La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 126
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Capítulo 126: Capítulo 126 Respira
Aclaro la garganta y lo llamo suavemente por su nombre a modo de saludo:—Cronos.
Sus ojos se giran hacia mí rápidamente y una suave sonrisa ilumina su rostro. —Luna —saluda. Lo había invitado a desayunar hoy.
—¿Cómo está tu guerrero? —le pregunto mientras arrastro una silla para que se siente.
—No lo sé, no he ido a ver cómo estaba después de que la sanadora se lo llevara en una camilla —resopla como si le pareciera divertido. La idea de un guerrero grande y fuerte en una camilla le parece divertida.
—Claro —respondo, asintiendo con la cabeza. Si no estaba con su guerrero, ¿dónde estaba?
—Alfa. Debo irme ahora para atender algunos asuntos. Llámeme cuando me necesite —dice Elriam mientras coloca el té de Cronos frente a él con una sonrisa amable. Él le da un seco asentimiento de agradecimiento y levanta la taza hasta su nariz para olerla.
—Por supuesto. Gracias por lo de hoy, Elriam —le agradezco mientras sale de la casa, cerrando la puerta principal tras de sí.
Bebo un sorbo de mi té, saboreando el gusto mientras se desliza por mi garganta. —Cronos, tienes que probar el té…
—Hablé con Deimos —dice Cronos, interrumpiéndome. Trago con fuerza mientras un repentino y frío silencio consume la habitación; solo se oye el tictac del reloj de fondo. La tensión no tarda en rodearnos y traer consigo una sensación de incomodidad.
—¿Ah, sí? —pregunto, y sigo bebiendo mi té sin levantar la vista hacia él. Mis ojos están clavados en las vetas de la madera de la mesa y mis manos aprietan con fuerza el asa de la taza, que tiembla un poco.
—Debe de ser difícil para ti —dice—. Perdonarlo por su decisión.
—No creo que pueda hacerlo nunca. Se lo había dicho antes, ¿sabes? Que si hacía algo que me hiriera, no seríamos capaces de superarlo.
—Lo entiendo —susurra, rodeando la taza con las palmas de las manos para calentarse la piel mientras mira fijamente el líquido en su interior.
—¿Tú conocías esta tradición? —le pregunto.
—No a fondo, pero sabía lo mucho que se valoraban aquí las tradiciones. Cuando éramos cachorros y yo venía a visitarlo, él se quedaba arrodillado en una de las esquinas del castillo hasta que podía recitar de memoria los factores y significados de una tradición —dice.
Lo miro, ansiosa por saber más, porque de verdad no tengo ni idea. —¿En serio?
—Sí. El Alfa Ares era un buen macho, también un buen padre, pero era estricto con sus hijos. Empezó a entrenarlos desde muy pequeños. Deimos era bastante juguetón de cachorro, a diferencia de su serio hermano, así que recibía más atención de su padre, y no era del tipo bueno. Necesitaba convertirse en un verdadero líder —explica Cronos.
—No sabía eso. Apenas hablaba de su pasado —suspiro.
—No creo que le guste hacerlo, porque no todos los recuerdos son buenos. Se lo grabaron a fuego, Luna. Por cada error, recibía un castigo. Tenía que ser perfecto para ser aceptado como el siguiente heredero de esta manada. Hay cosas de las que uno no puede librarse, cosas en las que no tiene elección como Alfa. Debes entenderlo.
—Lo entiendo —le respondo fulminándolo con la mirada.
—¿De verdad? ¿En serio? —Por fin, me mira a los ojos. Es como si no creyera la verdad en mis palabras. Lo entiendo, pero al mismo tiempo… no lo entiendo.
—Quería hablar contigo de una cosa —murmuro, cambiando rápidamente de tema, deseosa de tratar lo que de verdad quiero saber.
Me mira en silencio durante unos segundos, quizás pensando si dejar pasar esta conversación o no. —Adelante —me dice con un seco asentimiento de aceptación.
—Sobre aquella noche en la que me confesaste tus sentimientos —ataco rápidamente. Sus movimientos se detienen y parece desconcertado. Sorprendido de que lo haya abordado tan de repente. No se lo esperaba. Luego frunce el ceño, como si se preguntara por qué he sacado esa espada ahora.
—Eso… eso fue un error. No debería haber ocurrido, me equivoqué.
—¿Qué? —pregunto. Necesito que me dé más explicaciones, no que solo admita su culpa.
—Nunca había formado el vínculo tan estrecho que tengo contigo con ninguna otra hembra que no fuera Theia. Me tomaste por sorpresa. Nuestra amistad me tomó por sorpresa. Aliviaste mi soledad y, a cambio, yo alivié la tuya. Pero mis sentimientos no eran reales, me confundí. Y debo darte las gracias por rechazar mis insinuaciones, porque si hubiera encontrado a mi hembra, ella habría sufrido. No creo que pueda soportar eso. Deimos habría sufrido y nuestro vínculo se habría hecho añicos. Todos habríamos descendido al infierno. O más bien a un pozo de llamas ardientes. Pero tú nos salvaste a todos. Eres una buena hembra, Lumina. —Sus palabras calan en mí y me tomo un tiempo para digerirlas.
—¿Cómo sabes que habríamos sufrido? —me humedezco los labios, inquieta, mientras la verdad sale a la luz.
—Porque veo tu desdicha, Lumina. Solo las acciones de un compañero pueden causarte tanta pena.
Sus palabras. Me hieren en lo más profundo del corazón. Las emociones que mantenía ocultas desean desbordarse ante él. Quiero quejarme a él, quiero portarme como una niña mimada con él. Quiero derribar el escudo que llevo puesto para que pueda ver las grietas de mi corazón y el desastre que la decisión de Deimos ha creado.
Bajo la cabeza, con las palmas de las manos aferradas a mi falda, y dejo que un suave sollozo escape de mis labios. Mi pelo actúa como una cortina, ocultando mis inseguridades de sus ojos. Hundiéndome los dientes en el labio inferior tembloroso, dejo escapar un lamento desgarrador.
Sus manos se adelantan de inmediato y acunan mi rostro con delicadeza. Su mirada se entristece mientras me observa, y sus pulgares limpian suavemente las lágrimas perdidas bajo mis ojos. —Chis, ya está, no hay necesidad de llorar. ¿Confías en mí, Lumina?
Con los ojos cerrados, le muestro el dolor de mi alma. Le muestro el conflicto interno que soporto con cada nuevo día. —Mírame. Mírame, Lumina. —Su voz es suave como una pluma y me eriza la piel. Me anima a ser fuerte.
Abro mis ojos empañados para mirarlo. —¿Lo haces? —pregunta.
—S-sí —respondo sin dudar. Lo hago con todo mi ser.
—Entonces, confía en que todo saldrá bien. Confía en que esto puede sanar con el tiempo. Conozco a Deimos, no se detendrá ante nada para volver a ser tuyo, porque Kal y tú sois su universo.
—No lo entiendes, lo que hizo… Yo… ¡Oh, diosa, lo que hizo, Cronos! —sollozo con más fuerza, negando con la cabeza en desaprobación a sus palabras. No puedo perdonarlo, nunca.
—Chis. Todo irá bien. Ven aquí. —Me atrae hacia su pecho, y mis sollozos quedan ahogados por su camisa, ahora empapada. Su palma me da suaves palmaditas en la espalda mientras nos mece de un lado a otro. Me proporciona consuelo, algo que realmente deseaba.
Nos quedamos así un rato, yo deleitándome en su cálida y reconfortante presencia, y él asegurándose de que mi dolor se aliviara un poco. Realmente era mi regalo de la luna, pues tenía el poder de curar mi desdicha con solo unas pocas palabras y caricias.
Un golpe repentino en la puerta nos hace respingar y sobresaltarnos. Frunzo el ceño y me seco rápidamente las lágrimas con la base de las palmas. Levantándome de golpe, la silla chirría al moverse hacia atrás y me dirijo a la puerta.
Al abrirla, me encuentro con un Deimos que camina de un lado a otro con las manos entrelazadas a la espalda. Parece cansado y desaliñado, más bien desastroso.
—¿Qué pasa? —¿Está aquí para ver a Kal? ¿O quizás para enfrentarme por estar a solas con Cronos en la casa? ¿Tal vez es para confrontarme sobre mis pensamientos acerca del guerrero?
—¡No estoy aquí para confrontarte por nada, maldita sea! —escupe, y yo frunzo aún más el ceño. ¿Qué le pasa? ¿Por qué se ha estresado tanto de repente? ¿Ha pasado algo?
—Cronos es un macho al que tienes cerca de tu corazón y no voy a detener vuestra amistad —dice.
—Entonces, ¿qué es? —pregunto, observándolo mientras camina de un lado a otro. Cierro la puerta principal detrás de mí, porque no quiero que Cronos presencie nuestros conflictos.
—Lo he pensado una y otra vez durante las últimas noches, las palabras que dijiste y que me dieron ganas de saltar de un puente. Me volvieron loco. «Aprende a hacerlo», dijiste. «A vivir sin ti, a sobrevivir sin ti».
—Sí —reafirmo las palabras que le dije.
—He pensado si debía decirte esto o no —murmura. Está agitado, no se encuentra bien. Esto despierta mi preocupación. Mis palabras han causado su malestar mental.
—¿Deimos? —lo llamo por su nombre, dando un paso hacia él. Algo dentro de mí exige consolarlo, sostener los pedazos de él que se están desmoronando.
—¡Pero no soy un macho débil que no puede enfrentar a su hembra! ¡Diré la verdad! —ruge, con las emociones desbordándose desde su interior.
—Deimos, cálmate. —Doy otro paso adelante, con la palma de la mano levantada hacia él como una señal para que tranquilice su mente. Podemos hablar cuando esté más sereno.
—¿Cómo esperas que lo haga? ¿Cómo esperas que viva sin ti cuando…? —aprieta los dientes, con el alma al desnudo ante mí mientras cierra la mandíbula con fuerza. Está pensando de nuevo, si confesar su verdad o no.
—Deimos. Yo… yo… —Me acerco más a él sin darme cuenta. ¿Qué estoy tratando de decir siquiera?
—Cuando tú eres el aire que respiro —termina.
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