La Heredera Bruja del Vínculo de Sangre: Reclamada por 4 - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 _Desenterrado
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41: _Desenterrado 41: _Desenterrado Punto de vista de Celeste
*****
—¿Alguno de los dos ha sabido algo de Silas?
—preguntó Atlas al entrar en el dormitorio.
Me quedé parada en la puerta, vacilante, demasiado ansiosa como para mirar siquiera al pasillo.
Primero fue Azrael y ahora era Atlas.
Dos hombres apareciendo en el dormitorio de las chicas y luego instalándose en mi habitación iba a causar problemas.
O a empeorar todo este escándalo.
Tragué saliva y miré a ambos lados del pasillo; las mejillas se me encendieron al ver los ojos curiosos y sentenciosos que ya me esperaban.
—¿Celeste?
—La voz preocupada de Atlas fue lo que me hizo rendirme y cerrar la puerta—.
Vamos, ¿has sabido algo de…?
—No, no he sabido nada de Silas desde la última vez que nos vimos todos —negué con la cabeza, dándome la vuelta tras echar el último cerrojo—.
Dijo que iba a ver cómo estaba Luther o algo así.
¿Por qué?
¿Es tan grave lo que has encontrado?
Los labios de Atlas se separaron justo cuando Azrael resopló.
—¿Luther?
¿El chucho ocupado con su «cita»?
Parpadeé, con el ceño fruncido.
¿Eh?
—Luther y Lysandra —Azrael se cruzó de brazos, con su figura resaltada por la luz de la luna a su espalda—.
Están cenando con el padre de Lysandra.
Deberían volver en una hora, por lo que he oído.
Por primera vez desde que los vínculos despertaron, sentí algo nauseabundo.
Algo que me hizo querer arrancarme el corazón y tirarlo a una puta licuadora…
Celos.
—Sí —Atlas negó con la cabeza, con una mirada de decepción—.
No logro entender cómo un lobo —un Alfa, nada menos— puede retozar con otra mientras tiene una compañera.
¿No se supone que debe ser territorial?
Unas chispas me recorrieron los brazos, desde la punta de los dedos hasta los hombros tensos.
Y no en el buen sentido.
Mis emociones reaccionaban con tal violencia que tiraban de mi magia.
Necesitaba controlarlo, como dijo mi querida mamá.
—¿Podemos… —negué con la cabeza, forzando una sonrisa—, podemos olvidarnos de Luther?
Además, podemos poner al día a Silas cuando lo localicemos.
Solo dinos lo que has descubierto… Y si necesito mudarme de país.
Se suponía que la última parte era graciosa, pero nadie esbozó ni una sonrisa.
Yo tampoco.
La atmósfera y esa gota agria de semen llamada «Luther» lo hicieron posible.
—Muy bien —asintió Atlas, dándome una mirada contenida antes de girar la cabeza hacia Azrael—.
La Señorita Benedicta tenía dos hijos.
Una hija de veintiún años y un chico de dieciocho.
Ambos se hicieron cargo de la planificación del funeral y los ritos finales con la ayuda de los ancianos de su manada local y…
—Perdona, Atlas —Azrael levantó una mano, con la cabeza gacha.
No me di cuenta al principio, pero de alguna manera se las había arreglado para volver a ponerse las gafas antes de que yo abriera la puerta—.
¿Toda esta sarta de información va a llevar a alguna parte?
Vaya… Qué palo.
La expresión de Atlas se contrajo por un segundo, pero no reaccionó.
—Perdóname, Azrael.
Solo intento asegurarme de que tenemos claras algunas cosas antes de la revelación final —hizo una pausa y sus ojos dorados se desviaron hacia mí.
Un silencio incómodo se extendió entre nosotros.
Incluso el aire pareció enfriarse varios grados, haciendo que me frotara los brazos inconscientemente.
Entonces…
—La familia de la Señorita Benedicta recibió el cuerpo, pero nunca la enterraron —dijo Atlas, como si no pudiera comprenderlo—.
¿Y la peor parte es que sus hijos?
Desaparecieron.
Sin rastros.
Sin notas ni llamadas a su manada o a la familia de su madre.
Simplemente… Desaparecieron como si la propia tierra se los hubiera tragado.
Por un momento no me moví, con la mirada perdida, sin enfocar nada en la habitación.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesar…
Una familia entera.
La madre es asesinada misteriosamente.
Los hijos desaparecen sin dejar rastro.
Y su cuerpo reaparece con una nota, dejándonos confusos y… Joder, ¿quién me ha metido en una película de Stephen King?
—¿C-cómo de seguro estás de que desaparecieron?
—pregunté, con la voz quebrada—.
Quizá se los llevó su padre.
E incluso si desaparecieron, quizá fueron las bestias de Vena.
O…
—Su padre ya lleva tres años muerto —negó Atlas con la cabeza—.
Y recibí la noticia de los ancianos de su manada y del Alfa residente.
Encontraron su casa vacía esta mañana.
Tampoco hay señales que apunten a que las bestias de Vena estén involucradas.
De repente, sentí que cada rincón de mi dormitorio estaba embrujado.
Mis pulmones ardían de ansiedad y mis ojos buscaban los interruptores de la luz por toda la habitación.
Sin embargo, antes de que diera un paso, las luces se encendieron, aparentemente por sí solas.
Incluso mi lámpara de noche azul.
Me giré instintivamente hacia Azrael, justo a tiempo de ver cómo bajaba los dedos.
Ni siquiera dijo nada, solo dio un paso adelante hasta quedar a mi lado.
Eso fue suficiente para ahuyentar cualquier inquietud.
—Lamentablemente, yo tengo mi propia pequeña revelación —dijo tras una larga pausa—.
El cuerpo de la Señorita Benedicta ya no está en mi suite.
Yo…
—¡¿Qué?!
—entró en pánico Atlas mientras yo sentía que tenía que sentarme.
Era demasiado—.
¿Que ya no está en tu suite?
Pero… Pero mis protecciones.
Se suponía que debían alertarme si alguien las manipulaba.
Azrael no respondió a eso y sacó un trozo de papel blanco del bolsillo delantero.
Un movimiento de su muñeca hizo que el papel flotara frente a él, visible para todos.
—Por suerte, la palabra en este no ha desaparecido —masculló.
En la nota, escrita con sangre y en letras gruesas, había una sola palabra.
Similar a lo que Azrael explicó la última vez… Solo que ahora podía verla.
—¿Elige?
—leímos Atlas y yo simultáneamente, intercambiando una mirada solemne.
Entonces solté—: Primero «confiesa».
¿Ahora «elige»?
¿Qué?
¿Esto es un concurso de televisión retorcido ahora?
Atlas se movió y cogió la nota.
La miró con los ojos entrecerrados, dándole la vuelta entre los dedos.
—Es sangre de verdad.
No son acertijos.
Son mensajes claros.
¿Claros?
¡Jamás he visto nada más vago en mi vida!
—Quienquiera que sea esta persona… es definitivamente poderosa —me froté la frente.
—Y probablemente no trabaje sola —añadió Azrael—.
La academia ya debería haberse enterado de cómo se ha manejado el cuerpo de una de sus empleadas.
—Quizá estén al tanto de lo que les pasó a los chicos —reflexionó Atlas en voz alta—.
Sí que dijeron que no debíamos dejar que se corriera la voz sobre la muerte de la Señorita Benedicta.
—A eso me refiero —masculló Azrael, girando lentamente la cabeza hacia mí—.
O saben algo o están ocultando algo.
O…
De algún modo, supe lo que iba a decir a continuación.
Así que lo dije yo: —… o están tan perdidos como nosotros.
El fuerte sonido de una notificación en mi teléfono hizo que se me encogiera el corazón.
Lo saqué rápidamente y mi mirada se ensombreció al leer el mensaje en la pantalla.
Azrael miró por encima de mi hombro mientras yo leía.
DEL DESPACHO DEL DECANO:
Preséntese en el despacho del Decano de inmediato.
Eso era todo.
Sin indicaciones ni expectativas.
—Bueno —dijo Azrael—.
Esto no suena para nada a que estén «perdidos».
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