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La Luna Despreciada - Capítulo 4

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4: Acusado 4: Acusado —¡LOLA!

El grito se desgarró en la garganta de Sofia antes de que se diera cuenta.

Todo su cuerpo temblaba con violencia mientras retrocedía tambaleándose de la barandilla.

El pecho se le oprimió y su respiración se quebró en rápidos jadeos.

—No… no… no… —susurró, agarrándose la cabeza con ambas manos temblorosas.

Entonces, corrió.

Sofia irrumpió en el salón, jadeando en busca de aire.

Tenía el rostro pálido y el corazón le latía tan fuerte y rápido que pensó que le estallaría.

—¡Ayuda!

—gritó Sofia—.

¡Lola se ha caído!

El salón se llenó de gritos ahogados.

La música se detuvo.

Algunas copas se deslizaron de las manos y golpearon la mesa.

—¡Ayuda!

¡Por favor!

—gritó Sofia con voz temblorosa.

Salió tropezando al exterior.

El aire frío le golpeó la piel y sintió que el pecho le ardía mientras buscaba por el suelo.

Y entonces vio a Lola.

Yacía destrozada sobre el sendero de piedra.

Su vestido plateado estaba rasgado.

Su corona, tirada en el suelo, estaba partida.

A Sofia le fallaron las rodillas.

—No… —susurró, negando con la cabeza—.

No, no, no…
Detrás de ella, los gritos ahogados se convirtieron en alaridos.

—¡No!

—gritó Lady Cara con la voz quebrada mientras corría hacia adelante.

Se dejó caer de rodillas junto al cuerpo destrozado y sin vida de su hija.

El Beta Stephen y Damien estaban justo detrás de ella, con los rostros pálidos por la conmoción.

Lady Cara tomó a Lola en brazos y la meció con delicadeza, como si abrazarla pudiera devolverla a la vida.

—Mi niña no… por favor, mi niña no —sollozó, hundiendo el rostro en el cabello de Lola.

Sus sollozos desgarraron la noche.

—¡Que alguien la ayude!

—gritó con voz temblorosa—.

¡Por favor, que alguien ayude a mi hija!

La multitud se quedó paralizada, horrorizada.

Entonces, una figura se abrió paso entre la gente.

La sanadora de la manada, una mujer mayor pelirroja, corrió hacia ellas.

Se arrodilló junto a Lady Cara y posó con delicadeza las manos sobre el cuerpo de Lola.

—Túmbala boca arriba —ordenó la sanadora rápidamente.

El Beta Stephen apartó a su esposa, aunque ella se resistió al principio, aferrándose a Lola.

Finalmente, él consiguió separarle las manos, y la sanadora colocó a Lola con cuidado sobre la fría piedra.

Presionó ambas palmas sobre el pecho de Lola y cerró los ojos mientras susurraba un rápido encantamiento.

Sus labios se movían sin pausa.

Un tenue resplandor iluminó sus manos, extendiéndose lentamente y filtrándose en el pecho de Lola.

—Respira, niña… respira… —la instó la sanadora en voz baja, con la voz temblorosa aunque intentaba mantenerse firme.

El resplandor pulsó con más intensidad, luego se atenuó y volvió a brillar.

Toda la manada observaba en silencio, conteniendo la respiración, con los corazones desbocados.

Las madres abrazaban a sus hijos.

Algunos lobos lloraban en voz baja.

El único sonido era el cántico desesperado de la sanadora y los sollozos ahogados de Lady Cara a su espalda.

—Vuelve… por favor, vuelve con nosotros —susurró la sanadora, insuflando más poder en sus palmas.

Lola no se movió.

Su pecho estaba inmóvil.

Sus labios permanecían pálidos.

Un hilo de sangre manaba de un lado de su cabeza, manchando su vestido de plata y extendiéndose como una sombra oscura sobre el sendero de piedra.

No ocurrió nada.

Finalmente, la sanadora se detuvo.

Sus hombros se desplomaron.

Levantó la cabeza lentamente, con los ojos llenos de tristeza.

—Se ha ido —susurró la sanadora.

Sofia se quedó sentada, paralizada.

Ardientes lágrimas corrían libremente, nublándole la vista.

Su cuerpo se convulsionaba en sollozos y el pecho le dolía con cada jadeo entrecortado.

Los susurros a su alrededor se hicieron más fuertes y llegaron hasta sus oídos.

«Lola fue a buscar a su hermana…».

«Sofia fue la última persona que la vio…».

«Pequeña rata celosa, odiaba a Lola».

«No, no lo creo… Sofia no sería capaz…».

«Entonces, ¿por qué llora así?

Debe de ser culpable».

Sofia negó con la cabeza mientras alzaba la vista hacia los invitados reunidos.

Algunos evitaban mirarla a los ojos.

Otros ya la habían juzgado.

Pensaban que era culpable.

—¡No!

¡No, mi niña no!

—gritó Lady Cara mientras acunaba el cuerpo helado de Lola en sus brazos, sollozando sobre el cabello de su hija.

El Beta Stephen cerró los ojos y dejó escapar un profundo suspiro.

No dijo nada.

Damien permanecía inmóvil, con la mirada fija en el cuerpo sin vida de Lola.

La mano con la que le tocaba el vestido temblaba y sus labios se entreabrieron como si quisiera negar lo que estaba viendo.

Por un instante, sus ojos se anegaron de dolor y la incredulidad ensombreció su rostro.

Entonces su rostro se endureció.

Su dolor se convirtió en rabia.

Se puso en pie y clavó la mirada en Sofia.

Sofia sintió que se le helaba el corazón cuando su madre la miró de la misma forma.

Llena de rabia.

—¡Tú!

—Lady Cara señaló a Sofia—.

¡Tú la mataste!

¡Tú empujaste a Lola!

¡Siempre la has odiado!

¡Has asesinado a mi hija!

«Fue ella».

«Las vi juntas arriba».

«Quería a Damien para ella».

Sofia negó con la cabeza, mientras las lágrimas se derramaban.

—No… no, yo no fui… Yo no la empujé…
Pero nadie la escuchó.

Damien se movió hacia ella como un relámpago.

La agarró con fuerza del brazo y la sacó a rastras de las sombras, donde estaba apartada, para llevarla al centro.

Sofia soltó un grito ahogado e intentó zafarse.

—Damien, por favor…
—¡No pronuncies mi nombre!

—espetó él con la voz temblorosa de rabia—.

La mataste.

Asesinaste a Lola.

Sofia, ¡cómo has podido!

Los sollozos sacudían su cuerpo.

—No, lo juro… Yo no fui… ¡No fui yo!

Pero la multitud gritó con más fuerza:
«¡Bicho raro maldito!».

«¡Asesina!».

«¡Enciérrenla!».

—¡La quiero muerta!

¡Ejecútenla!

—gritó Lady Cara desde el suelo, aferrada al cuerpo de Lola.

A Sofia se le partió el corazón en el pecho.

Miró a su padre.

—Padre… por favor…
Pero el Beta Stephen ni siquiera la miró.

Le dio la espalda.

Damien le apretó el brazo con más fuerza.

La acercó a él, con la voz baja y cargada de furia.

—La odiabas porque me querías a mí —escupió—.

Y yo la elegí a ella.

¿De verdad creías que no me había dado cuenta de cómo me has mirado todos estos años?

Patética y desesperada.

¿De verdad pensabas que yo llegaría a quererte alguna vez?

A Sofia se le cortó la respiración y todo su cuerpo se puso a temblar.

La voz de Damien se alzó, cruel y afilada.

—Escúchame bien, Sofia.

Nunca reemplazarás a Lola.

Gorda.

Débil.

Maldita.

Me das asco, Sofia.

El corazón de Sofia se hizo añicos.

El chico al que había amado toda su vida, el que una vez la defendió, ahora la destrozaba delante de todos.

Damien sintió que su rabia se retorcía con algo a lo que no podía ponerle nombre.

No sabía qué le dolía más: la visión del cuerpo sin vida de Lola a sus pies o el hecho de que Sofia se hubiera convertido en aquel monstruo.

Su dulce e inocente Sofia… la chica más pura que jamás había conocido ya no existía.

En su lugar había una asesina celosa y retorcida, o eso parecía.

—¡Guardias!

—La empujó hacia ellos—.

Llévenla a las mazmorras.

Se quedará allí hasta que decidamos su castigo.

Los invitados aullaron en señal de aprobación a las órdenes de Damien.

—¡Yo no la maté!

¡Por favor, tienen que creerme!

—gritó Sofia entre lágrimas.

Intentó liberarse de los guardias, pero la agarraron con más fuerza.

Lady Cara se levantó de donde estaba arrodillada.

Su rostro estaba rojo y desfigurado por el odio y el dolor.

Se abalanzó sobre Sofia y le dio una fuerte bofetada en plena cara.

Sofia dejó de gritar.

Quiso suplicarle a su madre, pero no tuvo la oportunidad.

Lady Cara no se detuvo.

Volvió a abofetear a Sofia.

Y otra vez.

Cada golpe era más fuerte que el anterior.

—¡Mataste a mi hija!

—gritó, abofeteándola sin descanso—.

¡Morirás por esto!

—¡Niña maldita, siempre celosa, siempre odiosa!

Sofia soltó un grito, con el rostro ardiéndole por los golpes, pero los guardias la mantenían inmóvil.

Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras suplicaba: —Madre, por favor… yo no…
—¡Yo no soy tu madre!

—escupió Lady Cara, con el pecho subiéndole y bajándole con agitación.

Su voz se tornó gélida.

—Tú no eres mi hija.

Con un sollozo ahogado, se dio la vuelta y volvió tambaleándose hacia el cuerpo de Lola, sumiéndose de nuevo en su dolor.

Sofia se quedó allí, temblando, con el rostro enrojecido y empapado en lágrimas, y el corazón desgarrado.

—Llévensela.

Lo último que Sofia vio antes de que la arrastraran fue a Damien arrodillado junto a Lola, con el rostro hundido entre las manos.

El chico al que amaba ahora la odiaba.

Su madre la había repudiado.

Su padre la ignoraba.

Todos y cada uno de ellos le habían dado la espalda.

Su vida se había acabado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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