La Luna Despreciada - Capítulo 102
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Capítulo 102: Molesto
El aire de la habitación pareció desvanecerse. El rostro de Alaric se tornó verdaderamente feral, y sus pupilas se dilataron hasta que sus ojos quedaron casi completamente negros.
—¿Sofía Stephen? —rugió, y el sonido hizo vibrar hasta las tablas del suelo—. ¡Muy bien! ¡Has ganado!
No perdió ni un segundo más. Le agarró los muslos, echándoselos hacia los hombros hasta dejarla completamente abierta y, con una embestida brutal y territorial, se hundió en ella.
La cabeza de Sofía se estrelló contra el escritorio mientras soltaba un gemido largo y quebrado. —¡Sí! ¡Oh, dios, sí!
La estaba estirando, llenando cada uno de sus recovecos con un calor casi insoportable. Alaric no tuvo miramientos; empezó a follarla con una intensidad violenta y rítmica, y sus caderas chocaban contra las de ella con un sonido atronador. La estaba marcando de dentro hacia afuera, cada embestida era una orden silenciosa para que olvidara el nombre de cualquier otro hombre. Sofía gimió, enroscando las piernas alrededor de su cintura mientras él la embestía con más fuerza y profundidad.
Alaric la levantó bruscamente del escritorio. Sus piernas eran como gelatina, temblaban con tal violencia que apenas podía sostenerse. No la dejó descansar. La hizo girar, obligándola a inclinarse sobre la mesa de caoba, con las palmas de las manos planas contra la madera.
Se colocó detrás de ella, presionando su pecho contra la espalda de la mujer, y volvió a hundirse en su interior por detrás. A Sofía se le escapó un grito ahogado, y sus dedos arañaron el escritorio mientras echaba las caderas hacia atrás para recibirlo, con el cuerpo actuando por puro instinto.
—¡Dilo! —siseó Alaric, enredando una mano en su cabello y echándole la cabeza hacia atrás para morder la sensible curva de su cuello—. ¡Di que no serás de nadie más!
Pero Sofía solo respondió con un gemido.
Frustrado, la folló hasta que se le anegaron los ojos, con la visión borrosa mientras él la martilleaba con una fuerza bruta y primigenia. La fricción era increíble; su flujo se mezclaba con el líquido preseminal de él hasta que cada deslizamiento de su miembro era una sensación húmeda que la anegaba por completo.
Alaric se recostó en su pesado sillón de ejecutivo de cuero, con la respiración entrecortada en jadeos. No la soltó. La agarró por la cintura y tiró de ella hasta sentarla en su regazo, de cara a él.
Sofía se hundió sobre él, con los ojos en blanco mientras él la llenaba hasta el fondo en la nueva postura. Enroscó las piernas alrededor de su cintura, con su culo redondo apoyado en las grandes palmas de él, y empezó a ondular las caderas, restregándose contra él con un hambre que igualaba la suya. Alaric gruñó, con los dedos hundiéndose profundamente en la suave carne de las nalgas de ella, mientras comenzaba a embestir hacia arriba, respondiendo a cada movimiento descendente del cuerpo de la mujer con una fuerza que hizo crujir el sillón.
De repente, Alaric se levantó del sillón, con sus poderosos muslos tensándose mientras levantaba a Sofía con él sin romper su conexión en ningún momento. La llevó a zancadas hasta el lateral del escritorio, aprisionando su espalda contra la fría madera. Antes de que ella pudiera recuperar el aliento, él le enganchó una de sus bien formadas y pesadas piernas sobre su ancho hombro, obligándola a abrirse de par en par de un modo que la hizo gritar de la sorpresa.
En esa postura, él podía embestir hacia arriba con un ángulo más profundo y castigador. La martilleaba, y sus caderas golpeaban su culo redondo con un sonido como el de un latigazo.
—Mírame —ordenó, mientras su pulgar atrapaba una lágrima en la sonrojada mejilla de ella al tiempo que él tocaba fondo en su interior una y otra vez—. Dime que me sientes en tu alma, Sofía. Dime que ya no hay sitio para nadie más.
Sofía solo pudo jadear, con los dedos clavados en los fibrosos bíceps de él, mientras la pura profundidad del hombre hacía que su visión se tambaleara. Sentía cada centímetro de su grueso y venoso miembro estirándola hasta su límite absoluto.
La apartó del escritorio, manteniéndola de pie, pero la hizo girar para que se encarara de nuevo al espejo dorado. La obligó a inclinarse hacia delante, con las palmas planas contra el frío cristal, observando su propio reflejo mientras él la penetraba por detrás una vez más.
La estampa era primigenia. Él la rodeó, sus grandes y callosas manos le cubrieron los pechos, apretándolos con un ritmo brusco al compás de sus embestidas. Verse enterrado en lo más profundo de ella —con el color morado oscuro de su miembro desapareciendo en sus pliegues empapados y enrojecidos— llevó a Alaric al borde de la locura.
—Mira —le siseó al oído, con un aliento caliente y violento—. Mira cuánto necesitas esto. Mira cómo tu cuerpo se abre para mí, y solo para mí.
Sofía vio en el espejo cómo sus propios ojos azul marino se vidriaban, su reflejo convertido en una mancha borrosa de cruda rendición animal mientras él la follaba con una fuerza implacable e impetuosa que hizo vibrar el cristal en su marco.
Sofía gimió e intentó cerrar los ojos, pero él le dio una nalgada y gruñó: —No…, abre los ojos…
Sofía soltó un grito y abrió los ojos para observarse a sí misma… el bamboleo de sus pechos, su cabello despeinado y el movimiento de su cuerpo mientras él entraba y salía de su interior.
El placer era tal que casi perdió el equilibrio, pero Alaric se dio cuenta y volvió a sentarse en su pesado sillón de ejecutivo de cuero. Tiró de Sofía hacia él, pero esta vez la giró de modo que la espalda de ella quedó presionada contra su pecho. La guio para que descendiera sobre su miembro, con su culo redondo rozando la parte baja de su abdomen mientras se hundía en él hasta el fondo.
La rodeó por la cintura con sus enormes brazos, apretándola con fuerza contra él mientras ella comenzaba a rebotar. La cabeza de ella cayó hacia atrás sobre su hombro, y su melena rubia fue como una salvaje cortina de seda contra el rostro de él. Desde ese ángulo, Alaric alargó la mano hacia abajo, sus dedos encontraron el hinchado clítoris de ella y lo manipularon con una velocidad cruel y experta, todo mientras observaba a los trabajadores de fuera a través del cristal tintado.
La visión del mundo que seguía su curso mientras él la poseía los empujó a ambos al límite. Las paredes internas de Sofía se contraían a su alrededor en pulsaciones desesperadas y rítmicas.
Cuando el placer alcanzó su punto álgido, los movimientos de Alaric cambiaron de repente. Las embestidas violentas y territoriales se ralentizaron, convirtiéndose en algo profundo, lento y dolorosamente tierno.
La giró de nuevo sobre su regazo para ponerla frente a él. Sus ojos ya no estaban negros de rabia; se suavizaban hasta convertirse en un esmeralda brillante y vulnerable. La rodeó con los brazos, atrayendo el cuerpo de ella contra su enorme pecho, y empezó a mecerla suavemente mientras se movía en su interior con un deslizamiento que le abrasaba el alma.
Se inclinó y sus labios rozaron los de ella, saboreando la sal de su sudor y la dulzura de su aliento. No se limitó a besarla, sino que la inhaló.
—Sofía —susurró, con la voz quebrada por una emoción que no se había permitido sentir en años—. Lo siento…, pero no puedo dejarte marchar. No lo haré.
Ralentizó el ritmo hasta que cada movimiento fue una confesión silenciosa. La miró profundamente a los ojos, con la frente apoyada en la de ella, mientras sentía cómo empezaban a crecer las primeras olas de su orgasmo.
—Te quiero, Sofía —confesó, con palabras crudas y sin tapujos—. Te he querido desde el momento en que me miraste con esos ojos desafiantes. Sofía, eres mi vida.
La besó profundamente, su lengua buscando la de ella mientras él finalmente se dejaba ir, su cálido semen derramándose en su interior al tiempo que ambos llegaban al clímax.
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