La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 71
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71: Capítulo 71 No estamos listos 71: Capítulo 71 No estamos listos —¡Levántate!
—grita Deimos mientras Giovanni lucha por ponerse en pie desde el suelo al que acaba de ser arrojado.
Sangra por un lado de la cara.
—D-Dame un seg…
—tartamudea Giovanni, pero Deimos no le hace caso.
—No tienes segundos en la maldita guerra.
¡Tienes que salvarte a ti y a tu manada!
¿Acaso lo entiendes?
—pregunta Deimos.
Su voz es alta y severa.
Giovanni mira a su tío, con los ojos encendidos.
Aprieta la tierra con la palma de la mano, recogiendo barro.
Apretando la mandíbula, lucha por levantarse, poniendo toda su energía en las piernas.
La sangre le cubre el lado de la mejilla, goteando hasta el cuello.
—¡Más rápido, Gio!
¿Crees que tu oponente esperará amable y pacientemente a que el Alfa se ponga de nuevo en pie?
Para cuando te levantes, los miembros de tu manada serán masacrados.
No serás…
—instruye Deimos con experiencia por cada error de Giovanni.
—No me llames así —oigo susurrar a Giovanni, interrumpiendo a Deimos.
Deimos se detiene y observa al juvenil, entrelazando tranquilamente los brazos a la espalda.
—¿Que no te llame cómo?
¿Gio?
—pregunta.
—¡He dicho que no me llames así!
—gruñe Giovanni, mostrando los colmillos.
Su lobo está listo para abalanzarse.
Mis ojos se abren como platos.
Nunca lo había visto enfadarse con Deimos.
Siempre estaba tranquilo y sereno.
Se controlaba con su tío.
Yo lo sabía.
Lo había visto.
—¿Por qué he de hacer lo que dices…, Gio?
—Mis ojos se dirigen bruscamente hacia Deimos.
¿Por qué lo está provocando?
¿Por qué lo enfada aún más?
Me dijo hace unos días que Giovanni sentía rabia y dolor hacia él.
Giovanni lo estaba controlando.
El cuerpo de Giovanni empieza a temblar de rabia al ver que su tío no escucha sus palabras.
—Solo los lobos que son cercanos a mí pueden llamarme así.
—¿Y qué soy yo para ti, Gio?
—pregunta Deimos con calma, pero adopta una postura protectora.
Sabe que a Giovanni no le queda control.
Deimos se está preparando para su ira.
Un profundo gruñido escapa de los labios de Giovanni mientras carga contra su tío con toda su fuerza.
Su rabia finalmente toma el control de su cordura.
Deimos predice su movimiento y esquiva rápidamente el puño que se le acerca.
Giovanni se mueve con rapidez y a toda velocidad, deslizándose por el barro con un único objetivo: golpear, herir.
—¡No eres nada para mí!
—grita Giovanni mientras Deimos se estremece visiblemente ante sus duras palabras.
—Bueno, para mí no es lo mismo.
Eres como mi hijo, Gio —Deimos deja de esquivar y le dice su verdad con dulzura mientras Giovanni lo derriba al suelo, con el puño en alto, listo para golpear.
Deimos lo observa con calma, soportando su peso.
El pecho de Giovanni sube y baja con agitación, rechinando los dientes.
Levanta más el puño para golpear, con la nariz arrugada y las lágrimas asomando a sus ojos llenos de agonía, pero poco a poco se calma y retira el puño mientras las lágrimas contenidas por fin fluyen libremente por su rostro.
Apretando la mandíbula, se levanta de encima de Deimos y pone algo de distancia entre ellos.
Deimos se levanta rápidamente y camina despacio hacia el juvenil que llora.
—Gio —lo llama como si se dirigiera a un cachorro, intentando tocarle la espalda.
—¡No me toques!
—grita Giovanni, volviéndose para mirar a Deimos.
Las lágrimas caen sin control por su barbilla, sus ojos están rojos e hinchados.
Contienen tanto dolor oculto que ahora sale a la luz.
—Gio —le insiste Deimos con delicadeza, acortando la distancia entre ellos.
—¿Tu hijo?
—se burla Giovanni—.
¿Dónde estabas cuando mamá y papá murieron?
¿Dónde estabas cuando no tenía a nadie en quien apoyarme?
¿Dónde estabas en su funeral?
¿Dónde estabas cuando…, cuando más te necesitaba?
—las palabras le salen entre sollozos.
—Lo siento, Gio.
Perdóname…
—dice Deimos, con los ojos anegados en desolación.
Su corazón se rompe por este juvenil.
—T-tuve que criar a G-Gia yo solo.
Y cada vez que sentía que me ahogaba, tú…
tú venías a mi mente.
Pero no estabas ahí para salvarme —dice Giovanni, tapándose la boca con la palma de la mano para controlar sus fuertes sollozos.
—Mi dispiace —son las únicas palabras que salen de los labios de Deimos.
—Y entras aquí de repente no para verme o consolarme, sino para entrenarme.
Tu sentido del deber me sorprende —escupe Giovanni.
La ira lo consume una vez más como un incendio forestal.
Deimos lo abraza rápidamente y, mientras Giovanni araña y grita para zafarse del fuerte agarre de su tío, mi macho le suplica.
—Aunque no lo parezca, vine aquí para verte y estar contigo, Gio.
Es todo culpa mía por no haber estado ahí para ti.
Estaba equivocado.
Tus padres deben de estar orgullosos de ver lo bien que has crecido por tu cuenta con Gia.
Yo…
yo también estoy orgulloso.
Perdóname —susurra Deimos mientras Giovanni deja de luchar y solloza en sus brazos.
Sus puños golpean con fuerza el pecho de Deimos mientras susurra «Ti odio, zio», una y otra vez.
Deimos no dice nada y sigue abrazando al juvenil que aúlla de dolor.
Los ojos de Deimos se encuentran con los míos y yo asiento con una suave sonrisa rozando mis labios.
Lo ha hecho bien.
Abrazando a Gia con más fuerza, la subo por las escaleras.
Quiero acostarla para que duerma tranquilamente.
Con cada paso que doy, ella se remueve, sin gustarle el movimiento.
Al entrar en el pasillo, mis ojos encuentran varias puertas.
Al acercarme, veo nombres grabados en ellas.
La primera puerta dice «Alessandro & Bella».
Esta debe de haber sido la cámara del anterior Alfa y la Luna.
Paso rápidamente por delante de la habitación de Giovanni para encontrar la de Gia, que está contigua.
Entro, voy directamente a su cuna y la acuesto con suavidad.
Se queja, pero se calma en cuanto la cálida suavidad la envuelve.
Mis ojos recorren la habitación y encuentran un montón de fotos de ella y Giovanni.
Una de las fotos me llama la atención: Giovanni sostiene en brazos a una Gia risueña y sin dientes, ambos cubiertos de tarta de cumpleaños.
La ha criado bien.
Llora mucho para su edad, probablemente porque todavía se está desarrollando a su propio ritmo.
Al mirar por la ventana, encuentro a Deimos y a Giovanni sentados en la hierba, inmersos en lo que parece una conversación seria.
Sí, definitivamente necesitan hablarlo.
Mis piernas exigen un descanso después de estar tanto tiempo de pie.
Me siento en la mecedora junto a la cuna de Gianna y mi mente empieza a divagar.
¿Así es como se sentiría si fuera madre?
¿Así es como decoraría la habitación de mi cachorro?
¿Qué nombre le pondríamos…?
Espera, ¿sería un macho o una hembra?
Deimos probablemente querría un macho, ya que necesitamos un heredero, pero también podría darle una hembra.
Dos cachorros.
Sonrío.
Cierro los ojos y dejo que la silla me meza.
Familia.
Me imagino a Deimos sosteniendo a un cachorro en sus brazos mientras mi vientre está grande e hinchado con otro.
¿Seríamos una familia feliz?
Creo que sí.
Deimos ha madurado mucho como macho para mí.
También sería un padre increíble.
Mientras estos pensamientos consumen mi mente, sin darme cuenta me quedo dormida.
Mi mente está en paz, pero llena de sueños de una pequeña familia rodeada de calidez y felicidad.
Me sobresalto y me levanto rápidamente al oír el llanto de Gianna.
La nube de confusión desaparece y estoy alerta.
La manta que me cubría cae al suelo.
¿Una manta?
¿Quién me ha tapado?
—Ya, tranquila.
Estoy aquí —tropiezo al intentar alcanzarla con la poca luz que entra por la puerta abierta—.
¿Has dormido bien, cariño?
—le pregunto, riendo suavemente.
Sus pequeños puños están levantados en el aire mientras su boca está muy abierta, dejando escapar suaves gemidos y quejidos.
Quiere que la cojan en brazos.
La cojo rápidamente y la pongo sobre mi pecho.
Se calma de inmediato en cuanto su nariz olfatea mi olor.
—M-Mamá —dice, y me detengo en seco, con los ojos muy abiertos.
¿Acaba de llamarme mamá?
Mi corazón late con fuerza en mi pecho por sus palabras.
—Gia.
No soy tu mamá —intento razonar con ella, pero se acurruca más en mí.
—Mamá —dice de nuevo.
Me giro rápidamente al oír un jadeo detrás de mí.
Mis ojos encuentran a Giovanni y a Deimos, uno al lado del otro, observando la escena.
Ni siquiera me di cuenta de que habían entrado.
No miro a Deimos.
Tengo miedo de ver su reacción.
En cuanto Gia ve a Giovanni, inclina su cuerpo hacia él y la coloco en sus brazos abiertos.
Tampoco miro a Giovanni, no sé qué decir.
¿Estoy borrando sus recuerdos de la Luna Bella y grabando los míos?
—Gracias por cuidarla, Luna Lumina.
Tu coche te espera fuera para llevarte a casa —dice Giovanni en voz baja con una reverencia, y yo asiento con una sonrisa.
Por fin miro a Deimos, pero él mira al suelo, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
¿Qué clase de reacción es esta?
¿Es esto todo lo que me vas a mostrar?
Paso junto a los dos machos sin decir una palabra más.
Estaba furiosa.
Primero, me bloquea sus pensamientos y luego, ¡actúa como si estuviera molesto!
¿Así es como le hace sentir la idea de tener cachorros?
Caminando rápidamente hacia las puertas de la manada, encuentro a Elriam saludándome con la mano y a Ragon a su lado.
—Iré contigo, Elriam —digo rápidamente, subiendo a su coche y cerrando la puerta de un portazo.
Elriam y Ragon intercambian una mirada cómplice y Ragon se dirige al coche que está detrás del nuestro.
No aparto los ojos de la ventanilla mientras Elriam se sienta a mi lado y el conductor arranca el coche.
El viaje de vuelta a casa fue silencioso y Elriam no me pregunta nada, dándome mi espacio.
¿Estarán Deimos y Ragon hablando de esto?
Bueno, será a mi favor, ya que sé lo mucho que apoya Ragon.
En cuanto se abren las puertas de nuestra casa y el conductor aparca el coche, abro la puerta y camino lo más rápido posible hacia nuestra villa.
—¡Lumina!
—me llama Deimos, pero no le hago caso a ese macho.
No estoy interesada, igual que él no lo está.
Sigo caminando alrededor de la fuente, a través del porche trasero y entro en nuestra villa con Deimos pisándome los talones.
Me dirijo a nuestro dormitorio mientras él entra y cierra la puerta tras de sí, y yo me siento en la silla del tocador quitándome los pendientes.
Un suspiro silencioso se escapa de sus labios mientras camina suavemente hacia mí, buscando mis ojos a través del espejo.
—¿Por qué estás enfadada conmigo, mi hembra?
—pregunta con delicadeza.
—¿Por qué me bloqueaste tu mente?
—le pregunto, y él se estremece ante mi pregunta.
Lo he pillado con la guardia baja.
Permanece en silencio.
Siento que otra barrera se alza entre nosotros.
Otra que necesito derribar.
—Lumina —suplica.
No quiere que le pregunte eso.
¿Por qué?
Bien, lanzaré la siguiente flecha.
—¿Por qué reaccionaste así cuando Gia me llamó mamá?
—le pincho con otra pregunta.
Mis ataques apuntan sin piedad a un golpe directo.
Aparta la mirada de mí.
Ah, esa es toda la respuesta que necesito de él.
—¿Por qué le das tanta importancia a esto, compañera?
Estás analizando demasiado cada uno de mis actos.
No tienen ningún signi…
—él esquiva el fuego con una respuesta insulsa y yo lo interrumpo.
—Quiero un cachorro —es todo lo que digo, mirándole directamente a los ojos mientras los suyos se abren de par en par.
Con la cabeza bien alta, analizo su reacción a mis palabras.
—¿Q-Qué?
—pregunta.
—He tenido este deseo ardiente incluso desde antes de conocerte.
Pero ha crecido con cada día que pasa y ya no puedo contenerlo más —digo, levantándome—.
Deimos.
Quiero formar una familia —digo, pronunciando cada palabra con claridad.
Conteniendo la respiración, espero su respuesta.
Da un paso atrás, respirando hondo.
—No estamos preparados, Lumina —dice.
No me sorprende.
Me lo esperaba.
Ahora lo conozco.
—Lo estamos, mi macho.
Puedo verlo.
Yo…
puedo sentirlo —acorto el espacio entre nosotros.
—Soy feliz solo contigo, compañera —dice su verdad.
—Podemos ser mucho más felices.
De verdad quiero ser madre —digo en voz baja.
—¿De dónde sale esto de repente?
¿Es porque pasas mucho tiempo con Gia?
¿Es porque te llamó mamá?
Lumina, nos acabamos de unir ayer.
¿Por qué parece que siempre vamos con prisas?
—pregunta confundido.
Se pasa los dedos por el pelo, frustrado.
No puede entenderlo.
—No vamos con prisas.
¡Llevamos años juntos!
Si hubiéramos tenido un cachorro cuando nos conocimos, ¡ahora sería tan grande como Gia!
No soporto seguir esperando —digo mientras mis labios tiemblan, conteniendo las lágrimas.
—Lo entiendo, mi hembra.
Pero no entenderás ni te gustará la razón por la que no estamos preparados —dice él.
—¡Dímela!
Lo intentaré si eso significa que podría tener un cachorro contigo…
—un sollozo se escapa de mis labios, pero continúo—.
Lo intentaré por nosotros.
—No puedo, mi hembra.
Perdóname —dice, y yo aparto la mirada, secándome con la palma de la mano las lágrimas que ruedan por mis mejillas.
Él se acerca para consolar a su hembra que llora, pero yo niego con la cabeza y me aparto de su contacto.
—S-Siempre haces esto y esperas que yo siempre escuche y obedezca —sorbo por la nariz, y un hipo se escapa de mis labios.
—Estoy haciendo esto por nosotros, Lumina.
No quiero dejar ir esta felicidad que tanto nos ha costado construir —susurra.
No digo una palabra más y me doy la vuelta, mirando por la ventana.
Siento el calor de su cuerpo en mi espalda, sus palmas sujetando mis bíceps y sus suaves labios en mi nuca.
—Por favor, confía en mis palabras, Lumina.
No estamos preparados —susurra, con tono suplicante y, con un último beso persistente, sale de la habitación mientras las lágrimas caen libremente por mi rostro.
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