La Luna rechazada: La heredera oculta - Capítulo 31
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31: Capítulo 31 31: Capítulo 31 Punto de vista de Selene
Camilla entreabrió los labios como si fuera a decir algo, probablemente otra mentira o quizá otra súplica.
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Anthony levantó su teléfono y tocó la pantalla.
En ese instante, el volumen subió y la voz se oyó alta y clara, resonando por los altavoces del balcón.
«…
en cuanto sea oficialmente la Luna, lo primero que haré será borrarte.
No tendrás nombre, ni título, ni lugar.
Serás olvidada.
Solo un amargo recuerdo».
La multitud jadeó.
La grabación continuó.
«…
No importa lo que digas, Victor todavía me desea.
Deberías haberlo oído anoche.
La forma en que pronunció mi nombre.
La forma en que…».
A una mujer del fondo se le cayó la bebida sin querer.
El vaso se hizo añicos en el suelo, pero nadie se movió para limpiarlo.
Todos se quedaron mirando a Camilla como si le hubiera salido una segunda cabeza.
Su rostro se puso blanco como la nieve.
Le temblaban los labios, pero no salía nada de ellos.
Ni excusas.
Ni más mentiras.
Primero empezaron los murmullos.
Luego siguieron las duras palabras.
«Es asquerosa».
«Nos mintió a todos».
«Nunca estuvo destinada a ser Luna».
Camilla se encogió, resguardando su cuerpo tras el de Victor como si pudiera esconderse en su sombra.
Pero ni siquiera Victor habló.
Se quedó quieto, rígido, indescifrable.
Anthony se guardó el teléfono en el bolsillo e inclinó la cabeza hacia mí.
—¿Estás bien?
Asentí lentamente, todavía en estado de shock.
Él sonrió.
—Bien.
Porque eso ha sido brutal.
Pero no te has inmutado.
Impresionante.
Lo miré bien por primera vez.
Pómulos afilados, un cierto encanto desenfadado en su voz, pero sus ojos estaban…
serenos.
—No tenías por qué meterte —dije.
—Odio a los abusones —dijo él, sin más—.
Las mujeres guapas no deberían tener que defenderse solas.
Mis labios se crisparon.
Quise poner los ojos en blanco, pero no lo hice.
—¿Coqueteas con todas las que rescatas?
Se rio entre dientes.
—Solo con las que lanzan miradas de guerreras y aun así parecen de la realeza.
¿Te importaría si te conociera mejor?
—Está bajo mi cuidado, Anthony —intervino Ethan con suavidad, colocándose a mi lado.
Anthony enarcó una ceja, pero no discutió.
—Lo respeto, Príncipe Ethan.
Gracias por no dejar que esto se convirtiera en un circo.
—Yo debería darte las gracias a ti —replicó Ethan—.
Ese video ha conseguido lo que mis palabras no pudieron.
Camilla gimoteó en voz baja, pero no la miré.
Pero Victor…
cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi rabia, confusión y algo más, algo a lo que no me molesté en poner nombre.
De repente, empezó a caminar hacia mí; no rápido, no con estruendo, solo lo bastante cerca como para que únicamente yo pudiera oírlo.
Su aroma fue lo primero que me golpeó.
Ese mismo aroma intenso y penetrante que solía anhelar.
Ahora solo me revolvía el estómago.
—Has cambiado, Selene —dijo en voz baja—.
Solías ser callada.
Solías esperarme.
Lo miré directamente a los ojos.
—¿Y de qué me sirvió eso?
Su mandíbula se tensó.
—Eras dulce.
Suave.
Obediente.
Me estremecí al oír esa palabra.
—Quieres decir que no me defendía.
Quieres decir que dejé que me destrozaras.
—Eso no es lo que…
—hizo una pausa y bajó aún más la voz—.
Eras mía, Selene.
Conocías tu lugar.
Mi risa fue suave, fría.
—Sí.
Lo conocía.
Justo bajo el tacón de tu pareja destinada.
Hizo una mueca de dolor, apenas perceptible.
Sus ojos parpadearon como si quisiera decir algo, pero no pudiera.
—Dejaste que ella me humillara.
Dejaste que tu madre me silenciara.
Y tú…
—respiré hondo—, tú hiciste la vista gorda todas y cada una de las veces.
Su mirada se endureció.
—Eso no es verdad.
—Lo es —susurré—.
Y en el fondo, lo sabes.
Por un breve segundo, pareció…
perdido.
Como un niño de pie entre las ruinas de algo que nunca esperó que se desmoronara.
—¿Crees que esto es fuerza?
—preguntó, señalando mi postura, mi voz, quizá toda mi presencia—.
Apuesto a que incluso te pusiste ese vestido solo para provocarme.
Casi me reí.
—No, Victor.
Me lo puse porque soy libre.
Porque, por una vez, quería sentirme guapa para mí misma.
—Es demasiado.
Vamos, Selene, ¿qué demonios te pasa?
—Tú solías controlar lo que me ponía.
Me hacías sentir pequeña cuando yo quería brillar.
Ahora tomo mis propias decisiones.
Sus ojos se ensombrecieron.
—No tienes que convertirte en esto para demostrar algo.
—No estoy intentando demostrar nada.
Estoy recordando a la persona que era antes de que hicieras que me perdiera a mí misma.
La multitud había vuelto a guardar silencio, escuchando.
En ese momento, el aire se sentía denso.
Incluso la música de abajo se había desvanecido.
Todos los ojos estaban clavados en nosotros, esperando a ver qué pasaría a continuación.
Di un paso al frente.
—He terminado, Victor.
—Tú no decides cuándo se ha terminado —espetó él.
—Ah, pero sí que lo decido.
—Me giré hacia mi doncella, que había estado de pie en silencio cerca de la entrada—.
Tráelo.
Se acercó y puso un maletín negro en mi mano.
Lo sostuve en alto.
—Esto —dije, lo bastante alto para que todos me oyeran— son dos millones de dólares.
Lo han calculado los economistas del reino.
Cubre todos mis gastos durante mi tiempo en la Manada Nightshade.
Alquiler.
Comidas.
Contribuciones.
Daños emocionales, intereses incluidos.
Los jadeos se extendieron como la pólvora.
Alguien susurró: «Vino preparada».
Le arrojé el maletín a los pies, y el golpe sordo resonó en el tenso silencio.
—Cógélo.
Hemos terminado.
Y si no firmas los papeles del divorcio para el final de esta semana, lo llevaré a la corte del reino.
No seré tu peón.
No seré tu Luna.
Nunca más.
Victor no se movió.
No parpadeó.
Solo miraba el maletín como si estuviera maldito.
Camilla volvió a gimotear detrás de él, pero nadie le hizo caso.
Intentó alcanzarle el brazo, pero él se la quitó de encima sin mirarla.
La multitud volvía a murmurar.
No en voz alta, pero lo suficiente.
«Se va con la cabeza bien alta».
«No tiene miedo.
Es una puta reina».
Respiré hondo y me di la vuelta.
Mis tacones producían un suave cliqueteo en el suelo mientras empezaba a alejarme.
Un paso tras otro, cada uno más ligero que el anterior.
Pero no llegué muy lejos.
—¡Selene!
—resonó la voz de Victor.
Me detuve, pero no me volví.
—No te atrevas a abandonarme —gruñó—.
O si no…
Me giré lentamente, con la cabeza bien alta.
—¿O si no qué, Victor?
—pregunté—.
¿Qué vas a hacer?
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