Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 38

  1. Inicio
  2. La Heredera Multimillonaria Divorciada
  3. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 Posesiones y demás cosas que requieren permiso
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

38: Capítulo 38: Posesiones y demás cosas que requieren permiso 38: Capítulo 38: Posesiones y demás cosas que requieren permiso Ella
—¡Basta, George, basta!

—lo aparto de un empujón, odiando mi sonrojo por haber disfrutado de la presión de sus labios y su toque apasionado como si él pudiera…, como si me deseara.

No voy a caer en su juego, me niego.

La única razón por la que me quiere ahora mismo es porque está celoso de que no se le permita tenerme.

De que me estoy negando a él.

Su interés tiene un límite.

No voy a entregarle mi corazón solo porque lo exija.

—Estás disfrutando de esto —murmura, inclinándose de nuevo hacia mí, pero me mantengo firme en mi decisión y no le permito acercarse más.

—Sea como sea, no lo quiero.

Creía que habías dicho que me respetabas.

Ante eso, hace una pausa y se aparta.

Espero mientras él, obviamente, sopesa sus opciones.

Finalmente, suspira y se aleja del todo, dejándome con una sensación de frío, casi de tristeza, pero no.

No, no puedo ser tan débil ni ceder.

He aprendido la lección, ¿o no?

—Bien.

De todas formas, todavía te estás recuperando.

Haré que una de las criadas te traiga el postre.

—Tomaré el postre en casa.

No necesitan tomarse toda esa molestia, ni hay ninguna razón para que me quede más tiempo.

—Come y te llevaré a casa, es obvio que necesitas descansar un poco más.

Por mucho que odie estar de acuerdo con él, George tiene razón.

No estoy en mi mejor momento y todavía sentía náuseas por haber bebido tanto en la conferencia.

No era mi intención emborracharme tanto, pero verlo allí, defendiéndome después de todo, simplemente…

Estaba tan furiosa.

Después de todas las veces que necesité que me defendiera, que estuviera de mi lado, ¿y elige este momento?

¿Justo cuando era perfectamente capaz de encargarme de Elías y su gente por mi cuenta?

Parecía una broma de mal gusto, así que me había tomado una copa para calmar los nervios.

Ahora que no estoy tan estresada, puedo ver que aquellos hombres me habían estado enviando copas con malas intenciones y que George me había hecho un favor al llevarme a su mansión, a pesar de que era una PÉSIMA IDEA que yo estuviera aquí.

Al menos con él, aunque es insistente, sí que me respeta como persona y mi capacidad para elegir lo que quiero, aunque discutiéramos sobre dichas elecciones.

Esto era lo más cerca que habíamos estado desde el divorcio y, a la vez, la vez que menos y más antagónicos hemos sido.

Mi teléfono está en la mesita de noche y tiene batería suficiente para llamar a alguien que me recoja, pero esto se parece demasiado a la situación de «te has acostado con tu ex».

Mi familia vendría a por mí, pero no quiero tener esa conversación en absoluto.

No son los mayores admiradores de George y solo les causaría un drama y una preocupación innecesarios.

—De acuerdo, tomaré el postre, pero volveré a casa justo después.

—Qué prisa por irte.

Esta solía ser tu casa.

—Estamos divorciados, esta ya no es mi casa.

—¿Tanto miedo te da quedarte?

¿Qué, crees que pasar tiempo conmigo hará que te vuelvas a enamorar de mí?

—espeta con sorna.

¡Arrogante!

—Me sorprende que Charlotte no se haya mudado ya —digo con terquedad.

—Pareces obsesionada con ella, teniendo en cuenta la frecuencia con la que la mencionas —señala George con amargura, y yo resoplo.

—¿Yo, obsesionada con ella?

¡Cuando fuiste tú el que…!

No…, no, no voy a seguir con esto.

—¿Seguir con qué, inventando delirios y mentiras?

Que si Charlotte esto, que si Charlotte lo otro.

¿Estabas tan celosa que tuviste que convencerte de cosas que no ocurrieron?

—Quizá creería otra cosa si mi marido hubiera pasado más tiempo con su esposa que con otra mujer —digo con falsa dulzura, y George se tensa al oírlo.

—Eso no fue lo que pasó.

—¿Ah, no?

George, la llevaste a más cenas y gastaste más dinero en ella que el que jamás gastaste conmigo.

¿Sabes lo doloroso que fue que invitaras a salir a otra mujer y la trataras mejor que a tu propia esposa mientras yo estaba en casa, esperando a que volvieras?

Odio esto.

De verdad que lo odio, el control que este hombre todavía tiene sobre mí, los sentimientos que no han desaparecido, su hermoso rostro mirándome, y yo deseando algo que es tan MALO para mí, aunque sé que no debería.

—Al menos yo creía en nosotros como pareja…

—murmura él.

—Claro que creí en ti, durante tres años creí en ti, confié en ti, y luego, cuando tuve ese accidente de coche que Charlotte fingió, le diste a ella los mejores cuidados, todo tu tiempo y atención, mientras yo me despertaba esposada a una cama en urgencias, para luego ser interrogada y abandonada en una celda ¡toda la noche!

—Ella…

—Y luego, cuando llego a casa, todo es: «pobre Charlotte, estabas tan celosa, ¿cómo pudiste hacerle daño?

Tienes que ser mejor que esto, Ella».

Mi tono es burlón, pero George parece a punto de consolarme, así que me levanto rápidamente y me alejo.

Me tambaleo un poco, todavía mareada y con resaca, pero consigo mantener una fachada de fortaleza.

—No quiero amarte, George Wickham —digo con énfasis.

—…Así que todavía me amas.

Quiero gritar.

Quiero montar una escena, lanzarle la horrible lámpara de la mesita de noche de la que nunca me dejó deshacerme.

Hacer pedazos los estúpidos cuadros que su madre envió y que parecían pertenecer a una zanja.

—Yo amaba al hombre con el que me casé, ese hombre está muerto y lo ha estado durante un tiempo.

A ti…, a ti te odio.

Él se levanta rápidamente, dolido y furioso, y por un momento de verdad creo que estamos a punto de estallar en la mayor pelea que jamás hayamos tenido, pero de repente, llaman a la puerta.

—¿Un mensaje para la invitada?

—pregunta alguien, y ambos miramos, haciendo una pausa, respirando, y después de un instante, George camina hacia el otro lado de la habitación y abre la puerta.

Asusta a la criada, pero no se va, solo se hace a un lado para que ella pueda entrar.

—Señorita Ella, de verdad está aquí.

No creí a los demás cuando cotilleaban sobre ello.

—Hola, Rosemary —la saludo, mi expresión se suaviza mientras entra.

Un rostro familiar y amable es una agradable sorpresa que no esperaba.

Una parte de mí casi esperaba que George despidiera a las criadas después de nuestro divorcio.

Siempre se habían mostrado comprensivas conmigo por el trato de George, pero su sueldo venía de él, aunque yo firmara los cheques.

No podían hacer mucho más que apoyarme en silencio.

—¿Decías que tenías un mensaje?

—Ah, sí.

La señorita Rachel llamó hace un rato, buscándola.

Parecía preocupada y quiere que vuelva a casa tan pronto como le sea posible.

Eso…

eso es bueno.

Rachel sabe dónde estoy.

Se enfadaría porque he acabado aquí, pero más con George que conmigo, y, como mínimo, no tendría que pasar más tiempo con él del necesario.

—De acuerdo, gracias por decírmelo.

Me saltaré el postre entonces y volveré a casa de inmediato…

Ya sabes cómo es Rachel.

Miro a George, que parece molesto, pero no puede rebatir mi argumento.

Rachel irrumpiría en su mansión, echando chispas, si no vuelvo a casa, lo que significa que ya no puede retenerme aquí con excusas o argumentos débiles.

—Bien —espeta como si le doliera físicamente—.

Rosemary, haz que alguien traiga el coche al frente para que pueda llevarla a casa.

—De acuerdo, señor.

—Rosemary me dedica una mirada amable antes de marcharse a toda prisa.

Ojalá pudiéramos hablar más, pero tengo que irme y aprovechar esta oportunidad tal como es.

Me muevo por la habitación, buscando el vestido de anoche, pero no está por ninguna parte.

—¿Qué estás haciendo?

—Busco mi vestido.

¿Dónde está?

—Ella, tienes un armario lleno de ropa, usa esa —suspira George, acercándose a dicho armario, abriendo la puerta y mostrando que sí, que allí están todos mis antiguos conjuntos, desde mis pantalones de yoga y jerséis cortos hasta mis vestidos para las fiestas de té de la tarde.

—No, gracias.

Aunque agradezco el pijama que me has prestado, me gustaría que me devolvieras mi vestido, por favor —digo, lo más educadamente posible.

—Ya no está, me deshice de él.

—¡¿Qué?!

No era tuyo para que te deshicieras de él.

—Estaba roto.

Su excusa barata hace que lo fulmine con la mirada.

—Roto o no, era mío.

No tienes derecho a decidir qué hacer con mis posesiones.

¿Quién dice que no lo tiraste simplemente porque no era de tu gusto?

—Es solo ropa, Ella, ponte la que dejaste aquí —espeta él.

—¡Si no tuviera tanta importancia, entonces no habrías tocado mi vestido!

—Ah, ¿así que ahora te importa lo que vistes?

—¿Ahora a TI te importa lo que visto?

—me burlo, negándome a dejar que gane esta discusión—.

Estamos divorciados, dejé atrás todo lo que me compraste, así que esos vestidos son tuyos.

No me sientan bien para nada, ya no soy tu esposa ama de casa.

—Menudo carácter para alguien que decía que le gustaban esos vestidos.

—Eran de los pocos regalos que me hiciste.

George no tiene nada que decir a eso, casi como si no supiera qué responder, y yo resoplo, pasando a su lado de un empujón para meterme en el armario.

No puedo volver a casa en pijama, pero detesto dejarle ganar, así que, en lugar de la ropa que él me compró, busco en los rincones más lejanos del armario donde encuentro un jersey navideño que había comprado para mí antes de que me dijeran que no era apropiado para la fiesta, y una falda que había traído conmigo que me quedaba pequeña pero que nunca tiré.

George se burla de mis acciones, pero no dudo en ponerme ninguna de las dos prendas, aunque la falda me aprieta demasiado y el jersey se adelanta tres festividades.

Luego, cojo mi bolso y mi teléfono y salgo de allí con paso decidido.

—¿Adónde vas?

Te llevo a casa —dice George en voz alta, siguiéndome, pero me niego a bajar el ritmo.

—Voy a llamar a un taxi.

Puede llevarme a casa perfectamente y, francamente, viendo cómo ha ido cada conversación que hemos tenido desde nuestro divorcio, no quiero que sepas dónde vivo…

¡George!

Chillo cuando me levanta en brazos, pataleando y agitándome, tratando de obligarlo a que me suelte, pero él ignora mis protestas y me lleva el resto del camino hasta su coche, casi arrojándome en el asiento del copiloto.

—Te llevo a casa.

—¡De ninguna manera!

—O te llevo a casa o no sales de esta mansión.

Abro la boca para discutir.

—¡Me lo debes!

¿¡Cómo se atreve!?

—Ella, anoche estabas completamente borracha y podría haber pasado cualquier cosa.

Sé que no estamos en…

los mejores términos —corrigió, como si no acabáramos de estar a punto de llegar a las manos por nuestra relación—.

Pero al menos acepta que me importa de verdad lo que te pase.

Es cierto, por muy reacia que sea a admitir que a George le importo lo más mínimo después de todo.

A pesar de lo frío que es, no es un hombre sin corazón y tiene más moral que la mayoría de los hombres de esa conferencia que se habrían aprovechado de mí.

Recuerdo que casi tuvimos intimidad cuando estaba borracha, y que nos besamos no hace mucho.

De verdad le importa.

Quizá siempre lo hizo de la manera equivocada, era demasiado cerrado y egocéntrico para que pudiéramos tener una relación de verdad, pero sí que se preocupa a su manera, a lo George.

Y sí que lo asusté, dado que tuvo que llevarme a un lugar relativamente seguro donde mi única preocupación era cometer el error de volver con mi ex en lugar de dejar que otra persona tomara esa decisión por mí.

—Está bien, pero solo me dejarás en la calle donde vivo.

—De acuerdo.

Y ese es el fin de esa discusión.

Dejo que cierre la puerta y ambos guardamos silencio mientras él se desliza en el asiento del conductor y yo introduzco el nombre de la calle en su teléfono.

A pesar de haber cedido a sus exigencias, George sigue pareciendo de mal humor, mientras que yo no tengo nada más que decir.

Quizás está molesto porque no cedí a sus encantos y no me acosté con él.

El sexo entre nosotros siempre había sido…

placentero.

Sin embargo, no estoy segura de por qué está tan obsesionado conmigo cuando tiene a Charlotte.

Ella todavía tiene innumerables admiradores a sus pies que se mueren por tener una oportunidad con ella.

Sé que ella también sigue ansiosa por estar con George.

Quiero preguntarle por su bebé, cómo les va la vida ahora y por qué me persigue a mí cuando tiene a Charlotte para calentar su cama, pero no me atrevo.

No me corresponde preguntar algo así.

De repente, George me coge la mano, su agarre es suave y se me corta la respiración.

Él no aparta la vista de la carretera, pero el contacto se siente demasiado delicado y frágil después de todo lo que acaba de suceder hace apenas unos instantes en su mansión.

—¿En qué estás pensando?

¿Y cómo se supone que voy a responder a eso?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo