La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 135
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Capítulo 135: Capítulo 135 Apariciones
Me despierto con un fuerte jadeo, mi cuerpo se abalanza hacia adelante. Quedo sentada de golpe, con las yemas de los dedos clavadas en el colchón, aferrándome con fuerza a su suavidad. Mis ojos se posan de golpe en el pequeño reloj de la mesita de noche y se me abren de par en par.
Aparto las sábanas de un manotazo y meto mis pies fríos en las zapatillas de piel, las mismas que Deimos me compró cuando estaba embarazada. No he sido capaz de tirarlas, igual que todas las otras cosas que me compró, diciendo siempre las mismas palabras: «Me ha recordado a ti, mi hembra». Quizá lo planeó todo, porque lo que más me duele no es la traición del presente, sino la felicidad del pasado. Esa felicidad que se burla de mí cada noche en mis sueños.
Estoy apegada a sus regalos, pues cada uno de ellos, un obsequio suyo, guarda un recuerdo; recuerdos que, sin importar nuestros fracasos, atesoro de verdad. Los uso todos, pero a escondidas de su vista. Como el collar que nunca me quito, que suele estar oculto bajo mi ropa.
De mis labios no dejan de salir maldiciones mientras me pongo un jersey holgado. ¿Sigue dormido el pequeño? Su silencio es tan incómodo que solo consigue que el nerviosismo me hierva por dentro. Corro hacia su cuna y me asomo, solo para encontrarla vacía.
Con el corazón martilleándome en el pecho, de repente respirar se vuelve una dificultad dolorosa. Pongo la palma de la mano en la cuna, la deslizo sobre la suave manta y susurro: «Fría. Está fría. Se lo llevaron de aquí hace mucho».
El título que ostenta Kal y el hecho de que sea un cachorro inofensivo lo convierten en un blanco fácil para que los rogues nos lo arrebaten, y ese solo pensamiento me ahoga en ansiedad. Sin embargo, sé que no es el caso en este momento. Sé quién tiene a Kal, y es una imagen fugaz de él la que se me graba en la mente. Una imagen hermosa, con una amplia sonrisa en su rostro, sus ojos brillando y la risa brotando de su pecho.
Salgo por la puerta principal, entrecerrando los ojos ante el brillo del sol que me golpea la vista. Cierro los ojos, levanto la cabeza hacia el cielo y respiro hondo. Una respiración que consuela mis pulmones, que hace florecer mi núcleo destrozado. La naturaleza habita en mi alma, y aparece cuando la busco. No solo cuando siento dolor, sino también en mi felicidad, en mi anhelo y cuando peco de palabra y obra.
Ella me consuela, me nutre y celebra conmigo. Porque conocía bien la naturaleza, aprendí a sobrevivir por mi cuenta, pero ahora… ella ha desaparecido, porque todo lo que hacía por mí ahora lo hace Deimos. Se lo ha cedido a él.
Avanzo con pasos lentos hacia donde él se encuentra. No necesito buscarlo, pues su alma me llama. Siempre lo hace. Para encontrarlo, para abrazarlo, para… salvarlo. Es una llamada incesante. Él no es consciente de esto y finge estar bien delante de mí para no influirme, pero yo lo conozco. A la perfección. Y, sin embargo, ¿por qué parece que, a pesar de conocerlo, en lugar de ayudarlo me estoy alejando?
Se siente como si fuera la primera vez. Me siento ansiosa cuando mis ojos se posan en su piel. Los latidos de mi corazón se aceleran y, cuando nuestras miradas se encuentran, se detiene. Es una emoción incontrolable que causa desastres y estragos en mi interior. Es una atracción natural hacia él, una de la que no puedo escapar.
Mordisqueándome el labio inferior y con la mano en el pomo de la puerta, hago todo lo posible por controlar mis emociones a flor de piel. Un pequeño debate se libra en mi interior: quizá debería irme y hacer que Elriam vaya a por Kal, pero he venido hasta aquí. ¿Por qué lo he hecho? ¿Para echarle un vistazo? ¿Para toparme con su tierna sonrisa de bienvenida?
—Entra, compañera —retumba la voz grave y profunda de Deimos desde el interior, y me sobresalto. Por supuesto, era consciente de mi presencia. Quizá incluso de mis cavilaciones.
Un suave suspiro se me escapa de los labios mientras empujo la puerta para abrirla. Me encuentro con la imagen de Deimos, sentado en la silla, sujetando a Kal contra su pecho con la mano izquierda y firmando documentos con la derecha. Levanta la vista hacia mí, pero no me saluda con su habitual sonrisa de bienvenida. Me saluda su silencio.
Ragon se gira para verme mientras se levanta rápidamente y hace una reverencia. —Luna —saluda con una leve sonrisa.
—Ragon —le correspondo con un asentimiento de cabeza.
—Continúa, Ragon —ordena Deimos, con la mirada seria e inquebrantable. Parece que tienen entre manos asuntos importantes y preocupantes. Ragon vuelve a sentarse, con la atención puesta en Deimos, que espera pacientemente.
Hay una tensión candente que hierve en la habitación, no dirigida a mí, sino entre ellos. La comprensión brota en mi interior: algo va mal, algo va muy mal.
—Han asesinado a la mitad de nuestros exploradores nocturnos. Nuestras fronteras no son seguras, los lobos restantes están cansados de cargar con el peso de los caídos —susurra Ragon. Sus palabras me golpean de lleno, porque no me lo esperaba en absoluto.
—¿Y qué hay de nuestros guerreros? ¿Qué piensan de nuestro plan? —pregunta Deimos mientras yo me siento al lado de Ragon. Deimos mira de reojo mi movimiento, pero no dice nada y vuelve a posar los ojos en su beta.
—Están de acuerdo con tu plan, porque así es como ha sido siempre. Ahora que posees un macho, se ha desatado una nueva ola de destrucción. —Mis ojos se clavan en Ragon. ¿Qué acaba de decir? ¿Se trata de Kal?
—Igual que lo que le pasó a mi padre —dice Deimos, cerrando los ojos con fuerza. Pero cuando los vuelve a abrir, su mirada se posa en Kal, su ceño se frunce y aprieta con más fuerza a su macho contra su cuerpo.
—Sí, Alfa.
—¿Qué está pasando? —pregunto, mirando alternativamente a los dos machos. Los latidos de mi corazón pierden su ritmo habitual, y me cuesta mantener la calma.
—Pensé que las cosas serían diferentes a como fueron para mi padre, ¿sabes? Que podría dirigir mi propia vida, que podría liberarme de mis ataduras. Que mi poder sería más que suficiente para proteger a quienes aprecio. Después de todo, me forjé una reputación despiadada con la esperanza de que ningún lobo se atreviera a blandir su espada contra mí. —Los ojos de Deimos se posan en mi piel—. Y, sin embargo, ahora me estoy ahogando de verdad, Ragon —murmura, mientras sus ojos se encuentran con los míos.
—Alfa. —El puño de Ragon, apoyado en su muslo, tiembla y él hace una profunda reverencia. Su aroma, cargado de tensión, se manifiesta en uno doloroso. Un aroma agrio y desagradable, en verdad.
—Respóndeme, ¿qué está pasando? —Mi pregunta no es una exigencia, sino que es suave, dirigida a Deimos, sin apartar mis ojos de los suyos. Para mí no hay otro lobo en esta habitación más que él; acapara todo mi enfoque y atención en este momento.
—Ragon, te mandaré a llamar en un rato. Debemos seguir hablando. Reúnete con los guerreros para tratar el plan de guerra que han discutido —pronuncia Deimos mientras la silla de Ragon se arrastra hacia atrás. Este se pone de pie, nos hace una profunda reverencia a ambos y nos deja solos en la habitación.
Un silencio nos consume mientras nos limitamos a mirarnos el uno al otro. Él toma una respiración lenta y profunda para responderme. —Ha surgido una nueva guerra —dice.
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