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La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 112

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112: Capítulo 112: El recién nacido – Tres 112: Capítulo 112: El recién nacido – Tres —Existe tal tradición —susurro, dejando escapar un pequeño gemido de mi loba.

Ella finge que todo está perfectamente bien a pesar de lo que acaba de oír.

Qué hembra tan inocente es.

El dolor infligido a mi alma no es nada comparado con el de mi cuerpo.

La única palabra que no deja de repetirse en mi mente es criar.

Caigo en la cuenta y me encuentro con la mirada de mi macho con una rapidez fulminante.

Él… él se acostaría con ella si el cachorro que doy a luz hoy es una hembra.

Doy un paso atrás y él da uno hacia delante.

Sabe que me he dado cuenta, pues puedo ver el dolor que crece en sus ojos húmedos y temblorosos.

—¿Por qué?

—es todo lo que alcanzo a gemir.

—Esto es solo una medida, Lumina.

Sabía con certeza que tendrías un macho, siempre ha sido así por generaciones.

Mi linaje es así —dice, restándole importancia como si no fuera gran cosa, pero en su interior sabe que yo nunca estaría de acuerdo.

Sabe que esto causaría una desdicha que nunca podría sanar.

—Soy una primogénita.

¿Y si nuestro cachorro ha heredado mis genes?

—cuestiono.

La espalda me duele de forma insoportable y me aprieto más contra Elriam.

Mi macho es incapaz de responder a mi pregunta, así que sigo hurgando.

—¿Y si nuestro cachorro es una hembra?

¿Te follarías a tu elegida por la oportunidad de tener un macho?

¿Qué clase de tradición asquerosa es esta?

—grito.

Cada palabra desea morir en mis labios, pero las dejo vivir para saber la verdad.

Deimos cierra los ojos, con las manos temblorosas y el cuerpo oscilante; la verdad siempre sale a la luz, pues no está destinada a vivir en la oscuridad.

Se lleva los dedos a la garganta para frotársela, como si no pudiera respirar.

Como si algo tuviera sus garras alrededor de él, drenándole la vida.

Mi cachorro lleva mi cuerpo al límite y ya no puedo quedarme aquí a luchar contra él.

Una guerra que elijo perder por el bien de la vida que llevo dentro.

Con la cabeza alta y la espalda recta, aferrada al brazo de Elriam en busca de apoyo, miro directamente a los ojos de Deimos.

Él niega con la cabeza sin parar al comprender lo que voy a hacer.

—No hagas esto, mi hembra.

Por favor, no lo hagas —suplica.

—Elriam —un grito doloroso escapa de mi boca mientras me sujeto el vientre.

El dolor de mi alma sobrepasa al físico.

—Sí, Alfa —se endereza conmigo.

—Tráeme a mis hembras.

¡A todas!

—la suelto para que pueda acatar mi orden e inmediatamente corre tan rápido como la tormenta que ruge fuera.

Apoyando el cuerpo en la pared, mis ojos se clavan en el beta que tengo delante, testigo de la ruptura de las almas.

—Ragon.

Ven a recibir tu última orden, porque mi confianza en ti ha muerto —susurro con la boca abierta, tomando grandes bocanadas de aire para calmar mi pena.

Ragon se estremece ante mis palabras y me mira como si quisiera llorar.

Mis palabras han calado hondo.

—Luna —susurra él.

—Llévame a cualquier habitación de este pasillo.

Daré a luz a mi cachorro allí, no en la cama asquerosa que compartí con tu Alfa —palabras pintadas de espinas vuelan de mi boca para atacar al macho que parece no poder mantenerse en pie.

Su mundo entero se está acabando y él es el causante de todo.

Ragon avanza a grandes zancadas, levantando mi cuerpo con facilidad mientras me saca de allí.

El sonido de cristales haciéndose añicos, mesas volcadas, sillas destrozadas y la hembra gimiendo y lloriqueando de miedo ante su furia nos sigue por el pasillo.

Deimos desata su rabia contra los muebles mientras yo muero un poco con cada aliento que tomo.

El beta abre la puerta de una habitación cualquiera y me deposita con delicadeza en la cama.

Abre la boca como si quisiera decir algo, pero un gruñido atroz dirigido hacia él lo sobresalta y le hace dar un paso atrás.

No deseo hablar con él ni con el que se supone que es mi otra mitad.

Mientras un grito agónico de dolor escapa de mis labios, mis uñas se clavan en el colchón y las lágrimas corren por mis mejillas.

La sanadora es la primera en entrar, seguida de mis hembras.

Entran en la habitación una a una, con los ojos llenos de preocupación e inquietud.

Algunas rebosan de felicidad por el futuro que estoy a punto de traer al mundo.

La sanadora me sube el vestido por encima de los muslos, dejando al descubierto la parte inferior de mi torso.

Toca mi abertura con un dedo, deslizándolo por el interior.

—Has dilatado por completo.

Tu cachorro ya viene —susurra mientras las hembras preparan las toallas y el agua tibia.

Su olor dirige mis sentidos hacia él.

Sus manos sangran por la cólera de su dolor y su rabia.

Tiene las mejillas húmedas, el pelo revuelto.

Con la camisa rota, viene hacia mí tal como está.

—Protegedme.

No dará ni un paso más hacia mí —es una orden repentina para mis hembras, asombradas y confundidas.

No entienden mis instrucciones, pero obedecen sin dudar.

Se toman de las manos, aferrándose las unas a las otras mientras forman un círculo hacia el exterior alrededor de mi cama, creando una densa barrera.

Más de mis hembras entran y se unen sin hacer preguntas.

Luchan contra sus propias acciones vacilantes mientras se mantienen unidas.

Contra su Alfa.

Deimos gruñe con una furia indescriptible, los colmillos asomando entre sus labios, las garras fuera.

Su pecho se agita con fuerza por lo que he hecho.

—¡Lumina!

—mi nombre es gritado desde sus labios con una rabia desdichada, alimentada por la advertencia de mi acción.

Pero no me asusta, porque mis hembras me protegerán con su vida.

Yo lo sé.

Él lo sabe.

Si desea llegar hasta mí, tocarme, estar a mi lado mientras doy a luz a nuestro cachorro, primero tendría que matar a todas las hembras presentes.

Madres.

Hijas.

Compañeras.

Tendría que pintar y manchar las paredes de rojo con su sangre.

—Te quedarás ahí y verás cómo doy a luz a tu heredero sin ti a mi lado, Deimos.

Es la última muestra de piedad que puedo ofrecerte —grito mientras la sanadora me separa más las piernas.

Mi núcleo se desgarra, mi útero arde con el celo.

Mi cachorro ya viene.

Mi compañero deja escapar un profundo y estruendoso gruñido que retumba desde las profundidades de su pecho, y su estruendo hace añicos los cristales de las ventanas.

La lluvia empieza a caer dentro y la habitación se vuelve helada.

Sus ojos son tan negros como la noche, mostrando el surgimiento de su bestia.

Pequeños gemidos escapan de su bestia, suplicando a mi loba que les permita presenciar el nacimiento.

Mi alma se endurece y arde en el fuego mientras me golpeo el pecho con la palma de la mano.

Dejo escapar sollozos fuertes, profundos y desgarradores.

—Perdóname —le susurro a su bestia por el regalo que le he arrebatado.

Algo que todo padre recordaría hasta su último aliento.

El nacimiento de su primer cachorro.

—Es la hora, Luna.

Empuja con todas tus fuerzas —grita la sanadora.

El cielo llora y mi alma sangra.

Pero a pesar de la profunda pena de dos compañeros que siempre estuvieron destinados a separarse, sé que la luna está de celebración.

Está celebrando el nacimiento de un Dios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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