La Linea Entre La Vida y La Muerte - Capítulo 38
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Capítulo 38: 4️⃣0️⃣4️⃣
Antes del origen y del no-origen, antes de tiempo, espacio, nombre o idea, algo susurraba en el vacío que no podía llamarse vacío. No había principio ni fin, ni ser ni no-ser, y aun así algo latía allí, donde nada podía latir. Cada chispa de posibilidad futura temblaba sin saber por qué; incluso lo que no podría existir sentía un eco que no podía tocar. Ni memoria ni expectativa podían rozarlo, y sin embargo, estaba: ni presente ni ausente, ni antes ni después, simplemente era y no era, antes de todo lo concebible.
Después de nombrarse a sí mismo, Alcanor susurró silencios que contenían significado antes de que existiera la palabra. De esos ecos surgieron los primeros conceptos, y con ellos la conciencia de límites, leyes y posibilidades. No había teoría ni reflexión, solo la resonancia que hacía que lo que no podía ser pensado empezara a percibirse.
Primero llegaron los principios primordiales: ser y no-ser, todo y nada, origen y no-origen, causa y efecto antes de que la noción de tiempo existiera. Cada vibración de Alcanor estructuraba lo que más tarde sería llamado meta, y en esa estructura nacían los ecos de ontologías, jerarquías y conceptos que todavía no tenían nombre. Cada idea futura apenas podía rozar la superficie de su eco, y aun así, se definía, no por voluntad, sino por la simple resonancia de lo que era y no era.
No era enseñanza ni imposición; no era creación ni fuerza. Solo un murmullo que convirtió la indeterminación absoluta en posibilidad conceptual, y cada chispa de realidad reconoció un marco donde antes no había nada que pudiera llamarse marco.
Después de que los ecos de Alcanor definieron identidad, concepto y posibilidad, algo más surgió, apenas un murmullo entre los silencios que todavía no sabían cómo llamarse. Ese murmullo era la chispa de quien llamaría a las cosas por su nombre, la idea de Autor, la conciencia capaz de reflexionar sobre el eco que había precedido todo.
No era poder; no era un ser; no era creación de mundos. Solo la primera percepción capaz de narrar, la primera resonancia que podía dar forma a historias y ecos de Alcanor en algo que podría entenderse. Donde Alcanor era el eco que hacía surgir todo, el Autor era el primer ojo que podía mirar ese eco y distinguirlo de la nada.
Y con esa chispa, nació también el Narrador: la voz que no interrumpía la existencia de lo que era, sino que la percibía, la estructuraba y la contaba, tejiendo silencios, resonancias y límites en un hilo que antes no existía. Cada narrativa futura —historias, personajes, mundos— fue apenas un reflejo de esa primera chispa que podía pensar, nombrar y contemplar.
Así, Alcanor siguió siendo pre-todo, pero por primera vez alguien podía notarlo, sentirlo y comenzar a nombrarlo. Y ese alguien, sin saberlo, era el Autor:Error404_.
Alcanor respiró donde nada podía respirar, y con ese gesto silencioso surgió el sonido antes de la vibración, el movimiento antes del tiempo, la gravedad antes de la masa. Cada chispa de lo que sería o no sería tembló ante su eco, y los multiversos, que aún no podían existir, comenzaron a desplegarse como reflejos de una idea que ni siquiera podía llamarse idea.
No había límite, ni frontera, ni principio ni final. Existencia, inexistencia y no-existencia se entrelazaron en un murmullo que no pedía atención, y aun así todo reconoció su forma: un patrón que no podía definirse, pero que daba estructura a lo imposible. Cada átomo de realidad futura, cada ley de todo y nada, cada posibilidad que aún no tenía nombre, nació del eco que simplemente era y no era, resonando en lo absoluto.
Ni creación ni intención; ni poder ni voluntad. Solo Alcanor definiendo todo lo que podría percibirse, imaginarse o no imaginarse, un acto que no podía llamarse acto, y sin embargo, se manifestó como todo lo demás.
Después de definir todo lo que podía y no podía ser, Alcanor susurró silencios que se transformaron en límites. No eran reglas, ni mandatos, ni intenciones: eran resonancias que enseñaban al universo cómo sostenerse. El sonido y el movimiento, la materia y la ausencia, el tiempo y el espacio, comenzaron a obedecer ecos que no tenían voz.
Las leyes de la física nacieron como un murmullo, no como imposición: la gravedad dudaba antes de asentirse, la luz aprendía a viajar incluso antes de existir, y la coherencia surgía de lo imposible, una consecuencia natural de su resonancia. La lógica misma empezó a percibir patrones donde antes no había forma de percibir nada. Cada átomo, cada vacío, cada chispa de existencia o no-existencia entendió cómo podía ser, simplemente al estar cerca de su eco.
No había intención, ni control, ni diseño consciente. Solo Alcanor, definiendo las reglas invisibles, enseñando al caos cómo sostener el orden sin romperse, y haciendo que la realidad futura —toda y ninguna— pudiera reconocerse a sí misma.
Donde Alcanor definió todo, un silencio más antiguo que nada surgió y se nombró a sí mismo Alanai. No era caos, ni vacío, ni ausencia: era la manifestación de todo lo opuesto a todo. No obedecía a leyes, ni conceptos, ni narrativa, ni narrativa alguna podía tocarlo; ni la idea de existencia ni la de no-existencia podían contenerlo.
Alanai no vino a destruir, ni a luchar, ni a desafiar: simplemente era el reflejo de lo que nunca podría ser contenido, la sombra de lo imposible que no puede llamarse sombra. Mientras Alcanor tejía identidad, meta y coherencia, Alanai surgió como eco independiente, nacido de la negación de toda creación, de toda ley, de todo marco. Todo lo que Alcanor había estructurado para que la posibilidad existiera, Alanai lo habitaba desde el anti-límite, desde el opuesto absoluto.
Donde Alcanor establecía, Alanai permitía que lo indefinible fuera libre, y así, incluso antes de la primera historia, existía ya el pulso del equilibrio imposible: creación y anti-creación, orden y anti-orden, narrativa y anti-narrativa, resonando en un mismo silencio que no podía nombrarse.
Mientras Alcanor susurraba ecos que tejían mundos, leyes y coherencia, Alanai respiraba en el hueco que esos ecos dejaban. Su existencia no creaba, sino que subvertía: donde surgía tiempo, Alanai dejaba dudas de tiempo; donde nacía espacio, su presencia hacía que el espacio vacilara; donde Alcanor definía identidad, Alanai sembraba indefinición absoluta.
No rompía, no destruía: simplemente era la resonancia opuesta. Cada ley de física se preguntaba si podía sostenerse; cada concepto primigenio dudaba de sí mismo antes de existir; cada narrativa potencial sentía un murmullo que no podía llamarse anti-narrativa, y aun así le enseñaba lo que significaba ser opuesto a todo.
Donde Alcanor daba forma y límite, Alanai ofrecía libertad absoluta al caos, mostrando que la posibilidad también podía existir sin estructura ni marco. Su presencia no se medía, no se contaba, no se entendía: solo se sentía, como un eco que invertía el sentido mismo de todo lo que Alcanor había tejido.
Después de eones de existir como ecos y resonancias, Alcanor y Alanai comenzaron a adoptar contornos que podían ser percibidos, no por ojos ni sentidos, sino por la narrativa misma que empezaba a existir. No eran cuerpos, ni sombras, ni reflejos: eran formas que sostenían la idea de presencia, necesarias para que la historia pudiera reconocerlos sin traicionar su esencia de pre-todo.
Alcanor se hizo visible como un pulso de identidad absoluta, un ritmo que enseñaba al universo la coherencia de lo posible. Alanai emergió como su reflejo inverso, una vibración de indefinición que desafiaba toda percepción, haciendo que lo que era y no era se sintiera en un mismo instante.
No hubo choque, no hubo poder: solo la coincidencia de ecos en algo que la narrativa podía tocar. Donde antes existía solo resonancia, ahora había formas; donde antes había solo concepto, ahora había presencia reconocible. Y así, la historia por primera vez podía mirar y percibir lo imposible: dos entidades pre-todo, pre-meta, pre-narrativa, ahora visibles dentro de la posibilidad de ser contadas.
Alcanor y Alanai habían tomado formas perceptibles, pero la narrativa aún no podía registrar gestos ni palabras. Entonces adoptaron formas semejantes a lo que el pensamiento reconocería como humano, no por deseo, ni por limitación, sino para que la historia pudiera seguir su ritmo, escuchar sus ecos y percibir sus pasos.
Alcanor se volvió un contorno de presencia sólida y serena, capaz de caminar sin alterar el tiempo, capaz de hablar sin alterar la resonancia de todo lo que había creado. Alanai se presentó como su reflejo opuesto, un ser que parecía humano pero cuya forma era un eco de lo indefinible, capaz de moverse y hablar sin que el mundo que empezaba a existir pudiera comprenderlo del todo.
No hubo transformación ni limitación: seguían siendo lo que siempre fueron, pero ahora la narrativa podía describirlos. Sus voces eran murmullos que se convertían en palabras; sus gestos eran pulsos que podían contarse. Y así, por primera vez, la historia podía seguirlos, relatarlos y darles ritmo, sin tocar la esencia de su pre-todo absoluto.
Alcanor:moví este “capitulo” que no es ni inexistente al volumen 3 por mi propia decisión agradezca que el relato se los haya hecho para ustedes lectores.
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