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La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 He venido a llevarte
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3: Capítulo 3: He venido a llevarte 3: Capítulo 3: He venido a llevarte Al salir de la mansión, mis ojos no dejan de buscarlo entre los lobos.

La decepción me nubla.

Cuando los compañeros se encuentran, ¿no corren el uno a los brazos del otro, hablan o al menos sonríen?

Pero este macho que se supone que es mío se desvanece en el aire.

Me subo al coche con el corazón apesadumbrado y conduzco hacia mi manada; mis lobos me siguen.

No dejo de pensar en los sucesos de hoy, y el peso de mis pensamientos me aplasta.

De lo que no me percaté antes de marcharme fue de que un par de ojos fríos me observaban desde la ventana del balcón.

El viaje de vuelta a mi manada parece más corto esta vez, y a mi corazón le inquieta la creciente distancia entre Deimos y yo.

Deimos, mi regalo de la luna.

¿Qué pensará de mí?

¿Soy exactamente aquello con lo que sueña?

¿Soy lo que quiere?

Estos pensamientos se apoderan de mi mente y, como no quiero pensar demasiado en él, abro la ventanilla para que me dé el aire fresco y enfríe mi cuerpo, que se acalora al instante solo con pensar en él.

Pasan las estaciones, el verano da paso al invierno.

Suaves mantos blancos de nieve cubren las tierras de mi manada.

Yo no lo busco, y él hace lo mismo.

Quizás sea lo mejor.

No lo necesito, tengo que cuidar de mi manada.

Una reina puede gobernar mejor sin su rey; su palabra tiene poder y fuerza.

Sentada en mi despacho, busco información sobre Deimos, pero solo encuentro una página en blanco con su nombre.

¿Quién es este lobo?

¿Cómo es posible que no haya ni un solo dato sobre él?

Esto despierta mi curiosidad.

—Alfa, es hora de que nuestras hembras den a luz a sus cachorros —dice Elriam al entrar en el despacho.

—Manda a buscar a la sanadora y prepara la casa de nacimiento —ordeno mientras salgo corriendo de mi despacho hacia allí.

El sonido de los gritos y el llanto de los cachorros me lastima los oídos; hay hembras preñadas tumbadas en las camas, tratando de sobrellevar el dolor de las contracciones.

La sangre salpica las sábanas blancas.

—Por favor, ayúdame.

—La voz de una hembra capta mi atención.

Me doy cuenta de que nadie la ayuda; todos tienen las manos ocupadas con las otras hembras.

Me acerco a ella y echo un vistazo.

Veo que la cabeza del cachorro intenta asomar lentamente, así que lo sujeto.

—Empuja, ya casi lo tienes.

—Ella grita de dolor y sus ojos se quedan vidriosos.

Las lágrimas se le escapan mientras espera que la muerte se la lleve.

—¡No!

Escúchame, no te rindas.

Tu macho está esperando para abrazarte a ti y a tu cachorro; si te rindes, él morirá.

¡Mírame!

—Ella abre los ojos lentamente y me mira.

El sudor le perla la frente—.

Un último empujón.

Da lo mejor de ti y podrás sostener a tu cachorro en brazos.

—Ella grita, y el llanto de su cachorro trae vida a la casa de nacimiento.

Pongo al cachorro limpio en los brazos de la hembra; él se acurruca contra su pecho, buscando leche con su boca.

—Gracias, Alfa —dice la hembra con la voz quebrada.

Mi mirada se suaviza.

—Cuídalo bien.

De vuelta a mi casa, Elriam me interrumpe.

Viene corriendo hacia mí, sin aliento.

—Alfa, tenemos intrusos.

No parecen rogues, siento que emiten un gran poder.

Parecen peligrosos, debemos llevarnos a nuestros guerreros.

—Gruño.

Mi loba no desea otra cosa que matar.

¿Quién se atreve a entrar en mi territorio sin permiso?

Los mataré a todos.

Corro hacia la verja de la frontera y veo a unos lobos desconocidos que gruñen, aguardando mi llegada.

Mis guerreros, detrás de mí, también gruñen, con el pelaje erizado y listos para la pelea.

—¿Cómo osáis entrar en mi territorio sin mi permiso?

¿Acaso deseáis la muerte?

Respondedme, ¿cuál es el motivo de esto?

Y tal vez mis guerreros os muestren piedad.

—Tú.

La voz me pilla por sorpresa.

Conozco esa voz.

Él sale de la sombra de los árboles que lo ocultaban.

Me estaba observando, esperando mi reacción.

Poniendo a prueba mi fuerza.

Sus lobos se apartan y le abren paso.

Yo me quedo quieta, con la boca cada vez más seca.

No puedo hablar.

No puedo respirar.

—Deimos —susurro con la garganta reseca.

Me humedezco los labios y le pregunto—: ¿Por qué estás aquí?

—Su mirada hace que me flaqueen las rodillas; el corazón se me acelera, saltándose latidos.

Se cruza de brazos y mis ojos observan cómo se tensan sus músculos, preguntándome qué se sentiría al estar entre ellos.

—No me gusta repetirme —dice con voz inexpresiva.

—¿Qué quieres de mí?

—pregunto con la barbilla alta y la espalda recta, como debe hacer una Alfa.

Su mirada escrutadora me dice que puede ver a través de la fachada de fuerza que intento proyectar.

Ve que se está convirtiendo en mi debilidad.

—He venido a por ti y a por tu manada.

—Una sonora carcajada retumba a nuestro alrededor y los pájaros salen volando de los árboles, asustados por el ruido.

La risa ha salido de mi garganta.

—Eso ha sido muy gracioso, Alfa Deimos.

¿Y qué te hace pensar que haré lo que te plazca?

—Mi loba duda, sin saber a quién apoyar: si a mí o a su compañero.

Él camina hacia mí y mis guerreros gruñen, enseñando los dientes, listos para luchar por su Alfa.

Levanto la mano para silenciarlos al instante, curiosa por ver qué va a hacer este macho.

Se para frente a mí y se inclina lentamente hacia mi oreja.

Su aliento me roza la piel.

Me tiemblan las manos, ansiosas por tocar su piel.

—He oído que tus hembras han parido hoy.

Sus vidas dependen de tu decisión —me susurra.

La furia se enciende en mi interior.

Retrocedo unos pasos para acercarme a mis guerreros.

¿Quién se cree que es este macho?

¿No es mi bendecido por la luna?

¿Mataría a la manada de su compañera?

Mi cuerpo empieza a temblar; mi loba quiere su garganta.

Siempre protegeremos a nuestra manada, incluso de nuestro supuesto compañero.

—¿Vienes a mi reino y amenazas a su reina?

—grito, señalando a mi manada—.

Esto no acabará bien, acabará en guerra y caos.

—Mi loba hace notar su presencia; está de acuerdo.

Él esboza una sonrisa que no le llega a los ojos.

Es sádica.

Le gusta mi idea.

—Mira a tus guerreros.

Ahora mira a los míos —dice mientras levanta una mano.

Con un movimiento de muñeca, más guerreros inundan las tierras de mi manada y se colocan detrás de su Alfa.

El número de mis guerreros no es nada comparado con el suyo.

Causaría pérdidas y destrucción.

Mi loba no está de acuerdo, confía en nuestros guerreros.

Cree que podemos vencerlos.

Vuelvo la vista hacia mi manada: las hembras sostienen a sus recién nacidos, acurrucadas bajo los brazos protectores de sus compañeros.

¿Puedo hacer esto?

¿Puedo ponerlos en peligro, sabiendo como Alfa cuál será el resultado?

—Entonces, dime, compañera.

—Se oyen exclamaciones de asombro por todo el claro—.

¿Crees que esto debería acabar en guerra y caos?

—pregunta, citando mis propias palabras y sabiendo perfectamente cómo me siento en este preciso instante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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