La Luna Despreciada - Capítulo 93
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Capítulo 93: Prestado
El resto de la mañana fue una pesadilla. Cada vez que sonaba el teléfono de la oficina, a Sofia le daba un vuelco el corazón, esperando que fuera Alaric quien la llamaba a su despacho para que pudieran hablarlo. Pero las llamadas eran solo de proveedores y gerentes de fábrica. Alaric permaneció tras su puerta cerrada, silencioso e invisible.
Al mediodía, Sofia se dirigió a la sala de descanso a por un poco de agua. Intentó mantener la cabeza gacha, pero podía sentir las miradas de los otros trabajadores sobre ella.
—Mírala —resonó la voz de Bianca, lo suficientemente alta para que todos la oyeran—. La «Futura Reina» hoy parece más una sirvienta cansada. ¿Qué pasó, Sofia? ¿Se dio cuenta el Alfa de que cometió un error? ¿O es que ya terminó de usarte?
Algunas personas se rieron por lo bajo. Sofia agarró su botella de agua con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. No quería pelear, pero el dolor del rechazo de Alaric la hacía tener la mecha corta.
—Estoy aquí para trabajar, Bianca —dijo Sofia con la voz temblorosa—. Quizá deberías intentar hacer lo mismo.
Bianca se acercó, con los ojos llenos de odio. —Te crees mejor que nosotras porque te lo follaste. Pero todas vemos la verdad. Esta mañana pasó a tu lado como si fueras basura. No eres nada para él…, solo una distracción temporal.
Bianca se inclinó, susurrando para que solo Sofia pudiera oírla. —Y no te preocupes. Genevieve se encargará de ti pronto.
Sofia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no dejó que se notara. —La estaré esperando.
Volvió a su escritorio, sintiéndose derrotada. Justo cuando se sentó, apareció un correo electrónico en su pantalla. Era de Alaric. Su corazón se disparó por un segundo y luego se desplomó al leer las palabras:
Para: Sofia
De: Alfa Alaric
Asunto: Evento de esta noche
Esta noche hay una cena formal con el Consejo. Como mi asistente, se requiere tu asistencia para tomar notas y gestionar el horario. Un coche te recogerá a las 19:00. Viste apropiadamente. Este es un asunto estrictamente profesional.
Sin un «Querida Sofia». Sin calidez. Solo una orden fría.
Sofia se quedó mirando la pantalla. «Viste apropiadamente», había dicho él. Frunció el ceño. No tenía un vestido de gala. No tenía joyas. Vivía en un apartamento que ni siquiera era suyo y la ropa que tenía se podía contar con los dedos de una mano.
Mientras miraba el correo electrónico, su loba gruñó de repente en su mente. «Nos está observando».
Sofia levantó la vista. No podía ver a través del cristal unidireccional del despacho de Alaric, pero sabía que él estaba allí de pie. Sabía que la estaba observando. Por primera vez, no solo estaba triste; estaba enfadada.
Apartó la mirada, cerró el correo electrónico y se centró en el trabajo. Trabajó durante todo el día y, cuando llegó la hora de irse a casa, apagó el ordenador y se marchó. No le dedicó ni una mirada al despacho de Alaric, ni se molestó en comprobar si necesitaba algo más.
Una hora después, llegó al apartamento. Se dio un baño rápido y se plantó frente al espejo con solo una toalla envuelta alrededor del pecho. Unos golpes fuertes y secos resonaron en el apartamento vacío. Sofia se sobresaltó, apretándose más la toalla contra el pecho. Miró por la mirilla y vio a un hombre con un impecable uniforme de repartidor.
Cuando abrió la puerta, él le entregó una caja grande y pesada. —De parte del Alfa Alaric —dijo el hombre, sin más. Luego se giró y se marchó.
Sofia arrastró la caja hasta su cama. Le temblaban las manos mientras levantaba la tapa. Dentro había diferentes tipos de vestidos de gala, vestidos, pantalones, vaqueros y faldas de vestir. Debajo había varios tipos de zapatos y una caja de terciopelo que contenía un collar de diamantes que costaba más que su vida entera.
Buscó una nota, con el corazón desbocado. Tal vez esta era su forma de pedir perdón. Tal vez no podía decirlo en la oficina, pero lo estaba haciendo ahora. Encontró la pequeña tarjeta blanca y la sacó.
Su sonrisa se desvaneció al leer la caligrafía nítida y fría:
«Esta noche representas a mi despacho. No puedo permitir que aparezcas con los harapos que posees. El collar es un préstamo para las exigencias de la velada. Asegúrate de que se devuelva en perfecto estado. No llegues tarde. —Alaric».
Sofia se sintió como si la hubieran abofeteado. Harapos. Un préstamo.
Las lágrimas que había estado conteniendo todo el día por fin cayeron, calientes y amargas. Miró su reflejo en el espejo: una chica de veinte años sin nada a su nombre, que llevaba un collar prestado.
—¿Así que lo quiere de este modo? —susurró, secándose los ojos hasta que su mirada quedó clara y penetrante—. De acuerdo.
No se maquilló para estar guapa, sino para parecer poderosa. Se pintó los labios de un rojo sangre y se recogió el pelo rubio en un moño pulcro y apretado. Se puso el vestido de seda, que se ceñía a sus curvas a la perfección, y se abrochó los diamantes «prestados» alrededor del cuello. Los sintió como una cadena fría.
Exactamente a las 19:00, salió de su edificio y subió al coche negro que la esperaba.
El chófer la llevó al gran Salón del Consejo. Cuando bajó del coche, no parecía la chica que había estado llorando en el suelo una hora antes. Mantuvo la cabeza alta y sus tacones repiquetearon contra el mármol como los latidos de un corazón.
Entró en el comedor. La sala estaba impregnada del aroma de lobos poderosos y vino caro. Vio a Alaric en la cabecera de la mesa. Iba vestido con un esmoquin negro y tenía todo el aspecto de un alfa. Sus ojos la encontraron de inmediato, oscureciéndose mientras recorrían su cuerpo enfundado en el vestido de seda azul.
Sofia tragó saliva y avanzó hacia él. Cuando llegó a donde estaba sentado con los otros hombres, hizo una ligera reverencia. —Buenas noches, Alfa Alaric.
Alaric frunció el ceño. No le gustó aquello. No le gustaban esos muros profesionales entre ellos, pero se recompuso y apartó la mirada.
Mientras él empezaba a hablar con los otros invitados, Sofia sacó el iPad de la empresa y comenzó a tomar nota de sus palabras. De vez en cuando, Alaric se le quedaba mirando, pero los ojos de ella estaban fijos únicamente en la pantalla del iPad. Él gimió para sus adentros, pero mantuvo una expresión impasible, actuando como si estuviera concentrado en la reunión, cuando en realidad sus pensamientos estaban fijos en la impresionante mujer sentada a pocos asientos de él.
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