LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 20
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20: Capítulo 20 — “Miradas 20: Capítulo 20 — “Miradas La cafetería no estaba llena.
Era una de esas horas intermedias donde el flujo de personas disminuía lo suficiente para que el ruido ambiente se volviera un murmullo suave: tazas chocando levemente, conversaciones dispersas, el sonido lejano de una máquina de café trabajando sin descanso.
Ayaka Kamizaki hablaba con las manos.
Siempre lo hacía cuando algo la emocionaba.
—¡Y entonces Aoyama-sensei va y dice que el reglamento no permite modificar horarios sin aprobación del consejo docente!
—exclamó, indignada—.
¡Como si no supiera que él mismo cambia cosas cuando le conviene!
Reika Tsukishiro bebió un sorbo de su bebida fría antes de responder, con la serenidad elegante que la caracterizaba.
—El problema no es el reglamento.
—Es la percepción de autoridad.
Ayaka frunció el ceño.
—Traducción.
—Quiere sentir que tiene el control.
Ayaka suspiró con exageración.
—Qué hombre tan cansador.
Yuuto, sentado frente a ellas, observaba en silencio.
Su vaso estaba entre sus manos, y el cubrebocas permanecía en su rostro, ligeramente levantado solo lo suficiente para poder beber con una pajilla.
Desde fuera… Parecían simplemente tres amigos pasando la tarde.
Pero alrededor… Las cosas no eran tan simples.
En varias mesas cercanas, conversaciones se desarrollaban con una casualidad forzada.
Personas que fingían no mirar.
Personas que miraban igual.
Era inevitable.
Ayaka y Reika ya llamaban la atención por sí solas.
La presidenta del consejo estudiantil.
La vicepresidenta.
Dos figuras conocidas, admiradas, incluso temidas dentro de la academia.
Pero hoy… La atención no estaba solo en ellas.
Estaba en la tercera persona del grupo.
Yuuto.
Jeans ajustados.
Camisa ligera.
Cabello plateado cayendo hasta la cintura como un reflejo de luna.
Una silueta elegante que cualquier observador habría interpretado como femenina sin dudarlo.
Y aun así… Cubrebocas.
Lentes.
Sombrero.
Ocultando el rostro como si fuera algo que debía esconderse del mundo.
Eso era lo que nadie lograba comprender.
En una mesa cercana, dos chicas murmuraban.
—¿Es una chica…?
—No sé… pero ese cabello… —¿Por qué se cubre tanto?
Si tiene esa figura debería verse bien.
—Tal vez tiene cicatrices… —¿O inseguridad?
Las teorías flotaban en el aire.
Yuuto no escuchaba las palabras exactas.
Pero sí percibía las miradas.
Siempre lo hacía.
Sus dedos se tensaron un poco alrededor del vaso.
Reika lo notó al instante.
No dijo nada.
Solo deslizó una frase en la conversación como si fuera parte del tema anterior.
—Ignorar observadores externos reduce la ansiedad.
Yuuto levantó ligeramente la mirada hacia ella.
Ayaka entendió al instante también.
—Sí —dijo con naturalidad—.
Además, si te miran es porque algo les llama la atención.
Yuuto tomó el cuaderno.
Escribió.
“No me gusta.” Ayaka apoyó la barbilla en la mano.
—Lo sabemos.
Reika añadió con calma: —Pero tampoco es peligro.
Yuuto dudó unos segundos.
Luego escribió otra frase.
“Siento que se ve raro.” Ayaka abrió los ojos con sorpresa genuina.
—¿Raro?
Reika negó con suavidad.
—No.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Lo que ven es armonía visual poco común.
—Eso siempre genera atención.
Ayaka sonrió de lado.
—Traducción: eres bonito.
Yuuto se quedó inmóvil.
Procesando.
Confundido.
Ayaka se inclinó un poco hacia él.
—Escucha, Yuuto.
—Que tú no lo veas… —no significa que no esté ahí.
El silencio que siguió fue suave.
No incómodo.
Solo lleno de algo que aún estaba aprendiendo a existir entre ellos.
Confianza.
Yuuto bajó la mirada hacia el vaso.
Sus dedos se relajaron apenas.
Y mientras Ayaka retomaba la conversación sobre profesores absurdos y Reika respondía con observaciones analíticas, Yuuto permaneció escuchando.
Observando.
Sintiendo algo nuevo.
Normalidad.
Alrededor, las miradas seguían existiendo.
Pero por primera vez… No pesaban tanto.
Porque no estaba solo.
Y eso cambiaba todo.
La conversación continuaba con una naturalidad que casi hacía olvidar que estaban en un lugar público.
Ayaka hablaba sobre una disputa entre dos clubes escolares.
Reika analizaba la logística detrás del conflicto con precisión impecable.
Yuuto escuchaba.
Sostenía su vaso entre ambas manos, los dedos más relajados que antes.
Y entonces… Una sombra cayó sobre la mesa.
—Disculpen.
La voz era masculina.
Jovial en apariencia.
Excesivamente confiada.
Los tres levantaron la mirada.
Un chico de unos veinte años, probablemente universitario.
Bien vestido.
Sonrisa entrenada.
Mirada calculadora.
Sus ojos recorrieron primero a Ayaka.
Luego a Reika.
Y finalmente… Se detuvieron en Yuuto.
Un segundo más de lo necesario.
En su mente, la ecuación fue simple.
La más interesante es ella.
No sabía su nombre.
No sabía nada.
Pero veía: Cabello largo plateado.
Figura esbelta.
Aire delicado.
Un “buen partido”.
—¿Están solas?
—preguntó con una sonrisa que intentaba parecer amable.
Ayaka levantó una ceja.
Reika lo miró sin expresión.
Yuuto bajó ligeramente la mirada.
—Estamos bien —respondió Ayaka con cortesía firme.
El chico no se fue.
—Pensé que podría invitarlas a algo.
Yo pago.
Reika respondió sin elevar el tono.
—No es necesario.
Pero él insistió.
—Vamos, no sean así.
Solo quiero ser amable.
Sus ojos volvieron a Yuuto.
—Especialmente contigo.
Yuuto sintió el estómago tensarse.
No entendía del todo la intención.
Pero entendía la proximidad.
Y la mirada.
Ayaka ya estaba perdiendo paciencia.
—Ya dijimos que no.
El chico sonrió como si aquello fuera parte del juego.
En su cabeza no era rechazo.
Era resistencia que debía romper.
Y entonces notó algo.
Yuuto estaba solo por un momento.
Ayaka se había inclinado hacia Reika para decir algo.
Ese segundo fue suficiente.
El chico tomó una silla.
Se sentó demasiado cerca.
Demasiado.
Yuuto se tensó al instante.
El espacio personal desapareció.
El olor del perfume ajeno invadió su entorno.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó el desconocido, inclinándose hacia él.
Yuuto no respondió.
Su mano buscó el cuaderno.
Pero el chico habló antes.
—No seas tímida.
La palabra cayó pesada.
Yuuto sintió un nudo en el pecho.
El desconocido extendió la mano.
—Tranquila, solo quiero hablar.
Sus dedos intentaron rozar los de Yuuto.
El movimiento fue rápido.
Pero no lo suficiente.
Porque Yuuto retrocedió apenas.
Y ese retroceso fue todo lo que Ayaka necesitó ver.
Se levantó de inmediato.
Reika hizo lo mismo.
El aire alrededor de la mesa cambió.
—Aléjate —dijo Ayaka sin sonrisa esta vez.
Pero el chico, necio, extendió la mano otra vez.
—Oye, solo estoy siendo amable… Sus dedos llegaron a tocar la mano de Yuuto.
Y fue entonces cuando una tercera mano apareció.
Firme.
Decidida.
Sujetó la muñeca del chico con precisión.
—En mi local no se toca a nadie sin consentimiento.
La voz no era alta.
Pero era inquebrantable.
El tendero del café.
Un hombre de mediana edad que había estado observando desde el mostrador.
No gritó.
No amenazó.
Simplemente sostuvo la muñeca del joven lo suficiente para dejar claro que no habría negociación.
—Suélteme —protestó el chico, intentando mantener dignidad.
El tendero no elevó la voz.
—Ya le dijeron que no.
Lo apartó de la mesa con firmeza y lo condujo unos pasos atrás.
—Si quiere quedarse, se comporta.
—Si no, la puerta está ahí.
El chico miró alrededor.
Varias personas observaban ahora sin disimulo.
La sonrisa segura desapareció.
Se marchó.
Sin despedirse.
Sin disculparse.
El silencio que quedó fue diferente.
Más denso.
Yuuto estaba rígido.
Sus manos temblaban apenas.
Reika se agachó frente a él, sin tocarlo aún.
—Ya pasó.
Ayaka colocó una mano en la mesa, cerca de la suya, pero sin invadir espacio.
—No estás solo.
Yuuto respiró lentamente.
Uno.
Dos.
Tres.
Sacó el cuaderno.
La caligrafía fue un poco más irregular esta vez.
“Gracias.” El tendero regresó con naturalidad.
—Todo bien aquí.
No era pregunta.
Era confirmación.
Ayaka inclinó la cabeza con respeto.
—Gracias.
El hombre asintió.
—Hay cosas que no se toleran.
Luego volvió a su puesto.
La cafetería retomó su murmullo.
Pero algo había cambiado.
Yuuto bajó la mirada hacia sus manos.
No habían sido débiles.
Habían reaccionado.
Y esta vez… Alguien más había actuado antes que el miedo.
Reika habló con voz serena.
—El problema no es ser visto.
Ayaka completó.
—Es cuando alguien cree que tiene derecho sobre ti.
Yuuto levantó la mirada.
Por primera vez desde que el desconocido se acercó… No había pánico.
Solo comprensión.
Y algo nuevo.
Seguridad.
El ambiente de la cafetería había vuelto lentamente a la normalidad.
Las conversaciones regresaron.
Las tazas volvieron a sonar contra los platillos.
El murmullo cotidiano retomó su lugar.
Pero dentro de Yuuto… Las cosas aún no estaban completamente en calma.
Sus manos descansaban sobre la mesa, una sobre la otra, intentando mantener quieto el leve temblor que aparecía cuando la adrenalina comenzaba a disiparse.
No era miedo inmediato.
Era el eco.
Ese momento en el que el cuerpo recuerda que algo pudo haber sido peor.
Ayaka hablaba con Reika en voz baja, retomando la conversación anterior como si nada hubiera ocurrido, dándole espacio sin presionarlo.
Pero Yuuto no estaba completamente allí.
Su mirada se movió hacia el mostrador.
El tendero trabajaba con naturalidad, como si intervenir hubiera sido parte rutinaria de su día.
Nadie parecía darle importancia.
Pero para Yuuto… Había significado mucho.
Sus dedos buscaron el cuaderno.
Lo abrió.
Lo cerró.
Lo volvió a abrir.
Dudó.
El impulso estaba ahí.
Pero también el miedo.
Levantarse.
Caminar.
Hablar con un extraño.
Era algo que no hacía desde hacía mucho tiempo.
Ayaka notó el movimiento periférico.
Reika también.
No dijeron nada.
Solo observaron.
Porque entendieron.
Esto no era algo que debían dirigir.
Era algo que debía nacer de él.
Pasaron unos minutos.
Yuuto respiró profundo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces… Se levantó.
No rápido.
No decidido en apariencia.
Pero sí por voluntad propia.
Caminó hacia el mostrador con pasos medidos, como si cada uno requiriera confirmación interna.
El tendero levantó la mirada cuando lo vio acercarse.
Sus ojos mostraron sorpresa leve.
—¿Todo bien?
Yuuto abrió el cuaderno.
Escribió.
Giró la página hacia él.
“Gracias.” “Por ayudarme.” El hombre leyó.
Su expresión cambió a algo más suave.
—Ah —dijo con una pequeña sonrisa—.
No hay problema.
Se encogió de hombros con naturalidad.
—La veía nerviosa.
La palabra cayó sin malicia.
La veía.
Femenino.
Yuuto no reaccionó.
No había molestia.
Solo aceptación silenciosa.
El tendero continuó: —Hay tipos que no entienden el límite.
—Y eso no lo tolero aquí.
Yuuto escribió de nuevo.
“Aun así… gracias.” El hombre lo observó unos segundos.
Luego asintió.
—Bueno.
Se giró hacia la vitrina refrigerada y sacó un pequeño pastel individual, decorado con crema simple.
Lo colocó frente a él.
—Cortesía de la casa.
—Como disculpa por el mal rato.
Yuuto parpadeó.
Sorpresa.
Duda.
El hombre sonrió con tranquilidad.
—Disfrútalo con tus amigas.
Yuuto miró el pastel.
Luego escribió una última frase.
“Gracias.” Esta vez, la caligrafía era más firme.
Cuando regresó a la mesa, Ayaka lo miraba con una sonrisa amplia que no intentaba ocultar.
Reika tenía una expresión más contenida… pero sus ojos mostraban algo evidente: Orgullo.
Yuuto dejó el pastel en el centro de la mesa.
Ayaka abrió los ojos.
—¿Eso es…?
Yuuto escribió.
“Nos lo regaló.” Ayaka llevó ambas manos a sus mejillas con dramatismo exagerado.
—¡Esto es una victoria social!
Reika negó suavemente con la cabeza.
—Es una consecuencia lógica de tu acción.
Yuuto inclinó la cabeza, confundido.
Reika lo miró directo.
—Tomaste la iniciativa.
Una pausa breve.
—A pesar de que estabas nervioso.
Ayaka apoyó el codo en la mesa y sonrió con ternura.
—Eso es enorme, Yuuto.
Yuuto bajó la mirada hacia el pastel.
Luego hacia sus manos.
Sí.
Había estado nervioso.
Mucho.
Pero aun así… Se había levantado.
Y mientras compartían el postre entre los tres, algo pequeño pero importante se asentó dentro de él.
No era valentía completa.
No era seguridad total.
Pero era un inicio.
Porque ese día, por primera vez en mucho tiempo… Yuuto había elegido actuar.
El pastel resultó ser más dulce de lo que parecía.
Ayaka lo probó primero, exagerando su reacción como siempre.
—¡Esto está increíble!
—declaró, llevándose una mano al pecho—.
Confirmo que agradecer socialmente trae recompensas.
Reika tomó un pequeño bocado con elegancia contenida.
—La calidad es adecuada.
Yuuto observaba.
Una sonrisa invisible existía detrás del cubrebocas.
Tomó el tenedor con cuidado y cortó un pedazo pequeño.
Lo llevó a la boca.
La crema era suave.
Ligera.
Diferente a lo que comía normalmente en casa.
Mientras masticaba, sintió algo en la tela del cubrebocas.
Humedad.
Molesto.
Instintivamente levantó la mano.
Sin pensar.
Sin procesar.
Sin anticipar.
Se lo quitó.
Luego los lentes.
Un movimiento simple.
Cotidiano.
Automático.
Y entonces… El tiempo pareció detenerse.
El cabello plateado cayó libre alrededor de su rostro.
La luz de la cafetería se reflejó en sus ojos.
Una piel clara sin imperfecciones visibles.
Rasgos delicados.
Armonía imposible de ignorar.
Belleza.
No llamativa de forma agresiva.
Sino etérea.
Suave.
Casi irreal.
Durante un segundo… Nadie habló.
En las mesas cercanas, conversaciones se cortaron en mitad de frases.
El sonido de una cucharilla cayendo contra un platillo resonó más fuerte de lo normal.
Incluso el tendero, desde el mostrador, levantó la mirada.
No dijo nada.
Pero lo vio.
Ayaka también lo vio.
Reika también.
Aunque ya conocían ese rostro… No dejaba de impactar.
Porque había algo profundamente contradictorio en él.
Alguien tan hermoso… Escondiéndose como si fuera una vergüenza.
Yuuto no lo notó al principio.
Solo estaba concentrado en limpiar el cubrebocas con una servilleta.
Pero entonces sintió algo.
Silencio.
Un silencio distinto.
Levantó ligeramente la mirada.
Y vio ojos.
Varias miradas.
Fijas en él.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
El corazón acelerado.
Los músculos tensándose.
El impulso de cubrirse.
De desaparecer.
Ayaka lo notó al instante.
Pero no dijo: “Tu rostro”.
No dijo: “Todos te miran”.
Solo habló con absoluta normalidad.
—Oye, Yuuto.
Tomó el tenedor.
—¿Puedo otro pedazo?
Reika siguió el ritmo.
—La proporción de crema es adecuada.
—No deberíamos dejarlo.
Yuuto parpadeó.
Confusión momentánea.
La conversación continuaba.
Normal.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera miradas.
Como si él no estuviera expuesto.
Ayaka sonrió ligeramente.
—Te queda mejor sin lentes, por cierto.
Lo dijo como comentario casual.
No como revelación.
No como alarma.
Solo… natural.
Yuuto dudó.
Un segundo.
Dos.
Pero el pánico no llegó.
Porque el ambiente alrededor de la mesa no cambió.
Porque ellas no cambiaron.
Porque nadie reaccionó de forma violenta.
Así que… Por unos momentos más… Se quedó así.
Con el rostro descubierto.
Respirando.
Existiendo.
Y mientras el murmullo de la cafetería regresaba lentamente, algo muy pequeño ocurrió dentro de él.
No fue valentía.
No fue seguridad.
Pero sí… Un paso.
Porque por primera vez… Su rostro estuvo expuesto al mundo.
Y el mundo… No se rompió.
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