La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 10
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10: Capítulo 10: ¿Es esa realmente Ella?
10: Capítulo 10: ¿Es esa realmente Ella?
George
No quiero estar en un club ruidoso y detestable que es inútilmente pretencioso, pero aquí estoy, en dicho club.
En L’ambroisie, para ser exactos.
Por muy exclusivo que sea, no deja de ser un club con la música demasiado alta y gente que baila solo para buscar con quién pasar un buen rato más tarde por la noche.
Sinceramente, nunca le he visto el sentido a estos sitios, pero mi hermana me ha traído a rastras, insistiendo en que estaba apesadumbrado cuando debería estar celebrando que por fin me he divorciado.
Así que aquí estoy, en un reservado, saboreando un par de dedos de bourbon en un inútil intento por complacer a Jessica.
Por mucho que quiera a mi hermana, puede ser…
pretenciosa.
Supongo que el club le va que ni pintado, entonces.
A ella nunca le gustó que me hubiera casado con Ella y lo dejaba muy claro cada vez que estábamos juntos.
En cuanto se enteró de que me había divorciado, me rogó que la dejara sacarme a celebrarlo y, aunque no tenía ninguna gana de ir, sabía que el escándalo con Charlotte y la posterior desaparición de Ella me habían consumido.
Me viene bien alejarme de la oficina y del trabajo, aunque sea aquí.
—¡Sinceramente, George, deberías estar sonriendo!
Por fin te has librado de esa perdedora con la que la abuela te obligó a casarte.
No entiendo por qué te está dando la lata por ello; o sea, ¡fue Ella quien propuso el divorcio!
Tú no hiciste nada.
Un error por su parte, la verdad, pero mejor para ti.
—Jessica, pensaba que habíamos venido para que pudiera tomarme un descanso de hablar sobre mis relaciones —suspiro, haciéndole una seña al camarero para que me traiga otra copa.
Voy a necesitar más que un par de dedos de bourbon si de esto es de lo que quiere hablar toda la noche.
—Bueno, sí, pero solo de las malas relaciones.
¡Ahora que Ella no está, puedes volver con Charlotte!
—¿Perdona?
—casi resoplo con desdén, conteniéndome a duras penas.
Jessica no puede hablar en serio.
Vio el puto circo que se montó por culpa de Charlotte.
—¡Vamos, estabais destinados a estar juntos!
Charlotte es perfecta para ti.
Era popular, famosa, rica, no te olvides de todo el tiempo que pasaste con ella.
De verdad teníais algo especial.
Ella te entendía a ti y a tu estilo de vida mucho mejor que Ella jamás lo hizo.
¿Qué hizo por ti, eh?
Quedarse en casa, actuando como una criada en lugar de tu esposa.
Realmente buscaba dar lástima, ¿eh?
Con razón no la llevabas a ninguna parte.
—Jessica, Charlotte todavía es tendencia en todas las redes sociales por fingir un atropello con fuga e intentar incriminar a Ella.
Mi bufete de abogados aún recibe llamadas preguntando por Charlotte y sus acciones —digo, alucinado de que siquiera intente emparejarme con ella.
—Solo estoy preocupada por ti —resopla Jessica, negando con la cabeza y bebiendo un sorbo de su martini—.
La abuela estaba loca por hacerte eso.
Podrías haber aspirado a mucho más, ¡y ahora puedes!
O sea, era tan sosa.
¿Acaso la miraste durante vuestro matrimonio o era pedir demasiado?
—Basta, Jessica —suspiro, dándole las gracias al camarero mientras me reemplaza la copa por una nueva, al tiempo que otros clientes susurran sobre unas «tías buenas» en la pista de baile.
—O sea, es un decir.
Todos la vimos…
Joder.
¿La has visto?
—No, Jessica, ya te he dicho que no —gruño—.
Esa es parte del problema, ¿recuerdas?
—No, no, date la vuelta.
¿Es ella?
Oh, Dios mío, creo que es ella.
¿Qué demonios está haciendo aquí?
Me doy la vuelta y me quedo con la boca abierta, atónito.
Allí, bailando con otro hombre,
con Rachel de fondo,
¡está mi exesposa, Ella!
Respiro hondo, intentando asimilar que la mujer que baila y mi exesposa son la misma persona, pero es ella, no puede ser nadie más.
La mujer de la pista de baile no parece Ella, a pesar de que lo es.
La mujer que yo recuerdo vestía tops cortos, mallas de yoga y calcetines mullidos, siempre ajetreada por la casa, haciendo una cosa u otra.
Solía llevar el pelo alborotado o recogido en un moño, y todos sus vestidos eran para las raras ocasiones de gala o las fiestas familiares.
Esa mujer se había esfumado, reemplazada por una bailarina despampanante y llamativa.
Lleva el pelo suelto, cayéndole en rizos por la espalda que botan con cada paso, sus ojos brillan de la risa y en su amplia sonrisa se le marcan los hoyuelos.
Está irreconocible, vestida con algo casi pegado a la piel que luce su bronceado y realza sus curvas y, a todos los efectos, parece que la pista de baile es su hábitat natural.
Dos meses de búsqueda, incontables callejones sin salida, ni un solo rumor sobre dónde podía estar y ahora, aquí está, apareciendo en el club al que Jessica me trajo en un intento de que superase que mi exesposa se hubiera esfumado de la faz de la tierra.
En cierto modo, Jessica tiene razón, ¿qué demonios hace aquí?
¿Cómo es que está aquí?
¿Ha estado en Toronto todo este tiempo?
Si es así, ¿¡entonces por qué no he podido encontrarla!?
¿Acaso solo intentaba volverme loco como una especie de castigo por todo lo que ocurrió?
Una oleada de celos me invade mientras observo cómo el hombre con el que baila la admira con descaro, al igual que los otros hombres de la pista de baile.
—Pues con razón no la encontrábamos si se anda vendiendo a cualquier tío que le enseñe un fajo de billetes —resopla Jessica en su copa y yo le lanzo una mirada fulminante.
—Jessica, cállate.
—¿Qué?
¿De qué otro modo podría entrar en un sitio como este?
¿Has olvidado que es una pobre huérfana?
Vamos, George, ¿por qué si no iba a estar aquí?
O sea, la has visto, ¿no?
Está claro que viste para llamar la atención, a menos que creas que hay otra razón por la que le está poniendo ojitos a todo el mundo.
Las palabras de Jessica no hacen más que enfadarme.
No es asunto mío.
No debería serlo, estamos divorciados y, sin embargo, sus palabras no dejan de dar vueltas en mi cabeza, poniéndome cada vez más furioso, hasta que no puedo más.
Me levanto y dejo a Jessica allí sentada.
Me dirijo directamente hacia mi exesposa.
Algunos de los que bailan me maldicen por abrirme paso entre ellos, pero los ignoro, sin apartar la vista de Ella.
—Y bien, ¿disfrutando de tu vida de divorciada?
—pregunto con sarcasmo, pero me ignora.
Ella se niega a mirarme y sigue bailando con el hombre, que apenas me dedica una mirada antes de volver a centrarse en ella.
—He dicho que si estás disfrutando de tu vida de divorciada.
—No deberías molestarte por ella, George.
—Jessica se coloca a mi lado.
Ni siquiera me había dado cuenta de que me había seguido a la pista de baile—.
Es obvio que solo intenta sacarte de quicio.
¿Qué, no ganas lo suficiente con pases privados?
—Oh, cállate, Jessica.
No es asunto tuyo con quién bailo —suspira Ella, volviéndose hacia nosotros.
La sonrisa que lucía se desvanece, dando paso a una expresión neutra.
Me recuerda a cuando firmamos los papeles del divorcio, a una frialdad en ella que no existía antes.
—Pero sí es asunto mío —espeto, sin saber muy bien por qué estoy tan enfadado—.
Dos meses es poco tiempo en comparación con tres años.
—Aprieto los dientes cuando el tío con el que estaba bailando le rodea los hombros con el brazo y se inclina para hablarle de cerca.
—Así que este es el exmarido, ¿eh?
Debo decir que te libraste de una buena al romper con este imbécil.
Ella resopla, mientras que Jessica se queda boquiabierta y mira a la pareja con desdén.
—¡Como si mi hermano necesitara a alguien como ella en su vida!
¡Él puede aspirar a mucho más!
—Supongo que tu hermano no tiene gusto, entonces…
o quizá debería agradecérselo —reflexiona el tipo en voz alta—.
Te doy mi pésame por renunciar a una mujer tan despampanante, ¡pero estaré encantado de llenar cualquier vacío que dejaras atrás, por pequeño que sea!
—dice con una sonrisa radiante, y oigo a Ella resoplar, conteniendo la risa.
—Oh, eso no será nada difícil, Jacob.
¡Con que me invites a un par de citas ya lo estarás haciendo mejor que él!
—¡Mi hermano vale mucho más que cualquier juguete sexual dispuesto a pagar por un polvo barato como tú!
—espeta Jessica, y antes de que pueda hacer nada, levanta la mano y le cruza la cara a Ella de una bofetada.
Contengo el aliento, todos conmocionados por lo que Jessica acaba de hacer.
—¿Cómo te atreves a presentarte delante de él con esas pintas, vistiendo ropa que SU dinero te compró?
¿¡Se puede ser más descarada!?
—le espeta Jessica a Ella, que la mira sin inmutarse.
—¿Crees que George, tu hermano, que tuvo más citas con su amante de las que jamás tuvo conmigo, me compraría ESTO?
Sé realista, Jessica.
—Se le queda mirando fijamente.
—¿De verdad esperas que me crea que una huérfana sin blanca como tú puede permitirse ni siquiera entrar en este sitio?
No, sé realista tú, Ella.
Te daré una oportunidad, sin embargo.
Desnúdate y devuelve las cosas de George, y no te meteré una demanda que te cagues.
—Claro que sí, son suyas —dice el hombre, Jacob, con sorna.
—Tú mantente al margen, no te metas donde no te llaman —espeto, y él me devuelve una mirada desafiante.
—Oh, me he metido de lleno en cuanto tu perra salvaje de hermana le ha puesto una mano encima a mi compañera.
—¡¿Perdona?!
¡A ti también te voy a demandar!
—No te preocupes, Jacob, Jessica no es más que una niñata mezquina e inmadura que necesita que su hermanito del alma y su mami la saquen de todos los líos en los que se mete.
Es todo fachada.
Además, cuando dejé a George solo cogí mis cosas, no toqué nada que fuera suyo, ni un céntimo para el billete de autobús.
—Ya estoy de vuelta…
¡¿Qué coño hacéis vosotros dos aquí?!
Es Rachel, con las bebidas en las manos.
Un gruñido empieza a formarse en su rostro mientras Ella se acerca a su lado y le da una suave palmadita en el hombro antes de coger una de las copas: un colorido cóctel tropical con sirope de tres colores.
—Así que adelante, intenta demandarme.
Yo te contrademandaré por agresión física, y de eso sí tenemos pruebas, a diferencia de tus acusaciones de mierda.
Deberías andarte con más cuidado, a no ser que quieras que te expulsen de Canadá como a tu «mejor amiga» Charlotte.
—espeta Ella con desdén y, con un rápido movimiento de muñeca, le tira la bebida encima a Jessica, que chilla al ver su vestido arruinado.
—¡Zorra!
—grita Jessica, y luego se queda sin aliento cuando Ella le devuelve la bofetada, dedicándole una mirada impasible.
—Tus padres deberían haberte enseñado modales.
Solo les estoy haciendo un favor a ellos…
y a ti.
No te preocupes por ninguna demanda, supongo que ya estamos en paz.
Además, preferiría no malgastar más tiempo de mi vida cerca de un Wickham.
—¡Ella, zorra loca!
¡Hermano, me ha pegado!
¿La has visto?
¡No puedo creer que estuvieras casado con una psicópata!
Mientras Jessica me grita, exigiéndome que la demande o que se la devuelva, Ella se marcha, abandonando la pista de baile y el club con Jacob y Rachel.
Él me dedica una mueca de desprecio, Rachel me hace una peineta mientras se van, pero Ella no se da la vuelta, y yo los veo marcharse con el rostro sombrío.
No era así en absoluto como quería que salieran las cosas.
—¡¿George, me estás escuchando?!
¡Tenemos que devolvérsela!
¡Cómo se atreve a insultarnos de esa manera!
—¡Basta!
—espeto, dándome la vuelta bruscamente y sobresaltando a Jessica hasta hacerla callar—.
¡Cierra la PUTA boca, Jessica!
Es obvio que te has equivocado y tienes suerte de que no te denuncie yo mismo.
—¡George!
—jadea, antes de que su expresión cambie a una de ira—.
¡No puedes ponerte de su parte!
¡Soy tu hermana!
—Lo eres, y me estás avergonzando en público con este espectáculo repugnante, actuando como si todavía estuvieras en el instituto.
Vete al coche.
—¡Pero ha sido ella…!
—He dicho que te vayas al coche —la advierto, con un tono gélido.
Jessica chilla, levanta las manos al aire y se va dando un pisotón, pero al menos se ha marchado.
Me quedo solo en la pista de baile, rodeado de otras parejas que danzan, y miro hacia el lugar por donde se fue Ella, con una expresión cada vez más sombría.
«¿Solo dos meses y ya estás con otro?
¿Era ese tu plan desde el principio?
¡Hay que tener agallas, Ella!».
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