La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 62
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62: Capítulo 62: El dolor compartido 62: Capítulo 62: El dolor compartido La memoria no sanó a Zhao Lian.
Lo partió.
Había imaginado, en algún rincón ingenuo de su mente, que recordar sería como encender una lámpara dentro de una habitación oscura.
Que al recuperar su pasado, las sombras retrocederían y todo adquiriría forma.
Nombres.
Rostros.
Explicaciones.
Pero no fue así.
Recordar fue abrir una puerta y descubrir que detrás no había una habitación, sino un incendio esperando desde hacía años.
La voz de Lin Xue niña.
El calor del Pabellón del Oeste.
Los detenidos golpeando puertas cerradas.
El rostro de Lin Yue cubierto de ceniza.
La mirada de su padre desde la galería.
La orden de no recordar.
El sabor amargo de las medicinas.
La mentira repetida tantas veces que terminó pareciendo sueño.
Todo regresó.
No completo como una historia ordenada, sino vivo, desbordado, mezclándose con el presente hasta que incluso respirar dolía.
Por eso, después de la audiencia, Zhao Lian no fue a sus aposentos.
No fue al consejo.
No fue a exigir nuevos documentos.
Fue al Jardín de las Grullas Blancas.
Al ciruelo.
Al lugar donde todo había comenzado antes de romperse.
Lin Xue lo siguió sin que él la llamara.
Y esta vez ninguno fingió que era casualidad.
— El jardín estaba vacío.
El palacio, en cambio, no lo estaba.
Detrás de los muros se movían escribas, guardias, ministros aterrados y sirvientes con rumores escondidos en la boca.
La revisión del caso de Lin Yue ya había comenzado a recorrer la corte como un veneno imposible de contener.
Pero bajo el ciruelo, el mundo parecía detenido.
Zhao Lian se quedó frente al árbol, mirando sus ramas escasas.
Durante años había pasado por allí sintiendo un dolor sin nombre.
Ahora el dolor tenía demasiados.
—Aquí prometimos protegernos —dijo.
Su voz era baja.
Lin Xue se detuvo a su lado.
—Sí.
—Yo tenía una rama en la mano.
—Decía que era una espada.
—Y tú dijiste que era una rama.
Por primera vez, algo mínimo, casi una sonrisa, cruzó el rostro de Lin Xue.
Pero desapareció rápido.
—Era una rama.
Zhao Lian la miró.
—Siempre fuiste cruel con mis ambiciones militares.
—Alguien debía ser honesta.
El silencio posterior no fue incómodo.
Fue triste.
Porque ambos podían ver a los niños que habían sido, corriendo entre pétalos sin saber que el palacio ya estaba lleno de cuchillos.
Zhao Lian extendió la mano y tocó la corteza del ciruelo.
—Recuerdo tu risa.
Lin Xue bajó la mirada.
—Yo recuerdo que siempre perdía.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Te dejaba ganar.
Ella lo miró de lado.
—Miente pésimo cuando intenta sonar noble.
Zhao Lian soltó una respiración que pudo haber sido risa, pero se quebró antes de completarse.
—También recuerdo el fuego.
La frase apagó cualquier suavidad.
Lin Xue cerró los dedos dentro de sus mangas.
—Yo también.
—Recuerdo a tu padre diciéndome que te protegiera.
Ella cerró los ojos.
La voz de Lin Yue volvió a atravesarla.
No como orden.
Como despedida.
—Él siempre intentaba salvar a otros antes que a sí mismo.
—Y por eso murió.
La frase salió de Zhao Lian con amargura.
Lin Xue abrió los ojos.
—No.
Él la miró.
—¿No?
—Murió porque otros decidieron que salvarse a sí mismos valía más que su vida.
Zhao Lian bajó la mirada.
—Mi padre.
—Entre otros.
—No lo suavices.
—No lo hago.
Lin Xue respiró hondo.
—Si fuera solo él, sería más fácil.
Zhao Lian entendió.
Y eso dolió más.
Porque era cierto.
El emperador había permitido.
Han Zhi había fabricado.
Lu Chen había cerrado puertas.
Los escribas habían alterado registros.
Los médicos habían moldeado recuerdos.
Los ministros habían callado.
Los guardias habían obedecido.
Rong había guardado documentos esperando el momento exacto.
El crimen no tenía un solo rostro.
Tenía un palacio entero.
—Cuando lo vi en la galería —dijo Zhao Lian—, pensé que iba a bajar.
Lin Xue no respondió.
—Era mi padre.
El emperador.
El hombre que todos obedecían.
Si él decía una palabra, las puertas se abrían.
Si él levantaba una mano, el fuego se detenía.
Yo lo miré esperando eso.
Su voz se volvió más áspera.
—Y no hizo nada.
Lin Xue sintió que esa frase se alojaba en el mismo lugar donde ella guardaba la imagen del patíbulo.
Y no hizo nada.
Así se parecían sus heridas.
No porque hubieran perdido lo mismo.
Sino porque ambos habían sido destruidos por una ausencia.
La mano que no llegó.
La orden que no se dio.
La verdad que no fue defendida.
—Durante años —dijo ella— odié que usted no me recordara.
Zhao Lian cerró los ojos.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
Su voz fue baja, pero firme.
—No odiaba solo el olvido.
Odiaba verlo caminar por el palacio como si nada hubiera pasado.
Odiaba que mirara el ciruelo y no supiera por qué dolía.
Odiaba que su vida siguiera teniendo un lugar mientras la mía había sido arrancada de raíz.
Zhao Lian no se defendió.
No podía.
Lin Xue continuó: —Luego entendí que a usted también le habían robado algo.
Una pausa.
—Pero entenderlo no hizo que dejara de doler.
Zhao Lian abrió los ojos.
—No quiero que dejes de decir eso.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Que dolió.
Que me odiaste.
Que mi presencia te parecía injusta.
Su voz tembló apenas.
—No quiero que me protejas de lo que sentiste.
Lin Xue guardó silencio.
Eso era nuevo.
Durante años había escondido sus emociones para sobrevivir.
Ahora él le pedía que no las escondiera para no mentirle.
—Entonces sí —dijo ella—.
Lo odié.
Zhao Lian recibió la frase sin moverse.
—Odié al niño que no volvió.
Odié al príncipe que no recordaba.
Odié su sangre imperial.
Odié que mi padre muriera y usted viviera.
El jardín pareció contener la respiración.
Lin Xue sintió que cada palabra la cortaba también a ella.
—Y después… No pudo terminar de inmediato.
Zhao Lian esperó.
—Después empecé a verlo.
La voz de Lin Xue se volvió más baja.
—No al príncipe.
No al hijo del emperador.
A usted.
Al hombre que buscaba una verdad que podía destruirlo.
Al niño que aún estaba atrapado en un incendio sin saberlo.
Zhao Lian la miró con una tristeza tan profunda que ella tuvo que apartar los ojos.
—Eso fue peor —admitió.
—¿Por qué?
—Porque ya no podía odiarlo sin mentirme.
El viento movió las ramas del ciruelo.
Un pétalo tardío cayó entre ellos.
Zhao Lian lo observó descender hasta el suelo.
—Yo no sé cómo cargar con esto —dijo.
Lin Xue lo miró de nuevo.
—¿Con qué parte?
—Con todas.
Su respuesta fue casi una risa rota.
—Con recordar que tu padre me pidió protegerte.
Con saber que no pude.
Con mirar a mi padre y ver al emperador que permitió tu desgracia.
Con querer justicia y, al mismo tiempo, sentir que cada paso hacia ella me aleja del hombre que me crió.
Lin Xue no suavizó la voz.
—Quizá debe alejarse.
Zhao Lian asintió lentamente.
—Lo sé.
Una pausa.
—Pero saberlo no lo hace sencillo.
Ella entendió.
Había querido reducirlo todo a bandos: culpables e inocentes, verdugos y víctimas, trono y verdad.
Pero la realidad era más cruel.
Zhao Wei era culpable, sí.
Y también era el padre de Zhao Lian.
Un hombre podía ser ambas cosas ante los ojos de su hijo.
Eso no lo hacía menos culpable.
Solo hacía que la justicia doliera más.
—Cuando mi padre murió —dijo Lin Xue—, yo quería que el mundo se partiera como me partí yo.
Zhao Lian la escuchó sin interrumpir.
—Pero el mundo siguió.
Las campanas sonaron.
Los sirvientes limpiaron.
Los ministros caminaron por los mismos pasillos.
El emperador siguió sentado en el trono.
Usted siguió siendo príncipe.
Y yo… Se detuvo.
—Yo tuve que convertirme en otra persona para no morir.
Zhao Lian habló con voz baja: —Mei Yan.
—Sí.
—¿La odias?
Lin Xue pensó.
La pregunta la sorprendió.
Durante mucho tiempo habría respondido que Mei Yan era una máscara.
Una herramienta.
Una mentira necesaria.
Pero ahora ya no estaba tan segura.
—No.
La respuesta salió lenta.
—Me salvó.
Zhao Lian asintió.
—Entonces no la entierres por completo.
Lin Xue lo miró.
—¿Por qué dice eso?
—Porque yo sé lo que ocurre cuando entierran partes de ti para que otros estén tranquilos.
La frase la dejó sin respuesta.
Él tenía razón.
Mei Yan había nacido del dolor, pero también de la voluntad de vivir.
Negarla sería arrancarse otra vez una parte de sí misma.
—Lin Xue es mi nombre —dijo ella.
—Sí.
—Mei Yan fue mi refugio.
—También.
—¿Y ahora?
Zhao Lian la miró bajo la luz pálida del amanecer.
—Ahora decides qué partes de ambas merecen seguir viviendo.
Lin Xue bajó la mirada.
La carta de su padre ardía contra su pecho.
Eres más que mi muerte.
Eres más que mi nombre.
No había entendido esas palabras del todo hasta ese momento.
— El sonido de pasos interrumpió el silencio.
Ambos giraron.
No era un guardia enemigo.
Era la anciana testigo, An Rui, sostenida por una joven asistente.
El rostro de la mujer estaba pálido, pero su mirada era firme.
Zhao Lian se acercó.
—No debería estar de pie.
An Rui inclinó la cabeza.
—Tampoco debería seguir viva, Alteza.
Y aquí estoy.
Lin Xue sintió algo parecido al respeto.
La anciana miró el ciruelo.
—Este jardín era más hermoso antes.
Lin Xue respondió en voz baja: —Todo lo era.
An Rui la miró con una tristeza antigua.
—No, niña.
Solo eras más pequeña.
La frase la golpeó con una suavidad inesperada.
An Rui continuó: —He vivido suficiente en este palacio para saber que los lugares no cambian tanto como los ojos que vuelven a mirarlos.
Zhao Lian guardó silencio.
La anciana se inclinó con dificultad ante Lin Xue.
—Su padre me salvó aquella noche.
Lin Xue se quedó inmóvil.
—Usted no me lo había dicho.
—No había tenido valor.
An Rui apretó las manos.
—Yo estaba entre los detenidos.
No por delito.
Por haber lavado ropa con sangre y hacer preguntas.
El general rompió las cadenas de quienes pudo.
Me empujó hacia la salida.
Yo corrí.
Él volvió por otros.
Los ojos de Lin Xue ardieron.
—Así era él.
—Sí.
La anciana levantó la mirada.
—Por eso declararé.
Zhao Lian negó con suavidad.
—La pondremos bajo protección.
No tiene que hacerlo hoy.
—Sí tengo.
An Rui respiró con dificultad.
—Vi demasiadas personas morir porque esperaron el momento seguro para hablar.
Ya no tengo años para seguir esperando.
Lin Xue cerró los ojos.
Otra vez.
Alguien dispuesta a arriesgarse por la verdad.
Otra vida al borde del sacrificio.
—No quiero que muera por mi padre —dijo.
An Rui la miró con firmeza.
—No moriré por su padre.
Viviré correctamente por él.
La frase atravesó el jardín.
Zhao Lian bajó la mirada.
Lin Xue sintió que algo se acomodaba dentro de ella.
El dolor compartido no era solo entre ambos.
Era una cadena de personas rotas por la misma mentira, intentando decidir si su sufrimiento podía convertirse en algo más que rencor.
—Entonces declararemos juntos —dijo Lin Xue.
Zhao Lian la miró.
Ella sostuvo la mirada.
—No sola.
Él entendió el peso de esas dos palabras.
No sola.
No como su padre.
No como Mei Yan.
No como la niña que huyó en la noche.
Zhao Lian asintió.
—Juntos.
An Rui observó a ambos.
Y por un instante, sus ojos cansados se suavizaron.
—El general estaría orgulloso.
Lin Xue sintió que la frase casi la derribaba.
Pero no cayó.
Zhao Lian estuvo allí.
No la sostuvo físicamente.
No hizo falta.
Estuvo.
— Más tarde, cuando An Rui fue llevada de vuelta a un lugar seguro, Lin Xue y Zhao Lian permanecieron bajo el ciruelo.
El sol ya subía sobre el palacio.
Las sombras retrocedían.
Pero no desaparecían.
—Cuando todo esto termine —dijo Zhao Lian—, quizá no quede un trono para heredar.
Lin Xue miró hacia las torres imperiales.
—Quizá eso no sea lo peor.
Él soltó una respiración tenue.
—No.
Una pausa.
—Quizá no.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era vacío ni amenaza.
Era cansancio compartido.
—¿Qué haremos con el dolor?
—preguntó Zhao Lian.
Lin Xue no respondió de inmediato.
Miró el ciruelo, la corteza marcada, los pétalos escasos, las ramas que seguían vivas pese a parecer secas.
—No lo sé.
Su voz fue honesta.
—Tal vez no se hace nada con él.
Zhao Lian la miró.
Ella continuó: —Tal vez se carga.
Se escucha.
Se evita que mande por nosotros.
Se le da un lugar… pero no el trono.
Zhao Lian observó el palacio.
—Eso suena difícil.
—Lo es.
—¿Y si fallamos?
Lin Xue bajó la mirada hacia sus manos.
Las manos de Lin Xue.
Las manos de Mei Yan.
Las manos de una niña, una sombra, una hija, una mujer que aún estaba aprendiendo a vivir.
—Entonces nos recordamos.
Zhao Lian volvió hacia ella.
—¿El qué?
Lin Xue sostuvo su mirada.
—Que no somos solo lo que nos hicieron.
El viento sopló.
El ciruelo dejó caer otro pétalo.
Esta vez, Zhao Lian lo atrapó antes de que tocara el suelo.
Lo sostuvo entre los dedos con cuidado.
Luego se lo ofreció a Lin Xue.
Ella lo tomó.
No como símbolo de una promesa perfecta.
Sino como memoria compartida.
Un pequeño resto de belleza en medio de un palacio podrido.
—Esta vez sí lo recuerdo —dijo él.
Lin Xue cerró los dedos alrededor del pétalo.
—Y yo ya no quiero recordarlo sola.
No hubo beso.
No hubo abrazo.
No era necesario.
Lo que ocurrió entre ellos fue más silencioso y más difícil: Dos personas dejaron de usar su dolor como muro.
Y, por primera vez, lo pusieron entre ambos como algo que podían mirar juntos.
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