La Luna rechazada: La heredera oculta - Capítulo 155
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
155: Capítulo 155 155: Capítulo 155 Punto de vista de Selene
En cuanto puse un pie en el pasillo derecho de los aposentos de Victor, dejé de caminar.
Dejé de respirar.
Lo detuve todo.
Porque allí estaba él.
Victor.
De pie, imponente y seguro, a la vista de todos, rodeado de unos pocos guerreros y sirvientes.
Y justo delante de él, tocándole la parte delantera de los pantalones como si tuviera todo el derecho, estaba esa mujer.
Tenía la cabeza gacha y las manos sobre él.
Sobre él.
Solté un leve jadeo, pero nadie lo oyó por encima del ruido de la estancia.
El corazón me martilleaba en las costillas con tanta fuerza que el sonido retumbaba en mis oídos.
Cada centímetro de mi piel parecía arder y las manos me temblaban a ambos lados del cuerpo.
No podía creer lo que estaba viendo.
Él no la detuvo.
La dejó hacer y ni siquiera le importó quién estuviera mirando.
—Qué gracioso que la dejes tocarte —escupí de repente.
Todas las cabezas se giraron.
Incluida la suya.
Sus ojos se posaron en mí, muy abiertos y sorprendidos, como si no esperara que apareciera en ese preciso instante.
Apartó a Mirella de un empujón, como si quemara.
Sus botas resonaron con fuerza en el suelo mientras corría hacia mí.
—Selene…, yo…, no es lo que crees.
Solté una risa corta y amarga.
—¿Que no es lo que creo?
—repetí con frialdad—.
¿Lo dices en serio?
—Se le cayó la bandeja.
Se derramó.
Eso fue todo.
No le pedí que…
—¿Que no se lo pediste?
—lo interrumpí—.
Victor, la vi con mis propios ojos.
Te estaba limpiando el… —Negué con la cabeza, intentando no vomitar—.
No te atrevas a tratarme como a una tonta.
—No quería que me tocara, te lo juro.
Estaba a punto de detenerla…
—Y, sin embargo, no lo hiciste —espeté.
Antes de que pudiera responder, Mirella rompió a llorar de repente.
Se tambaleó hacia delante y cayó de rodillas frente a mí.
Sus manos buscaron las mías, aferrándolas con fuerza.
—Por favor, no te enfades con él —sollozó—.
Fue todo culpa mía.
Me dijo que parara, pero yo me empeñé.
No era mi intención que pareciera eso.
Aparté la mano con una brusca sacudida.
—No te atrevas a tocarme —susurré, furiosa.
Ella se encogió.
Me volví hacia Victor, con la mirada fija en la suya.
—Como Alfa, debes asumir tus propias decisiones.
No puedes escudarte tras sus lágrimas.
—Selene, yo no…
—No.
—Alcé la mano para acallarlo—.
No eres un crío que no sabe lo que hace.
Si no lo hubieras querido, nadie podría haberte obligado.
Ni una Omega.
Nadie.
Parecía que quería decir algo, pero no le salieron las palabras.
Solo silencio.
Me giré lentamente hacia Mirella, con el pecho todavía agitado y la sangre aún hirviendo.
Le lancé una mirada dura.
De verdad que tenía mi cara.
No era una copia exacta, pero se parecía lo suficiente como para ponerme enferma.
Las mismas pestañas largas y oscuras.
Los mismos labios suaves.
La misma constitución.
La forma en que lo miraba era ensayada, calculada.
Patética.
Pero lo que más me molestaba no era su parecido conmigo.
Era cómo él la dejaba hacer.
Lo fácil que le resultaba ver a alguien fingir que era yo.
—Para que lo sepas, no te pareces en nada a mí —le dije en voz baja—.
No se te ocurra pensar que sí.
Mirella abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Sus ojos brillaban como cristales rotos, pero no me importó.
Volviéndome hacia Victor, añadí: —Te apresuraste a decir que no significaba nada.
Pero si de verdad no significaba nada, ¿por qué no lo detuviste en el instante en que empezó?
Apretó la mandíbula.
—Dudé.
Eso es todo.
Me reí de nuevo, pero mi risa no tenía alegría.
Solo un matiz frío y amargo que hasta yo podía saborear.
—La vacilación dice más que el silencio.
—Selene, por favor.
Yo no lo pedí.
—No.
Pero tampoco la apartaste.
Su rostro se contrajo.
—Está bien.
Lo siento.
¿Podemos buscar un lugar tranquilo para hablar?
Por favor.
No respondí de inmediato.
Mis pies empezaron a moverse antes de que mis palabras pudieran formarse.
Me di la vuelta y empecé a alejarme, sin siquiera molestarme en mirar atrás.
Se había acabado.
O al menos eso creía yo.
Pero entonces, su mano me aferró la muñeca.
—No te alejes de mí.
Me detuve, solo porque el tirón repentino me había sobresaltado, no porque quisiera escucharlo.
—Ya te lo dije —susurró—, fue un accidente.
Se le cayó agua encima sin querer y solo intentaba limpiarlo.
Eso es todo.
Giré la cabeza ligeramente, lo justo para fulminarlo con la mirada.
—¿Así que el agua se derramó justo ahí?
¿En esa parte específica de tu cuerpo?
—Mi voz se alzó—.
Qué conveniente, Victor.
Cada vez se te da mejor poner excusas.
Él frunció el ceño.
—Te juro que digo la verdad.
—Y yo no soy estúpida, Victor —espeté, y me zafé de su agarre con fuerza.
Retrocedí un paso.
Necesitaba espacio.
Necesitaba respirar.
—¿Crees que vine aquí a pelear contigo?
—pregunté de repente—.
Vine porque fui lo bastante estúpida como para creer que necesitaba verlo con mis propios ojos.
Quería una prueba.
Enhorabuena, me la has dado.
Él negó con la cabeza.
—No lo entiendes…
—No, Victor.
Tú no lo entiendes.
No comprendes lo que es estar en mi piel, llevar tu apellido, tu título, tu hi…
Me detuve antes de decir más.
No merecía saberlo.
No ahora.
Y quizá nunca.
Me di la vuelta para irme de nuevo, con los ojos escociéndome por las lágrimas contenidas, cuando vi cómo Mirella se abalanzaba y agarraba el brazo de Victor como si le perteneciera.
Sus dedos se enroscaron en su manga, con los ojos muy abiertos y los labios temblorosos.
¿Y Victor?
No la apartó.
Ni siquiera dio un paso atrás.
Simplemente… se detuvo.
Se quedó quieto y dejó que ella se aferrara a él.
Eso fue todo lo que necesité para enfurecerme.
El dolor, la vergüenza, la humillación… todo se retorció en una furia incontenible.
Sin decir una palabra más ni mirar atrás, aceleré el paso, con el sonido de mis tacones resonando con fuerza en el suelo de mármol.
El pasillo daba vueltas con una extraña mezcla de calor y ruido que no sabría nombrar.
Seguí caminando hasta que dejé de oír sus voces.
Hasta que dejé de ver su rostro.
Hasta que no pude recordar por qué alguna vez pensé que venir a verlo era una buena idea.
Porque no lo fue.
La tonta era yo.
No él.
No ella.
Solo yo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com