otras cosas en lugar de la Hierba Corazón Celestial?
—¿Cuánto cuesta?
—Doscientos por una Hierba Corazón Celestial.
—¿Doscientas platas?
—No.
Doscientos oros.
Como un oro equivalía a diez platas, significaba que una Hierba Corazón Celestial podía venderse por más de mil platas.
La Hierba Corazón Celestial era mucho más valiosa que el propio oro.
—Además, el precio de una Hierba Corazón Celestial fresca es mucho mayor que el de una seca.
—¿Cuánto más?
—Como mínimo, esto.
El propietario levantó tres dedos.
—¿Trescientos oros?
El propietario asintió.
Miró a Zhao Chuchu.
—Señorita, ¿por qué no me cuenta los síntomas del paciente?
Quizá pueda sugerirle una alternativa a la Hierba Corazón Celestial.
Puede que el efecto no sea tan bueno, pero con suficiente paciencia, la enfermedad acabará curándose igualmente.
—Ya veo.
¿Comprarían la Hierba Corazón Celestial si alguien se la vendiera?
—preguntó Zhao Chuchu, sintiendo un agujero en su cartera.
No esperaba que la Hierba Corazón Celestial fuera tan cara.
Ya había perdido unas seis mil platas antes incluso de poder empezar a curar el veneno de Xie Jun.
—Por supuesto.
Pero llevo más de treinta años con mi negocio en el Condado de Yuanjiang y todavía no he visto a nadie que consiga recolectar una Hierba Corazón Celestial —el propietario sonrió.
No se reía de la falta de conocimientos de Zhao Chuchu, pues creía que era normal que una jovencita no lo supiera todo.
—Yo…
—Antes de que Zhao Chuchu pudiera decir nada, la interrumpieron.
—¡Doctor!
¿Dónde está el doctor?
¡Por favor, necesito ayuda!
Un hombre entró corriendo en el salón de medicina con una mujer embarazada en brazos.
La mujer estaba cubierta de sangre y parecía sin vida.
De no ser por el débil movimiento de su pecho al respirar, cualquiera habría pensado que ya estaba muerta.
Zhao Chuchu frunció el ceño.
El doctor del salón de medicina se levantó de inmediato.
En cuanto vio el estado de la mujer embarazada, se detuvo y negó con la cabeza.
—Lo siento, pero no hay nada que pueda hacer para salvarla.
Tendrá que buscar a otra persona.
El hombre se desesperó al oír aquello.
—¡Doctor!
¡Por favor!
¡Tiene que salvar a mi esposa!
—suplicó.
—Ya se lo he dicho.
No hay nada que pueda hacer —suspiró el doctor—.
Será mejor que se vaya preparando para su funeral…
El doctor comprendía perfectamente que no tenía la habilidad suficiente para salvar a la mujer.
Como ella todavía estaba viva, no quería que muriera mientras la trataba.
Si eso ocurría, tendría que dar demasiadas explicaciones.
—¡Por favor!
¡Se lo ruego!
¡Yo…
puedo ser su esclavo si quiere!
¡Pero sálvela!
—sollozó el hombre.
Zhao Chuchu se acercó al hombre.
Tras un rápido vistazo, dijo: —Propietario, ¿puede prepararme una cama?
Yo puedo salvarla.
Todos se giraron para mirar a Zhao Chuchu en cuanto dijo aquello.
—Señorita, por favor, no nos cause problemas —replicó el doctor con mal humor—.
¿Cómo va a salvarla una jovencita como usted si ni yo puedo hacerlo?
¿Podrá asumir las consecuencias si no lo consigue?
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