La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 137
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Capítulo 137: Capítulo 137: Asustado
—Esta guerra…, ¿de verdad tienes que ir? ¿Tienes que luchar? —cuestiono mientras lo miro por debajo de las pestañas. La cicatriz del cuchillo de plata permanece en su carne, un recordatorio del duro viaje que atravesamos. De la inquietante, silenciosa y fría oscuridad en la que se estaba ahogando sin salida. La muerte lo llamaba y él estaba al borde, y la luna eligió si empujarlo o dejar que se quedara.
—Por supuesto. ¿Qué clase de Alfa no lucha por su manada? —pregunta, paseándose por la habitación mientras consuela al pequeño en sus brazos que busca su atención.
—¿Y qué clase de manada no lucha por su Alfa y lo ata a tradiciones asquerosas? —replico al instante. Un ataque que se escapó de mis labios sin dudarlo ni pensarlo. Un ataque innecesario que le lancé. Sus pasos se detienen, dándome la espalda. Veo su espalda encorvarse ligeramente, los hombros contraídos, la cabeza gacha.
—Eso ha estado fuera de lugar. Lo siento.
—Tus palabras encierran tu verdad, compañera. Y mi manada se aferra a la suya. Pero mi verdad, yo no soy dueño de ella. No está en mis manos. Mi padre tampoco fue dueño de la suya. Quiero que Kal se despierte en un mundo que vea como su lienzo. Que pueda pintarlo como le plazca y que los colores sigan a su pincel —dice Deimos. No entiendo el significado que subyace en sus palabras, pero no lo cuestiono.
—¿Cuándo te marcharás? —pregunto, cambiando rápidamente de tema, pues no deseo tener esta conversación.
—En cuanto los guerreros estén listos —responde, volviéndose para mirarme sin preguntar más sobre mi ataque.
—¿Estás preparado? ¿Tienes miedo? —pregunto mientras me pongo de pie, dando un paso lento y corto hacia él.
Parece un poco desconcertado por mi pregunta, ya que lo he pillado con la guardia baja. Pero entonces una sonora carcajada brota de su garganta. —Es la primera vez que voy a pronunciar estas palabras en mi vida. Sí. Sí, tengo miedo. No, no estoy preparado, mi hembra.
—¿Por qué? ¿Es por la manada? ¿Tienen miedo? Entonces, ¿por qué ir a la guerra, Deimos? Hablemos de ello, busquemos una solución factible. —Doy otro paso, acercándome a su calor. ¿Cómo puede ir a la guerra si tiene miedo?
—Es porque ahora tengo mucho que perder, compañera. Tengo una familia que para mí brilla más que cualquier estrella en el cielo nocturno. Una familia a la que debo proteger con mi vida y mantener a salvo en los inviernos más fríos. Una familia que es dueña de todo mi ser. —Su verdad se desliza en mi alma; sus palabras la capturan y me atan.
Aparto la mirada de él, hacia la ventana que hay a su espalda. Una familia. Algo que yo anhelaba y algo que él temía tener. Ahora los papeles se han invertido: yo tengo miedo y él… él la anhela. ¿Cuánto tiempo más tirará él de mí y empujaré yo hasta que pierda el equilibrio y caiga en él?
—T-tengo que irme —susurro rápidamente, pues el ardor de su mirada me está sumiendo en una neblina. Deimos parece decepcionado, pero me dedica un suave asentimiento y me entrega a mi macho lentamente. Mientras acojo a Kal en mis brazos, vuelvo a mirar a Deimos—. Iré a consolar a las hembras y a guardar luto con ellas. Y yo… te veré esta noche.
Sus ojos se abren un poco ante mis últimas palabras y su sorpresa se manifiesta en una sonrisa suave, con una mirada tierna mientras me observa. Una sonrisa que muestra todos sus dientes. —Te veré esta noche, mi hembra. —Asiento con la cabeza y salgo de su despacho, lanzándole una última mirada antes de cerrar la puerta suavemente tras de mí.
Apoyada contra la puerta cerrada, pongo la palma sobre mi corazón desbocado y, dándole suaves golpecitos, susurro: —Cálmate ya. —Siento como si fuera a estallar en cualquier momento. Su sonrisa era tan brillante y tan… hermosa. Nado en su calidez, pero no deseo sumergirme más. Le tengo demasiado miedo a eso.
Respiro hondo, preparándome mentalmente para lo que está por venir, y me dirijo a los terrenos abiertos de la manada. Tengo que reunirme con las hembras que han perdido a sus hijos, a sus padres, hermanos y compañeros. Necesito entregarme a ellas para que puedan hallar consuelo en mí.
En una casa pequeña, las hembras que han perdido a sus machos se han reunido, sentadas en el suelo; muchas más están de pie afuera, pues ya no queda sitio dentro para acogerlas. La suma de sus llantos retumba a través de la puerta abierta para que todas las hembras oigan, sientan y participen. No hay machos presentes, es un lugar de luto solo para las hembras. Sus lamentos abrasadores queman la carne del alma.
Mi cuerpo tiembla con la combinación de sus auras de desdicha y un dolor visceral que se cierne sobre ellas, enjaulándolas. Elriam está a un lado, y su mirada me muestra su sorpresa por el asunto. Ella tampoco estaba al tanto de la muerte de nuestros exploradores. Le hago una seña y acude presurosa a mi llamada.
—Quédate con Kal y llévalo de vuelta a mi casa. Es demasiado joven para absorber la energía del ambiente; le hará daño. —Le entrego el niño a Elriam, que obedece mis palabras y se aleja rápidamente.
Sabiendo que está en buenas manos, avanzo entre la multitud mientras las hembras se apartan para abrirme paso. Al entrar en la casa, me reciben sus ojos rojos e hinchados, así como el olor a muerte que impregna toda la estancia. Hay que tener un alma fuerte para participar en esto. Me observan con labios temblorosos; muchas se golpean el pecho con los puños, sus cuerpos se mecen de un lado a otro, exhaustos de energía.
Las hembras están desnudas, una señal de que lloran la pérdida de los suyos y de los demás, y de que no ocultan nada. Su cuerpo, el templo de su alma, conocerá y consolará el dolor ajeno. Luto compartido.
Arrodillándome en el suelo, me quito la ropa y me siento en medio del círculo, desnuda. —Perdonadme por llegar tarde, mis hembras. Dadme vuestra tristeza, dadme vuestro dolor, dadme vuestra desdicha. A cambio de lo que la luna os ha arrebatado, yo os daré consuelo y os sanaré —susurro con los ojos cerrados y las palmas de las manos sobre los muslos, en señal de apertura, sacrificio y acogida. Aceptaré lo que me den.
Un momento de silencio, y entonces la estancia retumba con sus sollozos. Lloran ante mí, muchas se arrastran a gatas para colocar sus palmas sobre las mías, y yo las sujeto con fuerza. Ponen sus manos sobre mi cuerpo, en mis hombros, en mi pecho y en mi espalda. Algunas apoyan la cabeza en mí en señal de apoyo. Sabía que había habido muertes, pero no conocía el alcance del daño. Son tantas… no vine preparada.
Las lágrimas me corren por las mejillas, mis labios tiemblan, y sollozos incontrolables empiezan a desgarrarme el corazón. —Era solo un juvenil. Aún no había conocido a su bendecida por la luna. La estaba esperando. Quería verlo con su familia —gime una de las hembras mayores, golpeándose la frente contra el suelo. Una madre. Es una madre. —Diosa… —digo. El dolor de una madre solo otra madre puede conocerlo y sentirlo.
—Era mi macho. Era mi macho. Mío —solloza otra joven hembra, desconsolada. Está sentada en un rincón de la casa, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeando sus piernas. Sus palabras salen ahogadas, pues tiene la cabeza hundida entre los muslos. Ha perdido a su compañero. La sombra de su cuerpo es resaltada por el fuego que arde en el centro de la habitación. Sin embargo, el fuego de su alma parece arder con más fuerza; está empezando a pudrirla por dentro.
Tomo una bocanada de aire entrecortada. Mis ojos recorren la habitación y veo a todas estas hembras ahogándose en una agonía y un sufrimiento que tardará años en sanar, hasta que se convierta en un vago recuerdo. La tortura por la que deben pasar. Sollozo más fuerte. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudar a mis hembras?
Tapándome la boca con la mano, tropiezo y caigo al suelo; su dolor es demasiado para mí.
—¿Por qué? ¿Por qué nuestros machos? Todos eran buenos, listos y tenían almas hermosas. Podrían haber sido otros lobos, pero ¿por qué los nuestros? —chilla una hembra con un tono agudo, gritando su angustia. Las demás gimen, incapaces de controlar la punzante agonía en su núcleo.
—¿Qué queréis? ¿Qué deseáis? —pregunto, con las lágrimas resbalándome por la piel. Mi voz es un mero susurro contra la fuerza de su llanto.
—Devolvemos lo que se nos ha hecho. Tomamos lo que se nos ha quitado —me responde la misma hembra mayor que perdió a su hijo—. Ojo por ojo.
—Ojo por ojo —grita la multitud al unísono.
—Entonces iremos a la guerra —digo, asegurándome de mirarlas a cada una a los ojos para descubrir nuestras verdades.
—¡Iremos a la guerra! —gritan más voces al unísono, mientras la emoción en sus ojos pasa de un dolorido pesar a una furia creciente.
—Nuestra manada perderá más vidas —susurro la verdad. Algunas hembras no han cesado sus lamentos, todavía ahogadas en su desdicha, pero la mayoría tiene la venganza en mente. Es lo que quieren.
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