La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 44
- Inicio
- La Hembra Alfa que no Puedes Domar
- Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 Pequeños cambios
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
44: Capítulo 44: Pequeños cambios 44: Capítulo 44: Pequeños cambios ¿Alguna vez te has hundido en las profundidades del deseo mientras tu corazón anhelaba que te ahogaras y tu mente te decía que lucharas contra las olas?
Cuando miro a Deimos, siempre me veo atrapada en la red del deseo.
Deseo de tocar.
Deseo de probar.
Deseo de poseer.
Cada día que pasa, se apodera de mí centímetro a centímetro, hundiendo sus colmillos en mi interior y absorbiendo mi voluntad de luchar.
Han pasado días desde que Deimos me trajo de vuelta y a menudo intenta estar cerca de mí.
Desde una mirada ardiente hasta un suave roce en mi piel.
Aunque finjo que no me importa, me escondo tras mi velo de felicidad.
Me hace feliz verle intentarlo.
Es la primera vez.
—¡Luna!
—me llama Ragon, saludándome efusivamente con la mano mientras yo le devuelvo el saludo con una sonrisa.
—Ragon.
¿Bastante enérgico hoy?
—le pregunto suavemente con una risita mientras sus mejillas se sonrojan.
—Es que me alegraba verte.
Echábamos de menos esto.
Echábamos de menos verte así, siendo parte de nosotros —sonríe, aunque puedo ver un atisbo de tristeza en sus ojos al recordar aquellos días.
—Solo lo decía en broma, pero lo entiendo —le digo suavemente mientras Ragon se aclara la garganta.
—Luna, quería de… —empieza a decir Ragon, pero es interrumpido por otro lobo.
—¡Beta!
¡Tienes que darte prisa o llegaremos tarde!
—grita el lobo hacia Ragon, quien mira hacia atrás y suspira.
—Luna, discúlpame, pero ¿podrías hacerme el favor de guardar esto en el despacho del Alfa?
Son documentos de suma importancia que no puedo confiar a ningún otro lobo.
Iba a guardarlos yo mismo, pero parece que tengo que irme ahora mismo —me pide Ragon con vacilación, y yo asiento mientras tomo los archivos de su mano.
—No hay problema.
Anda.
Me aseguraré de entregarlos sanos y salvos —le digo mientras camino hacia el castillo de Deimos, y Ragon hace una reverencia y corre hacia el coche.
Tarareando una melodía ligera, subo las escaleras en dirección al despacho de Deimos.
Camino con suavidad, mis pisadas son silenciosas al tocar el suelo de madera.
Al llegar a su despacho, llamo a la puerta y espero su respuesta.
Aguardo unos segundos sin oír ningún sonido del otro lado.
Pongo la mano en el pomo y abro la puerta lentamente mientras su aroma inunda mis fosas nasales.
La mesa y el suelo están llenos de papeles y notas.
Su estantería parece desordenada, lo que es inusual.
Al entrar en el despacho, recorro todo su desastre con la mirada.
Con un fuerte suspiro y negando con la cabeza, empiezo a recoger todos los papeles y libros para organizar y limpiar el despacho.
Al caminar hacia su mesa, mis ojos se posan en la pila de libros desparramados sobre ella.
Cojo el libro de color rosa chillón y leo su título: «¿Cómo enamorarse?».
Miro los otros libros y leo también sus títulos: «¿Qué es el amor?», «Cómo hacer que ella se enamore», «Diferencias entre machos y hembras»…, «¿Cuál es el significado del amor?».
Suelto una carcajada y me entra un ataque de risa.
¿No es gracioso este macho?
¿Cómo se puede entender el amor leyendo libros?
¡El amor no es para entenderlo, sino para sentirlo y demostrarlo!
Pero en su caso, no creo que tenga otra opción.
Es su forma de aprender.
Simplemente… me encanta que lo esté intentando.
Me encanta que quiera dar el primer paso y ayudar a sanar el principal bloqueo de nuestra relación.
Empiezo a hojear los libros, recorriendo con la vista las palabras que pueblan sus páginas.
Algunos encierran un gran y profundo significado, mientras que otros enseñan como lo harías con un cachorro.
Es bastante interesante.
No sabía que existieran libros así.
El sonido de alguien aclarándose la garganta me sobresalta, hago que se me caigan los libros y me doy la vuelta rápidamente.
Deimos está de pie, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una ceja enarcada en señal de interrogación.
—Yo… yo e-estaba… Estaba, ya sabes… —empiezo a explicar, tartamudeando.
De repente me siento nerviosa.
—¿Fisgando?
—pregunta, y sus labios esbozan una ligera sonrisa burlona.
—Limpiando.
Iba a decir limpiando.
—Me agacho para recoger los libros del suelo y los coloco de nuevo en la mesa, apilándolos uno sobre otro.
Con una última mirada a la mesa, asiento, satisfecha de lo ordenada que está.
—Gracias, compañera —susurra Deimos en mi oído, con su voz ronca.
Me estremezco y me giro rápidamente solo para quedar cara a cara con él.
Contengo el aliento por la repentina cercanía entre nosotros mientras él observa mis labios y yo sus ojos.
¿Cómo ha podido acercarse tanto sin que me diera cuenta?
Doy un paso atrás y él da uno hacia mí, haciendo que mi espalda golpee el borde de la mesa.
Sus ojos se dan cuenta y vuelve a mirarme.
Dirijo la vista hacia la puerta y de nuevo hacia él.
—¿Acaso las hembras no suelen limpiar el desorden de sus machos?
¿Me consideras tuyo?
—me pregunta Deimos, inclinándose más hacia mí mientras yo me echo hacia atrás para mantener cierta distancia entre nosotros.
Y para calmar el ritmo de mi corazón desbocado.
—Solo lo he limpiado porque estaba desordenado.
No tenía ningún otro significado —le digo, apartando mi cuerpo de él todo lo posible.
Deimos hunde la nariz en mi cuello para aspirar mi aroma y susurra: —Mmm.
Sigue hablando, compañera.
Echo de menos tu voz.
—Me estremezco y tomo una profunda bocanada de aire.
—T-tengo que irme —digo, moviéndome hacia la derecha para esquivarlo, pero me bloquea el paso apoyando la mano en la mesa.
Miro su mano y suspiro.
Intento moverme hacia la izquierda y vuelve a cortarme el paso, acorralándome.
Vuelvo a mirarlo a los ojos.
Parece que me está analizando.
—Huyes, compañera —dice.
—¿Qué?
—le pregunto.
—Huyes cuando me acerco a ti —dice, y yo niego con la cabeza.
—La verdad es que no.
Solo estás pensando demasiado —digo apartando la mirada.
Se acerca más a mí y mis ojos se abren de par en par al sentir su cálido aliento en mi rostro.
—Temes no poder controlarte.
No quieres ceder —dice con seguridad.
Levantando la mano, desliza las yemas de sus dedos por un lado de mi cuello y yo vacilo ante su roce.
—Mi contacto enciende un fuego en tu interior que no tienes el poder de extinguir.
Luchar contra él debe de ser duro para ti, compañera.
—Permanezco en silencio, sin desear responderle, mientras él levanta la mano y la acerca a mi rostro.
Aparto la cara para esquivarla.
—No quieres que te toque.
Me estás castigando, ¿no?
—pregunta, mientras mi piel empieza a arder.
Lo que Deimos no ve es que cada vez que está cerca, mi corazón se acelera y mi cuerpo tiembla de pura necesidad.
La necesidad de tenerlo dentro de mí.
A estas alturas, los compañeros ya se habrían apareado y la hembra habría tenido cachorros, pero nosotros seguimos en la fase inicial, en la que la necesidad de aparearse se hace más fuerte cada día.
Cuanto más esperemos, más doloroso será.
Mi próximo celo será insoportable si no nos apareamos, y eso me asusta.
—No sé de qué hablas —le digo con tono firme, y él ladea la cabeza.
Deimos me sujeta la barbilla con suavidad y la levanta lentamente, acercando sus labios a los míos.
Su cálido aliento roza mis mejillas.
Aprieto los puños mientras mi corazón se acelera.
He echado tanto de menos su sabor.
Lo deseo.
Quiero que me bese.
Pero no puedo ceder.
¡Me hizo daño!
No puede tenerme tan fácilmente.
«¿Qué debo hacer?
¿Dejo que lo haga?
¿Me aparto?
¡Ya no lo sé!».
Perdiendo la batalla contra mí misma, cierro los ojos con fuerza, preparándome para sus labios.
—Entendido —dice Deimos, alejándose de mí.
Camina hacia la silla, se pone las gafas y empieza a trabajar—.
Si deseas que te bese, compañera, pídemelo y lo haré.
No te besaré a menos que tú me lo pidas.
Respetaré tus deseos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com