La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 12
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12: Capítulo 12: ¿Quién es ella?
12: Capítulo 12: ¿Quién es ella?
«Cuando te enamoras, es una locura temporal.
Estalla como un terremoto y luego se calma.
Y cuando se calma, tienes que tomar una decisión.
Tienes que averiguar si tus raíces se van a entrelazar tanto que sea inconcebible que alguna vez os separéis.
Porque eso es el amor.
El amor no es quedarse sin aliento, no es la emoción, no es el deseo de aparearse a cada segundo del día.
No es quedarse despierta por la noche imaginando que él te besa cada parte del cuerpo.
Porque eso es solo estar enamorada, algo de lo que cualquiera de nosotros puede convencerse.
El amor en sí es lo que queda cuando el enamoramiento se ha consumido».
Mis dedos rozan suavemente las palabras, su significado se graba en mi mente, resonando una y otra vez.
Cierro el libro con suavidad y lo devuelvo a la estantería, prometiéndome no volver a abrirlo nunca.
Salgo de la biblioteca, con la mente nublada y a rebosar de pensamientos.
¿Habrá leído Deimos ese libro?
¿Esas mismas palabras?
¿Quién se lo dio?
Suelo hacer esto, preguntarme sobre su pasado.
Deseo saberlo para quizá poder entenderle mejor.
Su fuerza, su poder, sus inseguridades, sus debilidades.
Todo.
Pero eso siempre será un sueño, ya que Deimos nunca derribará sus muros por mí y son demasiado altos para que yo los escale.
Paseando frente a la habitación de Deimos, me detengo y retrocedo, girándome hacia su puerta.
Solo…
solo quiero una bocanada.
Una bocanada de su olor.
No lo he visto desde el día en que recibí mi castigo.
Un rubor sube por mis mejillas al recordar la sensación.
Se ha mantenido muy ocupado con sus deberes y apenas he podido verlo.
Si intento hablar con él, desvía su camino y se aleja de mí.
No entiendo por qué.
Me preparo para llamar, levantando los nudillos hacia la puerta, pero cambio de opinión.
Pego la oreja a la puerta y no oigo ningún movimiento.
Eso significa que Deimos no está.
Con una enorme sonrisa en los labios, entro en su habitación sin dudarlo.
Sin embargo, me detengo en medio de la habitación con los ojos como platos mientras mi cabeza se gira hacia la puerta del baño.
El sonido del agua golpeando el suelo, mezclado con sus gruñidos y gemidos de placer, llena mis oídos.
¿Qué?
No, Dios, por favor, no.
Las lágrimas empiezan a formarse; no puede hacerme esto.
Me sobresalto con el estruendo de la puerta del baño al golpear contra la pared.
Deimos sale con una toalla enrollada en la cintura y sostiene otra para secarse el pelo.
Sus ojos se encuentran con los míos; se me abren de par en par al ver el tinte rojo que se forma en sus mejillas.
Carraspeando, avanza hacia mí en un solo movimiento firme hasta que nuestros pechos se tocan.
Me mira a los ojos, mientras gotas de agua se deslizan desde las puntas de su pelo por su cuerpo.
Las observo llegar a su destino en el suelo, su recorrido me hace salivar.
—¿Qué haces en mi habitación, compañera?
Mi sirviente te advirtió claramente que está prohibido el paso.
Su voz es como el azúcar y recubre mi interior con su dulzura.
—¿Qué estabas haciendo en el baño, Deimos?
—pregunto, sin aliento.
Sé lo que estaba haciendo; quiero que lo diga.
Quiero verlo salir de sus labios.
Con la cabeza inclinada y un atisbo de sonrisa presuntuosa en los labios, los acerca a mi oído.
—Me corrí con la imagen de tus nalgas rojas que parece estar grabada en mi mente —susurra en mis oídos.
Mordiéndome los labios, empiezo a retorcerme por la necesidad que se acumula entre mis piernas.
—Un solo pensamiento sobre ti y se pone dura pidiendo atención.
Sus palabras encienden un fuego dentro de mí.
Froto mis muslos tratando de crear algo de fricción para satisfacer mi anhelo.
Su cercanía trae consigo el aroma del que ansiaba una bocanada.
Sus ojos se fijan en mis movimientos y vuelven a encontrarse con los míos.
—Tócate.
Déjame mirarte —susurra, gimiendo para mantener el control.
Sus dedos tiemblan.
Mis ojos se abren de par en par ante su orden.
¿Cómo?
¿Delante de él?
—Sé que te das placer cada noche, compañera.
Puedo sentirlo.
—Sus palabras hacen que mis ojos se abran aún más.
Él lleva mis manos sobre mi vagina y las deja reposar ahí—.
Muéstrame —su voz flaquea.
Veo la curiosidad florecer en sus ojos.
Lentamente, deslizo mis dedos dentro de mis bragas, repasando mi humedad mientras mis ojos encuentran los de Deimos.
Se muerde los labios, preparándose, anticipando el espectáculo que estoy a punto de darle.
Rozo mi clítoris lentamente en círculos, mi espalda se arquea y mi boca se abre en un jadeo.
La sensación empieza a florecer en mi interior.
Humedeciéndome los labios, empiezo a hacer círculos más rápido.
Las rodillas me flaquean, mis ojos recorren su cuerpo húmedo, añadiendo leña a mi fuego.
Me fijo en cada detalle, desde cada pectoral hasta cada abdominal reluciente de agua, pasando por cada cicatriz que me muestra la fuerza de este Macho Alfa.
Queriendo…
necesitando más, introduzco un dedo, estirándome, preparándome para algo que nunca estará dentro de mí.
Empiezo a meterlo y sacarlo manteniendo el ritmo, y al llegar al borde, vuelvo a mirar los ojos negros de Deimos.
Mis embestidas aumentan, se vuelven más rápidas.
Mis fuertes gemidos de placer resuenan, rebotando en las paredes.
Con una última embestida, libero espasmos de placer.
La parte inferior de mi cuerpo sufre espasmos, con la boca abierta en un fuerte gemido.
Dejo caer mi cabeza sobre su pecho, respirando profundamente.
Cuando por fin levanto la vista, sus ojos están oscuros como la noche.
Su lobo quiere reclamarme, sus dientes rechinan y su mandíbula se aprieta.
Su control pende de un hilo.
Coge mi dedo lentamente y se lo lleva a la boca con una fuerte succión.
Cierra los ojos, deleitándose con el sabor.
Gira la lengua a su alrededor, con los ojos prometiendo los placeres que su lengua podría traer.
Nuestros rostros se acercan, las bocas abiertas, los labios ansiosos por probarse.
Sus dedos se deslizan por mi pómulo, inclinando mi cara hacia un lado y acercándola a la suya en un movimiento repentino.
Acerca su rostro, abre la boca y casi me alcanza.
La tensión sexual se va al traste con el repentino y fuerte golpe que nos interrumpe.
—Alfa.
La voz de Ragon llega a mis oídos.
Deimos me suelta para abrir la puerta.
Ragon hace una reverencia cuando nos ve a los dos.
Dice algo en voz muy baja y en otro idioma que no logro entender.
¿Por qué?
¿Por qué ocultármelo?
¿Qué es tan importante y secreto que no se me permite oír o entender?
Las palabras de Ragon hacen que los ojos de Deimos se abran de par en par.
—Prepara a todo el mundo, debemos darle la bienvenida —le ordena Deimos, y Ragon se va para cumplir la tarea.
¿Darle la bienvenida?
¿A quién?
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