LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 La voz que regresó a casa
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18: Capítulo 18: La voz que regresó a casa 18: Capítulo 18: La voz que regresó a casa La cerradura giró con un chasquido suave.
Fue un sonido pequeño, casi insignificante, pero Yuuto siempre lo esperaba con una ansiedad difícil de explicar.
Durante todo el camino de regreso desde la escuela había sentido esa presión invisible en el pecho, esa sensación de estar siendo observado incluso cuando nadie lo miraba directamente.
Sin embargo, en el instante en que la puerta se cerró a su espalda, algo dentro de él se aflojó.
Como si por fin pudiera respirar.
El aire del departamento olía a arroz recién hecho y a sopa caliente.
A hogar.
—¿Yuuto?
—se oyó desde la cocina—.
¿Ya llegaste?
Lávate las manos, la cena casi está lista.
La voz de su madre era igual que siempre: tranquila, cálida, sin preguntas escondidas.
No sonaba preocupada, solo cansada.
Pero… normal, como si estuviera acostumbrada, eso era lo que más dolía a veces.
Y lo que más lo salvaba.
Dejó la mochila junto a la pared y entró a su habitación.
Allí, con la puerta cerrada, comenzó el pequeño ritual que repetía todos los días: quitarse el mundo de encima.
Primero la chaqueta grande, uego la mascarilla, espués la capucha.
Cada prenda caía sobre la cama como si pesara más de lo que debería.
Como si no fueran tela, sino armadura.
Cuando terminó, el espejo le devolvió una imagen que casi nadie más conocía solo su madre.
Después de cambiarse a una ropa más casual, un pijama sencillo de algodón claro.
Las mangas cortas dejaban ver sus brazos delgados, suaves, demasiado finos para alguien de su edad.
El pantalón ligero marcaba la línea esbelta de sus piernas.
Su cabello plateado, suelto, caía por su espalda hasta la cintura, brillando bajo la luz cálida del techo.
Y bajo la tela del pecho, el leve volumen que tanto intentaba ocultar.
Nada exagerado.
Pero imposible de ignorar.
Se acomodó el sostén con una pequeña mueca.
Le molestaba.
Siempre le molestaba.
Aun así, sabía que lo necesitaba ya que a pesar de todo, no podía negar lo que su cuerpo era, pero no por eso se sentía menos incomodo.
Suspiró.
Luego salió.
Su madre ya estaba sirviendo la mesa.
No lo miró con sorpresa, para ella no había nada extraño en su cuerpo, lo conocía desde siempre y aun que el mundo tal vez no lo aceptara por no estar dentro de lo norma.
Para ella solo estaba su hijo.
—Siéntate, antes de que se enfríe— el obedeció como siempre Ella hablaba de cosas simples: la vecina, el trabajo, una oferta en el supermercado.
Yuuto respondía con su libreta negra, escribiendo frases cortas y mostrándoselas con timidez.
Ese había sido su idioma durante un año entero.
Grafito.
Papel.
Silencio.
A veces pensaba que, si seguía así, olvidaría cómo sonaba su propia voz, la idea le apretaba el pecho, pero no sabía cómo romperla.
Entonces llegó la pregunta de cada noche.
Su madre apoyó los codos en la mesa, sonriendo con suavidad.
—¿Cómo te fue hoy en la escuela?
Yuuto tomó el lápiz casi por reflejo.
Escribió: “Normal.” Ella asintió.
—Ya veo.
Me alegra.
Siguió comiendo.
Como si fuera suficiente.
Como si ese “normal” no significara soledad.
Como si no doliera, el bajo la vista pensando en los últimos días, su momento en la azotea, sus dos amigas quienes lo acompañan siempre.
Ayaka regañándolo con esa falsa dureza de alguien que esta acostumbrada a mantener el orden.
En Reika tirándole de las mejillas por no haber resuelto un problema correctamente, aunque dolía, se sentía cálido.
Había sido distinto.
No “normal”.
Su garganta se tensó.
Sintió la palabra atorada.
Pesada.
Oxidada.
Como una puerta que no se abría desde hace años.
No tomó la libreta.
No escribió nada.
Solo respiró.
La escena se aleja lentamente de la mesa.
La cámara cruza la ventana.
El barrio está en silencio.
Solo el viento nocturno.
Y sobre la oscuridad aparece una frase.
Como subtítulo.
Como texto suspendido en el aire.
Sin sonido.
Sin voz.
Solo palabras.
「Fue divertido」 Nada más.
La frase se desvanece.
Regresamos al interior.
La cuchara de su madre golpea el plato.
Sus ojos se abren de golpe.
—… ¿eh…?
Se queda inmóvil.
Como si el mundo se hubiera detenido.
Porque lo escuchó.
Después de un año entero.
Lo escuchó.
No el roce del lápiz.
No el papel.
No el silencio.
La voz.
Débil.
Temblorosa.
Un poco ronca.
Pero suya.
—Yuuto… —susurra, llevándose la mano a la boca.
Las lágrimas aparecen antes de que pueda detenerlas.
No son lágrimas tristes.
Son las de alguien que recupera algo que creía perdido para siempre.
Él la mira, confundido, ligeramente sonrojado, como si hubiera hecho algo indebido.
Solo había dicho una frase.
Solo eso.
Pero para ella… Era todo.
Se levanta y lo abraza con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro.
—Gracias… —murmura entre sollozos— gracias… gracias… Yuuto tarda un segundo en reaccionar.
Luego, muy despacio, la abraza también.
Y por primera vez en mucho tiempo, la casa no se siente silenciosa.
Se siente viva.
“Lo que una madre no olvida” La casa quedó en silencio poco después.
Yuuto subió a su habitación con la libreta apretada contra el pecho, murmurando un tímido “buenas noches” escrito a mano antes de desaparecer por las escaleras.
La puerta se cerró con suavidad, como siempre, casi pidiendo permiso para no molestar.
Ella se quedó sola en la mesa.
Los platos seguían allí.
El arroz a medio terminar.
La sopa ya fría.
La cuchara caída dentro del tazón, exactamente donde la había soltado cuando escuchó esa voz.
Su mano aún temblaba.
No por tristeza.
Por incredulidad.
Lentamente recogió los platos y los llevó al fregadero.
Abrió el grifo, pero el agua corrió varios segundos sin que hiciera nada.
Solo miraba el chorro caer, perdida.
Porque, si cerraba los ojos… todavía podía oírlo.
Esa voz pequeña.
Oxidada.
Torpe.
Como si no se hubiera usado en años.
Pero era suya.
La misma voz que la llamaba “mamá” cuando tenía cinco años y corría por el pasillo.
La misma que pedía helado en verano.
La misma que lloraba cuando tenía pesadillas.
Había vuelto.
Después de un año entero.
Un año.
Doce meses escuchando únicamente el sonido del lápiz contra el papel.
Doce meses fingiendo que estaba bien.
Doce meses preguntándose en secreto si algún día volvería a escucharla.
Apoyó las manos en el borde del fregadero y bajó la cabeza.
Entonces rió.
Bajito.
Una risa temblorosa que se mezcló con lágrimas nuevas.
—De verdad… eres cruel, Yuuto… —murmuró—.
Decirlo tan tranquilo como si nada… Se secó las manos con el delantal y caminó hasta la sala.
Encima del mueble bajo, junto al televisor viejo, había varios marcos de fotos.
Vacaciones.
Festivales escolares.
Cumpleaños.
Sus dedos buscaron uno en particular.
El más gastado.
La foto tenía años.
Yuuto apenas le llegaba al pecho.
Sonreía con todos los dientes, sosteniendo un helado que ya se estaba derritiendo.
Su cabello aún era negro… pero no completamente.
Aquí y allá se notaban mechones más claros.
Plateados.
Como si la pintura se estuviera borrando.
El inicio.
El comienzo de todo.
Recordaba perfectamente esa época.
Las visitas al hospital.
Los análisis.
Los médicos hablando en voz baja.
“Cambios hormonales atípicos”, habían dicho.
“Casos poco documentados.” “Variaciones del desarrollo.” Palabras largas.
Frías.
Técnicas.
Ninguna explicaba lo único que importaba: Por qué su hijo empezaba a mirarse al espejo con miedo.
Por qué dejó de cortarse el cabello.
Por qué comenzó a usar ropa cada vez más grande.
Por qué dejó de hablar.
Acarició la foto con el pulgar.
—Siempre sonreías tanto… —susurró.
Su pecho dolía.
No de pena.
De culpa.
Porque sabía la verdad.
Ella lo había protegido todo lo que pudo.
Pero no fue suficiente.
La escuela.
Los rumores.
Los adultos mirando hacia otro lado.
Incluso ella… hubo días en que no supo qué decir.
Cómo ayudarlo.
Cómo entrar en ese silencio.
Entonces recordó algo.
Dos chicas.
La tarde que fueron a buscarlo.
La presidenta y la vicepresidenta del consejo.
Tan firmes.
Tan decididas.
Tan… jóvenes.
Al principio le molestaron.
Pensó que solo eran chicas queriendo limpiar su conciencia.
Hacer “lo correcto” para sentirse bien consigo mismas.
Como tantos adultos hipócritas.
Pero hoy… hoy su hijo había dicho que se divirtió.
Divertido.
No “normal”.
No “bien”.
No “nada”.
Divertido.
¿Cuándo fue la última vez que usó esa palabra?
No lo recordaba.
Abrazó la foto contra el pecho.
—¿Fueron ustedes…?
—murmuró, mirando la nada—.
¿Fueron ustedes quienes le devolvieron eso?
La risa.
La tranquilidad.
La voz.
Si esas dos chicas eran la razón… entonces, por primera vez en mucho tiempo… tal vez no estaba sola.
Tal vez Yuuto tampoco.
Dejó la foto de vuelta en su lugar con cuidado, como si fuera algo frágil.
Apagó las luces.
Pero antes de subir las escaleras, miró hacia la puerta del cuarto de su hijo.
Cerrada.
Silenciosa.
Y, aun así… ya no daba miedo.
—Gracias —susurró, sin saber exactamente a quién.
Quizá a ellas.
Quizá al destino.
Quizá al propio Yuuto.
Luego subió.
Con una sonrisa pequeña.
La primera en mucho tiempo que no estaba forzada.
—dia siguiente, escuela— A la mañana siguiente, el instituto Seiryuu despertó como cualquier otro día.
Pasillos llenos.
Conversaciones superpuestas.
Zapatos resonando contra el suelo encerado.
El ruido habitual.
La rutina.
Nada parecía distinto.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
Yuuto lo sintió apenas cruzó la entrada.
No fue una palabra.
No fue un gesto.
Fue… la forma en que lo miraban.
Las miradas seguían allí, sí.
Eso no desaparecería de un día para otro.
Pero ya no eran iguales.
Antes eran cuchillas.
Directas.
Frías.
Condenatorias.
Ahora… titubeaban.
Algunas se apartaban rápido.
Otras se quedaban demasiado tiempo.
Había susurros, pero no sonaban tan seguros como antes.
No era rechazo puro.
Era algo más confuso.
Duda.
Y la duda, en un lugar lleno de rumores, era más peligrosa que cualquier acusación.
—¿Ese no es…?
—Sí, el raro… —Pero ayer lo vi con la presidenta otra vez… —Dicen que almuerzan juntos… —Entonces… ¿no era peligroso?
—No sé… Ese “no sé” se repetía más de lo que nadie notaba.
Y cada vez que aparecía, un rumor viejo moría un poco.
Yuuto caminó hasta su salón con la cabeza baja, como siempre.
Su chaqueta grande colgaba sobre su cuerpo, la capucha ocultándole el rostro, la mascarilla cubriendo cualquier rastro de expresión.
Su libreta negra descansaba contra el pecho como un escudo más.
Externamente, nada había cambiado.
Pero por dentro… no se sentía igual.
Sus pasos no eran tan pesados.
Su respiración no dolía tanto.
El recuerdo de la noche anterior seguía tibio en su pecho.
“Fue divertido.” Había dicho eso.
En voz alta.
Y su madre había llorado.
Todavía no entendía por qué.
Pero, por alguna razón, esa imagen lo acompañaba como una manta cálida.
Se sentó en su rincón habitual, junto a la ventana.
Sacó un libro y fingió leer.
Las conversaciones alrededor seguían fluyendo.
Algunos lo miraban.
Otros fingían no hacerlo.
Una chica de la fila de atrás susurró: —No parece tan aterrador… —Cállate, te va a oír… —Pero míralo, ni siquiera hace nada… Pequeñas grietas.
Nada espectacular.
Pero suficientes.
La campana aún no sonaba cuando la puerta del salón se abrió con más fuerza de lo necesario.
No fue un golpe fuerte, pero bastó para que varias conversaciones murieran al mismo tiempo.
Primero entró Ayaka Kamizaki, la presidenta del consejo estudiantil, caminando con esa energía despreocupada que siempre la rodeaba.
Saludó a un par de alumnos con la mano, como si el aula fuera su casa.
Nada raro.
Ayaka siempre había sido así.
Pero detrás de ella apareció Reika Tsukishiro.
Y el aire cambió.
La vicepresidenta avanzó con su postura recta habitual, impecable como siempre.
Su sola presencia bastaba para que los alumnos se enderezaran en sus asientos.
Era de esas personas que no necesitaban levantar la voz para imponer silencio.
Fría.
Precisa.
Inalcanzable.
La clase entera la conocía así.
Por eso nadie estaba preparado para lo que vino después.
Reika miró directamente hacia el rincón del fondo.
Hacia Yuuto.
Y su expresión… se suavizó.
No fue una sonrisa abierta.
Ni siquiera algo evidente.
Solo una curva mínima en sus labios.
Pequeña.
Pero real.
Tan real que dolía verla.
Como si el hielo se hubiera agrietado.
—Buenos días, Yuuto—dijo con voz tranquila.
Normal.
Cálida.
Humana.
Varias cabezas se giraron al instante.
Uno de los chicos del fondo susurró: —… ¿esa es Tsukishiro…?
—No puede ser… —¿Desde cuándo habla así…?
Ayaka, ajena al shock colectivo, se acercó al pupitre de Yuuto y apoyó las manos sobre la mesa.
—Oye, este fin de semana salimos.
Nada formal.
Solo pasear.
¿Vienes?
Yuuto levantó la vista, sorprendido.
Reika añadió, acomodándose el cabello con calma: — Pensamos que… sería bueno cambiar de aire.
Ese “pensamos” fue lo que terminó de romperlo todo.
Porque Reika Tsukishiro no invitaba a nadie.
Nunca.
Y mucho menos a él.
El chico del que llevaban un año hablando como si fuera una sombra.
Yuuto abrió su libreta con manos nerviosas.
Escribió rápido.
Les mostró la hoja.
“¿Habrá comida?” Ayaka soltó una carcajada inmediata.
—¡Eres imposible!
Pero fue Reika quien, por primera vez frente a toda la clase… rió.
Bajito.
Cubriéndose apenas la boca.
Un gesto pequeño.
Pero suficiente para que más de uno pensara lo mismo al mismo tiempo: Esa chica… ¿siempre fue así?
¿O ese raro… realmente la cambió?
Y sin darse cuenta… la palabra más peligrosa empezó a circular por el salón.
No miedo.
No odio.
Duda.
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