La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 28
- Inicio
- La Heredera Multimillonaria Divorciada
- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 Miente hasta enloquecer
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
28: Capítulo 28: Miente hasta enloquecer 28: Capítulo 28: Miente hasta enloquecer George
La cena termina tarde y me encargo de la cuenta, un par de miles, mientras los demás se adelantan.
Unos cuantos tienen que llamar a un taxi para volver a casa, pero, en general, ha sido una cena exitosa.
Hubo ese pequeño contratiempo con el video, pero no pasó nada.
Yo estaba bien.
Nada que no pudiera manejar.
Allen se me adelanta y, justo cuando estoy a punto de irme, lo oigo hablar con sorpresa.
—Oh, eres…
Rachel, ¿verdad?
—Sí, soy amiga de Ella.
Tú eres…
¿Allen?
¿Sí?
—Sí.
Vi el video, la actuación fue buena —la elogia con torpeza y hago una mueca, dudando si salir del restaurante.
Rachel no es alguien con quien querría meterme nunca, y era capaz de guardar rencor como nadie.
Si salía, probablemente empezaría una pelea.
Aunque estuviera borracha, eso causaría problemas y entonces Ella se vería involucrada.
Es como si ya nunca pudiera decir lo correcto cuando estoy cerca de ella, como si cada una de mis acciones se quedara corta en comparación con lo que pretendo.
La pregunta es, ¿valdría la pena salir mientras ella estuviera ahí fuera?
De cualquier modo, yo llevo a Allen a casa.
—Gracias —el tono de Rachel es insulso; no está de humor para tonterías ni falsas cortesías.
—Yo…
no sabía que Ella tuviera tanto talento.
—Es que estás ciego.
—Bueno, ahora desde luego que lo veo.
Es tan popular ahora que podría hacerle la competencia a Charlotte.
—¡¿Qué demonios dices?!
¡¿Compararla con esa mujer?!
—¡Perdón!
—Allen se echa para atrás—.
Perdón, no es eso…
Quiero decir que tiene talento, quiero decir…
que debería haberla conocido mejor.
Siento no haberlo hecho.
—No quiero oírlo…, no soy yo quien debería oírlo.
—Lo sé, ella ya lo sabe, por eso lo digo aquí.
Es…
un poco tarde para cualquier otra cosa.
Podría haber sido un amigo, pero no lo fui, y es culpa mía.
—…
Bueno —resopló Rachel—.
Tampoco es que estuvieras en posición de hacerlo, y dudo que George hubiera sido amable cuando se portaba como una mierda con su propia esposa.
Y ahora, la calumnia.
Suspiro suavemente antes de girar el cuello, y mis hombros crujen por toda la tensión que acumulan antes de salir.
—Te aseguro que trato bien a mis empleados, Rachel, no es algo de lo que debas preocuparte.
—Ah, o sea que solo tu esposa tuvo que lidiar contigo en tus peores momentos.
—Ja, no tiene sentido hablar contigo.
Si nos disculpas, tenemos que irnos.
Rachel frunce el ceño, pero nos deja marchar.
El rubor de sus mejillas muestra lo mucho que ha bebido, pero es lo bastante inteligente como para no montar una escena.
Allen me sigue mientras me dirijo a mi coche, que está aparcado al final de la calle.
—Señor…
—Ahórratelo, Allen.
No es nada.
—…
¿No te importa?
¿Sabías algo de ella?
—pregunta, pero mi mirada se vuelve gélida.
—No puedo saber las cosas que ella no está dispuesta a contarme —espeto con amargura.
Oigo una burla a mi espalda, pero no le presto atención a Rachel; es obvio que se pondrá del lado de su amiga.
—¡Eh, qué bien, todavía no habéis entrado!
—grita alguien, agitando la mano frenéticamente, y yo reduzco la velocidad, con el humor agriado al ver al Dr.
White bajando por la calle, bolso en mano.
—¿Qué haces?
—sisea Rachel, pasando a mi lado a toda prisa.
—Bueno, hay que mostrar un comprobante de pago antes de entrar, y te has olvidado el bolso en el bar, así que me han mandado a mí por delante —explica Jacob—.
¿Te estaba molestando?
Mira a Allen, luego a mí, y sonrío con desdén.
¿Es que todos los médicos de este lado de Canadá quieren buscarme pelea?
—Estoy bien, no es por MÍ por quien tienes que preocuparte ahora mismo.
Dios, el juramento hipocrático no debería aplicarse aquí —murmura Rachel—.
Quiero pegarle un puñetazo.
—Me parece insultante que sientas la necesidad de hostigarnos cuando no hemos hecho nada —digo con voz arrastrada, incapaz de contenerme mientras ella me fulmina con la mirada.
—Jefe…
—¡Oh, es el colmo que lo digas tú!
¿No hostigaste a Ella por Charlotte cuando ella «no hizo nada»?
—gruñe Rachel, fulminándome con la mirada mientras Jacob cuadra los hombros, listo para intervenir como si fuera YO de quien tuviera que preocuparse.
—«Nada» es una buena forma de describirlo —me burlo.
—Creo que voy a tener que remitirlo al hospital, señor Wickham, en vista de que está diciendo sandeces y además está ciego —dice Jacob inexpresivamente, haciendo que una vena palpite en mi frente mientras aprieto los dientes.
—Siempre ha estado ciego —dice Rachel, restándole importancia—.
Y no creo que podamos ayudarlo.
Renunciaste a lo mejor de tu vida por una zorra mentirosa.
—Charlotte me salvó la vida.
Puede que haya hecho cosas malas, pero aun así se lo debo —la defiendo obstinadamente, aunque no estoy seguro de por qué lo hago, cuando Charlotte ya ha demostrado que no es quien yo creía.
—No entiendo cómo puedes renunciar a una mujer tan maravillosa por una criminal, siendo tú abogado —Jacob niega con la cabeza, como si fuera mejor que yo, mirándome por encima del hombro a mí y a mis decisiones cuando fue decisión de Ella divorciarse.
Cuando fue decisión de Ella marcharse.
Terminarlo.
Renunciar a tres años de matrimonio.
¡Esa fue su decisión!
¡Puede que yo firmara, pero fue todo cosa suya!
—Bueno, supongo que comparto el sentimiento —replico—.
No entiendo por qué estarías interesado en una mujer como Ella.
—¡Cabrón de…!
—¡Rachel!
—Jacob la sujeta por la cintura cuando ella se abalanza, y yo les dedico una mueca de desprecio antes de pasar a su lado, mientras Allen se disculpa frenéticamente.
—¡Más te vale correr!
¡Bastardo sin corazón!
¡Ojalá te mueras!
¡Ella no debería haber malgastado ni un segundo contigo, y mucho menos tres años!
—Eso ha sido demasiado —murmura Allen, inquieto.
—¿Qué?
¿Tú también quieres decir lo que piensas?
Que si soy un jefe horrible, o un marido horrible.
O quizá que tú serías mucho mejor pareja para ella —gruño y él se estremece y retrocede.
—…
Señor, creo que está borracho.
Está empezando a decir sandeces.
Creo que debería conducir yo esta noche —a pesar de su tono tembloroso, Allen extiende la mano para pedir las llaves.
Sostenemos un breve duelo de miradas antes de que meta la mano en el bolsillo y se las lance, caminando con paso firme hacia el asiento del copiloto.
Se suponía que el divorcio no iba a cambiar nada, pero siento que ahora todo es diferente.
No entiendo por qué estoy tan obsesionado con esto, con ella.
¿Es porque Ella era mi esposa o es otra cosa?
—Perdón, con permiso…
Ja, ja, gracias, pero de verdad que tengo que ir a un sitio.
Levanto la vista y ahí está Ella, bajando a toda prisa por la calle.
Unos borrachos le lanzan silbidos lascivos o la alaban por la actuación de esta noche y ella o se ríe, o les da las gracias, o los despide con un gesto, apresurándose.
Sus mejillas están sonrojadas de calor, su blusa ceñida a sus curvas y se ve tan…
viva en este momento, con la luz de la luna suavizando sus rasgos.
Como se veía cuando nos casamos.
Al principio no era infeliz, lo sabía.
Nuestra relación había sido pacífica y cálida hasta que las cosas empezaron a ir mal, pero podríamos volver a tener eso.
Jacob no es nada para ella, como mínimo no es tan exitoso como yo y, si lo que necesita es una cara bonita, sé que la mía le gustaba especialmente.
Si Ella se arrepiente del divorcio, podríamos volver a estar juntos, dejar atrás todas estas poses y peleas.
Si habláramos de ello, entonces…
—¡Rachel, Jacob!
—grita, saludando con la mano, sonriendo, tan feliz de verlos, con los ojos iluminándose al verlo a ÉL, y yo resoplo, aparto la mirada y me dirijo hacia mi coche.
Allen está allí, esperando, suspirando de alivio cuando me ve llegar.
Dejo a los tres atrás.
No hay nada de qué hablar y nada que decir.
Ella
En cuanto veo a George salir del restaurante, pongo pies en polvorosa.
—Mierda, ¿sabes qué?
Creo que me he dejado la tarjeta ahí dentro, voy a volver a por ella —miento.
Rachel, obviamente, no me cree, pero ya me estoy dando la vuelta y regresando.
—Voy contigo…, no deberías volver sola —dice Jacob, preocupado, antes de mirar a Rachel—.
Rachel, ¿podrías…?
—Yo me encargo, no te preocupes.
Mesa para tres, para empezar su tomahawk y tapas de tuétano, ya lo sé.
—¡Vuelvo enseguida!
—grito, alejándome a toda prisa, con Jacob justo detrás de mí.
—Entonces…
¿problemas?
—pregunta Jacob y yo suspiro.
—El tipo de problema con el que no quiero lidiar.
—Me parece justo —se encoge de hombros y deja el tema.
Debo admitir que el gesto hace que me derrita un poco, ya que no insiste, simplemente me deja hacer lo que necesito.
Al volver a entrar en el bar, algunas personas nos saludan y el camarero me hace un gesto para que me acerque, sosteniendo un bolso familiar.
Bueno, parece que no he venido hasta aquí para nada.
—Eh, me alegro de que hayas vuelto.
Tu amiga se ha dejado el bolso.
Iba a guardarlo dentro, pero puedes dárselo tú.
—Gracias…
Oh, vaya, se necesita una tarjeta para reservar mesa —en Milligan’s pusieron esa regla por lo elevados que son algunos de sus precios, sobre todo si pides un vino caro.
—Jacob, ¿te importaría…?
—¿Adelantarme?
Sí, no pasa nada, pero no tardes mucho, ¿vale?
—No tardaré.
Te sigo en tres minutos.
—No te estoy cronometrando —ríe suavemente.
—Sí, pero tengo que ponerme un límite, si no, nunca iré —admito.
Ha habido demasiado drama cada vez que George y yo nos hemos encontrado.
No lo había estado buscando ni nada, pero de alguna manera era como si el destino se estuviera burlando de lo que pasé e intentara juntarnos.
Jacob se va y yo cuento hacia atrás lentamente, demorándome todo lo que puedo antes de darme unas suaves palmaditas en las mejillas y una charla de ánimo.
No pasa nada, estaré bien.
¡Ella Reina puede con un ex terco!
¡Esto no es nada para mí!
Salgo y ya oigo los sonidos de una pelea.
«Bueno, supongo que comparto el sentimiento.
No entiendo por qué estarías interesado en una mujer como Ella».
La voz de George llega desde el otro lado de la calle, alta, y me golpea con la fuerza de un camión, inesperado y doloroso.
Cada vez que pienso que podría haberle importado un comino, va y me demuestra que me equivoco, y que mi creencia inicial sobre lo que pensaba de mí es, en realidad, incluso más baja de lo que esperaba.
Duele, estuvimos casados y piensa tan poco de mí, y yo malgasté gran parte de mi vida en eso.
En él.
Retirarme al bar cuando lo vi por primera vez fue una buena idea, me dio tiempo a calmarme y me enteré de que Rachel había olvidado su bolso.
Mandar a Jacob por delante también fue una buena idea.
Estaba sujetando a Rachel, y podría haberla oído a un kilómetro de distancia de lo fuerte que gritaba.
Creía que ya no me importaba lo que él pensara de mí, pero no es así.
Me estoy mintiendo a mí misma, y lo odio porque me afecta mucho, incluso ahora, y no quiero eso, ¡no quiero que eso me controle!
Pero estuvimos juntos tres años y lo amaba.
Cambié tantas cosas de mí misma por él y él simplemente…
Lo odio.
Odio que una parte de mí todavía se preocupe por él.
Odio que la parte estúpida de mí, la que no se muere y no se rinde…, odio que todavía lo ame.
Aunque sé que no debería.
—¡Rachel, Jacob!
—grito, saludando con la mano, y me acerco a toda prisa ahora que George está al final de la calle y se ha ido.
A pesar de no haberme topado con él, es como si hubiera dejado todo su drama con mis amigos.
—Oye…, por mucho que esté dispuesta a sacarte de la cárcel bajo fianza, él sigue siendo abogado —digo mientras Rachel se debate en los brazos de Jacob.
—¡Lo mataré!
—Por favor, no lo hagas, vales mucho más que eso…
y estoy bastante segura de que para eso hay, como, cosas del hampa —eso me gana un resoplido divertido, pero Rachel sigue pareciendo cabreada, aunque por fin deja de forcejear.
—¿Estás bien?
—pregunta Jacob con preocupación, y yo asiento.
—Sí, solo que…
—veo su coche alejarse, pero no me relajo, y no me siento mejor porque se haya ido—.
Creo que es mejor que me vaya a casa.
—Yo te llevo —dice Jacob, bajando por fin a Rachel ahora que el coche está demasiado lejos para que ella le lance algo.
—No tienes por…
—No pasa nada, os llevaré a ti y a Rachel a vuestras casas —insiste él antes de irse corriendo a por su coche.
Me apetece más estar sola, pero ahora que Rachel no está intentando cometer un asesinato, es obvio que está demasiado borracha para conducir y, la verdad, yo no debería conducir estando tan sensible.
Cuando Jacob vuelve y abre las puertas de su coche, me quedo en silencio mientras ayudo a Rachel a entrar en la parte de atrás y me uno a ella.
—Puedes dejarme en mi casa, Rachel puede quedarse a dormir.
—De acuerdo.
Ten…, sé que te mueres de hambre.
No es mucho, pero…
Me entrega un recipiente de plástico y dentro hay caramelos envueltos en papel encerado, obviamente caseros.
—Los hizo mi madre.
Cuando era pequeño, decidí que quería ser médico o dentista…
Como puedes ver, elegí ser médico, y ella, sin ironía, intenta mandarme al dentista.
Mis labios se curvan hacia arriba ante la historia sorprendentemente dulce mientras pruebo uno de los caramelos.
Dulce.
—Come todos los que quieras.
—Con uno es suficiente.
Guardaré otro para más tarde.
Ya no tengo mucha hambre —no, ya se me ha quitado el apetito.
Jacob no insiste y el trayecto transcurre en silencio.
Entonces, antes de darme cuenta, mis ojos se cierran y apoyo la cabeza sobre la de Rachel.
Es como si estuviéramos de vuelta en la universidad, antes de que todo se complicara demasiado.
Salía a beber con Rachel y luego el conductor designado nos llevaba a casa y yo le pagaba con comida para llevar, y nos quedábamos dormidas juntas en el asiento trasero.
Me despierto cuando Jacob me sacude suavemente el hombro.
Rachel sigue dormida, pero él me ayuda a meterla en casa y uno de los guardias de seguridad tiene la amabilidad de subirla hasta mi habitación.
—Gracias por llevarnos.
—Claro, no te preocupes por eso —me tranquiliza.
Nos quedamos en silencio un momento, solo mirándonos—.
¿Me tendrías en cuenta?
Solo…
piénsalo.
Sé que lo pregunta por George, porque ese hombre es mi ex y la gente vuelve con sus ex todo el tiempo.
Sé que es porque se preocupa; sus ojos son amables, pero también hay lástima en ellos, como si yo no pudiera protegerme de George.
El caramelo que tengo en la mano se deforma bajo mi agarre.
—Lo haré —tengo que hacerlo—.
Estaré bien, Jacob, no tienes que preocuparte por eso.
Gracias y buenas noches.
—…
Buenas noches, Ella.
Lo veo marcharse, con su mirada como una promesa, y quiero suspirar y derrumbarme o gritar y llorar, pero al mismo tiempo, no quiero.
La antigua Ella solía llorar cuando George salía con Charlotte y se olvidaba de ella, se esforzaba tanto por hacer todo bien y él solo le sacaba punta a todo.
Ya no quería ser esa Ella, pero estos sentimientos, Jacob, George, lo estaban haciendo más difícil de lo que jamás pensé que sería.
A la mañana siguiente llegué al trabajo, temprano y agotada, con un café aún más grande que la última vez.
Y pensar que apenas ayer había sido una orgullosa propietaria de un hospital que renovaba la plantilla.
Ahora me sentía un poco como una vieja gloria hastiada.
—Ahí estás —dice Sara, viniendo a mi encuentro, puntual como siempre, con su nueva tarjeta de identificación brillando en su pecho—.
Tienes que echar un vistazo a esto.
Tomo las carpetas y empiezo a hojearlas antes de ver algo que hace que mi expresión se ensombrezca.
Voy a MATAR a alguien.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com