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La Luna Despreciada - Capítulo 10

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10: El día 10: El día —¡Mátala…

mátala!

El grito proveniente del patio despertó bruscamente a Sofía.

No había dormido en toda la noche porque su muerte no dejaba de aparecer ante sus ojos, y justo cuando el agotamiento casi la había vencido, los gritos furiosos de la manada la devolvieron de golpe a la realidad.

A través de la pálida luz que se filtraba por la ventana enrejada, supo que había amanecido.

La mañana.

El día de su ejecución.

El fuerte chirrido del metal la hizo estremecerse.

La puerta de la celda se abrió con un gemido de sus bisagras.

Dos guardias entraron y la levantaron bruscamente con un agarre tosco.

—Levántate —ladró uno.

Sus rodillas flaquearon, su cuerpo estaba débil, pero a ellos no les importó.

La arrastraron fuera de la celda y a través del frío y estrecho pasillo.

Cuanto más se acercaban al patio, más fuertes se volvían las voces.

Cuando salieron, la escena hizo que se le oprimiera el pecho.

Cientos de lobos se habían reunido, con los ojos clavados en ella con rabia y asco.

El rugido de la multitud sacudió el aire mientras coreaban «¡Mátala!

¡Mátala!».

Y entonces lo vio.

En el centro del patio había una plataforma elevada de madera.

Sobre ella descansaba un pesado tajo y, a su lado, el verdugo: su enorme figura envuelta en negro, un hacha reluciendo en sus manos.

A Sofía se le cortó la respiración.

Era el fin.

Era el fin.

El fin de todo lo que alguna vez había soñado.

Mientras los guardias la arrastraban hacia adelante, su mente divagó.

Pensó en la niña que una vez fue, la niña que soñaba con ser amada, con encontrar un día a su pareja y ser apreciada como en las historias que leía.

Solía escabullirse en el bosque por la noche, inclinar la cabeza hacia las estrellas y susurrarle a la Diosa Lunar, preguntándole si alguien en algún lugar la consideraría alguna vez suficiente.

Pensó en Damien.

El chico que una vez creyó que era la respuesta a esas plegarias.

Había soñado con estar a su lado cuando se convirtiera en Alfa, con ser su Luna, no así…

no como la chica odiada y condenada a morir bajo su mandato.

Le dolía el pecho.

Había soñado con una familia, con cachorros propios y con risas en un hogar al que perteneciera.

Pero ahora, el único sonido que la esperaba era el de la multitud que pedía su sangre a gritos.

Sus sueños habían sido sencillos.

Ser amada.

Ser vista.

Vivir.

Y ahora, todos y cada uno de ellos serían enterrados aquí, en este escenario, bajo el golpe de un hacha.

Sus piernas temblaron débilmente, pero los guardias tiraron de ella hacia adelante.

Quería llorar…

suplicar…

decirles que era inocente, pero se dio cuenta de que había perdido la voz, y parecía que sus lágrimas se habían secado, pues no derramó ni una sola.

Mientras la arrastraban, forzó la vista hacia arriba.

En la primera fila, el rostro de Lady Cara estaba desfigurado por el dolor y el odio.

Los labios de su madre se movieron.

Gritó, más fuerte que todos los demás: —¡Mátala!

¡Mátala ahora!

El pecho de Sofía se heló.

Miró a aquella mujer y no supo qué sentir.

¿Era esa realmente su madre?

¿La mujer que la vistió de niña, que una vez la apreció?

Ahora esa mujer la quería muerta.

A Sofía se le revolvió el estómago.

No podía entender cómo la misma mujer podía amar a una hija y desear la muerte de la otra.

Su mirada se desvió hacia su padre.

El Beta Stephen permanecía muy quieto.

Su rostro parecía vacío, como una máscara.

No gritaba.

No lloraba.

Solo observaba.

Sofía vio algo en sus ojos, algo parecido al arrepentimiento, como si no supiera qué hacer.

Por un instante se preguntó si se levantaría, si hablaría, si detendría aquello.

Pero no lo hizo.

El corazón de Sofía martilleaba.

Tenía la boca seca.

Quiso gritarle: «Padre, no dejes que hagan esto».

Pero no emitió ningún sonido.

Al borde de la multitud, Damien se erguía.

La observaba como una estatua.

Tenía el rostro duro.

Sus ojos verdes carecían de emoción.

Sofía lo miró y sintió cómo todos los viejos recuerdos acudían en tropel: las risas, el entrenamiento, los momentos de tranquilidad.

El verdugo dio un paso al frente.

Levantó el hacha y la sostuvo en alto para que todos pudieran ver la hoja brillar con la luz de la mañana.

Sofía tragó saliva.

Le temblaba todo el cuerpo.

Pensó en todas las cosas que había deseado en la vida —cosas sencillas— y en cómo ya nunca ocurrirían.

Los pies de Sofía se arrastraban por los escalones de madera mientras los guardias la subían al escenario.

El cántico de la multitud resonaba en sus oídos como tambores de muerte.

Los ojos de Damien seguían cada uno de sus pasos.

Apretó la mandíbula y los puños.

Se suponía que esto era justicia, pero ¿por qué sentía como si le estuvieran desgarrando el pecho?

«Esto es justicia», se dijo a sí mismo.

«Mató a Lola.

Se lo merece».

Pero entonces Lucas, su lobo, aulló en su interior.

—¡Recuerda!

—gruñó el lobo—.

Recuerda el rostro que viste anoche en el bosque.

El que se parecía a Lola.

¿Acaso estás tan ciego que vas a permitir que esto ocurra?

¡Idiota!

¡Piensa!

Damien giró la cabeza bruscamente por un momento.

Su mente lo revivió: el pelo oscuro, una figura familiar, la forma en que su corazón se había detenido cuando creyó ver a Lola subiendo a ese coche.

—No…

—susurró para sus adentros, negando con la cabeza.

Su visión se nubló por un instante y, cuando parpadeó, ya no podía ver con claridad.

El rostro de ella había desaparecido.

Ya ni siquiera sabía qué era real.

En el escenario, uno de los guardias sacó un paño negro y se lo ató con fuerza sobre el rostro a Sofía, cubriéndole los ojos.

La oscuridad engulló su mundo.

El juez dio un paso al frente, y su voz profunda retumbó por todo el patio.

—Sofía Stephen.

Has sido declarada culpable del crimen de asesinar a tu hermana, Lola Stephen, al empujarla hacia su muerte.

Por el juicio de este consejo y la ley de la Manada de la Luna Llena, eres sentenciada a morir.

Las rodillas de Sofía flaquearon en el momento en que la obligaron a arrodillarse.

Su cuerpo se desplomó como una muñeca de trapo, temblando tanto que los guardias tuvieron que empujarla para colocarla.

La fría piedra se clavó en su piel, y su mejilla raspó contra la áspera veta del tajo.

El verdugo se acercó, su hacha brillando mientras la alzaba.

A Sofía le ardían los pulmones mientras inhalaba profundamente.

Intentó recordar algo bueno, cualquier cosa buena, antes de su muerte.

Pero cada buen recuerdo —cada risa, cada momento cálido— estaba ligado a Damien.

El chico que una vez prometió protegerla.

El chico al que había amado toda su vida.

—Hazlo —ordenó el juez.

El hacha se movió en las manos del verdugo.

La multitud rugió con más fuerza.

Y entonces…

—¡ALTO!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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