La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 120
- Inicio
- La Hembra Alfa que no Puedes Domar
- Capítulo 120 - 120 Capítulo 120 Naufragio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
120: Capítulo 120 Naufragio 120: Capítulo 120 Naufragio Me yergo y observo cómo se desarrolla esta escena ante mí.
Hay algunas jóvenes presentes que la rodean, admirándola como si fuera un modelo a seguir.
Me repugna.
Tengo una arcada visible, tratando de controlar las náuseas.
Mis ojos llamean, mi pecho se oprime.
Mi armadura está puesta.
Camino hacia ella.
Mis pasos son pesados y retumban sobre las baldosas de mármol.
La ruina, el caos que ella ha causado en el vínculo con mi compañero.
Y, sin embargo, ella está ahí de pie, con orgullo, con la cabeza bien alta.
A medida que me acerco, el parloteo cesa y las hembras se agrupan en torno a su elegida.
No, no son mis hembras, son de la manada de Deimos.
La mayoría son viejas.
Lo suficientemente viejas como para ser las ancianas de la manada.
Su pelo blanco es visible, con arrugas y piel flácida que dibujan su carne.
—Luna.
—Se inclinan al unísono con respeto.
¿Respeto?
Vuestro respeto es falso para mí.
No es así como se respeta a la Luna, así es como la avergonzáis con esta tradición vuestra.
—Moveos —mascullo.
Levantan la vista, confusas, mirándose unas a otras.
—¡He dicho que os mováis!
Apartad a su elegida de vuestra protección de una vez.
—Mi voz retumba entre las paredes, las ventanas vibran con la ira que contengo en lo más profundo de mi ser.
Había mantenido mis sentimientos a raya.
Permití que esta hembra se quedara aquí a pesar de que ya no tenía ningún papel que desempeñar, porque, pasara lo que pasara, era un miembro de esta manada.
Ese fue el mayor sacrificio que pude hacer como Luna y, sin embargo, aquí está ella, bebiendo vino, sentada en la encimera sobre la que Deimos me besó una vez.
Ensucia cada recuerdo, impregnándolo con su inmundo aroma.
Las hembras tiemblan, pero no se mueven para permitirme llegar hasta su elegida.
Mi cuerpo tiembla, las garras emergen de la carne.
Los colmillos se alargan, jadeo intentando controlar mi furia.
Esta desobediencia.
Esta descarada muestra de falta de respeto, de rebeldía, algo que nunca antes habían hecho.
¿Todo esto para protegerla a ella?
¿Para proteger esta tradición?
—¿Quién desea morir primero?
—Apenas controlo a mi loba.
La energía reprimida que ha estado conteniendo desea emerger y estallar.
Desea pintar las paredes de rojo.
Las hembras tiemblan, algunas ya dan unos pasos hacia atrás, despejando mi camino, pero otras se quedan quietas, con la cabeza gacha.
—P-por favor, moveos —se oye un pequeño susurro desde atrás.
Los ojos de las hembras se abren de par en par y giran la cabeza bruscamente hacia ella.
—Está bien.
—Calma sus preocupaciones con una sonrisa amable.
Responden inmediatamente a sus palabras y se apartan.
Esta hembra.
¿Por quién la toman para seguirla ciegamente mientras que a la verdadera Luna le plantan cara?
Avanza con paso decidido.
Me pican los dedos.
Me pican por cortarle el cuello y verla desangrarse hasta morir.
La luna no se la llevará, pues esta tradición que siguen ciegamente es un pecado.
Contra los compañeros.
Contra la propia luna.
—¿Dónde te escondió Deimos?
—pregunto.
Se yergue, sus ojos me atraviesan.
Piensa que soy una cachorra.
Que soy inmadura.
Que la provoco porque no soy más que una celosa.
Su miedo hacia mí, su inocencia, desaparece tan rápido como apareció.
Me muestra su verdadero ser.
—No me escondió.
Simplemente me protegió.
Hay una diferencia…, Luna.
—Dice la palabra Luna como si no tuviera un verdadero significado para ella.
Respirando hondo, le pregunto de nuevo.
—¿Dónde te escondió?
—pregunto apretando los dientes, esperando que una vez que me lo diga, pueda enviarla de vuelta a ese lugar y asegurarme de que no regrese jamás.
—En una manada lejos de aquí.
Tienes miedo —dice ella.
—¿Qué has dicho?
—gruño, llenando mis pulmones de aire.
—Tus ojos.
Me muestran la verdad.
Tienes miedo de que ocupe tu lugar —masculla ella.
—Cierra la boca.
—Una advertencia que le doy.
Mi primera advertencia.
—Nací con este único propósito.
Fui moldeada a la perfección para ser la elegida de Deimos.
Me complació que se apresurara a organizar mi traslado a otra manada.
Me complace que pensara que le sería de utilidad en el futuro.
—¿Y qué hay de tu compañero?
—escupo.
El macho que podría estar soñando con ella.
Esperándola.
—La elegida seleccionada debe renunciar a su compañero.
Igual que hizo Deimos cuando te conoció a ti —susurra ella.
Esta hembra.
Me ha engañado con sus actos de inocencia y sus ojos temerosos.
Llamó a Deimos por su nombre, un derecho que solo me corresponde a mí y, sin embargo, no teme pronunciarlo.
—Te lo estoy advirtiendo —murmullo por lo bajo.
La segunda advertencia que le doy.
—Bueno, ahora has dado a luz a un macho y podrías pensar que ya no tengo ningún papel aquí, pero sí lo tengo.
Puedo ser de utilidad…
de varias maneras.
Una que permanecerá oculta para ti, al igual que lo estaba el significado que yo tenía.
Pisoteas nuestra tradición, no tienes derecho a que te llamen Luna.
No tienes derecho a estar a su diestra porque no eres más que…
indigna.
—Mis ojos se abren como platos ante sus palabras.
Es una desvergonzada.
Sinceramente, yo…
no me esperaba esto de ninguna manera.
Me ha pillado con la guardia baja.
Sonrío.
Una sonrisa que muestra todos mis dientes.
Los ojos de las hembras se abren de par en par.
Me río a carcajadas, sujetándome el estómago.
Sus cuerpos tiemblan.
—Gracias por tus amables palabras.
Me aseguraré de olvidarlas tan pronto como mueras —mascullo.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué?
—pregunta, pero antes de que otra palabra desagradable pueda salir de su fea boca, mi loba se desboca, arrancándome las riendas del control de las manos.
Mis garras golpean su garganta sin dudarlo, hundiéndose en su carne.
Sus ojos se abren de par en par y chilla de dolor.
Sus manos se aferran a mi muñeca, sus uñas se clavan en mi carne.
Lucha por pronunciar otra palabra.
Las hembras detrás de ella chillan al ver la sangre que brota, formando un pequeño charco a sus pies.
Muchas intentan apartar mi mano de su garganta, pero sus intentos son inútiles.
Mis dedos se hunden en su garganta y le arrancan el esófago de un tirón brusco.
No tiene tiempo para protestar, pues yo le arrebato la vida.
Su cadáver cae en el lugar que le corresponde.
A mis pies.
Una hembra tan débil y, sin embargo, se enorgullecía de ser su elegida.
Las hembras caen al suelo, llorando su muerte.
¿Qué clase de enfermedad es esta que tengo que presenciar?
Ni siquiera puedo digerirlo.
Algunas me miran con ojos llenos de odio.
Deimos entra corriendo.
—¿Puede alguien decirme qué demonios está pasando aquí?
—grita, y las hembras gimotean.
Cuando me doy la vuelta, sus ojos se abren de par en par.
Me mira frunciendo el ceño, sin entender lo que pasa, como si me pidiera una explicación.
Pero cuando sus ojos se posan en el cadáver ensangrentado de su elegida, la comprensión lo invade.
Vuelve a mirarme.
Espero.
Su ira.
Su reproche.
Su enfado.
Espero y espero, pero no llega nada.
Solo me encuentro con un frío silencio.
Hoy he matado a un miembro de la manada; esto me atormentará hasta el día de mi muerte.
Kal está despierto en sus brazos, con los ojos fijos en su padre.
Necesito alimentarlo.
Vuelvo a mirar a la elegida muerta y a todas las hembras que la lloran.
Mis labios tiemblan de frustración, siento como si me hubieran traicionado.
Mi manada.
Mis ojos furiosos se encuentran con los de Deimos.
Cierra los ojos con fuerza, incapaz de ver mi destrucción interior.
Avanzando hacia él, cojo a Kal de sus brazos y me dispongo a marcharme.
Que se encargue él de este desastre.
—Ve.
Asegúrate de que se encarguen de tu elegida —susurro.
Acumulando saliva en la boca, la escupo a sus pies en señal de mi desaprobación hacia él.
Hacia sus decisiones y esta tradición.
Levanta los labios, mostrando un atisbo de colmillo ante mi furiosa falta de respeto.
Pase lo que pase, es un Alfa.
Un Alfa de esta manada y debe ser respetado como tal.
Salgo por la puerta de la cocina con una última mirada a la encimera.
La ha ensuciado con su presencia y nunca volverá a ser la misma.
El sol se pone, trayendo la oscuridad, pero no parece nada comparada con la que albergo en mi alma.
Descubro que no hay luz, no hay bondad en mí.
Descubro que poseo todas las emociones negativas.
Ira, traición, desdicha y celos.
—Estoy hambrienta —refunfuña Elriam detrás de mí.
Su estómago habla, exigiendo ser alimentado.
—Tu estómago suena como el de mi Kal, Elriam —me río entre dientes mientras me dirijo al comedor.
Estoy protegida dentro del círculo de mis hembras.
En caso de que los ancianos decidan tomar medidas por lo que hice esta mañana.
No necesito protección, pero Kal está en mis brazos y debo asegurarme de que esté a salvo.
Me guían a la sala, donde me reciben las miradas de desaprobación de los ancianos, que ahora me consideran indigna.
La tradición que mantenían, la hembra del pecado que protegían, les ha sido arrebatada por mí.
Pero entre las miradas de desagrado que llenan de tensión la sala, un par de ojos lo atraviesa todo con su mirada gentil y acogedora.
Los suyos.
Los de Deimos.
No le hago caso ni respondo a sus gestos.
Simplemente levanto la barbilla, con la espalda recta, y me dirijo al otro lado de la sala con mis hembras pisándome los talones.
Los ojos de Deimos me siguen, frunciendo el ceño con confusión al no entender adónde voy, pues no estaba ocupando mi asiento a su derecha.
Avanzo con paso decidido hacia la mesa y me siento en mi silla, que está colocada en la cabecera.
Mis hembras se reúnen alrededor, tomando asiento y mostrando los colmillos con gruñidos bajos y amenazantes hacia los ancianos mientras examinan la sala en busca de amenazas.
Sus ojos se abren de par en par y todo su ser se estremece.
Inmediatamente mira a su macho, despierto y acurrucado en mis brazos, y tiembla aún más.
No quiere esto.
No desea esto.
Estoy hiriendo cada parte de su alma.
La comprensión de la situación lo ilumina de repente, pues lo que no sabía era que yo no solo estaba construyendo un hogar, sino también una mesa.
Su puño, cerrado y apoyado sobre la mesa, tiene un temblor que intenta controlar.
Con la mandíbula apretada y el corazón dolorosamente enjaulado, hace todo lo posible por tragar la comida.
¿Cómo podría, si no puede ni respirar?
Me siento ahí, en mi mesa.
Una mesa que he hecho para mí.
Una mesa en la que él no tiene asiento.
La silla a su derecha está vacía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com