LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 17 El sistema también respira
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17: Capitulo 17: El sistema también respira 17: Capitulo 17: El sistema también respira La biblioteca seguía oliendo a papel viejo y a calma.
Ese lugar tenía algo que Yuuto no encontraba en ningún otro rincón del Instituto Seiryuu: nadie lo miraba como si estuviera a punto de hacer algo malo.
Solo… lo dejaban existir.
La luz de la tarde entraba inclinada por las ventanas, pintando de oro los lomos de los libros.
En el fondo, el leve sonido del reloj marcaba el tiempo como una respiración tranquila.
Yuuto había vuelto a su lectura, pero sus dedos no pasaban las páginas con la misma firmeza de antes.
El corazón le latía demasiado fuerte para un lugar tan silencioso.
Ayaka lo notó.
No era difícil.
Yuuto siempre intentaba parecer “normal” después de decir algo importante… como si el peso de su confesión fuera un error que debía borrar.
Ayaka apoyó el mentón en su mano, mirándolo con esa expresión que parecía una mezcla peligrosa de curiosidad y cariño.
—Entonces… —susurró, como si hablar fuerte pudiera romper el momento— ¿desde los diez empezó todo?
Yuuto bajó la vista, y asintió.
Reika, sentada frente a él, se mantenía tranquila, pero sus ojos se movían como si estuviera ordenando información en su mente.
No era solo lógica.
Era… cuidado.
—No debió ser fácil —dijo ella con su voz suave—.
Cambiar así… sin entender por qué.
Y encima soportar a gente inventando historias.
Yuuto apretó el lápiz.
Escribió: “No era lo peor.” Ayaka parpadeó.
—¿No era lo peor?
—repitió, incrédula.
Yuuto escribió una segunda línea.
“Lo peor era que nadie preguntara.” Ese golpe fue silencioso, pero exacto.
Ayaka sintió la garganta cerrarse.
Reika bajó la mirada un instante, como si hubiera recibido una bofetada invisible.
Porque era verdad.
La mayoría no lo odiaba por algo que hizo.
Lo odiaban por lo que decidieron creer.
Ayaka respiró hondo y forzó una sonrisa, como si quisiera cambiar el aire antes de romperse.
—Bueno… —dijo, estirándose un poco— si el mundo te inventó historias, entonces nosotras también podemos inventar una.
Reika alzó una ceja.
—¿Qué historia?
Ayaka se inclinó hacia Yuuto con brillo travieso en los ojos.
—Que en realidad eres un príncipe maldito.
Y que tu cabello plateado apareció porque te besó una bruja en la frente.
Reika se quedó mirándola… y luego suspiró.
—Eso es ridículo.
Yuuto escribió sin levantar la vista: “Es más creíble que los rumores.” Ayaka se quedó en silencio.
Y entonces estalló.
—¡¿VES?!
¡YA HACE HUMOR!
—se tapó la boca para no reír demasiado fuerte, pero igual temblaba de emoción— ¡Esto es progreso!
Reika, sin querer, sonrió.
Era una sonrisa pequeña, pero real.
Yuuto miró el cuaderno unos segundos… y escribió otra frase.
“No grites.” Ayaka hizo un saludo militar exagerado.
—¡Sí, señor príncipe maldito!
La encargada de la biblioteca, la alumna de tercer año, los observaba desde su escritorio.
No se acercó.
No dijo nada.
Pero en su mirada había algo suave, como si estuviera viendo una escena que no encajaba con el Seiryuu de siempre.
Una escena que parecía imposible: El chico de la capucha… riendo en silencio.
Después de unos minutos, Yuuto cerró el libro lentamente.
Reika lo notó de inmediato.
—¿Cansado?
Yuuto escribió: “Un poco.” Ayaka se inclinó, bajando la voz.
—Yuuto… ¿te arrepientes de haberlo dicho?
Él tardó más en escribir esta vez.
Como si le doliera.
Como si cada palabra tuviera que atravesar un muro.
“No.” Una sola palabra.
Pero Ayaka entendió que ese “no” significaba muchas cosas.
No se arrepentía de confiar.
No se arrepentía de ser visto.
No se arrepentía… de existir.
Reika se puso de pie primero.
—Entonces vámonos.
Antes de que alguien venga a molestar.
Yuuto asintió.
Ayaka se levantó también… y sin pensarlo demasiado, se acercó un paso a Yuuto.
No lo tocó.
Solo le habló con esa voz más suave que solo usaba cuando era completamente sincera.
—Gracias por contarlo.
No porque lo necesitáramos para aceptarte… sino porque significa que nos dejaste entrar.
Yuuto se quedó quieto.
Luego escribió, con letras pequeñas.
“No se vayan.” Ayaka sintió un pinchazo en el pecho.
Reika, sin cambiar su expresión, respondió con una firmeza tranquila: —No lo haremos.
Y en ese instante, Yuuto comprendió algo que le pareció casi aterrador: esa promesa… era real.
[despacho del director] El despacho del director tenía un olor particular.
No era solo el aroma del café viejo o del papel acumulado.
Era el olor de la autoridad.
De esa clase de lugares donde las decisiones se toman sin mirar a los ojos a quienes afectan.
El director Aoyama estaba sentado tras su escritorio, con la espalda recta y la expresión cansada de alguien que llevaba años creyendo que el orden era lo único importante.
Frente a él, con una postura impecable, estaba la enfermera escolar.
Minori-sensei.
Había llegado hacía apenas un mes al Instituto Seiryuu.
Aún no conocía todos los nombres.
Aún no entendía todas las “reglas no escritas”.
Y por eso mismo… era útil.
Aoyama se quitó las gafas y suspiró, como si estuviera a punto de hablar de un problema administrativo menor.
—Minori-sensei… gracias por venir tan rápido.
Ella inclinó la cabeza con educación.
—¿Ocurrió algo con algún estudiante?
El director la observó unos segundos antes de hablar, midiendo cada palabra.
—Sí.
Un estudiante… problemático.
Minori no cambió su expresión.
Pero por dentro, algo en su estómago se apretó.
Porque ya sabía de quién hablaba.
Aoyama abrió un archivador y sacó una carpeta delgada.
Demasiado delgada para contener una verdad.
Perfecta para contener rumores.
—Yuuto Kurosawa.
Minori parpadeó una vez.
El director continuó, con voz neutra, casi profesional: —Últimamente… la presidenta Reika Tsukishiro y la vicepresidenta Ayaka Kamizaki han estado demasiado cerca de él.
Eso está generando un ambiente… poco sano.
Minori entrelazó las manos frente a su falda.
—¿Poco sano… para quién?
Aoyama ignoró la pregunta.
—Minori-sensei, usted es nueva aquí, así que quizá no comprende cómo funciona el Seiryuu.
Este instituto tiene una reputación.
Una estructura.
Un equilibrio.
Hizo una pausa y cerró la carpeta con suavidad, como si estuviera guardando un “problema” en un cajón.
—Ese chico… no encaja.
Minori sintió una punzada detrás del pecho.
No era sorpresa.
Era… asco.
Pero no lo mostró.
—¿No encaja por qué?
—preguntó con calma.
Aoyama apoyó los codos en el escritorio.
—Usted sabe cómo es.
Su apariencia.
Su actitud.
Sus antecedentes.
Los rumores… no aparecen de la nada.
Minori lo miró fijo.
Esa frase era peligrosa.
Porque sonaba razonable.
Y lo razonable era lo que destruía vidas sin ensuciarse las manos.
—Entiendo —respondió ella, suave.
El director relajó los hombros, creyendo que había ganado.
—Me alegra.
Quiero que hable con Ayaka y Reika.
Que les recuerde su posición.
Que las haga entrar en razón.
Minori asintió una vez.
—¿Y qué se supone que les diga?
Aoyama sonrió apenas.
—Que no deben acercarse demasiado.
Que ese chico podría… desviarlas del camino correcto.
La palabra “correcto” cayó como un martillo invisible.
Minori se levantó lentamente de la silla, manteniendo la cortesía.
—Comprendo.
—Excelente —dijo el director—.
Confío en usted.
Minori inclinó la cabeza una última vez y se dirigió a la puerta.
Pero antes de salir, Aoyama agregó, como quien da el toque final a una conversación trivial: —Ah… y Minori-sensei.
No se involucre demasiado.
Este tipo de estudiantes… solo traen problemas.
La puerta se cerró con un clic suave.
El pasillo afuera estaba en silencio.
Minori caminó unos pasos… y se detuvo.
Su expresión seguía tranquila, profesional.
Pero dentro de ella, el pensamiento era claro como un cristal: “No quiere proteger a nadie.
Quiere proteger su imagen.” Minori apretó los dedos.
Había aceptado porque necesitaba ver con sus propios ojos.
Necesitaba entender.
Pero ya lo entendía.
No era Yuuto el problema.
Era el sistema.
Ese sistema que, cuando un niño era distinto, no preguntaba “¿estás bien?” Preguntaba: “¿cómo escondemos esto sin que nos afecte?” Y Ayaka y Reika… estaban rompiendo esa mentira.
Minori exhaló lentamente, y sus ojos se endurecieron.
—Bien… —murmuró para sí misma—.
Entonces veré con mis propios ojos qué clase de “problema” es Yuuto Kurosawa.
Y si el director Aoyama creía que podía usarla como una herramienta… Se equivocaba de persona.
[mas tarde] Minori-sensei no caminó rápido por los pasillos.
Caminó con calma.
Esa clase de calma que no era paz… sino control.
Como si cada paso fuera una decisión tomada con la cabeza fría, pero con el corazón ardiendo por dentro.
El Instituto Seiryuu seguía igual: estudiantes conversando, profesores cruzando pasillos con carpetas en mano, el ruido normal de una tarde cualquiera.
Pero Minori ya no veía “normalidad”.
Veía un sistema.
Uno que sabía esconder sus errores detrás de sonrisas, reglamentos y palabras bonitas.
Y ella acababa de salir del despacho del director Aoyama con una misión envenenada en las manos.
Encontró a Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro en el lugar más lógico: el pasillo del segundo piso, cerca del salón del Consejo Estudiantil.
Ayaka estaba apoyada contra la ventana, revisando algo en su teléfono, aunque su mirada era más inquieta que concentrada.
Reika, como siempre, tenía una postura impecable, los brazos cruzados, observando a su alrededor como si ya supiera que algo venía.
Minori se acercó sin alzar la voz.
—Ayaka-san.
Reika-san.
Ambas giraron.
—Minori-sensei —saludó Reika con cortesía inmediata.
Ayaka levantó una ceja.
—Usted no suele buscarnos.
¿Pasó algo?
Minori las miró a las dos durante un segundo largo.
No era duda.
Era evaluación.
Luego habló: —El director Aoyama me llamó.
El aire cambió.
Ayaka dejó el teléfono en su bolsillo con un movimiento seco.
—¿Y qué quería?
Minori no adornó nada.
—Que yo las convenciera de alejarse de Yuuto Kurosawa.
Ayaka soltó una risa sin humor.
—Ah… claro.
Qué sorpresa.
Reika no se rió.
Solo cerró los ojos un instante, como si confirmara una sospecha.
—¿Con qué excusa?
—preguntó.
Minori sostuvo su mirada.
—Dijo que “es un estudiante problemático”.
Que “los rumores no aparecen de la nada”.
Que ustedes… por su posición, podrían “desviarse del camino correcto” si siguen cerca de él.
Ayaka apretó los dientes.
—¿Camino correcto?… —repitió, con veneno en la voz—.
¿Ese camino donde se deja pudrir a un estudiante mientras todos miran para otro lado?
Reika respiró hondo.
—Minori-sensei… ¿por qué nos lo dice?
Minori no dudó.
—Porque el director no me interesa.
Ayaka parpadeó.
Reika la observó con atención, como si esa frase acabara de revelar quién era Minori realmente.
—Los adultos como Aoyama —continuó Minori— no atacan de frente.
No gritan.
No amenazan directamente.
Hizo una pausa.
—Son peores.
Su voz se volvió más baja, más seria.
—Son astutos… de mala manera.
Te sonríen, te dan la mano… y mientras tanto ya están preparando el terreno para que caigas sola.
Ayaka sintió un escalofrío.
Reika asintió, apenas.
Minori se acercó un poco más.
—Si van a meterse en esto… entonces háganlo bien.
Estén preparadas.
Porque si él siente que pierde el control de la situación… va a intentar aplastarlas con “normas”, “reputación” y “responsabilidad”.
Ayaka tragó saliva.
—¿Y usted qué hizo?
—preguntó, más suave—.
¿Aceptó?
Minori sostuvo su mirada.
—Le dije que sí… para ver con mis propios ojos.
Reika frunció apenas el ceño.
—Entonces… usted ya sabía que había algo raro.
Minori no negó.
—Sí.
Y ahora lo sé más.
El pasillo se llenó de un silencio extraño.
Ayaka bajó un poco la voz, como si lo que venía fuera más íntimo que cualquier rumor.
—Minori-sensei… no es que estemos haciendo esto por capricho.
Reika habló con calma: —No buscamos desafiar al instituto.
Ni llamar la atención.
Minori inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces díganme algo.
¿Por qué cambiaron de opinión?
Ayaka abrió la boca… y se detuvo.
Porque la respuesta verdadera tenía un nombre, un rostro… y un secreto que no podían exponer.
Reika tomó el control, como siempre.
—Porque… lo vimos.
Minori la observó.
—¿Qué vieron?
Reika apretó los dedos, apenas.
—Vimos que no era lo que decían.
Ayaka asintió, y esta vez sí habló.
—Durante un año… todos hablaban de él como si fuera un monstruo.
Como si fuera peligroso.
Como si mereciera estar solo.
Su voz se quebró un poco, pero no por debilidad.
Por rabia.
—Y cuando lo miré de cerca… lo único que vi fue a un chico intentando no molestar a nadie.
Intentando desaparecer para no causar problemas.
Minori no interrumpió.
Reika continuó, más baja: —Es alguien que se disculpa incluso cuando no hizo nada.
Eso no es maldad.
Eso es… una herida.
Ayaka miró al suelo.
—Yo… —murmuró— no soporto la idea de que alguien así siga solo.
Levantó la mirada con decisión.
—Por eso no me aparto de su lado.
Reika miró hacia la ventana, como si el cielo le ayudara a sostener lo que sentía.
—Yo tampoco.
Minori las observó en silencio.
En ese instante lo entendió.
No le habían dicho el secreto.
Pero no lo necesitaba.
Había algo en la forma en que hablaban… que no era curiosidad ni compasión superficial.
Era compromiso.
Minori dio un paso atrás, como si les estuviera dejando espacio para respirar.
—Bien —dijo con voz firme—.
Entonces escuchen.
Ayaka y Reika se enderezaron.
—Aoyama va a intentar algo más —advirtió Minori—.
No va a decir “dejen a Yuuto”.
Va a hacerlo parecer su culpa.
—¿Cómo?
—preguntó Reika.
Minori apretó los labios.
—Los va a poner en una situación donde el instituto “deba actuar”.
Una queja.
Un escándalo.
Un incidente inventado.
Algo que obligue a elegir entre su cargo… y Yuuto.
Ayaka sintió un golpe en el pecho.
—Ese maldito… Minori la cortó con una mirada.
—No se equivoquen.
Él no es el único.
Hay otros adultos que prefieren un estudiante roto… antes que un problema visible.
El viento del pasillo movió suavemente las cortinas.
El colegio seguía sonando normal.
Pero para ellas tres, ya no lo era.
Minori habló por última vez, sin adornos: —Si van a protegerlo… háganlo con la cabeza fría.
Reika asintió.
—Lo haremos.
Ayaka apretó el puño, pero su voz salió firme.
—No voy a dejarlo solo otra vez.
Minori las miró a ambas… y por primera vez, su expresión se suavizó.
—Entonces no solo lo protejan a él.
Hizo una pausa.
—Protéjanse ustedes también.
Y con eso, Minori-sensei se dio la vuelta y se fue, dejando tras ella una advertencia que pesaba más que cualquier rumor: El verdadero enemigo no era un estudiante.
Era el sistema.
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