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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 55

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  3. Capítulo 55 - 55 Capítulo 55 El precio del trono
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55: Capítulo 55: El precio del trono 55: Capítulo 55: El precio del trono El trono parecía más alto aquella noche.

Zhao Lian lo observaba desde el umbral del Salón Imperial, oculto entre columnas de jade y sombra, mientras los últimos ministros abandonaban la audiencia nocturna.

Nadie hablaba en voz alta.

Nadie reía.

Incluso los pasos parecían pedir permiso antes de tocar el suelo.

Al fondo, sobre la plataforma elevada, el emperador Zhao Wei permanecía sentado.

Solo.

Inmóvil.

Como si el poder lo hubiera convertido en estatua antes que en hombre.

Durante toda su vida, Zhao Lian había mirado ese trono como una promesa inevitable.

Algún día sería suyo.

Algún día se sentaría allí.

Algún día cargaría sobre sus hombros el peso del imperio, las fronteras, la corte, los decretos, las guerras, los nombres de miles de personas que jamás conocería.

Le habían enseñado que el trono era deber.

Honor.

Destino.

Pero esa noche, por primera vez, lo vio de otra forma.

Como un altar.

Y todo altar exigía sacrificios.

El General Lin Yue había sido uno de ellos.

La emperatriz anterior, quizá también.

La infancia de Zhao Lian.

El nombre de Lin Xue.

La verdad.

La paz.

Todo había sido puesto a los pies de aquel trono para que el imperio siguiera respirando como si nada se hubiera roto.

Zhao Lian cerró los dedos contra la manga.

Dentro de ella llevaba oculto el fragmento metálico del Pabellón del Oeste y la copia del documento de Rong.

No eran suficientes para derribar al emperador, pero sí para destruir la imagen perfecta que durante años habían construido alrededor de él.

Mei Yan estaba a su lado, silenciosa.

No necesitaba mirarla para sentirla.

Esa era otra cosa que lo inquietaba: su presencia ya no era un detalle en la habitación, sino una certeza en su cuerpo.

—No debería enfrentarlo solo —dijo ella en voz baja.

Zhao Lian no apartó la vista del trono.

—No vine a enfrentarlo.

—Entonces, ¿a qué vino?

La respuesta tardó.

—A mirarlo después de saber.

Mei Yan guardó silencio.

A veces mirar a alguien era más difícil que atacarlo.

El emperador Zhao Wei levantó una mano.

Un eunuco se acercó, recibió una orden murmurada y se retiró de inmediato.

Después, el salón quedó aún más vacío.

Zhao Lian sintió un impulso extraño.

Caminar.

Entrar.

Preguntar.

¿Lo sabías?

¿Viste las pruebas falsas?

¿Oíste su nombre y decidiste que era más fácil dejarlo morir?

¿Me encerraste en el olvido para protegerme… o para protegerte?

Su cuerpo dio un paso antes de que su mente lo detuviera.

Mei Yan lo sujetó por la manga.

No con fuerza.

Con advertencia.

—Ahora no.

Zhao Lian bajó la mirada hacia sus dedos.

—Si espero demasiado, quizá encuentre otra razón para no hacerlo.

—Entonces espere por la razón correcta.

Él la miró.

—¿Y cuál es?

Mei Yan sostuvo su mirada en la sombra.

—Sobrevivir a la respuesta.

La frase fue tan exacta que Zhao Lian no pudo discutirla.

Porque la pregunta no era si el emperador sabía.

La pregunta era qué haría Zhao Lian cuando lo confirmara.

— La oportunidad llegó antes del amanecer.

No por decisión de ellos.

Por orden imperial.

Un mensaje sellado fue entregado en los aposentos del príncipe poco después de la última campana nocturna.

El texto era breve, escrito con la formalidad fría de los asuntos que no desean dejar espacio a interpretación.

Su Majestad solicita la presencia del príncipe heredero en la cámara privada al alba.

No decía motivo.

No lo necesitaba.

Zhao Lian leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

Mei Yan estaba frente a él, con los brazos ocultos en las mangas.

—Ya sabe —dijo ella.

—O sospecha que sé.

—Es suficiente.

Zhao Lian dobló el papel.

—No vendrás.

—Sí.

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

Mei Yan lo miró con frialdad.

—No me dé órdenes que no piensa poder sostener.

—No quiero que estés en esa habitación.

—Yo tampoco quiero que usted esté.

—Mei Yan.

—No.

La respuesta fue seca.

El silencio se tensó.

Él la observó.

No como príncipe.

No como aliado.

Como hombre cansado de casi perder todo aquello que comenzaba a importarle.

—Si mi padre decide que eres una amenaza… —Ya lo soy.

—No entiendes.

—Entiendo demasiado.

Mei Yan dio un paso hacia él.

—Su padre permitió que un hombre inocente fuera ejecutado porque sabía demasiado.

Permitió que a usted le arrancaran recuerdos.

Permitió que el palacio siguiera funcionando sobre una mentira.

Si ahora sospecha que yo conozco parte de esa verdad, no estaré más segura escondida en una habitación.

Zhao Lian apretó la mandíbula.

—No puedo protegerte allí dentro.

La frase cayó antes de que pudiera suavizarla.

Mei Yan no respondió de inmediato.

El eco de una promesa antigua pareció atravesar la habitación.

Prometamos que siempre nos protegeremos.

Zhao Lian no la recordaba entera.

Pero su cuerpo sí.

Sus ojos cambiaron, como si algo bajo la memoria hubiera sentido el peso de esas palabras no dichas.

Mei Yan bajó la mirada un instante.

—No necesito que me proteja como a alguien débil.

—Nunca pensé eso.

—Entonces permítame estar donde debo estar.

—¿Y dónde es eso?

Ella alzó la vista.

—Donde la verdad empiece a sangrar.

Zhao Lian quiso reír, pero no había humor en la habitación.

Solo resignación.

—Eres imposible.

—He sobrevivido gracias a eso.

Él la miró un momento más.

Luego asintió.

—Vendrás, pero no entrarás conmigo.

Estarás cerca.

—Lo suficiente.

—Lo suficiente para huir si algo sale mal.

Mei Yan inclinó apenas la cabeza.

—Lo suficiente para intervenir.

—No dije eso.

—Yo sí.

Zhao Lian sostuvo su mirada.

El casi beso volvió a existir entre ellos, no como deseo inmediato, sino como tensión contenida en cada palabra que no se decían.

Finalmente, él apartó la vista.

—Al alba, entonces.

— La cámara privada del emperador era más pequeña que el salón del trono, pero mucho más peligrosa.

Allí no había testigos casuales.

No había ministros alineados.

No había ceremonias que proteger.

Solo paredes cubiertas de antiguos mapas, una mesa larga de madera negra, lámparas de aceite y un biombo pintado con dragones descendiendo entre nubes oscuras.

Mei Yan se quedó en el corredor lateral, oculta tras una celosía desde donde podía ver parte de la estancia sin ser vista por completo.

No era un escondite seguro, pero sí suficiente.

Zhao Lian entró solo.

El emperador estaba de pie junto a la mesa, de espaldas a la puerta.

No llevaba la corona ceremonial.

Su cabello, recogido con un broche oscuro, tenía más hebras grises de las que Zhao Lian recordaba haber notado antes.

Por primera vez, su padre pareció humano.

Eso no lo hizo menos temible.

—Llegaste puntual —dijo Zhao Wei.

—Usted me llamó.

El emperador se giró.

Sus ojos se posaron sobre su hijo con una calma que no revelaba nada.

—He oído que haces preguntas.

Zhao Lian no se inclinó más de lo necesario.

—Soy heredero.

Debería aprender cómo funciona el imperio.

—Aprender no es lo mismo que remover tumbas.

La frase fue directa.

Zhao Lian sintió que algo en su pecho se endurecía.

—Algunas tumbas fueron cavadas con prisa.

El emperador lo observó durante un largo instante.

—Hablas con más filo últimamente.

—Tal vez antes hablaba con menos memoria.

La cámara quedó en silencio.

Desde la celosía, Mei Yan contuvo la respiración.

Zhao Wei no reaccionó de inmediato, pero sus dedos se deslizaron lentamente sobre el borde de la mesa.

—La memoria es un sirviente poco confiable.

—También lo es el silencio.

El emperador entrecerró los ojos.

—¿Quién te está llenando la cabeza?

—Las pruebas.

—Las pruebas pueden fabricarse.

—Lo sé.

Usted lo sabe mejor que nadie.

El golpe cayó.

No fuerte.

No vulgar.

Pero evidente.

Zhao Wei permaneció inmóvil.

—Ten cuidado, Lian.

—He tenido demasiado cuidado toda mi vida.

—Has tenido protección.

—¿Así lo llama?

Por primera vez, la voz de Zhao Lian se quebró ligeramente.

—¿Protección?

El emperador no apartó la mirada.

—Eras un niño.

—Y por eso decidió qué debía recordar.

Silencio.

Mei Yan sintió que la habitación se volvía más fría.

Zhao Wei caminó hasta la mesa, tomó una taza de té, pero no bebió.

Solo la sostuvo.

—Hay horrores que destruyen a los niños.

—Y mentiras que destruyen a los hombres.

El emperador cerró los ojos un instante.

Breve.

Casi imperceptible.

Pero Zhao Lian lo vio.

Y Mei Yan también.

No era culpa.

No exactamente.

Era cansancio.

Eso lo hizo peor.

—El Pabellón del Oeste —dijo Zhao Lian.

El nombre no era un lugar.

Era una herida.

Zhao Wei abrió los ojos.

—No deberías saber de eso.

—Pero lo sé.

—No lo suficiente.

—Entonces dígame.

El emperador dejó la taza sobre la mesa.

El sonido fue suave.

—Esa noche pudo iniciar una guerra interna.

—¿Por los detenidos?

—Por lo que sabían.

—Sabían de corrupción en la frontera, acuerdos con clanes externos y uso ilegal de rutas imperiales.

—Sabían fragmentos.

—Suficientes para que murieran.

Zhao Wei guardó silencio.

Y ese silencio fue casi una confesión.

Zhao Lian dio un paso.

—Lin Yue los descubrió.

—Lin Yue era un hombre leal.

La frase salió sin desprecio.

Eso golpeó a Mei Yan más de lo esperado.

El emperador no hablaba de su padre como traidor.

Nunca lo había creído.

—Entonces sabía que era inocente —dijo Zhao Lian.

El emperador no respondió.

Zhao Lian sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Lo sabía.

Nada.

—Padre.

La palabra salió con dolor.

No como título.

Como reclamo.

—Lo sabía.

Zhao Wei miró hacia uno de los mapas.

—Su inocencia no era el único factor.

La respuesta fue tan fría que incluso Zhao Lian pareció tardar en comprenderla.

—¿Qué?

—Un imperio no se sostiene solo con inocentes.

El rostro de Zhao Lian perdió color.

—¿Eso fue?

Zhao Wei volvió a mirarlo.

—Si Lin Yue hubiera expuesto lo que encontró, medio consejo habría caído, las tropas del norte se habrían dividido, las provincias fronterizas habrían cuestionado al trono y los clanes externos habrían aprovechado el caos.

Miles habrían muerto.

—Así que mató a uno.

—No.

La voz del emperador se endureció.

—Permití que un incendio no consumiera el imperio completo.

Zhao Lian retrocedió un paso.

Mei Yan sintió que algo dentro de ella ardía.

Permití.

Ahí estaba.

No era la orden limpia que una hija vengadora podía cortar con una espada.

Era algo peor.

La mano que no detuvo la caída.

El poder que vio la injusticia y la llamó equilibrio.

Zhao Lian habló con voz baja: —Lin Yue fue ejecutado como traidor.

—Fue necesario.

—Era inocente.

—Era peligroso.

La frase cayó como una sentencia final.

Mei Yan cerró los dedos hasta sentir las uñas clavarse en la piel.

Zhao Lian miró a su padre como si lo viera por primera vez.

—Peligroso porque sabía la verdad.

—Peligroso porque la verdad, en sus manos, habría destruido más de lo que habría salvado.

—Eso no le correspondía decidirlo.

Zhao Wei lo miró con una dureza antigua.

—Eso es exactamente lo que significa gobernar.

El silencio posterior fue inmenso.

Zhao Lian pareció quedarse sin aire.

—Entonces el trono cuesta eso.

—El trono cuesta todo.

—¿Incluso la justicia?

—Especialmente la justicia, cuando amenaza con convertirse en guerra.

Zhao Lian negó lentamente.

—No.

—Aún eres joven.

—No use mi edad para justificar su crimen.

Por primera vez, el rostro del emperador cambió.

No de ira.

De advertencia.

—Mide tus palabras.

—Yo no pude medir las suyas cuando me las quitaron.

Zhao Wei se quedó inmóvil.

Zhao Lian continuó, y cada palabra parecía arrancarle sangre: —Usted permitió la ejecución de un inocente.

Permitió que su hija fuera perseguida.

Permitió que mi mente fuera encerrada entre relatos falsos.

Permitió que Han Zhi creciera bajo su sombra.

Permitió que Rong guardara verdades que usted no se atrevió a enfrentar.

¿Cuántas cosas más ha permitido para que el imperio siga pareciendo estable?

El emperador no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Había demasiadas respuestas en su silencio.

— Entonces Zhao Wei miró hacia la celosía.

Mei Yan sintió el golpe antes de que ocurriera.

—Puedes salir.

La voz del emperador fue tranquila.

Zhao Lian giró de inmediato.

—No.

Mei Yan cerró los ojos un instante.

Luego salió.

No tenía sentido esconderse.

Entró en la cámara con la cabeza alta, aunque vestía aún la sobriedad de alguien sin rango.

Se inclinó apenas, no como sirvienta sumisa, sino como alguien que reconocía el peligro de la habitación, no la superioridad moral de quien la ocupaba.

Zhao Wei la observó.

Largo.

Profundo.

—Mei Yan.

El nombre falso sonó extraño en su voz.

Mei Yan no respondió.

—O quizá debería decir… Zhao Lian se tensó.

El emperador hizo una pausa medida.

Cruel.

—Hija del General Lin Yue.

La cámara se quedó sin aire.

Zhao Lian no miró a Mei Yan.

No de inmediato.

Como si hacerlo pudiera confirmar algo para lo que aún no estaba listo.

Mei Yan sostuvo la mirada del emperador.

—Entonces lo sabía.

Zhao Wei no parecía sorprendido por su falta de negación.

—Sospechaba.

—Y aun así me dejó moverme por el palacio.

—Quería ver qué buscabas.

—Justicia.

—No.

El emperador la estudió.

—Al principio buscabas venganza.

Mei Yan no respondió.

—Ahora buscas algo más complicado.

Sus ojos se movieron hacia Zhao Lian.

Y eso fue peor que cualquier acusación.

Zhao Lian habló al fin, con voz baja: —¿Es cierto?

Mei Yan cerró los ojos.

El momento había llegado.

No como ella quería.

No cuando debía.

No con el control que necesitaba.

Pero llegó.

Abrió los ojos.

Miró al príncipe.

—Sí.

Una sola palabra.

Y el mundo se partió.

Zhao Lian permaneció inmóvil.

Su rostro no mostró una emoción simple.

No fue solo sorpresa.

No fue solo dolor.

Fue una mezcla brutal de piezas encajando a la fuerza: el jade, la tela, el Pabellón del Oeste, la mano pequeña en la suya, las frases, las miradas, las mentiras, el casi beso, el nombre que no le había dicho.

—Lin Xue —susurró.

El nombre volvió al mundo.

Mei Yan sintió que algo dentro de ella se quebraba y respiraba al mismo tiempo.

—Sí.

Zhao Lian dio un paso hacia atrás.

No mucho.

Suficiente para doler.

—Tú… No terminó.

No podía.

El emperador observó la escena con una tristeza distante.

—Ahora entiendes por qué la verdad no siempre libera.

Zhao Lian giró hacia él.

La herida se transformó en ira.

—No use esto para justificarse.

—No me justifico.

—Sí lo hace.

Lleva años haciéndolo.

Zhao Wei dio un paso hacia su hijo.

—He cargado con decisiones que tú aún no puedes comprender.

—No quiero comprenderlas si para eso debo llamar necesaria la muerte de un inocente.

—Entonces nunca estarás listo para el trono.

Zhao Lian sostuvo su mirada.

—Tal vez el trono no merece que nadie esté listo para él.

El emperador quedó en silencio.

Esa frase sí lo golpeó.

Mei Yan sintió que el momento se tensaba hasta casi romperse.

Zhao Wei habló más bajo: —Si derribas lo que he protegido, no controlarás lo que venga después.

—Si lo dejo en pie, seré parte de la mentira.

—Serás emperador.

—No a ese precio.

El emperador lo miró con algo que quizá fue dolor.

O decepción.

O miedo.

—Todo trono tiene precio, Lian.

Zhao Lian miró a Mei Yan.

Lin Xue.

La niña.

La mujer.

La mentira.

La verdad.

Luego volvió a mirar a su padre.

—Entonces quizá el primer acto de un buen gobernante sea negarse a pagarlo con sangre ajena.

— Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente, Zhao Wei se volvió hacia la mesa.

—Váyanse.

Zhao Lian no se movió.

—No hemos terminado.

—Sí.

El emperador apoyó ambas manos sobre la madera.

—Por esta noche, sí.

Mei Yan entendió la amenaza oculta.

No era rendición.

Era pausa.

Y las pausas del poder siempre ocultaban preparación.

Tomó una decisión.

—Vamos.

Zhao Lian la miró.

Aún dolido.

Aún confundido.

Pero no la rechazó.

No todavía.

Salieron juntos de la cámara privada.

Detrás de ellos, el emperador permaneció inmóvil bajo la luz de las lámparas.

Solo cuando la puerta se cerró, Zhao Wei permitió que su postura se hundiera apenas.

Sobre la mesa, junto a la taza de té intacta, había un viejo informe firmado por Lin Yue.

El emperador lo tocó con dos dedos.

—Te advertí que te detuvieras —murmuró.

No había odio en su voz.

Solo el cansancio de un hombre que había confundido sobrevivir con gobernar durante demasiado tiempo.

— En el corredor, Zhao Lian caminó en silencio.

Mei Yan no intentó hablar.

No tenía derecho a pedir comprensión.

No después de haber ocultado su identidad.

No después de que el emperador se la arrojara como arma.

Al llegar al jardín, él se detuvo.

El ciruelo estaba oscuro bajo la luna.

Durante un largo momento, ninguno habló.

Finalmente, Zhao Lian dijo: —Lin Xue.

Ella cerró los ojos.

El nombre en su voz dolía más de lo que había imaginado.

—Ese nombre murió.

—No para mí.

La frase la golpeó.

Abrió los ojos.

Zhao Lian la miraba con dolor, pero también con algo más.

No perdón.

No aún.

Pero tampoco rechazo.

—No sé qué sentir —admitió.

Mei Yan bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—No.

No lo entiendes.

Su voz no fue dura, pero sí quebrada.

—Te busqué sin saber que eras tú.

Te tuve al lado.

Confié en ti.

Dudé de ti.

Casi… Se detuvo.

El casi volvió a estar entre ambos.

—Y tú sabías.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Mei Yan sostuvo el golpe.

—Porque tenía miedo.

Zhao Lian se quedó quieto.

No esperaba esa respuesta.

Ella tampoco.

Pero ya no podía recogerla.

—¿De qué?

Mei Yan tragó el nudo en la garganta.

—De que me miraras como estás mirándome ahora.

El silencio se hizo profundo.

Zhao Lian cerró los ojos.

Cuando los abrió, el dolor seguía allí.

Pero era distinto.

Más humano.

—No sé si puedo perdonarte esta noche.

—No se lo pido.

—Bien.

Una pausa.

—Porque no podría dártelo.

Mei Yan asintió lentamente.

La herida era justa.

Lo sabía.

Zhao Lian miró hacia el palacio.

—Pero mi padre sabía.

Su voz se endureció.

—Y permitió todo.

El dolor personal se unió al político.

La grieta se volvió abismo.

Mei Yan siguió su mirada.

—Sí.

Zhao Lian respiró hondo.

—Entonces el precio del trono no lo pagará nadie más en silencio.

No fue promesa.

Fue sentencia.

Y esta vez, Lin Xue no respondió como infiltrada.

Ni como vengadora.

Respondió como hija del general ejecutado.

—Entonces hagamos que el imperio escuche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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