La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 51
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51: Capítulo 51 ¿Cómo te llamas?, mi hembra 51: Capítulo 51 ¿Cómo te llamas?, mi hembra Lo miro fijamente a los ojos mientras mi cuerpo se estremece y tiembla, al tiempo que su mano se desliza bajo mi vestido.
—¿Y si hiciera eso?
¿Y si atrajera a otra…?
—gime Deimos mientras baja la mano hasta mis bragas y sus dedos tocan mi centro, haciéndome gemir y cerrar los ojos.
Mi cabeza cae hacia atrás y se apoya en su hombro.
—¿…hembra a mis brazos?
—termina su pregunta, deslizando sus dedos hacia arriba por mis labios.
Sus dientes se clavan en el lado de mi cuello mientras muerde y succiona, y sus dedos exploran mi centro.
—Dime, mi hembra —pide mientras me mordisquea la mejilla.
—¿Debería hacerlo yo también?
—me pregunta mientras su pulgar acaricia mi clítoris.
Jadeo, agarrándome a su antebrazo.
Mientras su pulgar rodea suavemente mi clítoris, sus ojos me miran a través del espejo.
Observa mi reacción.
La intensidad de su mirada me excita aún más.
Cierro los ojos, gimiendo, ahogándome en el placer que me da, pero se detiene de repente, haciendo que gruña en respuesta.
Él parece divertido, con una sonrisa socarrona en el rostro.
—Continuaré si me respondes, compañera —dice.
—No…
no me gustaría.
No lo hagas —susurro.
—¿Y?
—me pregunta.
—Jace siempre ha sido y sigue siendo como un hermano para mí.
Significa mucho para mí —respondo mientras él sonríe.
—Buena chica —dice, bajándome la camisa y quitándome el sujetador rápidamente.
Agarrando mi pecho con su mano izquierda, juega con mi clítoris con la derecha.
Gimo mientras toma mi pezón entre sus dedos, tirando de él y pellizcándolo, al tiempo que sus labios exploran mi cuello.
Este macho me está revolviendo todos los sentidos.
Apoyo las palmas en el lavabo y me muevo un poco hacia adelante para buscar apoyo, pero él me atrae de vuelta bruscamente contra su polla.
Mis gemidos resuenan por las paredes del baño.
Sus dedos se mueven más rápido mientras él hunde el rostro en mi cuello.
Hundo mi trasero más contra sus caderas.
Justo cuando la sensación surge desde la boca de mi estómago y mi centro se contrae, Deimos restriega su polla con fuerza contra mi trasero y me corro intensamente.
Sus ojos nunca abandonan los míos mientras mi cuerpo se estremece y tiembla, y mi boca se abre para dejar escapar un fuerte gemido.
Mis piernas ceden, pero él me sujeta mientras mi pecho se agita con violencia.
Finalmente, cuando puedo quedarme quieta por mi cuenta, Deimos me besa suavemente en la mejilla.
—Invítalo a cenar —dice mientras cierra la puerta y se marcha, dejándome allí hecha un desastre.
Después de asearme, bajo para reunirme con Jace y Elriam.
Encuentro a Elriam de pie junto a la ventana y camino hacia ella.
—¿Dónde está Jace?
—le pregunto, y ella señala hacia el exterior.
Lo veo hablando con las hembras, que disfrutan de su compañía, riendo y jugueteando, sobre todo las que no tienen compañero.
—Sigue siendo el de siempre, el encantador de hembras —dice Elriam mientras yo sonrío y asiento.
—Quería invitarlo a cenar —le digo, y ella resopla.
—Se ha invitado solo —dice, y yo me río.
Durante toda la velada, el comedor se llena de risas y alegría.
Sobre todo entre las hembras, ya que los machos no parecen contentos con nuestro invitado y gruñen y refunfuñan en voz baja.
Jace siempre tuvo ese encanto con las hembras del que todavía no parece ser consciente.
—Es todo un encantador de hembras —dice Deimos sorbiendo su vino y mirando a Jace, y yo me río.
—Así es exactamente como lo llamamos —digo, sorprendida.
—Mmm —responde Deimos.
—Y tú también lo eres —digo para provocarlo, y sus labios se curvan en una sonrisa mientras me mira.
—¿Ah, sí?
—pregunta.
—Sí, tienes el mismo encanto, pero de una manera más…
de Alfa —digo, llevándome un trozo de filete a la boca.
Deimos se inclina hacia mi oído.
—¿Debería mostrarte mi supuesto encanto sobre tu cuerpo una vez más esta noche?
—susurra.
Mis mejillas arden mientras miro mi plato y él se ríe entre dientes.
Después de la cena, acompaño a Jace a su habitación.
—Puedes quedarte todo el tiempo que desees.
Espero que hoy te hayas sentido cómodo.
También puedes pedirnos a Elriam o a mí si necesitas cualquie…
—digo, pero me interrumpe atrayéndome hacia sí para darme un abrazo.
—Gracias por lo de hoy, Alfa.
Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo mañana —susurra.
—Por supuesto.
Buenas noches, Jace —digo y cierro la puerta de su habitación.
Jace no parecía el mismo de siempre.
Me pregunto qué le pasará.
Era el tipo de cachorro que nunca pediría ayuda; se guardaba todo para sí mismo y eso se convirtió en su fortaleza.
Pero estoy preocupada.
Al abrir la puerta de mi habitación, mis ojos se encuentran con Deimos, de pie en la terraza, sujetando la barandilla mientras la luz de la luna lo ilumina, haciéndolo parecer aún más…
hermoso.
Cierro la puerta con cuidado y camino hacia él.
—Compañera —me saluda mientras yo me agacho y me acurruco en la calidez de sus brazos.
Él se ríe entre dientes y apoya la barbilla sobre mi cabeza.
—La luna está preciosa esta noche, ¿a que sí?
—le pregunto.
—¿No te pondrías celosa si dijera que sí?
De hecho, tengo algo mucho más hermoso aquí en mis brazos —dice, y yo me río.
—Basta —digo, riéndome mientras él ríe conmigo.
Me reclino aún más contra él y cierro los ojos, disfrutando de las vibraciones de su pecho cuando habla.
—¿Cómo te digo esto…?
Yo…
siempre he querido preguntártelo y sentí que debía hacerlo hoy —dice Deimos—.
Verás, a mi…, a nuestra manada, no le importan los nombres.
Nunca le han importado.
Siempre ha sido así y por eso nunca te pregunté —continúa, y yo frunzo el ceño.
—No entiendo lo que dices —digo.
—Mírame, compañera —responde, y yo me giro entre sus brazos para mirarlo a los ojos.
—¿Cuál es tu nombre, mi hembra?
—me pregunta suavemente.
Mis ojos se abren como platos mientras él espera pacientemente mi respuesta.
Abro y cierro la boca varias veces.
Deimos posa su palma en mi mejilla con suavidad y desliza el pulgar por mi pómulo.
—Dime —susurra.
—Yo…
no tengo uno —digo, bajando la mirada hacia mis pies.
—¿Qué quieres decir?
—pregunta, confundido.
—Nunca me dieron uno.
Mis padres pensaban que no era digna de tener un nombre.
Y cuando me hice cargo de la manada, me llamaban por mi título, así que nunca…, ya sabes —digo en voz baja, y Deimos suspira.
El silencio nos envuelve, pero siento la mirada de Deimos sobre mí.
—¿Te gustaría tener uno?
—me pregunta en voz baja.
—¿Tener qué?
—le pregunto.
—Un nombre —dice, y yo lo miro, sorprendida.
—¿Aceptarías un nombre que te diera tu macho, un nombre salido de lo más profundo de su corazón?
—pregunta.
Lo miro fijamente, incapaz de pronunciar una sola palabra.
Se me forman lágrimas en los ojos y los labios me tiemblan.
Siento una opresión en el corazón y me tiemblan las manos.
—Sí —digo en voz baja, y él sonríe con dulzura.
Colocando ambas palmas a los lados de mi cara, acerca mi rostro al suyo, apoya su frente en la mía y susurra:
—Lumina.
Mi luz.
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