La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 88
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88: Capítulo 88 Paciencia, mi hembra 88: Capítulo 88 Paciencia, mi hembra El cielo ruge y un relámpago devastador cae con un fuerte estruendo que resuena a mi alrededor.
Suaves escalofríos recorren mi piel mientras la fría ráfaga de viento roza mi cuerpo.
La tormenta está cerca.
Contemplo el cielo mientras las nubes grises flotan con sus vientres hinchados.
Saco la mano por la ventana, disfrutando de la sensación, pues sé que dentro de poco un fuego ardiente se apoderará de mí cuando mi celo me consuma.
Llevo el pelo mojado y las gotas resbalan hasta aterrizar suavemente en mi regazo, humedeciendo mis vaqueros.
Vuelvo mi atención a Deimos y lo recorro con la mirada.
Sus bíceps se flexionan mientras controla el volante con la mano izquierda y su puño derecho se aferra con fuerza al pomo de la palanca de cambios.
Con demasiada fuerza.
Como si le negara el lugar del que anhela darse un festín.
Sus nudillos se vuelven blancos mientras aprieta la mandíbula y rechina los dientes.
No, no está enfadado.
Mi macho tiene hambre.
Desea que lo alimenten pronto.
Veo cómo el tono de su piel adquiere un matiz rojizo, con la sien latiéndole por la tensión de su autocontrol.
Nos detenemos en un semáforo en rojo y Deimos se apresura a abrir el techo solar para aspirar el aire fresco.
Mi celo ha comenzado su seducción, arrastrándose hacia él de rodillas, atrapándolo entre sus enredaderas.
No me mira, manteniéndose a sí mismo y a su bestia a raya.
—¿Cuánto falta?
—susurro, buscando mi bolso en el asiento trasero.
Mi piel roza la suya y un pequeño gruñido se escapa de sus labios.
—Lumina, quédate quieta si quieres que continuemos el viaje —dice con voz profunda y ronca.
Hay una advertencia en sus palabras.
Una dulce advertencia, una que habla del deleite que podría ofrecerme.
—Lo siento —me disculpo rápidamente mientras cojo el perfume de mi bolso y lo rocío por todo mi cuerpo, sobre todo en mi palpitante marca.
Esto ocultará mi seductor aroma durante un tiempo.
Nos calmará a los dos.
El cuerpo de Deimos se relaja y él se acomoda lentamente, abriendo las piernas y regalándome una vista privilegiada.
La punta de mi lengua se desliza entre mis labios y lame el inferior antes de morderlo.
Parece que a mí también me está entrando hambre.
—Ya casi llegamos —dice, respondiendo a la pregunta que le había hecho.
Nos adentra en el bosque, lejos de la carretera principal, hacia una zona privada rodeada, tal vez, por una selva tropical.
Una tierra tan vasta, tanta tranquilidad…
Posee muchas propiedades, pero casi nunca las usa, excepto para llevarme a ellas.
El camino a nuestro destino está lleno de baches y el coche zarandea mi cuerpo de un lado a otro, pero mi macho permanece inmóvil, pues el peso de sus músculos lo mantiene en su sitio.
Cuanto más nos adentramos, más oscuro se vuelve todo.
El lugar me excita y un suave gemido de mi loba pide salir.
Pone la palma de su mano en mi cabeza y me da unas suaves palmaditas.
—Paciencia, mi hembra —sonríe suavemente, hablándonos a las dos.
Mi loba se tranquiliza, menea la cola y acata las palabras de su macho.
En cuanto llega a nuestro destino, los árboles se abren y atravesamos un arco con el coche.
Por fin contemplo la belleza de la casa.
Altos ventanales, techo abierto…
Podía ver el interior.
No ocultaba absolutamente nada.
La puerta del garaje detecta el coche y abre su boca, tragándonos por completo.
Estoy asombrada con el lugar, con la forma en que está construido.
Al cerrarse tras nosotros, las luces se encienden y veo muchísimas plazas de aparcamiento vacías.
Una casa adecuada para muchos lobos.
Deimos sale y coge todas las bolsas de la compra del maletero mientras yo bajo del coche tras él.
Dentro del garaje no oigo el sonido de los truenos, pues posee un profundo y agradable silencio que lo aísla todo.
Lo sigo dócilmente al interior de la casa, pero me abalanzo hacia delante en cuanto siento su confort.
Con la boca abierta, me quedo mirando la vista desde el ventanal.
Giro sobre mí misma, recibiendo la brillante luz de la lámpara de araña que cuelga del techo alto.
Deimos se ríe por lo bajo mientras me observa y deja las bolsas sobre la encimera de la cocina.
Las yemas de mis dedos se deslizan por la suave tela del sofá y la madera de la mesa auxiliar.
¿Quién hizo este lugar?
¿Quién lo diseñó?
¿Cómo es que es suyo?
¿Para quién?
Tantas preguntas inundan mi mente mientras doy saltitos por el lugar, explorando cada rincón del salón.
La curiosidad me invade, empujándome a explorar el resto de la casa, y mis ojos buscan el pasillo.
—Lumina.
—Me detengo en seco y me giro para mirar a mi macho, que tiene los brazos cruzados sobre el pecho y está apoyado en la encimera—.
Ven —dice, y yo voy hacia él sin dudarlo.
Cuando me paro frente a él, me atrae hacia su pecho y olfatea la piel de mi cuello.
Mi aroma es su droga; se deleita en él.
Me acurruco en su calor, rodeando su estómago con mis manos hasta juntarlas en su espalda.
Estamos en paz.
Meciéndonos suavemente, pregunta: —¿Supongo que te gusta este lugar?
Doy saltitos en sus brazos como una cachorra, mostrando lo que siento, con mi loba compartiendo su emoción conmigo.
—Muchísimo.
Quiero ver el resto —digo.
Su respuesta es una risa ahogada que se oculta en mi cuello.
—Carina —susurra, dándome un mordisquito en la piel, con la voz tan apagada que las palabras no llegan a mis oídos.
(N/T: Tierno)
—¿Qué has dicho?
—pregunto, frunciendo el ceño.
No lo he entendido.
Mis ojos vuelven a la entrada que da al resto de la casa.
—Nada —dice, echándose hacia atrás para mirarme de frente.
Sigo mirando hacia esa entrada, la curiosidad apoderándose de mí.
Me agarra la mandíbula, obligándome a mirarlo, y le muestro mi disgusto enseñando un poco el colmillo.
No me suelta y yo quiero explorar.
Sus ojos se agrandan y me da un golpecito en los labios con un dedo.
Me encojo ante su acción.
—¡Qué falta de respeto!
Deberías ser castigada, ¿no?
—pregunta con un matiz burlón en la voz.
—Suéltame, Deimos.
Quiero recorrer el lugar —digo mientras lucho por liberarme de su firme agarre.
A mi macho le ha empezado a encantar tomarme el pelo.
No se mueve ni un centímetro y yo alterno la mirada entre la entrada y él con ligera irritación.
—¿De verdad tienes que hacer esto?
—cuestiono, mientras mi loba suelta pequeños gemidos, apelando a su instinto para que ceda.
Una suave sonrisa se dibuja en sus labios mientras me observa luchar entre sus brazos por la simple razón de ver el resto de la casa de la que parezco haberme enamorado.
—Dame un beso y te soltaré —responde, y yo dejo de luchar al instante para abalanzarme sobre él y darle un beso rápido.
Se ríe de mi impaciencia.
Solo soy así con los lugares nuevos y la comida, y él lo sabe.
—Eso no ha sido un beso, mi hembra.
—Se inclina hacia mí—.
Mira, incluso cerraré los ojos por ti —dice con los labios fruncidos y los ojos bien cerrados, con el rostro inclinado justo delante del mío.
Me inclino hacia él, le agarro la nuca y lo atraigo hacia mis labios, saboreándolo mientras él sonríe durante el beso.
Fue un beso tierno.
No uno apasionado, sino de esos que se dan los compañeros enamorados.
No desliza su lengua en mi boca, solo une sus labios a los míos.
Puedo sentir su ternura.
Mi marca chispea y lo suelto de inmediato.
Él me mira desde arriba.
Asiento, preguntándole con la mirada si ya puedo irme, y él asiente a su vez como respuesta, dejándome marchar mientras corro por el pasillo.
Su risa resuena por toda la casa, siguiéndome en mi carrera.
Irrumpo en la cocina, contemplando el suelo y los muebles de madera.
Se siente muy hogareño, como si diera la bienvenida a sus dueños.
Escaneo cada rincón, satisfecha con su aspecto, y salgo disparada hacia el dormitorio.
Tal vez la habitación principal de esta casa en la que estaremos recluidos los próximos días.
En cuanto entro, mis ojos dan con el balcón abierto y se me agrandan.
Los inmensos árboles rodean unas aguas tranquilas, y a mis oídos llega una mezcla del sonido de la lluvia y el revoloteo de las hojas.
¿Cómo es que hay agua aquí?
¿Qué clase de lugar es este?
El fuerte viento entra y los mapas pegados en las paredes se agitan y bailan a su son.
—Está escondida —dice mi macho a mi espalda—.
El agua está escondida en las profundidades de este lugar, por eso mi padre lo eligió para construir la casa.
Me giro de inmediato hacia él y la pregunta sale disparada de mi boca: —¿T-Tu padre?
Él asiente, recorriendo la habitación con la mirada y juntando las manos a la espalda mientras observa el interior con calma.
—Mi padre construyó esta casa para mi madre.
Las hembras más ancianas siempre hablaban de este lugar.
Decían que debía traer a mi hembra aquí.
Me muerdo el labio inferior y lo mordisqueo mientras escucho sus palabras con calma.
—Es un lugar importante —susurro.
—Me reí cuando las hembras más ancianas me lo dijeron, Lumina.
Pensé que eso nunca pasaría, pero aquí estoy, con el corazón rebosante de la más pura alegría por haberlo hecho —sonríe con dulzura, observando mi reacción.
—Gracias por ser mi macho —le susurro, sujetando sus mejillas con las palmas de mis manos y apoyando mi frente en la suya—.
Le muestro mi mente, libre para que vea lo que desee.
Él nada en mi verdad.
—No.
Gracias a ti por ser mi hembra, por estar a mi lado durante todos estos años —dice con los ojos cerrados mientras el viento le alborota unos mechones de pelo.
—Me encanta este lugar, Deimos.
Hay algo que me atrae.
Nuestros cachorros disfrutarían m…
—Me callo de golpe, con los ojos como platos al darme cuenta de lo que estaba a punto de decir.
Carraspeo y paso de largo la cama para mirar los mapas, intentando cambiar el ambiente.
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