La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 83
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83: Capítulo 83 Nunca te dejaré 83: Capítulo 83 Nunca te dejaré Le hago caso y finalmente cierro los ojos, esperando el sueño tranquilo que no he tenido en mucho tiempo.
Esperé pacientemente a que las pesadillas vinieran a por mí, a que me sumergiera en la miseria.
Pero nunca llegaron y dormí en paz, aferrándome al calor que me rodeaba.
No tuve sueños, solo un silencio apacible, y dormí como un cachorro.
A veces oía el leve parloteo de los lobos, pero una orden repentina de un Alfa los hacía callar.
Dormí bien, una parte de mí sabiendo que me estaban protegiendo.
Que me estaban amando.
El suave golpe de algo al caer al suelo me despierta.
Me levanto rápidamente mirando a mi alrededor, el sueño desaparece corriendo como el viento.
Miro a mi derecha y la encuentro vacía, mis ojos se abren de par en par.
¿Por qué está vacía?
Estoy bastante segura de que…
de que él estaba aquí.
¡Diosa, por favor!
Fue real, mi macho respira.
¿O no?
Mi mente juega conmigo.
Me quedo sin aliento cuando las lágrimas amenazan con caer una vez más.
¿Desde cuándo me he vuelto tan débil?
Apoyo rápidamente los pies en el suelo y camino con piernas temblorosas para buscarlo.
Para encontrar al menos alguna prueba de él.
Mis ojos recorren el salón, la cocina, el baño.
Camino en círculos, revisando cada lugar dos veces.
¡No está aquí!
¡Él…
se suponía que debía estar aquí!
Lo prometió.
Las lágrimas corren por mis mejillas mientras me echo el pelo hacia atrás, frustrada.
¿Cuánto tiempo más debo seguir haciendo esto?
¿Cuánto tiempo más debo seguir anhelándolo?
Mis piernas temblorosas me llevan al porche trasero, pero con mi visión borrosa, tropiezo y caigo al suelo con fuerza.
El dolor me golpea y lloro más fuerte.
Mis uñas raspan el suelo de madera.
Sé que no estoy bien emocionalmente y que necesito alejarme un tiempo, pero yo…
yo necesito estar cerca de él.
—¡Lumina!
—La preocupada voz de mi macho me llama, y yo me estremezco, sobresaltada, para finalmente levantar la vista hacia él.
Ragon y Elriam están de pie, mirándome sorprendidos.
Deimos camina hacia mí lentamente y yo sollozo aún más.
Lo veo.
Puedo verlo.
—¡Oh, Diosa!
Alfa.
—susurra Elriam con la palma sobre la boca, viendo a su Alfa llorar a mares en el suelo.
Mientras Deimos se para frente a mí, lo miro.
Él inclina la cabeza con ojos tristes mientras se agacha, coloca las palmas de las manos bajo mis axilas y me levanta, ayudando a mis pies a sujetarse alrededor de su cintura.
Hipo y hundo la nariz en su cuello, inhalando su aroma.
Es real.
Está aquí.
—Discutiremos esto en unos días.
Como puedes ver, mi hembra es inestable.
Me necesita.
Ragon, sea lo que sea, encárgate como lo haría yo.
—dice Deimos, entrando sin mirar atrás.
Al rodear su cuello con mis manos, me doy cuenta de que le cuesta caminar.
Mi fuerte macho se ha debilitado durante estos meses y me duele profundamente.
Me acurruco más en él mientras me da suaves palmaditas en la espalda y cierro los ojos, mi hipo se desvanece.
Al entrar en nuestra habitación, me deposita suavemente en la cama.
Empiezo a gimotear y a lloriquear ruidosamente por la nariz cuando él da un paso atrás.
Empiezo a levantarme para poder ir hacia él, pero me detengo a medio camino cuando sus ojos se encuentran con los míos.
«Quédate».
Habla a través de esos ojos.
Mis quejidos aumentan de volumen mientras se quita la camisa y se limpia el cuerpo con una toalla empapada en agua fría.
Cerca.
Lo quiero lo más cerca posible de mí.
Sus acciones son tranquilas y serenas, pero sé que escucha cada sonido que sale de mi boca y observa cada uno de mis movimientos.
Después de lavarse la cara y el pelo, finalmente camina hacia el otro lado de la cama.
Levanta la fina manta, se acuesta y me recoge en sus brazos.
—¿Tranquila, sí?
Estoy aquí, ¿no?
—pregunta en voz baja, tratando de calmar mis lloriqueos y gemidos.
Mi loba se acurruca con la cola entre las patas, absorta en el calor que le proporciona su macho.
Lo miro a través de mis pestañas mientras él me observa.
Sigo mirándolo fijamente y él también a mí.
Sus ojos se mueven por mi cara, asimilando cada rasgo como si lo estuviera grabando más profundamente en su memoria.
Levantando mi mano temblorosa hacia su cara, coloco un dedo en su labio inferior.
El calor de su piel se extiende por mí como un reguero de pólvora.
Mis labios tiemblan y una lágrima solitaria rueda por mi mejilla.
Mi macho cierra los ojos después de seguir la lágrima y un suave quejido se escapa de sus labios.
Al agacharse, posa sus labios suavemente sobre los míos y me quedo sin aliento por el contacto mientras mi marca chisporrotea.
Nuestra conexión resucita, recién nacida.
Renacida.
Así se podría llamar a nuestra conexión en este mismo instante.
Coloco las palmas de mis manos sobre sus mejillas y lo acerco más a mí, apretando mi boca más profundamente contra la suya.
Acoge mis labios como si fueran suyos.
Como si fuera lo que anhelaba con cada último aliento.
Mordisqueando mi labio inferior, lo succiona, lo pellizca y finalmente lo lame.
Toma mis labios una y otra vez.
Más.
Necesito más.
Lo empujo un poco hacia atrás para transmitirle mi deseo.
—Quiero sentirte.
Quiero sentirte, Deimos —gimoteo.
Él me mira con expresión comprensiva.
—Lo que desees, mi hembra —susurra.
Rápidamente se baja los pantalones y los bóxers hasta que le quedan detrás de las rodillas.
Acercándome más, me quita los shorts y los tira al suelo.
Abriéndome las piernas, desliza mis bragas a un lado, exponiéndole mi centro.
Apoyando los codos a cada lado de mi cara sobre la almohada, mientras me mira profundamente a los ojos, hunde su pene en mí de una sola embestida.
Me quedo sin aliento al sentir cómo me llena por completo por dentro.
Desliza su duro y resbaladizo pene hasta la mitad solo para volver a hundirlo con fuerza.
No hay delicadeza, no es hacer el amor.
Esto no era ni seducción ni joder.
Era consuelo.
El consuelo que ambos necesitamos desesperadamente.
Agarrando mis muñecas y colocándolas por encima de mi cabeza, embiste con dureza dentro de mí.
Gimo en voz alta mientras con cada embestida, duros gruñidos escapan de su pecho.
Sus ojos nunca se apartan de los míos.
Mis fluidos se deslizan por mi muslo y se acumulan en las sábanas.
Mueve la parte inferior de su cuerpo de un lado a otro, golpeando más y más profundo dentro de mí.
Me aferro a su pelo y llevo su cara a mi cuello.
Mis lágrimas caen sobre su cuello y se deslizan por su torso.
La sensación de tenerlo dentro de mí destruye todos mis miedos y mi ansiedad.
Sus embestidas me hacen no pensar en nada más que en la realidad en la que estamos nadando.
Mis gemidos se mezclan con fuertes sollozos que se escapan de mis labios.
Sus manos aprietan más fuerte mis muñecas mientras su pene me golpea con toda su fuerza.
Están restringidas, sin quedarse ni un segundo más para que él pueda volver con más vigor.
Tomo lo que me da, tragándolo entero.
Mis paredes se aprietan a su alrededor para que pueda sentirme más.
Levantando mis muslos, los enrolla alrededor de su cintura y cambia de posición, sentándose sobre sus talones.
Elevando mi cadera, se hunde profundamente y me toma una y otra vez.
Mis uñas se clavan en su piel y él gime mi nombre.
El sonido de nuestra piel chocando y el del cabecero golpeando contra la pared rompen el silencio.
—Lumina —sigue llamándome por el nombre que me dio.
Enrollo mis piernas con más fuerza alrededor de su cintura, con los talones apoyados en sus nalgas, acercándolo para que pueda penetrar más profundamente.
Sus embestidas se vuelven más rápidas y mis gemidos más fuertes.
Suaves gruñidos brotan del fondo del pecho de mi macho.
Mis dedos se aferran con fuerza a las sábanas y muevo la cabeza hacia la derecha, inmersa en el placer que me proporciona.
El fondo de mi estómago tiembla de euforia porque pronto encontraré mi liberación.
—No.
Mírame.
—Su voz es profunda y dominante mientras me agarra la mandíbula, girando mi cara para obligarme a mirarlo.
Sus ojos se encuentran con los míos y, con embestidas rápidas y duras, gime fuerte y profundo, con la boca muy abierta.
Con los ojos ahogados en una neblina sexual, se incrusta en mi alma.
Mi centro se contrae a su alrededor, agarrándolo con fuerza mientras se libera, empapándolo.
Retirando rápidamente su pene, resbaladizo por mis fluidos, libera su semen por todo mi estómago.
Una decepción oculta me inunda, ya que una parte de mí deseaba que se corriera dentro de mí, pues eso es lo que he estado anhelando.
Mi pecho sube y baja con agitación, y también el suyo.
Sus ojos van y vienen de su semen en mi estómago a mis ojos.
Mira mis lágrimas y mis pechos agitados.
Lo absorbe todo, permaneciendo en la misma posición durante un rato.
Con un suave gruñido, se levanta y se dirige al baño.
Coge una toalla limpia, se acerca a mí y limpia mi estómago, así como mi centro húmedo.
Me quito la camisa y la ropa interior y me vuelvo a tumbar bajo el calor de la manta.
Después de limpiarse, vuelve a mí también desnudo.
—Ven —es todo lo que dice, y yo salto a sus brazos abiertos y me hundo en su pecho.
—Te he echado de menos…, tanto que deseé morir —susurro, y su mano me da palmaditas en la nuca—.
Pensé que ibas a dejarme, que quizá ya lo habías hecho —continúo.
—Nunca te dejaré, Lumina.
Lucharé incluso con la diosa de la luna por nosotros —dice él.
Mis ojos empiezan a cerrarse, el cansancio hace mella en mi cuerpo.
El sonido de los latidos de su corazón me arrulla aún más hacia el sueño.
—Soñé contigo.
Cada vez que cerraba los ojos me atormentaba…
tu sangre —susurro.
—Lo siento, mi hembra —susurra, y sus labios besan suavemente mi frente.
—¿Y tú?
—le pregunto con curiosidad.
Su pecho se eleva mientras respira hondo por la nariz, mirando al techo.
Apretándome con más fuerza contra su costado, susurra: —Tú.
—¿Qué?
—pregunto de nuevo, mientras mis oídos empiezan a desconectarse porque el sueño se apodera de mí.
—Tú.
La visión de tus lágrimas.
La música de tu risa.
El sonido de tu ira.
Todo lo que vi, sentí y oí fuiste tú, Lumina.
—susurra su verdad.
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