La Heredera Bruja del Vínculo de Sangre: Reclamada por 4 - Capítulo 18
- Inicio
- La Heredera Bruja del Vínculo de Sangre: Reclamada por 4
- Capítulo 18 - 18 _Castidad o delirio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: _Castidad o delirio 18: _Castidad o delirio Punto de vista de Celeste
*****
—Esa…
ha sido una pregunta inesperada —rio Silas con nerviosismo, fingiendo una tos—.
Celeste…
—Pero lo digo muy en serio —insistí, literalmente.
Mis dedos se tensaron y presionaron con demasiada fuerza la herida sangrante hasta que él se estremeció.
—Argh…, maldita sea…
¿Acaso te estás poniendo bálsamo curativo en los dedos?
—Puso una mano sobre mis dedos y los apartó con suavidad—.
Ten cuidado.
Su contacto envió chispas por mis venas.
Tragué saliva, intentando no perderme.
Sin embargo, mis ojos vagaron desde su herida abierta hasta sus ojos color avellana, que ahora contenían algo indómito.
Culpabilidad.
—Estás intentando desviar el tema, ¿a que sí?
—insistí con la pregunta, controlando mi respiración mientras me untaba más bálsamo en los dedos.
Enojada o no, no soportaba verlo herido—.
Está bien, supongo.
¿Qué me esperaba?
La respiración de Silas se entrecortó y sus dedos se curvaron sobre el escritorio.
—Celeste…, eso no es…
—Vi cómo me miraste —mascullé, arrepintiéndome en cuanto las palabras salieron de mis labios.
Pero a la mierda—.
En los pasillos, cerca de mi habitación.
Después de que…
Después de que Lysandra me hiciera volar por los aires a través de mi puerta.
Pasaron unos segundos en silencio.
No dije nada más y apliqué el bálsamo en la parte central de la herida.
Luego lo extendí con suavidad, con cuidado de no presionar demasiado.
Esta vez no se inmutó.
Su respiración se mantuvo extrañamente estable, y eso hizo que mi corazón se acelerara más que cuando se movía por el dolor.
¿Había ido demasiado lejos con mis palabras?
¿Acaso…
acaso me evitaría…?
—No supe lo de Luther y Lysandra hasta que fue demasiado tarde —soltó Silas, con un tono casi de arrepentimiento.
Entrecerré los ojos y levanté la cabeza para encontrarme con su mirada—.
Créeme.
Tuve que oír los rumores después de lo de anoche para darme cuenta de que se estaban acostando.
Creí que tú y Lysandra habíais tenido una pelea…
—Me encontraste tirada contra una pared con un brazo inerte —casi escupí, conteniendo a duras penas la rabia entre dientes—.
En serio, ¿cómo pudiste pensar…?
—Lysandra tenía la cara quemada.
—¡Porque esa zorra se quemó a sí misma!
—fue entonces cuando por fin estallé, cerrando el bálsamo con un clic.
Lo que había aplicado hasta ahora era suficiente—.
Tú y Luther parecéis muy unidos.
Nunca me hablaste cuando salía con tu hermano, pero siempre he notado lo…
compenetrados que estáis.
Silas hizo una pausa y parpadeó un par de veces.
Sus ojos se detuvieron en mis rasgos antes de recorrer mi cuerpo: desde mis labios hasta mi cuello y luego mi clavícula.
El calor se acumuló en mi estómago.
Intenté fingir que no me daba cuenta de sus miradas fugaces, pero era casi imposible «fingir».
No cuando básicamente estaba babeando ante su cuerpo semidesnudo frente a mí.
—Llamarnos compenetrados es exagerar —dijo Silas apartando finalmente los ojos de mí, con la mano derecha suspendida sobre su herida—.
Él es capaz de tomar sus propias decisiones y tenemos vidas aparte el uno del otro.
Pero créeme cuando te digo que le habría echado una bronca monumental si hubiera sabido lo del engaño.
Fruncí los labios y tragué saliva.
No supe qué decir a eso.
Así que sonreí con superioridad y me quité un poco de bálsamo de debajo de los dedos.
—Al fin y al cabo, él es el Alfa de los dos.
Y el mayor.
Enarcó una ceja y una curiosidad genuina brilló en sus ojos.
—¿Y?
—Y —dije, moviéndome para sentarme a su izquierda.
Cogí el botiquín de primeros auxilios y saqué unas vendas para la herida—, ¿por qué iba a hacerte caso?
Tú eres el Beta, él es el Alfa.
Siempre ha sido así.
Justo cuando iba a empezar a colocarle las vendas sobre la herida, se rio.
Fue un sonido profundo que vibró en su pecho y le provocó una tos ahogada.
Con el ceño fruncido, me quedé mirándole la cara mientras levantaba un dedo.
—Mis disculpas, cariño —negó con la cabeza, llevándose la mano a la boca—.
Es solo que…
hasta la hija de un Rey Alfa como tú debería saber que los Alfas no siempre son los más relevantes en una manada.
Ahí estaba otra vez, sacando la carta de la hija del Rey Alfa…
Procedió a quitarme las vendas de las manos, y sus dedos rozaron los míos de una forma que hizo que se me sonrojara la cara.
—Puede que Luther ocupe el puesto de Alfa en nuestra manada —murmuró, con las cejas temblándole mientras se colocaba la venda sobre la herida—.
Pero hasta los ancianos de nuestra manada saben quién es el cerebro entre nosotros.
Lo único que él tiene es el lobo más fuerte.
Oírle hablar mal de su hermano, aunque fuera sin querer, dibujó una pequeña sonrisa de superioridad en mi rostro.
No pude reprimir una risita, sin darme cuenta de que me estaba inclinando más hacia él.
Hasta que sentí el calor creciente entre nuestros cuerpos.
Me quedé helada y mi risa cesó por completo.
Manteniendo la cabeza baja, dejé que mis ojos se perdieran.
Desde la herida ahora vendada hasta sus abdominales tonificados…
y su pecho.
Llamadlo castidad o delirio, pero de alguna manera no le había mirado el pecho más de cerca hasta ese segundo.
Y lo que vi hizo que mis labios se entreabrieran.
—¿Qué es…?
—levanté la mano derecha con vacilación, hipnotizada por la marca que tenía en el lado izquierdo del pecho.
Justo sobre su corazón había un tatuaje de tinta negro mate.
Era una luna creciente, con una esbelta serpiente enroscada a su alrededor.
El lado abierto de la luna creciente miraba hacia adentro, hacia su corazón.
La cola de la serpiente desaparecía bajo el arco como si estuviera inacabada.
Cada línea del tatuaje era nítida.
Deliberada.
Demasiado precisa para ser meramente estética.
—…
¿Qué es esto?
—pregunté distraídamente, con los dedos ya suspendidos a centímetros del tatuaje.
Pero…
Me agarró la muñeca, y sus dedos se cerraron a mi alrededor con una dureza inesperada.
Solté un grito ahogado y parpadeé erráticamente mientras devolvía la mirada a sus orbes avellana.
—No lo hagas —fue todo lo que dijo, con un tono firme, definitivo y frío.
Sin embargo, a través de esa repentina y protectora frialdad, vi algo más.
Sentí algo más.
El tiempo perdió su significado, ralentizándose a nuestro alrededor.
Su agarre en mi muñeca se aflojó, pero su otra mano encontró mi espalda.
Un simple empujón fue todo lo que necesitó para atraerme hacia él hasta que quedé entre sus piernas abiertas.
Nuestros rostros estaban ahora a escasos centímetros el uno del otro.
Mi respiración era temblorosa y mis ojos alternaban entre su mirada y aquellos finos labios.
Mis manos se posaron en su regazo, peligrosamente cerca de sus muslos.
Y del calor tenso que se acumulaba entre ellos.
No se pronunció ninguna palabra.
Lo que flotaba ahora en el aire entre nosotros era un entendimiento mutuo.
Uno encendido por el deseo, la lujuria y una atracción del vínculo que ya no podía ignorar.
Yo me incliné primero y mis pestañas se cerraron con un aleteo.
Un beso era inminente.
O eso pensábamos…
…
hasta que un golpe en la puerta detrás de mí me hizo helarme.
Me estremecí y retiré las manos de sus piernas como si acabara de cometer un pecado mortal.
El calor me subió por detrás de las orejas mientras Silas gruñía.
Se puso de pie y se ajustó los pantalones con una despreocupación total a pesar del monstruoso bulto que ya se hacía notar.
Por los Dioses.
Estaba tan…
—Si eres una bestia de Vena, aquí no hay nadie —dijo Silas, con un tono nada humorístico.
Llegó a la puerta en segundos, quitó los cerrojos y la abrió.
Cuando vi el rostro detrás de la puerta…, apreté los puños a mis costados.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com