La Heredera Bruja del Vínculo de Sangre: Reclamada por 4 - Capítulo 126
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126: _Alfa avergonzado 126: _Alfa avergonzado Punto de vista de Luther
*****
Montecito, 8:22 a.
m.
—¿Crees que no deberíamos habernos ido hasta que se despertara?
—giró la cabeza hacia su hermano mientras salían de su primera parada desde que llegaron a la ciudad.
Un campo de tiro, propiedad de un lobo Alfa que le tenía un gran respeto a Luther.
Silas se encogió de hombros, mientras masticaba un burrito que sostenía en las manos.
—Azrael y Atlas están allí con ella.
El calor le subió por el cuello a Luther, haciendo que apartara la vista de su hermano.
Las calles no estaban demasiado concurridas y la mayoría de la gente iba a lo suyo.
A diferencia de la última vez que estuvieron por esta zona.
—Lo sé —murmuró Luther, tirando de su chaqueta—.
Es solo que…
se siente…
como si la estuviéramos evitando.
Ya sabes.
Después de lo de anoche y todo eso.
«¿Quieres decir que sientes que TÚ la estás evitando?», su lobo nunca dejaba de recriminárselo en momentos como este.
«Silas no fue quien tuvo la idea de buscar actividades.
Fuiste tú».
«Gracias por lo obvio».
«Alguien tiene que ser tus gafas emocionales».
—¿Evitarla?
—repitió Silas la palabra con el ceño fruncido—.
¿Por qué íbamos a hacerlo?
¿Tú…
te arrepientes de lo que pasó…?
—¡No!
—gritó Luther antes de que la pregunta siquiera calara.
Fingió una tos y bajó la cabeza al notar que algunas personas lo miraban de reojo.
Luego bajó la voz: —Y-yo no es que me arrepienta necesariamente de nada de lo que pasó.
Es solo que…
es casi vergonzoso pensar en ello.
Todos nosotros.
En la misma habitación.
Incluso decirlo en voz alta le hacía sentir como si tuviera un micrófono delante de la boca.
Diosa no quiera que la gente lo oyera y empezara a mirarlo raro.
En contraste con la espiral de Luther, Silas no solo estaba tranquilo.
Se rio y le pasó un brazo por los hombros.
—Tú, mi querido hermano, le estás dando demasiadas vueltas a las cosas cuando no deberías.
Eso solo hizo que el ceño de Luther se frunciera aún más.
—Siento que eres tú el que no está pensando lo suficiente en esto.
«No, no, no…
Tu hermano tiene razón».
Justo cuando Luther estaba a punto de maldecir a su lobo, su teléfono sonó con una notificación.
Lo sacó sin prisa, sorprendido al ver un mensaje de texto de Atlas.
«Oye, Luther.
Si no se han alejado mucho, ¿podrían conseguirme estas hierbas y especias en cualquier tienda metafísica?
Debería haber unas cuantas regentadas por brujas», rezaba el mensaje.
Luego venía una lista de más de diez ingredientes que hicieron que Luther frunciera el ceño.
—Y ahora Atlas quiere que le consigamos ingredientes de bruja.
Por la razón que sea.
Silas estiró el cuello hacia el teléfono.
—¿Ah, sí?
Déjame ver.
—Tras ojear el mensaje durante unos segundos, su hermano se rio entre dientes—.
Creo que vi una tienda metafísica de camino al campo de tiro.
Vamos a…
—Lo último que me apetece hacer ahora mismo es ir de compras a por materiales para pociones.
—Nos está preparando el desayuno ahora mismo, Luther —le dio Silas una palmada en la espalda—.
Vamos.
Muestra un poco de gratitud.
Él sí que muestra gratitud.
Cuando halaga la comida.
Pero al ver que no había forma de librarse, Luther refunfuñó.
—Guía tú, entonces.
«Eres un llorica».
«Cállate, bola de pelo».
.
.
Después de caminar unos cinco minutos, finalmente se detuvieron frente a una tienda.
Servicios Metafísicos de Mamá Dominique.
Sonaba a puticlub.
Silas fue el primero en moverse y abrió las puertas francesas, mientras Luther lo seguía a regañadientes.
Una campanilla sonó arriba, anunciando su llegada.
Una avalancha de aromas y olores diversos fue lo primero que asaltó los sentidos del Alfa.
La tienda era espaciosa, pero la cantidad de estanterías y vitrinas con artículos de bruja la hacían parecer abarrotada.
Estaba iluminada por una suave araña dorada que colgaba del techo, y al fondo de la tienda había un mostrador.
En la pared, detrás del mostrador, una entrada estaba oculta por cortinas de abalorios.
Y, de pie tras el mostrador, había una anciana de unos sesenta años que levantó la cabeza en cuanto entraron.
Luther se sintió inquieto bajo el escrutinio de sus ojos de halcón.
Su pelo era canoso y caía en cascada por su espalda, adornado con cuentas y conchas.
También llevaba una raída túnica verde y de su cuello colgaban collares con incrustaciones de gemas.
—Ah, visitas —fue la primera en hablar, con el rostro arrugado iluminado por una sonrisa de bienvenida—.
No he visto a nadie en toda la mañana.
Pasen, pasen…
Avanzaron ante su insistencia.
Algo en ella le hizo sentir que era más de lo que parecía.
Si es que eso tenía algún sentido.
«Es solo la lucidez de después de correrte la que habla».
«Pequeño hijo de…».
—Buenos días, señora.
—Silas esbozó la sonrisa que siempre ponía durante los tratos de negocios.
Solo que esta tenía la cantidad justa de calidez—.
Estamos aquí de parte de un amigo.
Nos ha enviado a por unos artículos.
La anciana castañeteó las encías, asintiendo.
—Debe de ser el destino el que los ha hecho toparse con mi tienda.
De entre las decenas que hay en esta ciudad.
Luther frunció el ceño.
¿Decenas?
Ella pareció notar su asombro.
—Muchos viajeros —humanos, lobos e incluso brujas— no solo vienen aquí para desconectar.
También vienen en busca de respuestas.
Alguna apariencia de…
Control.
Esa última palabra tenía mucho peso.
Control.
Porque enlazaba con la última nota que recibieron antes de venir aquí.
¿O es que por fin estaba perdiendo la cabeza?
—Bueno —la mujer dio una palmada, sacando a Luther de su ensoñación—.
¿Tienen una lista?
Supongo que su amigo es un brujo.
Y las brujas no compramos un solo artículo cuando vamos de compras.
Silas le hizo un gesto a Luther, que agitó el teléfono.
—Efectivamente, hay una lista.
¿Usted…?
—Síganme —rodeó el mostrador—.
Los acompañaré a cada artículo a medida que los nombren.
Luther forzó una sonrisa, yendo tras la mujer mientras intentaba leer la pantalla de su teléfono.
Llegaron a una estantería llena de especias y él estaba a punto de decir un nombre…
…cuando una sensación ardiente le recorrió los brazos, haciendo que el teléfono se le cayera de las manos.
—¡Argh!
—siseó, agarrándose los brazos—.
¿Q-qué…?
No había marcas ni heridas.
Solo una sensación persistente, como si el fuego le abrasara las venas.
Sumado a eso, el vínculo reverberaba con emociones intensas.
Confusión.
Miedo.
Mucho miedo.
Todo de parte de Celeste.
—¿Silas?
—espetó, ignorando la mirada de preocupación que le dirigió la anciana—.
Hay un problema.
Con Celeste.
Por la expresión en la cara de su hermano, él no era el único que lo había sentido.
Maldita sea.
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